lunes, 29 de diciembre de 2008

Héroes del día día

(A Montse, con todo mi amor)

Esta madrugada, rozando las cinco de la mañana, se nos moría mi prima Montse, después de hacerle frente a un cáncer de pulmón que la ha devorado por dentro como una hoguera. La recordaré siempre con el cigarrillo en los labios y la sonrisa en la boca hasta el último día.

Esta madrugada cerraba los ojos, esos ojos insultantemente verdes, y descansaba por fin, después de una lucha a brazo partido por sobrevivir, incluso en las situaciones más adversas, incluso cuando relegada a una silla de ruedas miraba al futuro sin miedo y contaba los días para resucitar un poco y verse bien. Algún día os hablaré de ella más despacio. De su valentía, de su coraje, de su energía envidiable, de su ejemplo, de su inmensa lección de vida mientras la muerte le rondaba de forma tan prematurs el colchón. Algún día redactaré en su memoria versos de amor y esperanza.

Pero hoy, por encima de las lágrimas, por encima de la rabia, por encima del dolor, quiero recordarla desde la admiración y la alegría. Porque ella ha sido nuestra heroína en estos meses, sosteniendo en su cuerpo cada vez más frágil la sonrisa de todos, alimentando sin pausa la cosecha de amor inmenso que deja esparcida entre nosotros.

Ella, y los que son como ella, son nuestros héroes del día a día. Héroes desde el silencio, soldados a pecho descubierto contra la enfermedad.

Vuela en paz, Montse querida. Alcanza a sonreirnos a todos desde lo alto. Y descansa, por fin.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Navidad

Llegué a Salamanca el día de Navidad a las cuatro de la tarde mientras la casa que me vio nacer se hacía pequeñita y quedaba lo suficientemente lejos para no verla en el retrovisor. Las calles estaban desiertas, como si se tratase de una película futurista en que la humanidad queda arrasada y solo tú eres el superviviente. Nadie, absolutamente nadie, rompía la paz del mediodía. La gente festejaba en la mesa la venida del Dios Niño y el sol brillaba como la Estrella de Oriente posada sobre el día, calentando un poquito mi alma.

Colgada al hombro, la neverita con un túper con lombarda y redondo que había cocinado mi madre la noche anterior. El mismo menú que estaría comiendo mi familia mientras yo caminaba por calles sin vida y le sonreía al silencio que rompían mis pasos por las aceras. El mismo menú que presidía los manteles de mi abuela cuando éramos niños y el inmenso abrazo de nuestros mayores nos protegía del mundo.

Cuando llegué a casa, a este torreón de cristal y piedra donde consumo las noches sin detenerme a mirar el pasado, calenté la comida y me fui a currar como si fuese un día más entre los días.

Lo bueno de la soledad es que, cuando convives con ella, llega un punto en el que deja de darte miedo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Mi corazón es mío

Hace unos días, un amigo me decía que una vez que entregas el corazón, deja de ser tuyo. Yo le dí la razón pensando en mis latidos sin concierto.
Pero si mi corazón ya no es mío, ¿por qué a veces me duele tanto?

jueves, 11 de diciembre de 2008

Derechos escritos en renglones torcidos

Hace poco menos de una hora arrancábamos una hoja en el calendario y dejábamos atrás el Día de los Derechos Humanos. Siempre he pensado que marcar en rojo una fecha en la agenda tiene más de reivindicación que de festivo. Y en este caso es así. Ojalá llegue el día en que nos toque recordarnos que todos, absolutamente todos, somos iguales. Por la libertad. Por la justicia. Por la vida.

(Ahí os va la de hoy). Besos.

Derechos escritos en renglones torcidos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

El Cristo en el que creo



Hace años, desenclavé a Cristo de la Cruz y lo puse a caminar. Quizá por eso una pared en la que un Crucifijo no hace sombra no tiene nada que ver con el Cristo vivo que me acompaña. El que anduvo en la mar. (De Cái, por supuesto). Ahí os la dejo.

Cruz sin sombra en las paredes

(Foto: Gabriel Alonso)

viernes, 28 de noviembre de 2008

Justicia social

Os pongo en antecedentes. El pasado lunes, un anciano de 80 años moría abrasado en Salamanca al encender una hoguera y quemarse el contenedor del camión donde vivía, en un cementerio de coches. Sigo sin reponerme y sin mirar de frente a esta vida que se supone que es más justa, más solidaria, más igualitaria. Y allí, en ese contenedor, sigue ardiendo nuestra vergüenza. Besos.

Abrasado en la hoguera de nuestra vergüenza

jueves, 20 de noviembre de 2008

Castañas, mandarinas y niebla

Os dejo la de hoy. De siempre noviembre me pareció un mes triste y he dejado que la niebla se pose sobre el teclado. No es nada grave, ni nada especial. Sólo es noviembre. Sólo son castañas, mandarinas y niebla. Besos.

Castañas, mandarinas y niebla.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Necesito escuchar el mar

El viernes, cuando volvía a casa, ya de madrugada, cerré los ojos y apreté los puños, como los niños pequeños cuando desean algo fervientemente.

Subía por la cuesta que conduce a mi casa, atrapada entre la luz dorada que se refleja en las piedras taciturnas. Subía desenganchándome del bullicio de cada fin de semana, de la algarabía estudiantil tomando las calles por asalto. De las sonrisas que congela en azul el neón. De los hielos que cortan la garganta como filos de navajas.

El viernes, cuando volvía a casa por la cuesta del silencio, cerré los ojos. Y apreté los puños. Quería escuchar una vez más el mar rompiéndose bajo mi ventana, igual que se rompía aquellas madrugadas en que yo escribía y salía a descifrar la luna grabando en plata su nombre sobre las aguas.

Cerré los ojos. Quería, necesitaba escuchar el mar.

(Te echo de menos, Tacita)

viernes, 14 de noviembre de 2008

Vender esperanza

Así, 'Vender esperanza', se titulaba la columna de ayer. Yo no pierdo la esperanza de poder hacerlo algún día. Besos.

Vender esperanza

jueves, 6 de noviembre de 2008

Terrorismo de puertas adentro

(Como cada jueves, ahí os dejo la columna del periódico, que últimamente hace faena de aliño en esta fábrica donde alguna vez fabricamos sueños. Aunque publicada hoy, fue escrita en la noche del pasado martes, horas antes de que se conociera que una mujer zamorana moría a manos de su marido en Alcorcón. Sirva, aunque tarde, como homenaje a esta nueva víctima de la sinrazón y el miedo y a todas aquellas que perdieron la vida sin aprobar la asignatura de ser libres. Que la tierra le sea leve, más leve al menos que los golpes que sienciaron su voz a lo largo de 47 años de convivencia con el terror. Y que por fin descanse y encuentre la paz.)

Terrorismo de puertas adentro

viernes, 31 de octubre de 2008

Sólo una hora

Ahí tenéis otra. Siento ser tan cutre y no poder escribir algo para nosotros solos. Me falta una hora, me faltan mil horas. Mil sueños. Mil besos.

Sólo una hora.

lunes, 27 de octubre de 2008

Las mujeres tronamos

(Sé que tengo este blog muy abandonado. Que no vengo lo que debería. Lo sé porque echo de menos las noches ante la pantalla, los sueños a medias, la rabia, la ternura, la nostalgia que me provoca todo lo que escribo. Construir una vida nueva no es fácil. Los que me conocéis, lo sabéis. Los que no, os lo imagináis. Mientras vuelvo, os dejo el enlace de una de mis columnas de opinión.Sé que con ello esta fábrica pierde el encanto de lo desconocido, pero al menos puedo conjugar unas cosas con otras. Esto, entre otras muchas cosas, es lo que le roba el tiempo a esta fábrica y a mi vida, que es como una montaña rusa. Un beso a todos, con truenos. Porque las mujeres tronamos).

Pinchad aquí: Las mujeres tronamos.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Teresa, ternura

En los archivos de mi alma guardo tu nombre, Teresa, porque le da nombre a la ternura.

Cuando venías de camino en el vientre de tu madre, pensaba que nunca podría quererte, que mi cupo de amor estaba saciado con la presencia de Lucía, tu hermana, en el mundo. Después, cuando te tuve en mis brazos tan pequeñita, tan indefensa, tan en la palma de mi mano, sentí que me derretía pegada a tus faldones, a tu espaldita huesuda, a tu pinta de tirillas, a tu carita tan preciosa, tu frescura, tus ingenios, tu descaro.

Y te quiero, Teresa. Te quiero sobre todas las cosas, porque cuando os tengo cerca siento que mi mundo se reduce a la mirada verde de tu hermana, tan calcada de la mía, a tus abrazos, a los besos que casi duelen de amor en estado puro, a los balbuceos de mi nombre en vuestros labios cuando aprendíais a llamarme y yo me moría por dentro de alegría. Porque os sabéis, porque sóis sangre de mi sangre, sábana de mi sábana.

Quizá algún día, cuando crezcas, te enseñaré a pronunciar tu nombre conjugado como lo conjugo esta noche, tan cerca, tan lejos. Igual que te abrazo todas las noches, igual que no concibo ya ninguna noche ni ningún día sin vosotras iluminando todas mis habitaciones. Igual que te soñaba dormida en tu cunita a orillas del mar cuando la estrella del norte se posaba bajo tu ventana. Igual que canté tu nombre con vino oscuro en la copa el día que llegaste a nuestras vidas con el viento de levante librando batallas perdidas en mi pelo.

Te quiero, mi pequeña Teresa. Porque en tu nombre cabe todo mi orgullo. Porque en tu piel escribo toda mi ternura.

viernes, 3 de octubre de 2008

Abrazos


Hay cosas que nunca se rompen, aunque la vida intente hacernos añicos.

Hay abrazos que duran toda la vida, miradas que nos guardan los pasos a pesar de los kilómetros, cárceles de carne y ternura que sobreviven a los siglos. Mantas que nos tapan los agujeros del alma en las noches sin luna y soledad. A veces, en los sueños, sentimos su tacto acariciándonos el rostro y pronunciamos un nombre sin despegar los labios. Aunque no lo sepamos cuando despertemos.

Te sigo abrazando. :)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Crépes

Envolví en la masa redonda de los crépes los últimos retazos de tu vida de estudiante y mis primeros pasos en ese trabajo nuevo que me roba hasta el último minuto de tiempo. Desandé las horas como si fuese la primera vez que me sentaba en aquella terraza, como si fuese yo la que acababa de salir de un exámen después del suspenso de junio, de todos mis suspensos, de mi vida suspendida en el aire.

Comimos acompañados en la callejuela que tiene nombre de Cristo y vierte a la torre orgullosa del palacio ducal. Compañía. La necesitaba. Hubiese detenido el tiempo en el remanso de vuestra presencia, en la emoción contenida de sentir ojos amigos posados en mis ojos, tan cansados. Os quise más que nunca, aunque no os lo dijese.

Igual que te regalé la primera sonrisa del año, esparcí sobre tu postre de fresas y nata la primera sonrisa de una vida que aún no me pertenece que iré ajustando a mi medida cuando la sienta mía. Y tú estarás siempre. Creciendo mientras yo te contemplo y me siento orgullosa de tu altura.

Gracias por tu sonrisa inmoderada. Gracias siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Salamanca


Como una novicia. En vela. Así espero a que venga el sol a lamer las piedras doradas de tus palacios, la locura barroca de tus fachadas y balconadas, la belleza de la primera luz sobre tus torres y tus catedrales, la huella de los siglos pósandose en silencio en los trazados de tu alma. En vela. Así espero este verano tardío de albero consonante en la tierra adentro de mis versos.

Por tus calles, Salamanca. Allá donde me robaron hace años un beso sobre una loseta empapada de madrugada y soportales, en el epicentro del orgullo de saberse querida. Por tus soledades en la calle de la Compañía. Por las soledades mías, que quedaron prendidas como un clavo sobre los pies desnudos de un Crucificado cuya sombra alimenta cardos y espinas.

Con tus veletas danzando los sones del aire de la sierra, el abrazo silente del norte, el soplo cálido que me devuelve un trocito de sur. Con las cigüeñas preñando las espadañas y los campanarios, batiendo en sus alas extendidas la caída de cada tarde. Con el presagio de las nieblas y los aguaceros bebiéndose el Tormes desde las nubes, agua que vuelve al agua, polvo que vuelve al polvo. Con el deseo columpiándose por el puente románico que conduce al precipicio de tus empedrados.

Y voy devorando esta noche barajando incertidumbres y acertijos. Esperando el día que te vista de limpia entera para ensortijar tus entrañas y descifrarte en la fiesta de cada septiembre. Salamanca. Ahora, ahí, la vida.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Cuando sea pequeña

Cuando sea pequeña aprenderé a olvidar los nombres que hicieron daño sólo con pronunciarlos. Aprenderé también a ir por la vida sin apuntar las cosas que tengo que hacer.

Cuando sea pequeña inventaré charcos bajo mis pies para taconear tormentas mientras escampa. Guardaré en una cajita el alma para no irla desgastando a cada paso. Convidaré a la vida a saltar a la comba conmigo.

Cuando sea pequeña escribiré cartas sin dueño que guardar bajo la almohada. Dictaré un nombre al viento para que se lo lleve y me guardaré su música para mi. Lanzaré piedras al río de la alegría para que sus ondas vengan a morir mansamente trazando círculos en mis orillas.

Cuando sea pequeña enterraré las trincheras del miedo y llamaré a las puertas del deseo. Entraré de puntillas en tu cama. Soñaré con hacerme pequeña y desaparecer.

martes, 2 de septiembre de 2008

Veinte años

Yo tenía veinte años. Él siete más. Parecía sacado de una cinta de Coppola, tan inmenso, tan precioso, tan perfecto como una isla de las ganas y me lo iba aprendiendo de soslayo cuando notaba su brisa circundando mi espacio.

La primera vez que hablamos yo venía de matar el verano bajo la ducha; ví su sonrisa a través de las gotas de agua que se zafaban de mi pelo, empeñadas en escapar sobre mis hombros hacia la nada. Me abrasé de amor en aquella puerta sin querer. Me encendí entera del desconocido orgullo de sentirme hembra cuando aprendió mi nombre. Noté su mirada zurziéndome la nuca cuando le di la espalda y continué caminando, danzando sobre las losetas, mientras los martillazos del deseo taconeaban sobre mi pecho.

Entonces decidí enamorarme como se enamora una a los veinte años, aprendiendo a conjugar la ternura con los imposibles, dejando que se tambalease el mundo escondida bajo el cielo protector de su espalda. Allí mismo libré la batalla primera contra mis prejuicios, desnudando de su armadura la piel donde me grabé su nombre, queriendo morir esparcida sobre su camiseta.

Siempre pensé que un día aparecería en su inmensa moto y me rescataría como un héroe de la ciudad pequeñita que amo sin reservas pero te estrangula en sus murallas. Sabía que no iba a venir. Y nunca vino. Vivía lejos, más allá de mi querencia, edificando paraísos que no me pertenecían. Necesité maldecir su sonrisa unas cuantas veces para que se me olvidase el sabor verde de sus ojos pequeñitos que tantas veces comí como aceitunas sin hueso en su punto de sal.

Guardé un par de fotos en blanco y negro en una carpeta prohibida y le hice un hueco en el corazón, allá donde convive todo lo que he amado. No en el músculo que late, sino en la ciudad invisible que nos mantiene en pie incluso cuando nos duele como canicas bajo el zapato.

Hace poco abrí la carpeta clandestina y me sorprendí contemplándonos tan jóvenes, tan guapos, tan perfectos en el engranaje de las caricias. Desandé los años y las maldiciones desde la alegría. Brindé por el poso de amor que dejó en mi vida, cuando trazaba sobre sus pecas el mapa de mi aprendizaje. Recité los mil perdones por mi orgullo, pues fui yo la que llegó tarde. Y lo abracé a través del tiempo pidiéndole a los vientos que algún día susurrasen mi nombre bajo su ventana.

viernes, 29 de agosto de 2008

Bilbao


Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Quería ir con él, pero hace tiempo que paseo sola por mis deseos. Por el camino, componía malabarismos contra la ausencia como si fuesen incienso que ofrendar al verde inacabable de los montes. A mi lado, la amiga que tiene su corazón bordado en azabache sobre la chaquetilla de un torero de plata. Y más allá, la vida.

Los viejos ritos, la incertidumbre cosida a la puerta de toriles, las gargantas resecas desandando albero y miedo. La hora en punto. Los cascos de los caballos, el runrún del hielo en el vaso de plástico, la ginebra acariciando la lengua, el limón raspando el estómago, los clarines rompiendo nubes, despejando incógnitas.

La gomina y la laca, la caspa más casposa, la elegancia y el petardeo rebosando los escaparates de la vanidad. Los saludos, los reencuentros. La sonrisa que cada día es menos postiza y más escurridiza. El sabor a pan tostado de un vino extremeño que habla desde su etiqueta tipo Chanel perfumando la mesa y el mantel. El chuletón sangrante como una hembra recién parida.

La humedad de las losas del casco viejo, los viejos impasibles, dos góticos trasnochados componiendo olés revestidos de negro en galería, una pareja comiéndose la boca en el interludio de la espada y la resurrección. La muerte rondando por las esquinas como una novia maliciosa. Yo iba desdibujándolo entre el gentío, olvidando reconocer su rostro en todos los rostros.

Sol y sombra. El sol secando las heridas como ropa tendida en las azoteas a merced del viento. La sombra de unas pestañas que encierran secretos que no me atreví a descifrar en un par de noches que clarearon demasiado pronto, guardadas ya en mi cofre de los secretos. La mirada oscura que alimenta a miles de ojos a la que no tuve cojones de asomarme.

El camino de vuelta. El recuento de cada minuto, el débito de la cama, el sueño cumplido. Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Soñaba ir con él. Pero fui sola. Y regresé en pie, sobreviviéndole y sobreviviéndome después de tanta muerte en las sábanas, redactando páginas de niebla y de luz, más allá del dolor de los últimos meses.

En el retrovisor, Bilbao a lo lejos.

(Fotografía: gourmet-image)

miércoles, 27 de agosto de 2008

Te conozco, pequeña


No conozco su nombre, sólo la mirada de terror, su casa vacía de muñecas y sus muñecas esposadas a la verja de un viejo cuartel mientras el tiempo descontaba en su contra, con la vida a cara o cruz.

La niña iraquí sintió el vértigo de la muerte ceñido a la cintura, abrazándola como un amante celoso de sus carnes de hembra en puntas. Supo que no había ningún paraíso esperando más allá de sus trece años. Y no quiso morir por la causa de ningún demonio. Y no quiso matar en nombre de ningún dios. Sintió el zarpazo de la angustia habilitando las palabras en su garganta. Habló en nombre del miedo, pactó una nueva madrugada.

Hija de la guerra, heredera de nada, con el cabello ondulado por las caricias de las bombas y los odios, oriente y occidente -cruces como espadas, lunas como guadañas-, la tierra yerma, los pies descalzos. Habitante del país donde la prisión tiene la caricia de la seda y el velo, donde cada centímetro cuadrado habla de culpa y de vergüenza.

Hija del absurdo y el rédito político que llevaron a un imbécil a decir que su gesto representa el papel que quieren desempeñar las mujeres en Iraq. Como si sus ojos oscuros tuviesen lectura en los despachos. Como si su vida fuese moneda de cambio que lucir con las medallas de guerra sobre el pecho. Imbécil.

No conozco el nombre de esta niña a la que le robamos la infancia y la sonrisa, los pasos perdidos en el recreo, la muñeca a la que abrazar sobre el colchón, el hijo que traer en paz desde su útero. Pusimos pólvora en tu almohada y pobreza en la cuna, angustia en tus noches, mortaja en las sábanas.

No conozco tu nombre pero te conozco, pequeña. Y te abrazo. Por decidir en una tierra que siempre eligió por tí. Por ser generosa contigo en el pedazo de mapa donde te negamos todo lo demás. Por sobrevivir en la isla de espinas donde estalló en mil pedazos tu alma de niña.

jueves, 21 de agosto de 2008

Por amor a Susan


Si hay una imagen que estos Juegos dejan para la posteridad, esa es la de Matthias Steiner. Su rostro de coloso envuelto en lágrimas le han lavado la cara a estas olimpiadas de la vergüenza que serán recordadas porque el mundo miraba hacia otro lado en un país donde los derechos humanos se escriben en renglones torcidos. Que serán recordadas también porque nuestro país en duelo no pudo mostrar su duelo y allá donde debieron ondear banderas a media asta se izó como un esperpento la de la sinrazón.

Steiner, con su pinta de brutote goliardo, rompió a llorar como un niño cuando se proclamó campeón olímpico. Hércules hecho añicos por el amor de una mujer. Hace un año perdió a Susan en un accidente. Cuando ella agonizaba en la cama de un hospital, él le prometió en voz baja el oro en ese Pekín lejano con que soñaban juntos. Ella ya estaba ahorrando para pagarse el viaje.

La carretera tuvo la culpa. En el asfalto quedaron rotos los sueños de Susan. En el asfalto comenzó a acuñarse la medalla de oro y coraje de Steiner. Allí, en lo más alto, el gigante teutón alzó un ramo de flores y mostró al mundo la sonrisa eterna de su compañera. Quizá escuchó su aliento en el esfuerzo supremo cuando levantó 258 kilos de peso. Quizá percibió la alegría de Susan celebrando su victoria por los rincones. Quizá grabó en sus músculos la caricia de los dedos de su pequeña princesa. Quizá sintió en la sábana el calor del viaje a medias que nunca fue.

Hemos visto a un coloso sostener en sus brazos una pila inhumana de peso, como quien sostiene todos los dolores del mundo. Probablemente aquello no era nada comparado con la ausencia, la rabia y la impotencia que Steiner fue amansando en la soledad de sus entrenamientos. Por eso sus lágrimas enjuagaron las mías.

Ahora sé que es cierto que el dolor nos hace más fuertes; que no es leyenda que la casta de los bravos se fermenta en el castigo; que aunque el peaje sea caro, siempre crecemos. Aunque hayamos visto al hombre más fuerte del mundo escalar la cima de la gloria y despedazarse en lágrimas por el amor de una mujer.

martes, 19 de agosto de 2008

Un fandango

En la tarde sin alma un hombre levantó la voz y quebró por fandangos al viento de poniente. En la tarde sin alma, tan sin alma que la expectación se apagaba minuto a minuto disuelta en el sol pegajoso de todos los agostos.

Revoleá seca en la garganta, caricia de seda por los adentros. El miedo, el pellizco rondando el estómago. La voz y el verso. En la tarde sin alma, cuando se ahogaban en whiskis las esperanzas, las apuestas a la deriva entre cuatro piedras de hielo. Cuando los kilómetros eran la cuenta atrás del delirio. Silencio payo, eslabones de oro en el pecho, cadena gitana de fandangos encendiendo la tarde oscura de los trajes sin luces, el albero opaco de los sueños que nunca fueron.

Un hombre levantó la voz en la tarde sin alma. Y volaron los oles y los suspiros con alma de fandango, amasando el fuego implacable de la piedra, dibujando en la arena una cintura rota esculpida en malva y azabache. Las palmas a compás, las voluntades rotas. Y después la nada.

Silencio. Manuel Orta está cantando desde el tendido. Está cantando ya siempre. En la tarde sin alma, resucitando los sueños.



(Vídeo de Sentimientos y locuras. Gracias, José Luis)

viernes, 15 de agosto de 2008

Adiós

Estaba en la ventana que mira al mar, desde donde tantas veces nos lanzábamos besos cuando entrábamos o salíamos de casa.

Cuando subí a la furgoneta, cargada con siete años de mi vida encerrados en cajas, alcé los ojos y lo vi entre las lágrimas. No tuve fuerzas para levantar la mano y decirle adiós.

viernes, 8 de agosto de 2008

Pólvora sobre el cielo de Asia

Ya estamos, ya es ocho del ocho del Dos mil ocho. Hoy, en esta fecha capicúa y agosteña, se inauguran los Juegos Olímpicos. Los de Pekín. Los de la vergüenza para la historia y para el mundo, que nunca debió consentir que el cielo de Asia se iluminase como se va a iluminar hoy de pólvora de colores, mientras se pudren en la oscuridad de sus cárceles miles, millones de ciudadanos.

China devora a sus hijos. Ocupa una tierra que no le pertenece. Invade la historia y el corazón del Tíbet, que vive eternamente preso bajo la blanca nieve del techo del mundo.
China cercena el pensamiento, amordaza la palabra; doblega las voluntades llamándolas a la sumisión. China redacta los derechos humanos según los renglones torcidos de los hombres.

China prostituye la justicia, ejercita la tortura, practica el tiro sobre la diana del pecho y de los latidos. China censura el verso, amortaja la libertad, cose la lengua. Y nosotros, todos los países del mundo, somos cómplices de sus cadenas con el silencio mezquino que asiente. Y nosotros, todos los países del mundo, asentimos complacientes a las caricias de su maldito dinero.

Allí estamos, allí están nuestras banderas, nuestros atletas, los gobiernos pusilánimes que presumen de ser hijos de la democracia. Allí están nuestros representantes, listos para el pistoletazo de salida, en el que escucharé a todos los pistoleros de uniforme apretando el gatillo en la nuca. Entonces serán libres todos los que murieron bajo la ley del terror con el tiro por la espalda, con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Hoy comienzan los juegos de la vergüenza. Apoyaré a los deportistas que sudan sus podios como si en ello les fuese la vida. Y allá donde ellos alcancen sus medallas y sus oros, alzaré una cruz, un sueño, un verso, por cada lengua prisionera, por cada pensamiento amordazado, por cada miembro mutilado, por cada cadena, por cada bofetón, por cada lágrima, por cada herida.

Ellos, los que piden la paz y la palabra y la defienden con su sangre y su dolor, son los auténticos corredores de fondo, los atletas que me enseñaron a admirar desde niña. Por encima de las celdas, por encima de los barrotes y las palizas, el podio, la gloria y la memoria es suyo. Aunque no sepamos sus nombres. Aunque florezca el laurel de los dioses sobre tumbas sin nombre.

domingo, 3 de agosto de 2008

Miedo

Desde ayer tengo un poco más de miedo cuando salgo a la calle. Me da miedo que un asesino ande suelto por derecho y que nuestro Estado no disponga de los medios necesarios para encerrarlo. Me da asco.

No es cuestión de izquierdas ni de derechas, de "pepéses" ni de "pesóes". Es cuestión de justicia, de decencia, de moral, de respeto. Me da miedo que con la ley en la mano semejante individuo pueda disfrutar de la misma calle que pisamos tú y yo, aunque él siempre estará preso de su odio enfermizo, de la cobardía del tiro en la nuca o la bomba sorpresa, de su rabia sin antídoto, de esa piel envenenada y esos huesos sin alma.

Iñaki de Juana Chaos quedaba ayer en libertad y salía de la cárcel con la misma sonrisa con que festejaba las brutalidades de su banda de pistoleros en nombre de una bandera que manchan de mierda cada vez que la tiñen de sangre. Veinticinco víctimas mortales, veinticinco familias destrozadas, veinticinco heridas como puñales a cambio de veintiún años de cárcel. No ha tocado siquiera a doce meses de condena por cada asesinato, a descontar de los tres mil que le cayeron por sus atrocidades. Me da miedo pensar en lo barata que se cotiza la vida. Me da miedo pensar lo poco que valemos en la redacción de un puñado de leyes.

No es un hijo de puta, no. Yo de siempre a las putas les he tenido mucho respeto y a este especímen ni se lo tengo ni se lo debo. Lo detesto, porque soy hija de la tolerancia y de la igualdad, de la esperanza, del diálogo y de la libertad. Lo detesto porque representa lo contrario de lo que soy, el opuesto de lo que queremos ser. Lo detesto por las madres que lloran a sus hijos, por los hijos que lloran a sus padres, por los que vuelven a la tierra con los pies por delante, por la soledad, la impotencia, el desgarro. Por eso me da miedo pensar que nuestras leyes nos hacen iguales a todos a los ojos de la justicia, tan ciega, tan injusta.

Me da miedo que el Estado y sus engranajes no sean capaces de proteger a las víctimas y a su memoria. Que no pueda evitar que los hijos del dolor tengan que cruzarse cara a cara con el rostro de estas bestias en las escaleras, en el portal, en las aceras, en las calles. Me da miedo que no sean capaces de protegernos a tí y a mí, de distinguirnos de estos individuos que bombardean el país, los sudores, el futuro y la convivencia de millones de ciudadanos.

Me da miedo pensar que en esta España que luchó cuarenta años por su derecho al pan, la paz y la palabra, las familias de las víctimas tengan que vivir acojonadas y acongojadas. Me da miedo saber que tenemos un Estado incapaz de cambiar leyes que nunca pueden ser leyes en el código de nuestro sentido común. Me da miedo pensar que no disponemos de un sistema lo suficientemente sólido como para que los asesinos no se cachondeen de los que queremos vivir en paz.

Dijo una vez este malparido que las caras descompuestas de las familias en los funerales eran sus risas entre rejas. Por eso, por principios, en esta fábrica no hay sitio para alojar su rostro, ni para su erre-hache negativo, ni para la sangre que empapa su camiseta y sus entrañas. A mi, su sonrisa en la calle me descompone el alma, el estómago, la certeza de que vivo en un país libre que garantiza el respeto al vecino como primer mandamiento. Tu sonrisa, pistolero etarra, me da pavor.

jueves, 31 de julio de 2008

Descalzas

Se llamaban Violetta y Cristina. Pedían descalzas en la playa. Andaban descalzas sobre la arena. Patinaban descalzas sobre los sueños. Sonreían descalzas sobre los precipicios. Se metieron descalzas en el mar.

Once y quince años descalzos, sin zapatos, ni techos, ni trechos de esperanza a la medida de sus pequeños pies.
Hijas de los parias de este mundo que se considera de primera división, al que no le tiembla el pulso por mirar hacia otro lado y comer bocadillos en el improvisado tanatorio de un palmo de arena húmeda a sol abierto. Gitanas. Desharrapadas de la vida casi antes de nacer. Descalzas de deseos y de futuro. Tan descalzas, que no pudieron morir con las botas puestas.

No estaban descalzas como los niños que jugaban a hacer castillitos en la playa, ni como los chulos de piscina que recorren las orillas ligando bronce del Mediterráneo. No tenían traje de baño, ni protección alta para el sol, ni siquiera para su propia vida. Hasta las toallas que hicieron las veces de mortaja eran prestadas, mientras las olas lamían el último rastro de sus huellas como si nunca hubiesen pisado allí.

Ví la foto que ha dado la vuelta al mundo y la rescaté para esta fábrica con el estómago revuelto de rabia y de pena. Recordé aquella patera, aquella góndola africana que sucumbió hace unos años bajo el azote de la mar gaditana una mala noche de tormenta en que el faro de la costa no alumbró el camino de cincuenta navegantes del otro lado del Estrecho. Pensé en sus cincuenta tumbas sin nombre en algún cementerio sureño. Recordé los rostros indiferentes ante la tragedia, ante la carne muerta vuelta a la tierra que fastidia el día de playa más que una mala tormenta de verano. Sentí el mismo asco de entonces, la misma vergüenza de saberme de la especie humana sin resquicio de humanidad en que nos hemos convertido.

Esto no es un mal sueño, ni siquiera una pesadilla que olvidar cuando despunte el alba. Dicen que la realidad supera a la ficción pero Violetta y Cristina existían, y se reían, y sobrevivían por las callejuelas del aire, y seguro que soñaban por las esquinas de la ciudad que recorrían descalzas para comprar un poco de pan. Y yo no quiero que se me olviden sus nombres, ni sus pies descalzos sin huellas sobre la arena rubia de una playa italiana. Sus cuerpecitos de muñecas rotas bajo el sol. La brisa dictando duelos sobre sus cabellos mojados y oscuros.

El único generoso fue el mar, que las devolvió hasta la tierra firme, donde la marejada impasible de los hombres las fue asfixiando poquito a poco a fuerza de no tener corazón. Total, qué más daba: estaban condenadas a vagar descalzas, a vivir descalzas, a morir descalzas, a transitar descalzas por la vida.

Que el cielo de los desheredados os sea propicio, pequeñas. Nosotros, desde esta fábrica, os enseñaremos a nadar por nuestros sueños.

martes, 29 de julio de 2008

Aunque no lo supiéseis

No pudieron con nosotros ni la pereza de julio ni el desafío de la niebla en el primer tramo del alba. Faustino (inmenso Faustino, como sus abrazos) preparó la fiesta en casa de Mateo, ese hotel con nombre de caballero andante cuyas habitaciones guardan secretos de otras batallas que nunca sabremos.

Desde Zamora, el camino está lleno de pastizales resecos, encinas orgullosas y cercados de piedra en los que cientos de chavales habrán soñado ser toreros haciendo la luna. Campo charro de estío y suaves lomas, vacas paciendo con la bravura amasada en el vientre y silencio en las calles cuando azota el sol del mediodía. Así castigaba la solana sobre Vitigudino, la cuna del toreo sobrio y elegante de Su Majestad Santiago Martín.

Anita la pelu y yo llegamos casi las primeras, sólo por detrás de Rodrigo -que se coló hace tiempo en mis mails sin querer, vía Faustino y su extensa colección de fichajes internáuticos-, Javier y Manuel, aquel "Zocho" que arribó a mi teléfono una noche madrileña de caipiroskas y fresones, a quien le delataron entre tanto lugareño su bañador verde pijo y sus hechuras de machirulito de gimnasio sin gimnasio.

Un trío que a la postre sería lo mejor de una noche en la que hubo mucho bueno de por sí. Un trío que pactó con nosotras en un santiamén amistades de por vida, redactando el primer renglón sin desacuerdos posibles. Y así lo sellamos, como los buenos toreros, sin papeles ni contratos, con un apretón de manos, un par de abrazos, no sé cuántas sonrisas y la certeza de que así será.

Tarde de piscina, césped y nostalgia en mi móvil, que se iba llenando de voces y deseos de los amigos que me esperan el sur. Santa Ana; nuestro santo. El sol de tierra adentro quemando como un látigo las pieles y el tiempo, que se iba muriendo de pura inercia.

Un coche que se llamaba Jacinto y se apellidaba Pescado; un vía crucis al pie de una barra con un introito de ibuprofeno para matar la jaqueca. Primera estación, bombay azul con tónica y limón exprimido; segunda estación, whisky con cola; tercera, cacique con fanta, que sabe a flash de naranja y a sorbidos, y así tres rondas por cinco, como las quince rosas de la pasión, los quince misterios de la alegría, el primer rosario bebido al alimón en un templo profano bajo unos soportales que escupían el último sol de la tarde.

Toros en la tele. Un quinteto de viejetes en barrera y contrabarrera de eskay haciendo de palmeros para los piropos a la Reina de las Marismas. Recios, auténticos, curtidos en mil batallas que me hubiese encantado escuchar de su boca. No pudo ser, el tiempo apremiaba.

Después, la limonada de Mateo y el regusto a canela y a fruta fresca en la boca, la caricia del hielo en la lengua, la promesa de la comida y la bendita farra servida en las fuentes a partes iguales. Los rostros nuevos, las niñas monas cuyos nombres pensé que no iba a aprenderme nunca (Eva y sus ojos verdes-verdes, Lucía, Mercedes, Luzma, Virginia...) que terminaron por hacer exaltación de la amistad en esos momentos mágicos en que el alcohol nos despoja de los últimos resquicios de vergüenza.

La noche ya encima, las estrellas como luces de verbena sobre una placita de tientas y dos vaquillas de retienta que casi llamaban a algunos por sus nombres. Una barra grande y libre, como la España de los Nodos, y un refrito de músicas que bailamos hasta el alba con Borja instalado en la cabina como un cura en un púlpito. La camiseta blanca de la Ana charra moviéndose entre la gente como las velas de un barquito. El reencuentro con la preciosa Arancha a la que le debo miles de ausencias y miles de momentos.

La sonrisa rasgada y peremne de mister Jason -Tyson, un filipino del sol naciente sin sol naciente que enseña inglés en España. Y otras cosas que no digo. Casi ná. Los nombres que no escribo y que recuento mentalmente con colleja incluída. La evocación de El Paseíllo, al pie de mi Real Plaza de El Puerto, allá donde conocí a Jorge una tarde de sol y toros. La madrugada de niebla novembrina que se posó blanca, húmeda y despistada sobre nuestro pelo.

Debí retirarme con la última oscuridad pero quise esperar la primera luz y empaparme de domingo con churros pringosos, colacao, Rúasviejas de café y una margarita recién cortada en el bolsillo que dejé sin deshojar. El sol picaba ya en lo alto. La noche había hecho su selección natural. Algunos solitarios que buscaban compañía la encontraron y los demás nos despedimos al pie de cada puerta con una noche cumplida que anotar en nuestras libretas. Me conformé, con esa maldad perruna que heredamos por genética las que nacemos hembras, con que el Zocho no se fuese a matar mineros de forma colateral y me anoté en la mente aclamar a Rodrigo, que marchó a triunfar en plazas que ni pueden ni deben ser contadas.

Cuando el día me devolvió a mi cama el sueño me dibujó una sonrisa y supe que mi corazón reniega de más duelo, harto de soportar las heridas que me infrinjo cuando pienso que la soledad y la memoria pesan demasiado. Pero esta noche que para los demás fue tan sólo eso, una noche más, me recordó quién soy, qué soy, cómo me gusta reir, cómo la vida llama siempre rabiosa a las puertas por mucho que queramos desoír sus aldabonazos. Y canté con voz ronca hacia los adentros y me encontré nadando entre compases por alegría, ganándome en la madrugada esta voz de cazallera después de una contienda a cara de perro con una página que me negaba a pasar.

Hoy, esta noche, tenía que daros las gracias a vosotros que, sin sospecharlo, me habéis devuelto las llaves de una fábrica de sueños para ponerla en marcha como si nunca se hubiese detenido. He intentado escribiros esta entrada después de rubricar la paz conmigo misma, descontando ya el tiempo que reste para nuestra próxima cita, devorando soles y lunas hasta que llegue el momento de volver a engarzar una letanía de brindis y apurar la noche como si de la última noche se tratase.

Y así os quiero soñar siempre. Anita, Faustino, Javier, Rodrigo, Manuel: estas letras son vuestras, aunque no lo supiéseis. Este es nuestro primer sueño. Cabemos todos. Gracias y mil besos.

martes, 22 de julio de 2008

La novia eterna del mar

A Cádiz me fui hace casi ocho años con las manos vacías, las ilusiones desbordadas, el corazón a rebosar y el futuro para devorar en un plato para dos.

Ahora he vuelto con las manos vacías igualmente, las ilusiones quebradas, el futuro incierto de ración y enamorada de sus esquinas por cada uno de los puntos cardinales que me sujetan el alma a una fábrica de tierra adentro.

Y así la quiero recordar, como en esta foto de Manuel. Dorada, inmensa, en pie frente a los siglos, desafiando a los vientos y los maremotos, vestida de claridad, hermosísima bajo el sol del verano y el azul rabioso de su cielo, conocedora de la belleza insultante que reflejan las aguas atlánticas que lamen sus orillas.

Es mi Cái. La novia eterna del mar.

miércoles, 9 de julio de 2008

Darío

Echo de menos tu imperfecta sonrisa perfecta de tío canalla por el que se pegarían las más guapas y las más feas. Las noches en que conociéndonos poco nos contábamos tanto. El primer párrafo de tu nombre escrito en gin-tonic y el verde inmenso de la sierra de Ubrique. La brisa algecireña posada en tu piel oscura y porosa como la superficie de una luna al sur del sur.

Echo de menos la letanía de la libertad en el lado izquierdo de tu pecho y de tu puño atlántico, la mirada pequeña derrochando tretas y malicias, el ingenio envidiando tus ideas, escalando las paredes abruptas de las cimas que frecuentas.

Echo de menos los últimos días de junio derritiéndome por las calles que te vieron crecer. El microclima evaporándose sobre el polvazo del albero de la feria. Las casetas, los farolillos, el coso de Las Palomas abriéndose como una circunferencia mágica a los cielos del Estrecho. Tu pinta impecable de golfo mitad niño bien mitad macarra. Tu orgullo, mi orgullo. Tus aventuras sevillistas por los mundos de Dios, tus trazas de torero trasnochado en vísperas de hazañas. Tus pleitos, tus victorias y alguna frase a medias. La admiración mutua, la amistad que sostenemos de punta a punta.

Echo de menos los días que preceden a la Pasión, los ensayos de tu cuadrilla del arte heredada del arte mismo bajo las palmeras, con la Borriquita a costal y las sonrisas de los niños que bajan descalzos a la playa y visten de futuro los días santos. Echo de menos tus pisadas de versos por la fábrica, tus acertijos, tu inteligencia y tu descaro.

Echaba de menos escribir esta entrada que te debo y te dedico. Echo de menos esa noche que tenemos que apurar hasta que venga el alba a devolvernos por las orejas a nuestras casas y que algún día habremos de cumplir.

Te echo de menos con la luz en los ojos, con la alegría inmensa que siempre acude sumisa a tus provocaciones. Porque te quiero, Darío, con tu imperfecta sonrisa perfecta. Con tu punto canalla, con tu peaje desahogado por el mundo.

Porque me traje tu nombre guardadito en la mochila junto a lo que más añoro para no borrarlo nunca. Y no pienso devolvértelo, mi querido amigo, salvo que un día vengas a buscarlo y lo enterremos juntos en el mar.

sábado, 5 de julio de 2008

Orgullo

Ricardo tenía tres años y cuando llegaban los Reyes Magos sólo jugaba con las muñequitas de sus hermanas.

José Luis modulaba la voz en el espejo del cuarto de baño para que no le llamasen marica en el colegio. Su madre lloró cuando le dijo que no se casaría con su amiga de la infancia porque a él le gustaban los hombres.

El padre de Manuel murió ignorando que Jesús, el compañero de piso de su hijo y socio de su empresa, era en realidad su novio de siempre.
Mario lo intentó con tres o cuatro novietas. En sus ojos siempre se leía la tristeza. Rompió sus ataduras. Ahora vive con Juan en la costa cantábrica y lleva tatuado el amor en la piel.

María cogía el autobús para ver a Noelia unas horas. Se besaban en el baño de la estación para no volver a rozarse en todo el día y repetir, en el mismo baño, la tristeza de la despedida con otro leve beso y unas lágrimas en el bolsillo para el viaje de vuelta. Aquello no terminó bien. Ahora a María se le pone el corazón a mil cuando va a su dentista. Dice que escucha latir su corazón cuando se acerca a ponerle un empaste.

José Miguel se enfrentó a la muerte con la valentía de un gigante, mirándola de frente desde la increíble belleza de sus ojos azules. Su novio le había transmitido la enfermedad maldita. Nunca conocí una despedida más dulce, más serena y más digna. Le admiro aún por ello, le extraño terriblemente y doy gracias todos los días por el poso de amor que me dejó en su corta e impagable vida.

Todos ellos son amigos míos. Mi orgullo. Mi patrimonio. Todos forman parte de los sueños más bonitos que me fabrica el día a día desde la infancia. A algunos los he bautizado con nombre falso porque quieren mantener la intimidad de su vida, el derecho a ser anónimos y a amar sin dar explicaciones. Aquí, en la fábrica, no hay plus de homos ni de heteros.

En sus tejados ondea el arco iris, el sol, la alegría. Por ellos, por los que no nombro, por los que se me olvidan, por los que no conozco, el orgullo es una fiesta. Ellos y nosotros. Los que entienden. Los que les entendemos. Los que viven en la acera de enfrente. Los que les abrimos las puertas sin reservas.

Tenemos muchos orgullos que celebrar juntos. El orgullo de estar vivos. El orgullo de amar en libertad. El orgullo de respetar. El orgullo de derribar murallas. El orgullo que me producen todos y cada uno de ellos, hombres y mujeres surcando la vida sin complejos en la mochila, hombres y mujeres que viajan allá donde su corazón les dicte.

Orgullo sin apellidos. Orgullo sin etiquetas. Orgullo, sin más.

viernes, 27 de junio de 2008

Duele

A veces uno escucha cosas tan bonitas que te da la impresión de que todo está escrito. Que nada de lo que reste por decir no se ha dicho antes. Que todo lo que escribas es un borrón de algo que alguien dijo primero. Que existe siempre alguien enfrente que descifra tu corazón letra por letra, compás por compás, y le pone música antes de que a tí se te ocurra.

Y rabias porque no es tu letra la que ocupó esos folios. Porque no dibujaste tú las frases mágicas del amor. Y maldices porque no es tu voz la que acompasa las seis cuerdas de una guitarra. Y cantas por lo bajini lo que escriben otros para llenar de soles el día a día. Y pones semillas en la tierra como notaciones en los pentagramas.

Entonces nos duele la vida. Entonces nos duele el silencio. Entonces nos duelen las canciones. Y los recuerdos. Y el futuro. Las tardes, las noches. Y nos sorprende la madrugada en soledad mascando letras de otros. Desnudando el alma en ventanas ajenas. Y duele. Duele de puro bonito. Y duele porque también el querer es dolerse a veces.

Duele. Y no hay más cadena que esta memoria que no cesa.

Y sigo en mi trinchera, corazón. Tirando piedras a la nada.

(Canción: Semilla en la tierra, de Carlos Chaouen)

lunes, 16 de junio de 2008

Gigantes

Los vimos por las calles, rompiendo el cielo con sus cabezas regias, danzando sobre el asfalto de la media tarde, dictándole a los vientos su nombre.

Ayer los vimos vestidos de verano, estrenando sus pasos sobre las losas, pintando de alegría las viejas piedras, encendiendo en sonrisas infantiles la mitad de junio.

Son los gigantes de esta ciudad. Los que sueñan. Los que pelean. Los que construyen. Los que aman. Los que sostienen las nubes. Los que nos arropan los latidos. Los que derriban las murallas.
Los que apenas miden metro y pico, aunque sea un pico largo. Los que tienen cuarenta nombres. Los que se emocionan. Los que devoran estrellas al pie de las almenas. Los que visten la noche con la voz ronca del vino peleón.

Los gigantes vivos de esta tierra iban en el vientre de los gigantes inertes, sosteniendo en sus hombros sus armazones de siglos. Derribando los cercos, abriendo las puertas.

Los gigantes de esta tierra, mis gigantes de Capitonis Durii, salieron a la calle a enseñarnos sus sueños. A demostrar que en la ciudad de las leyendas y el silencio queda espacio para los sueños, por inmensos que estos sean.

domingo, 1 de junio de 2008

Preciosa

Está preciosa con su cabeza rapada. Con las orejitas pequeñas pegadas que tanta envidia me dieron siempre. Con sus inmensos ojos verdes por donde rezuma la vida bajo las pestañas oscuras.

Está preciosa con su pañuelito blanco, el que se puso esta mañana cuando salimos a la lluvia a dar uno de nuestros paseos, esta vez corto y despacito porque no le daban más de sí las fuerzas. Está preciosa cuando nos ponemos a los pies del Cristo que abarca Zamora entera en los brazos de su Cruz.

Está preciosa con la peluca que ha estrenado con la misma ilusión con que estrenan los niños zapatos, donde pone a salvo sus ideas del frío de este mayo anodino y este junio que parece marzo.

Está preciosa con los gorros que se ha ido probando para el verano, que ocultan que la enfermedad le ha robado su brillante melena caoba. Está preciosa con la sonrisa de signo peremne que acunó a cientos de niños.

Es Amelia. Mi amiga. No sé siquiera si le diré algún día que una noche escribí esto. Que admiro su valentía. Que me emociono escribiendo sobre ella como ahora me emociono. Que está preciosa con su cicatriz bajo la que late un corazón precioso. Que cada día que compartimos es una lección de coraje, de replantearme lo que somos, lo poco que importan las cosas que importan poco.

Es Amelia. Mi amiga. Ella dice que me admira. Y cuando la miro me pregunto si yo sería capaz de cargar a las espaldas con su enfermedad y llevarla encima con esa inmensa sonrisa, con esa inmensa esperanza. Quizá por eso la quiera tanto.

Preciosa por dentro, preciosa entera.

martes, 20 de mayo de 2008

Davinia contra los gigantes

Existe una promesa, una flor tostada abriéndose a la vida donde vamos depositando nuestros secretos, nuestras noches, nuestras alegrías y las miles de puntadas que hemos decidido dar por la vida bajo el abrigo de la amistad.

Existe la mirada limpia que apunta hacia el futuro, el perfume de la lealtad en sus gestos, la fuerza de los pocos años, la valentía de los que quieren de verdad. La maraña oscura de su melena generosa, su pasión gatunera sobre la colcha de la cama, la sonrisa sin pliego de condiciones, la timidez que de cuando en cuando asoma a su rostro como si tuviese que esconder la rabiosa belleza que atesora de dentro hacia afuera.

A veces, cuando la miro, siento sana envidia de no corretear por la vida sin peso en la mochila. Y tengo la sensación de haber sumado muchos años sin darme cuenta de que todo lo que iba dejando atrás, de todo lo que iba quemando, de todo lo que pasaría a ser sólo memoria sin proponérmelo. Y me encantaría encontrar el punto de inocencia, la frescura de los besos que dejé sin dar, la ternura sin malear que aún ondea por sus pestañas, la brisa que la acompaña allá donde va sin que ella se percate.

Es Davinia, que cumple hoy dieciocho años. Podría ser casi mi hija, pero forma parte de los ilustres soñadores que viven en mi corazón. Llegó, nos dejó sus rosquillas, lloró con nosotros a su gatita, se quedó, anduvo en vela la noche que Zamora no se convirtió en una rosa roja y atravesó su mayoría de edad de nuestra mano la noche memorable en que Zamora quiso ser un corazón traspasado.

Nuestra Dukesita cumple hoy años. Llego por los pelos, pero llego. Le debía este regalo desde que un día la ví ponerse en pie y alzarse como David contra Goliat. Davinia contra los gigantes. Davinia luchando entre molinos de aspas hirientes como filos de espadas, como puñales en lo alto. Davinia salvando la decepción de las traiciones, Davinia sonriendo entre los árboles de Valderrey.

Se lo debía por la emoción primera de abrazarse a las mismas andas, por las noches de primavera en que esta tierra acompaña a Cristo a la Cruz, por las losas perfumadas de tomillo que pisamos juntas, por su silencio cuando necesitaba silencio y por su compañía cuando necesitaba compañía. Y te quiero, Davinia, porque pusiste tu voz al servicio de la mía cuando decidí callarme. Por tu dignidad, por ponerte en pie para lavar las heridas que otros me infringieron en una guerra que no era la tuya. Y sobre todo, princesita, por recordarme cada noche que hay una ventanita abierta donde no todos los ojos duermen.

Que cumplas muchos más, Davi. Nos encanta verte crecer.


(Foto Jose Pascual)

miércoles, 14 de mayo de 2008

He vuelto, o eso creo

Pues aquí estoy. He vuelto, o eso creo, pero entraré de puntillas porque ahora sé que tengo la fábrica llena de ocupas y no quiero despertaros. He vuelto igual que vuelve el agua a lamer las orillas; igual que vuelve el sol de tormentas después del frío. Igual que vuelven los trigos a los campos y la paz después de los temporales. Sobre mis sábanas huele a tierra húmeda.

He vuelto porque una noche de risas transparentes se lo prometí a Davinia y a Luis Fer, soñando soñando. Porque le dije a Félix que me sentía en deuda y sigo pensando cómo desenredarle las canas en el alma. Porque Tere me dijo que seguía esperando. Porque cuando estaba a oscuras encontraba el farol de Alberto. Porque los caldos y pócimas de Manolo me resucitaban el alma, o quizá eran sólo gin tonics vaticanos. Porque me sonrojan casi cuarenta entradas sin respuesta y aunque siga sin carbón para las calderas de mis sueños tenía que venir. Quería veros, qué coño.

No me he molestado en mirar el calendario. Se lo prometí a Darío una noche en que su sonrisa me llegó desde Argentina. Me lo prometí a mí misma cuando leía los mails de Guarismo, cuando Skunkita compartía sus primeros pasos por el amor conmigo, cuando veía los sms desde Salamora que me hacían sentir como una niña que se hace de rogar antes de tocarle a los vecinos del quinto una sonatina al piano.

He vuelto porque guardo la sonrisa más hermosa del mundo en mi primera hoja del calendario como si fuese un santo al que rezar todos los días. Porque Alvarito me ha enjugado tantas penas caminando que ya es hora de que abra la mochila de la alegría. Porque he dejado que la primavera tome por asalto Valorio. Porque el médico del alma me recetó volver cuando quisiera y mientras se llevó rosquillas al blog donde tienen nombre los días. Porque apareció Concha como un torbellino de viajes y proyectos y siempre me dejaba la puerta abierta.

He vuelto porque acabo de ver la firma de Manu estampada casi al lado de la de Mara, que es soñadora como yo, y nunca pensé que un día atravesasen estas puertas y derribásemos sin darnos importancia pequeñas murallas que levantábamos en la ciudad donde todos se reconocen pero pocos nos conocemos. Porque Marta me devuelve desde Lecce un Cái postizo a la manera italiana para remendar los agujeros de mi nostalgia. Porque Víctor sigue poniendo adoquines para que pisemos por sus calles. Por los que han entrado y han estampado su huella.

Poco ha pasado en este tiempo, o mucho. Enterré con un dolor que aún duele a mi Michu en la tierra rojiza de la finca de mi tío Lili. Llovía. Yo me acordaba del funeral de tercera de Mozart, qué cosas. Era Lunes Santo, el día de la Despedida en Zamora. El día en que florecen cardos a los pies del Cristo de los Doctrinos. Llovía porque lloraban los gatos buenos del paraíso gatuno.

Encontré una michu callejera, rubita y de morro rosáceo que dormita sobre mi regazo llenando de pelos blancos mi ropa negra mientras escribo esto. El día que me la traje a casa, sabía que era su casa. He llorado lágrimas de sangre y de azúcar; he tropezado contra mi soledad y me he levantado aunque de vez en cuando detenga un poco el paso y sienta como un zarpazo la caricia perdida del levante y el poniente sobre mi alma. Te echo de menos.

He cumplido años y he brindado por ello. Tuve calas blancas en mi correo el día de la celebración. He visto nacer a dos gigantes a orillas del Duero, he cerrado mil veces los ojos para oler a mar, para escuchar el mar, para beberme el mar. He visto películas por los ojos de Ricardo y paisajes de colorines en los confines de Fanny. He paseado por el alma de Ana. He cantado a los pies de la Lolita por las parituras azules de los ojos de Antonio.

He pasado noches en vela sin sueños y días durmiendo para que pasasen prontito y pesasen menos sobre la almohada. He regalado sonrisas. Le he rezado a todas mis Vírgenes y me he encabronado con la vida el día que le rebanaron a Amelia uno de los pechos que sirvió para amamantar a sus hijas. El puto cáncer, que no merma la luz de sus ojos insultantemente verdes. La puta vida.

He pasado por alto ferias y toros con los pies pisando mi tierra zamorana y el corazón de viaje hacia el Jerez de palmeras y bodegas, calor compacto, albero caliente y palmas por bulería. He pasado tardes enteras viendo el sol esconderse tras el castillo de San Sebastián porque Manolo me regaló la Caleta para mí solita. He pisado las arenas tras el simpecao de la Tacita porque en su carro iba prendido un pedacito de mi alma.

He acumulado horas de radio y de tedio, reencuentros y despedidas, soledades y compañías, noches, días, lunas, soles, lluvias, y nunca me decidía a volver porque sentía, y lo sigo sintiendo, que esta fábrica ya no era mía. Sóis vosotros los fabricantes de sueños.

He vuelto, o eso creo. Sin respuestas, sin sueños en la recámara, sin saber siquiera si mañana me sentaré e intentaré poner en marcha los motores de esta factoría donde los sueños tienen nombre propio, treinta y tantos requerimientos y una paciencia que no me merezco. Debería pedir perdón por la ausencia.

Y no tengo palabras para dar las gracias por la espera, por la emoción de esta fidelidad en tiempos de crisis de la patronal de las alegrías. Sigo desbordada, sigo paseando por vuestros sueños a ver si me topo con los míos. De momento, aquí estoy.

Seguid soñando, que me quedo. Mil besos.

miércoles, 27 de febrero de 2008

De sueños sin sueños

Sé que venis. Que entráis cada noche a buscar sueños. Que pululáis buscando, esperando. Que no encontráis, perovolvéis. Lo sé por los sms que encuentro en el móvil como un recordatorio, por los besos y flores que alguien se olvida en mi correo. Porque noto vuestras pisadas por los engranajes y noto también la caricia de los silencios en esta nave inmensa de improductiva historia.

El problema es que no sé qué hacer con una fábrica de sueños sin sueños. Esta factoría se levantó en un tiempo en que soñaba despierta y vivía dormida. Dejé hipotecado hasta el último ladrillo y ahora no sé cómo hacerle frente. O simplemente es que no quiero pagar el peaje que supone que te roben el alma con los ojos cerrados. Quizá es que a veces los sueños sean igual de pesados que levantar una trapa que se niega a despegarse del suelo. Quizá es que los sueños se venden tan caros que dejaron en números rojos mi cuenta.

Sé que venís. Que la fábrica se mantiene con vuestra luz y mis sombras en este tiempo en que vierto mi tiempo en los sueños de una pasión que nos une. Y no sé qué deciros, si soy una contadora de cuentos sin cuentos. Sigo sin tener respuestas, vivo en la pereza constante de quien renuncia a asomarse al balcón de cada día. Pero sé que venís y por eso hoy vine a dejar constancia de que sigo viva; viviendo viva, durmiendo despierta para no volver a caer en la tentación de soñar. Y os sonrío a mi manera mientras libro batallas que ya no me matarán, mientras dejo atrás patrias que nunca fueron mías. Algún día celebraremos lo mucho que me hicieron crecer sus cicatrices.

p.d. Os dejo en prenda la puerta abierta para que sigáis campando por esta factoría como perro por su casa. Y el derecho a no decir nada, para que no me mande a hacer puñetas Darío, que anda ya soñando procesiones por las calles del levante y del poniente. Simplemente, seguid soñando y no contestéis.

viernes, 8 de febrero de 2008

De Toro a la Viña (las cosas que olvidé contar)

Sé que tengo descuidada la fábrica. Sé que la pereza me ha vencido en estos días primeros de febrero y que el tiempo ha resultado escaso para hacer propósito de la enmienda y sentarme a escribir. A soñar. A dejar constancia de los tiempos que no viví y de las cosas que olvidé contar.

Y ahora que van pasando los días, sé que olvidé decirle a Marta que su Toro estaba precioso vestido de Carnaval. Que la Torre del Reloj parecía más alta. Que el balcón de Pilatos ensanchó sus vistas. Que las calles se vistieron de Domingo Gordo y fiesta como si fuesen el marinero barrio de La Viña. Que los soportales se llenaron de parodias entre vino y vino. Que sus paisanos tomaron las calles y perpetuaron bodas, lentejuelas y lutos.

Olvidé contarte, Marta, que tu tierra cumplió con la tradición del desparpajo, ya enterrado bajo la ceniza de la Cuaresma en este viernes primero de la Cuaresma que ya es sábado incipiente en esta madrugada muda. Sé también que sus rescoldos de siglos abrasan a tu gente, que comenzará a escribir romances y murgas en cuanto pase la Pasión.

Y te ilustro todo esto con una foto nocturna que robé un día en una página sin saber siquiera quién es el autor. Porque veo en ella la ciudad bajo el signo de Tauro con olor a reposo y silencio. A niebla de invierno; a humedad y frío. La que me guarda los pasos en sus losas. La que viste de racimos y uvas el mes de octubre. La que engalana de lluvias y frutos la Vega. La que extiende albero de quita y pon mientras espera nuevas fuentes de vino en su coso tres veces centenario. La que se cobija siempre a la sombra de su orgullosa colegiata. La que abre sus puertas en majestad a todo aquel que quiera acceder a sus secretos.
He dejado pasar, Marta, tu carnaval toresano. Porque quise esperar a contártelo así, en tiempo pasado. Como si Toro fuese la Viña, que sigue cantando noche tras noche versos porque en Cái no hay entierros ni sardinas que apaguen las gargantas. Quise contártelo despacito, como un sueño. Despacito, de retirada, igual que han vuelto mis manteos de Águeda a los cajones. Igual que reposa ya en el armario de los sueños este Carnaval que olvidé contar.

sábado, 2 de febrero de 2008

En la ciudad de Cádiz....

Puede que a vosotros el encabezamiento de esta entrada no os diga nada. "En la ciudad de Cádiz, siendo las...... horas del ..... de febrero...". Pero ese encabezamiento mantendrá esta noche larga a mi Cái en pie, hasta que el templo de ladrillo colorao quede mudo y vacío, sólo con los compañeros de prensa en el foso, y salga al escenario el jurado oficial del Carnaval para leer el fruto de sus deliberaciones.

Es un momento mágico, especial, que yo he tenido la suerte de vivir al pie del cañón, aunque fuese un cañón de coplas. El teatro a media luz, el escenario inundado de papelillos, las flores que pueblan el escenario en la gran final -hoy anturim rojo, el año pasado rosas amarillas- ofreciéndose a quienes día tras día informaron a los jartibles del mundo de cada sesión, de cada verso, de cada garganta rompiéndose en amores con el nombre de Cádiz por bandera. Las mujeres de la limpieza, reinas al fin por unos minutos, ocupando los palcos de las ninfas donde aún resuenan calientes y llenas de vida las jóvenes palmas de sus tanguillos.

Y mientras esto escribo, vivo una final atípica a cientos de kilómetros con el Falla encerrado en una pantalla de televisión. Aquí mismo, edificado sobre los cimientos mismos de mi corazón, sobreviviendo, latiendo, soñando Carnavales. Son las dos y diez de la madrugada. Quedan, al menos, cerca de tres horas de coros, comparsa y chirigota, mientras un cuarteto provoca las risas mañaneras de la ciudad que no duerme en febrero.

Y permanezco en vigilia con la Cádiz que permanece en vigilia. Y me enjugo lágrimas de emoción y alegría por cada mensaje de aquellos amigos que se acordaron de mi cuando subió al escenario la Banda del Capitán Veneno. Mi veneno. Mi banda.

Y volverá nuestro Falla al silencio que precede a la fiesta, y habrá bullicio en la plaza y bocatas y brindis en el ambigú. Y esta larga madrugada dará paso al carnaval de la calle, a las noches húmedas y chirigoteras por la Viña, a los coros en sus bateas vistiendo de tangos a la novia del mar. En la ciudad de Cádiz donde mañana, hoy mismo, ya sérá otro día.

Y yo he cumplido mi promesa, Cádiz, porque un día te dije que no pasaría un solo año de mi vida sin vivir tus carnavales. Aqui o allí. En el teatro y en la calle. Pisando la Viña o soñando, simplemente soñando, como te sueño ahora con tus calles abarrotadas preñadas de versos e ingenio.

En mi sueño de Cádiz, siendo las 2.23 de este dos de febrero.....

miércoles, 30 de enero de 2008

Copas

Revolviendo por los altillos de la casa, anda mi madre sacando cosas que no dejan de ser retazos de nuestra vida que un día fueron relegados a la oscuridad de los armarios. Entre las muchas cosas que ha recopilado -supongo que para darles puerta de forma definitiva- me topé el otro día con dos objetos, dos copas. Feas como todas las copas de poca monta. Bien escondidas como toda copa que se precie.

Siempre me dieron cierto repelús esas vitrinas repletas de trofeos como si fuesen un recuento de méritos ante los demás. Quizá por eso nunca dejé copa ni medalla alguna en la repisa y aún hoy, cuando busco algo que por lo general no encuentro, me topo con alguna medalla de natación del año de la polka hibernando en algún cajón. Porque las únicas medallas que reconozco son aquellas en cuyas cintas y cordones sumo años y procesiones, emociones y silencios que me guardo para mí.

Pero estas dos copas sí estuvieron durante mucho tiempo a la vista del respetable. No son copas de cristal cantarín listas para romperse en un brindis, sino de metal baratillo y diseño cutre donde los haya. Una de ellas, la más grande, no es siquiera copa de ganador, sino de una perdedora segura. Y la otra no es copa de méritos, sino de sonrisas. Por eso siempre las consideré dignas de exhibirse, mientras guardé sin interés los vestigios que acreditaban mi paso, ya muy lejano, por los podium.

La primera, bastante horrorosa, me la dieron por llegar la última. En la placa pone: Natación, verano del 78. Nueve años cumplidos en abril. Categoría alevín. Miles de metros nadados todas las mañanas, todas las tardes. Ejercicios de calentamiento, cronómetros, vueltas japonesas, flexiones, descansito y vuelta a empezar. Supongo que entonces tenía por cierto que un día me comería el mundo y que nada se me ponía por delante, así que eché mano de mi vena macarra y me apunté a la prueba de los ochocientos metros, donde todos los nadadores tenían cumplidos los dieciséis o dieciocho años.

Recuerdo la cara de póker de quien rellenó mi inscripción en la Ciudad Deportiva mirándome como si fuese de farol. Pero lo hice. Nadé esos ochocientos metros como si en ellos me fuese la vida; los últimos ciento cincuenta en solitario porque todos los demás habían acabado la prueba. Pero aquellos tres largos olímpicos eran míos y nadie me los podía quitar. Cada bocanada de aire me dejaba ver las gradas de la Sindical en pie animando. Y aunque pensaba que cada brazada era la última, llegué al final. Y había una copa esperándome. Mi copa de perdedora. Mi copa de campeona.

La otra me recuerda que la sonrisa abre puertas cuya llave no poseen la belleza y la fuerza bruta. Que la sonrisa es la piedra sobre la que se asientan los sueños. "Miss Simpatía Club Náutico-83". Una horterada en toda regla, que precisamente por eso, por hortera, tuvo muchos años sitio preferente en mi habitación. Lástima no haber encontrado una tercera copa de un concurso de jotas de barrio, con una pareja de flamencos en todo lo alto. También hubiese sido digna de la repisa, pero creo que fue a parar con el resto de chatarra a sabe Dios dónde.

Y ahora que me reencuentro con ellas, he querido fotografiar esas copas y traerlas a la fábrica. Para que bebamos juntos aquella derrota por orgullo y aquella sonrisa que nunca me costó nada encender, incluso con aquellos que intentaron silenciarla.

Porque, a fin de cuentas, la vida es una inmensa copa en la que todos nadamos, luchando día a día para bucear lo justito y no tocar fondo. Porque la vida es una copa de dolor y esperanza que hemos de apurar en cada sorbo. Porque la vida es una copa de alegría que tenemos que rebosar en cada sueño.

domingo, 27 de enero de 2008

Tere, que sueña con nosotros

No la conocéis, pero os hablaré de ella. Dice que se nos ha hecho adicta a la fábrica, que necesita entrar cada día. Y a mí me emociona profundamente que así sea, y quiero que estas letras sean una alfombra roja de bienvenida. O una petición formal de que no se vaya nunca.

A Tere tengo que agradecerle varias cosas: su amor incondicional, la lealtad de su amistad, su valentía ante las bofetadas de la vida y la alegría que transmite. Y, sobre todo, los dolores de un parto que dejaron en el mundo a Guti, uno de mis amigos más queridos. Después vendrían otros tres más, uno doble, hasta completar una camada de cinco cachorros que ha sacado adelante como una jabata con el patriarca José Luis siempre al lado.

Tere se asoma de puntillas cada día a la fábrica y sueña con nosotros. No sé cómo la encontró, porque ella misma no lo recuerda. Pero se ha repasado cada entrada de pé a pá, se ha puesto el mono de obrera sin concesiones, tiene mono de sueños, y puede que un día se atreva a escribir una entrada. En cualquier caso, se que está ahí, apuntalando cada resquicio de esta factoría.

Ha sembrado de sonrisas las clases con niños discapacitados y derrocha ternura cuando habla de ellos. Ha llorado lágrimas de sangre hacia adentro, ha soportado en pie los latigazos de la vida y es un ejemplo de dignidad y coraje para esta berrenda que le escribe emocionada recordando ese curriculum de tantos años de querernos. Con la pantalla iluminada por la sonrisa que te dedico.

Algún día te contaré, Tere, quién es quién en esta fábrica que crece ante tu asombro y el mío. Cómo surgió esta fábrica, que era un sueño en sí misma, aunque nunca se cumplió. Cómo sus obreros ayudaron a sostenerla en pie. Cómo el humo de su chimenea nos acaricia en noches cerradas. Cómo hubo un tiempo en que cada mañana había flores recién plantadas en la puerta y en su lugar se alza hoy un árbol superviviente que regamos un poquito todos cada mañana.

Y conocerás al chico que le pone nombre a los días, al inmoderado que dibuja alegrías en mi mapa, el arte de mi Cái en clave de verso, los versos de Concha, la preciosa mirada que Víctor, Pascual y Javier extienden sobre las cosas. Y tocarás el techo de Zamora de la mano de Juan Carlos, y comeremos manzanas con Mara, y regresaremos a Italia de la mano de Marta, y flirtearemos con los guapos de Hollywood y los jamones patrios entre las flores de Lola. Quizá llegues a conocer a mi Darío, que anda perdido en Algeciras esperando esa entrada que le debo. Y verás sonreir de nuevo a mi Skunkita, cuya alegría me traje en la mochila en recuerdo de lo mucho que Cádiz me ha dado. Esa Cái que Manolo nos enseña como nadie, día a día, con las madrugadas y las puestas de sol que me arroparon los ojos durante siete años. Ese Cádiz que Miguel deletrea en números como si fuese un guarismo.

Y quizá le pongamos rostro a los obreros que no conocemos o a los que, como tú, se asoman de puntillas y no dicen nada. Y esculpiremos con Fanny y con Joaquín sueños de palabras y materia. Nos perderemos en un cine con Ricardo. Pintaremos de azul las canas del alma de Félix. Caminaremos junto al joven Álvaro, mi sobri postizo, más allá de la sangre, que tanta fuerza me regala día tras día. Delimitaremos Salamora como un Estado sin fronteras donde dejaremos a Alfredo cargar a costal a sus anchas, daremos cristiana sepultura a Luis Santos de Dios y azuzaremos a Iacobus por la vaguería confesa de sus últimas entradas.

Tere, aquí los obreros que sustentan cada palabra. Obreros de esta fábrica: ésta es Tere, que sueña con nosotros.

sábado, 26 de enero de 2008

Dueño del rincón sin dueño

No he querido ver el hueco, la pared blanca donde hasta hoy se recortaba imponente nuestro viejo piano. El de la pianola intacta, el de cola invertida, el de la madera oscura y labrada como una pequeña joya de artesanía. Macizo, superviviente de dos siglos. Americano, clásico y sandonguero.

Primero fue un juguete para mis hermanos y para mí. Después, el teclado duro que nos obligaba a percutir de distinta forma mientras hacíamos escalas y arpegios, como si fuésemos trepando por los pentagramas hasta darle sentido al fraseo de Bach, a los divertimentos de Mozart, a los acordes melancólicos de Chopin.

No he querido bajar a despedirme, a posar por última vez mis manos en sus teclas blancas y negras, sus sostenidos y sus bemoles. A dejar resonar los graves por la galería como si fuesen una amenaza. A perderme por los agudos como si fuesen el remanso de las aguas del Lago de Como. A sostener en el aire los sonidos mágicos de sus cuerdas antiguas pisando un pedal como si fuese el embrague y el acelerador de un punto hacia el infinito.

Hoy ha salido de casa y con él un pedazo de mi alma escondido en sus entresijos de madera y cristal; cosido a sus engranajes, solfeando ausencias. Sumando horas de estudio y acompañamiento, las primeras audiciones de las composiciones de mi hermano o las improvisaciones que rompían el silencio de las noches de verano en sociedad declarada con violonchelo, flauta de pico y violines.

No he querido ver el rincón vacío donde volqué notaciones y sentimientos, las lágrimas de los primeros amores que me bebía mientras machacaba las lecciones del día siguiente y procuraba mantener la digitación que hace muchos años que perdí.

No he querido saber que se lo llevaban, por mucho que vayan a mimarlo, y creo que mañana pasaré con los ojos cerrados para soñar que sigue junto a la puerta. Para verme consumiendo la niñez entre trinos y mordentes. Para cantar en voz baja las partituras de mis entrañas.
En vez de ello, he echado mano de esta foto. Y me he despedido sin querer recordándolo así: como una mancha oscura en la pared, enmarcado en la centenaria cerámica de Olivares, sosteniendo los viejos tarros de las boticas, abierto siempre a la magia de la música. Mudo, impasible, guardián de mis sueños. Dueño siempre de ese rincón sin dueño.

martes, 22 de enero de 2008

Cantando por tus orillas

Una y pico de la madrugada. Aquí, en la plaza conventual de los tilos y la niebla de esta noche, resuenan los ecos de una comparsa. Aquí, en este ordenador donde desordeno sueños, robo por lo pirata las voces de los hombres de la tierra de la alegría.

Como si estuviese allí, al pie del mar, pegada al transistor o devorando imágenes en los canales locales, consumiendo madrugadas, descifrando letras, afinando el oído, limpiando mi alma. O allí, en la Plaza de Flagela, que es la Plaza del Falla, lamiendo con la mirada la humedad de sus empedrados. La Catedral de los sueños, en uno de los palcos que se asoman al templo consagrado a las coplas. O en el foso de los leones, como una guiri camuflada entre gaditas y jartibles, abocada a amar esa tierra por la condena de los versos y los pasodobles.

Aún falta casi una hora para que pise las tablas la comparsa de Juan Carlos Aragón. Mi comparsa. Los pentagramas que me cosieron la vieja Gades al alma. Las palabras que encadenaron mi corazón a sus orillas como una barquilla que siempre regresa a la blanca arena. Igual que yo siempre volveré siguiendo el rastro de su palabra incendiaria hasta quemarme en sus infiernos. Igual que siempre cantaré al compás de sus latidos.

Y espero mientras imagino el templo de ladrillo colorao como un hervidero. Las filias y las fobias desatadas. Las pasiones sobrevolando el Paraíso. Las sombras inmensas de los Ficus pintando de noche la Alameda. El mar picaíto rumiando soledades en el Campo del Sur. De la Caleta a Victoria, el agua en todos los puntos cardinales. El tanguillo chirigotero que ahora escucho. La guasa gaditana que desborda el teatro. Ole, ole y ole, y al que no diga tres oles, se le seque la yerbabuena. El Nazareno Greñúo durmiendo en Santa María. Cádiz despierta esperando la poesía de Aragón, el veneno del verso. La condena maldita de unos ángeles caídos que abrieron las puertas del cielo cantando por Cái. Las puertas de tierra de la tierra sin puertas.

Y no lloraré más en tu nombre, Cádiz, porque escucho tu voz y me jaleas por bulería. Y si se me caen las lágrimas a puñaos, será agua salada que sumar en tu mar a cambio de tu inmensa alegría. Porque haces de esta noche una noche de febrero. Y es amor el que me arropa en esta noche de vigilia y emociones, de distancia sin distancia caminito del Falla. Porque sonrío con tu poca vergüenza y muero con tu sobredosis de arte. Y te conozco y te sueño. Porque estoy velando contigo las noches de cuarteta y compás. Porque esta noche la niebla es un telón de terciopelo y mi corazón un metrónomo al tres por cuatro desbocado de impaciencia. Porque estoy pisando tu suelo. Porque conozco el cielo, la brisa de tus calles.

Y siempre canto contigo. Y sigo cantando por tus orillas.

(Y cada noche podéis escuchar a mi Cái esparciendo carnavales aquí)

sábado, 19 de enero de 2008

Médico de almas

Mientras ésto escribo, a las dos y ocho minutos de la madrugada, apura Tomás sus últimas horas antes de la prueba que le llevará a elegir especialidad. Alguna vez os hablé de él. Es nuestro Lucano. La sonrisa ancha. La palabra prudente. La blanca bandera de la honestidad. La fe inquebrantable de los que no necesitan meter el dedo en la llaga y sí curarla, antes con el don de la alegría que con vendas esterilizadas.

Tomás se ha licenciado en Medicina, pero ya era médico de almas. Nació médico sin saberlo. O quizá lo sabía y sólo anduvo los pasos justos. De libro en libro, de mirada en mirada. Aquí, en esta fábrica, cuando se fractura un sueño, noto siempre su presencia recomponiéndonos el alma. Sin imponerse, con la envidiable inteligencia de los que son grandes y no se anuncian. Pasito a pasito, suturando otoños descosidos, inviernos sin esperanza. Y le pone nombre a los días y tiritas a las noches.

Lo recuerdo una noche mágica salvando un mundo imaginario que latía bajo un palacio de cristal. Y en la penumbra de la capilla dorada, mostrándome los sueños de nuestro Cristo Dormido, aquel que yo también soñé antes de besarle los pies. Cuando tres sumábamos tres; cuando en verdad contábamos todos por igual. Y aquella primera noche en que quiso que extendiese mi berrenda capa impregnada de sal y murallas sobre sus días con nombre, para que inventásemos nuevos nombres juntos. Y conjugamos Carrión en tiempo pasado y Salamora en todas las declinaciones posibles. Y brindamos cuando escuchamos las plegarias desnudas del Mozo por las calles. Y nos empapamos de la primera luna llena de abril, resguardando el corazón del frío del arrabal.

No sé si ahora estará dormido o apurando las últimas horas antes de que se cuele el día por su ventana. No sé siquiera si vendrá mañana, porque le hemos dado moscosos para apaciguar el esfuerzo de su tesón sin reposo. Y será, ya es, médico de familia. De esta familia que sueña imposibles y pone en pie fábricas de deseos incluso en los tiempos del cólera.

Pero yo estoy despierta. Despierta en la primera noche de soledad de mi vida. Esta noche en que el silencio se masca en este piso de paredes vacías que quizá un día haga mío, pero que esta noche me viene un poco grande. Despierta en esta madrugada que me invita a dormirme. Y pienso en tí, Tomás. En tu sonrisa ancha. En tu tremenda capacidad de entrega. En la dulzura de tus gestos, en la firmeza de tus convicciones. En tu desprendida bondad, en la casa de dolor que conviertes en un templo de la esperanza. Curando deshauciados de la vida, arropando almas solitarias.

Porque aquí no necesitas reválidas. Porque te necesitamos cerca. Para que bautices nuestros sueños con nombre propio. Para que sanes nuestras soledades con tus remedios.

Mil besos, querido amigo.

jueves, 17 de enero de 2008

Soñadores del mundo

No es vanidad. Pero me encanta abrir cada día esta factoría y saber que vienen los soñadores del mundo a fabricar sueños. Los que estampan su huella como si la estuviesen dibujando en la arena húmeda y los que leen y se van igual que vinieron, en silencio, sin hacer ruido, con la rúbrica de una sonrisa en el rostro.

Los que buscan chimeneas dibujadas en el cielo, asomando entre los tejados, por encima de las cúpulas y los campanarios, al pie del Duero o sobre las aguas cantábricas, junto al Tormes o rumiando oleajes atlánticos; en la falda de una Peña donde huele a Andalucía, en las orillas mediterráneas de un Cádiz italiano, en las blancas fachadas de una isla atada a la tierra donde santificaron el flamenco en nombre de Camarón.


Los que estaban y se fueron. Los que no nos conocían y ya tienen taquillero en los vestuarios de este recinto sin puertas, de esta ventana sin cristales. Los que no nombramos y siempre estuvieron detrás de cada sueño. Los que nunca supieron que formaban también parte de la plantilla. Los que la pusieron en marcha y se desvanecieron igual que se desvanece el aire cuando pretendemos ponerle cercos. Los que nunca soñaron y aprendieron con nosotros a pintar de color el día a día. Los que dejaron de querernos. Los que nos enjugaron las lágrimas. Los que se asoman y se quedan. Los que conjugamos en pasado. Los que inventamos el futuro.


Me encanta sabernos cada día más; hacerme, hacernos fuertes en la certeza de que allá donde terminan mis sueños empiezan los de los demás. Retomar la alegría porque estáis, porque sóis, porque venís. Saber que esta chimenea no deja de iluminar los días, de salpicar de luz las noches más oscuras como si los sueños fuesen estrellas que se niegan a morir sin que nadie las descifre. De perfumar los vientos con los deseos de cada uno y hacerle guiños al destino, incluso cuando el destino nos vuelve la espalda.


No es vanidad. Ni siquiera es mía. Pero me encanta saber que existe esta fábrica pequeña donde caben todos los sueños, todos los soñadores del mundo.

lunes, 14 de enero de 2008

El templo de ladrillo colorao

Abría ayer sus puertas el templo de ladrillo colorao, el gran teatro Falla, para consagrar febrero al compás de los cantes de Cái. Y yo estaré inventando tangos lejos, muy lejos, mientras se alza el telón granate herrado en luces y caen los primeros papelillos sobre las sagradas tablas del carnaval gaditano.

Dejaré que avancen los días y que me acaricien los ecos y las voces de esa tierra que convive con el mar. Y cerraré los ojos para volver a sus butacas tapizadas de terciopelo, a los palcos de sillas incómodas, al ambigú atestado de gentes en los popurrís, al palco bullanguero donde las ninfas matan los tiempos en blanco por tanguillo, al gallinero revoltoso que estalla por palmas cuando avanza la madrugada para rasgar con el nombre de "Cái" el teatro que se viene abajo. Escucharé a María la Yerbabuena piropeando a los comparsistas y el tres por cuatro de caja y platillo de las chirigotas que se anuncian por la calle cuando pasan camino del teatro. Los nervios, las risas, los aplausos, los abrazos y los sudores de cada actuación.

Sumaré las horas de ensayos que no se cuentan, las noches de luna que escucharon los primeros acordes, las tardes de la primavera última que gestaron las primeras letras. Las olas, los vientos, el soplo cálido del Levante que llegará hasta mi ventana como una caricia en esta tierra adentro donde vestiré los árboles y las piedras de Carnaval como si fuesen la Viña en la dulce espera de sus noches de febrero.

Ayer comenzaba el Carnaval de Cádiz. Y esta noche, todas las noches, escucharé la voz profunda de los siglos rugiendo en mi alma, como si me hubiese colado por sorpresa en el foso donde se encienden los ordenadores cuando las luces del teatro se apagan y estarán ya todos mis compañeros dándole a la tecla para coger al vuelo la poesía que brota de las gargantas. Donde los bocadillos prohibidos entre copla y copla saben a un pedacito de gloria. Donde esta noche se sentará en mi silla de jartible de tierra adentro otro jartible criado al pie del mar a rezar como un rosario noche tras noche "sienes y sienes" de coplas hasta el día mágico de la final, cuando queda vacío el Coliseo y Cádiz entero espera en pie la voz del jurado antes de romperse por la Viña.

Y cantaré contigo, Cádiz. Y te echaré de menos.

(p.d. Os dejo con Araka la Kana, la comparsa de Juan Carlos Aragón que el pasado año se alzó con el primer premio. Las letras y las músicas que me ataron a Cádiz como una condena. Una de las pantallitas que pululan en el foso es la de mi ordenador. Algún día os contaré aquellas noches y la gran final tapizada de rosas amarillas y emoción hasta bien entrada la madrugada)

domingo, 13 de enero de 2008

Hacia la luz

La fábrica hoy está de luto, pero sus puertas no cierran. Nuestros besos, nuestros sueños y nuestro amor vuelan camino de San Fernando con el soplo frío del viento del norte. Como una caricia, como un pañuelo, como la blanca vela de un mástil navegando sobre el dolor, como una bandera de la alegría que nos resta por compartir, de los sueños que tenemos que fabricar.

Libres y eternos en la sonrisa de la Virgen marinera. Desde nuestros ríos revestidos de invierno y piedra hasta la costa de la luz y de la sal.

Siempre hacia la luz, cariño. Siempre hacia la luz.

Mil besos, Anita.

(p.d. Como quien regala una caricia, os dejo la música de Porpora en la voz de Jaroussky)

martes, 8 de enero de 2008

Siempre fuerte, amiga mía

De las mejores cosas que me traigo en la mochila de mi Cái, una es la sonrisa de Ana, la Skunkita.

Porque en sus ojos veo reflejados un puñao de atardeceres, y si veo su pelo rizado -su pelo Pantene, of course- lo imagino peleándose con el viento de levante. Y si escucho sus pasos dibujo miles de huellas por la arena húmeda. Y si reímos juntas me sabe como la brisa de la orilla. Y si se me empapan los ojos, es la humedad del viento del sur. Y si guardamos silencio es como si estuviésemos leyendo los posos del café de la terraza del Meliá. Y si nos encontramos a las tantas en el messenger, vuelvo al salón con vistas al mar donde tantas estrellas devoramos en pos de sueños.


Sueños, Anita. Como aquellos que fabricábamos mientras te asaba una paletilla de lechal a las dos de la mañana mientras ya se veían sobre las aguas los barquitos faenando. Como las noches de cine y palomitas o la sesión continua de sofá a sofá estrenando una superpantalla. Sueños, Ana. Como el abrazo que te debo, ahora que he perdido tanto tiempo lamiéndome las heridas que siento que olvidé decirte que mis brazos son suficientemente grandes para que quepamos las dos.

Sé -lo acabo de leer- que le pediste a los Reyes un milagrito. Yo también se lo dije al oído a mi Cristo de los Doctrinos hace poquito. Para que su sonrisa te llegue hasta la isla, para que su abrazo os llegue hasta la habitación del hospital. Para que duerma en la misma almohada de tu padre y vigile sus sueños. Para que deje los míos en lista de espera y atienda lo que de verdad es importante. Para que reconozca la valentía de quien se pelea la vida cada minuto y la gana poquito a poco como si fuese un regalo.

Y yo, Ana, sé que aunque se haga el dormido me escucha. Igual que te vio a tí tu Nazareno isleño mezclada entre la gente siguiendo su paso por las calles. Y sé que le rezo aunque no recite padresnuestros de memoria. Y sé también que parte de ese corazón que dejé a sus pies permanecerá siempre a tu lado. Y que cuando lo necesites y eches mano de él comprobaremos que sigue sabiendo a sal y a mar, a las encinas de mi tierra adentro, a las tardes de terraza y piscinita, a las piedras doradas y las fachadas de cal, a los días y las noches, a la salud y a la enfermedad. A adobo y costillitas. A la sonrisa que me traje en la mochila, que me devuelve la luz de Cái cuando estalla como una sorpresa en tu boca.

Mañana, o pasado, o cuando vayas por nuestra Gades fenicia y marinera, ponte allá donde la diosa de bronce mira hacia el mar y mira tú en dirección contraria, allá donde cada noche asoma la estrella del norte. Quizá por detrás de la cúpula de azulejos veas asomar el humo de esta fábrica que también te pertenece.

Y brindaremos por la vida, Anita. Por los que van llegando, por los que están de siempre. Por los obreros que me sostenéis esta factoría incluso en los días más duros. Por la sonrisa maravillosa de "Rafalín" entre tus brazos. Por la lucha diaria de tu padre, por la valentía de tu madre, por la mirada generosa de tus hermanas, por tus idas y venidas, por ese armario de tres puertas con corazón de una sola cerradura del que tienes la llave. Y sabrás que estoy contigo. Que en el fondo nunca me fui. Que seguimos pasándonos una pelota de colorines en el agua.

Siempre fuerte, amiga querida. Siempre fuerte.

sábado, 5 de enero de 2008

Carta a los Magos de Oriente

Queridas Majestades:

Permitidme ser osada y escribiros una carta desde una fábrica sin sueños. Aprendí desde niña a esperaros con el corazón en vilo la noche del cinco de enero. Y ahora que soy mayor, sigo siendo súbdita de vuestra estrella. Y ahora que he crecido, sóis los únicos monarcas a quienes rindo pleitesía en la noche mágica que dura vuestro reinado.

No os escribí nada porque pensé que nada quería en vuestra visita de este año. Una pizca de salud, si cabe aún en la saca, y seguir en pie para plantarle cara a la vida que me toque vivir. Pero he caído en la cuenta de que, sin poner zapatito relimpio en el balcón, estaré esta noche con el alma pegada a los oídos, por si escucho cascos de camellos bureando por el tejado de mi casa y deja de darme miedo la soledad de cada noche.

Y si no habéis olvidado dónde está mi habitación, dejadme unos cuantos sueños para todos los obreros de esta fábrica. Y el don de la sonrisa, para seguir alumbrando mi camino y el de los que quiero. Dejadme también la capacidad de volver a ser niña al menos en esta noche, para poder jurar mañana que ví un rastro de luz saliendo del salón mientras en la bandeja de los dulces no quedaban más que miguitas.

Dejadme la mirada limpia de entonces, cuando no me importaba si Baltasar desteñía al darte un beso, porque era el más negro de los reyes negros y sigo jurándole lealtad. Y los ojos como platos al despertar, la fe inquebrantable en que vuestra magia bien vale todos mis deseos.

Dadme valentía para seguir cantando cada mañana, esperanza para mirar de frente al dolor, generosidad para no guardarme nada, serenidad para aceptar mis errores y paciencia para asumirlos como parte mía sin castigarme por ello. Dejad también tinta invisible para seguir escribiendo nuevos días en la piel. Poned al lado una pizca de alegría para lo que venga, ternura para quien me la pida y la capacidad de perdonar a quienes quise y no me quisieron, igual que quisiera perdonarme por no estar a la altura de quienes me quisieron mientras yo miraba para otro lado.

A aquellos que fueron parte de esta fábrica y se fueron marchando sin rescisión de contrato, dejadles al pie de la cama parte de la alegría que trajeron un día multiplicada.

Y si esta carta no os llegase a tiempo, cabalgad cuando queráis sobre el tejado de esta fábrica sin puertas y dejad deslizar los sueños por la chimenea. Aquí siempre os esperamos. En esta patria de nombre compuesto y folios en blanco siempre habita vuestro reino, siempre somos niños con los balcones abiertos.