domingo, 30 de marzo de 2014

Descansa y duerme, Conce querida


En esta madrugada aún tímida se nos acaba de ir mi tía Conce con una vida bien cumplida y llena de amor al lado de un hombre bueno. Madre, hija, esposa, hermana y abuela excepcional, pero sobre todo MADRE CORAJE cuando tuvimos que despedir a mi prima Montse y ella resistió como un roble esa bofetada de la vida y siguió esparciendo amor en todos los que nos quedamos campando por aquí abajo un poco huérfanos de aquella presencia tan querida, tan joven, tan temprano.

Hace apenas unos días le pedía a nuestro Cristo de la Buena Muerte eso: que llegada la hora el momento fuera dulce y te marchases en paz, sin dolor. Sé que ha sido así y que si de verdad existe un cielo ya lo habitas, por tu confianza en Dios y tu fe inamovible. Amor diste y de amor te has ido rodeada, mientras cruzas el puente que separa la tierra de lo eterno. La muerte, o la vida, ha llegado de madrugada, en esta madrugada de primavera que parece invierno.

GRACIAS por la estela de amor y de bondad que dejas; GRACIAS por tu mirada verde, por tu sonrisa, por la ternura que ponías en todo lo que hacías, por preocuparte siempre, por esa voz siempre acariciando al otro lado del teléfono, por tantos recuerdos de infancia, por aquellos diciembres de matanza, morcillas y botillos. Descansa y duerme, cariño mío.

Te queremos, Conce. Tú, que has creído tanto y que tanto nos has querido, cuídanos allá arriba.

(Os queremos, Julita, Juan Mari, Maribel, Conchita y José Luis)

miércoles, 29 de enero de 2014

Puerta


Ahora, que ya has salido, nunca vuelvas a atravesar esta puerta.

Porque ya no tienes sitio en mi vida.

Porque no quiero que vuelvas a pasear por mis sueños.

(Foto: Rafa Pedrero)

domingo, 19 de enero de 2014

Abrazos de tiza


La imagen, que ha dado la vuelta al mundo, te toca las tripas, te  exprime por dentro, duele en los ojos. Tristeza y ternura y un continente de soledad en un cuerpo tan pequeñito. Una niña iraquí de un orfanato extrañaba tanto a su madre que la dibujó sobre el suelo para dormir acurrucada en su pecho, entre esos brazos dibujados con tiza donde cabría el mundo.

La imagen pondría a latir, calentaría las entrañas de las mismas piedras. La tiza tuvo que convertirse en carne, en sangre. Quiero pensar que bajo el pavimento latía un corazón más fuerte que la muerte. Y en mis brazos he dibujado un abrazo inmenso, por si pudiese llenar de amor a esa criatura que me ha llenado los ojos de lágrimas y me recuerda, hecha una bolita en una isla de ausencia, la sinrazón y la crueldad de todas las guerras, el vínculo sagrado del amor y de la sangre, el dolor sin tregua de la ausencia.

* * * *

Cada noche te dibujo con tiza blanca sobre las sábanas blancas, como si no existieras. Y ese abrazo invisible es más de verdad que todos los abrazos que taparon mi desnudez con tu desnudez como besos de Judas punzantes sobre mi carne indefensa, entregada. Ya no escucho los latidos de tu corazón sin latidos, de tu corazón sin corazón, de tu corazón sin continente. Y trazo en mi soledad abrazos de tiza blanca sobre el colchón blanco. Abrazos que no duelen. Abrazos que no existen. Abrazos invisibles para poner a salvo mis sueños.



miércoles, 18 de diciembre de 2013

Te quiero, Marigel


Son las 0.01 de la madrugada. Ya es 18 de diciembre. Tu cumpleaños. Y un poco el mío, porque una parte de mi vida va cosida a tu vida. Porque te llevo tan dentro que me duele tu dolor y me inunda tu alegría. Y cumplo años contigo cada 18 de diciembre, en el día de la Esperanza, esa que nunca se pierde pero que a veces se desdibuja entre la niebla de los veranos sin sol, de los inviernos sin tiempo.

Te escribo así, de noche, como tantas veces he escrito con el corazón al borde del precipicio. Porque sigo con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de palabras que a veces no digo pero que conoces. Palabras que sabes sin que yo diga, sin que yo haga. Amiga mía. Amiga. Queridísima.

Hoy cumples años, y es como si en estos doce meses últimos hubiésemos quemado miles de años, miles de vidas, miles de kilómetros. Todo tan lejos. Todo tan irreal. Todo tan distinto.

Pero tú eres real. Tú permaneces. Tú siempre, aunque no te abrace, aunque no te vea. Tú siempre cuando cierro los ojos y siento tu mano cerca de mi mano y tu sonrisa provocando sonrisas en mis labios para que se abran de nuevo a la vida. Tú estás, tú eres. Tú siempre.

Y yo, que no puedo regalarte nada con mis manos vacías, te dejo por escrito esta declaración de intenciones, esta declaración de vida siempre contigo, al lado, por muchas carreteras que tracemos en un mapa donde las distancias no existen. Sumando. Viviendo. Sonriendo. Mirando más allá del dolor, pasando de puntillas por el olvido.

Yo, que no puedo regalarte nada, te dejo esta foto con la luna de agosto brillando en mis pupilas aún enamoradas, en tus ojos asomándose a una vida nueva, en las lágrimas bebidas a sorbitos pequeños a solas, o juntas en un abrazo que aún duele, en el futuro que por fuerza nos tiene que reservar un huequecito en la isla de la alegría.

Porque tú eres mi regalo sumando, cumpliendo, viviendo. Y haces que vuelva a escribir en esta fábrica de sueños sin sueños para darte un beso antes de irme a dormir con la promesa de soñar y volar juntas, y regresar al tiempo de las confidencias, de esos secretos que morirán en nosotras y que nos atan con los invisibles hilos de una amistad más fuerte que cualquier temporal que nos azote.

Te quiero, Marigel.


(Felicidades, mi niña)

lunes, 14 de octubre de 2013

Así, azul. Así.


A veces te veo así, casi azul, anocheciendo, desdibujándote en una cabeza que te dibuja cada día porque lo que se ama nunca se olvida. Construyéndote sobre el horizonte, inventándome tu silueta donde rompe el agua.

Te pienso así. Azul. Sin la luz atronadora de los mediodías, mientras lame tus recortes de arena y piedra el océano y te acarician los vientos. Así, en silencio, azul, o gris, como si tanto tiempo me pintase los recuerdos de azul nostalgia, me robase tu luz intensa, el sol naranja de los atardeceres, el olor a sal de las madrugadas, el ronroneo salvaje del mar bajo mi ventana como un gato callejero rondando a una hembra.

Te veo así. Te veo con los ojos cerrados. Así. Y no me duele tu azul manso, tu luz tamizada por la ausencia. Volveré. Volveré a verte un día y le enseñaré tus rincones y tus callejuelas a quien quiera acompañarme en ese viaje. Quiero verte. Quiero compartirte. Y le contaré cómo es el soplo del Levante y esperaré a que se esconda el sol para que se enciendan sobre el agua los barquitos de pesca como estrellas, para que la luna nos sorprenda blanca sobre las azoteas y la cúpula.

Y cantaré con voz de febrero tus secretos, y resonarán felices mis pasos sobre los empedrados húmedos, y quizá otros pasos nuevos descubriéndote en la palma de mi mano, en el mapa de mis ojos. Y se asomará la vida a tus balcones y a tus miradores, y se encenderá mi alma y serás de nuevo mediodía, luz naranja, el color, la sonrisa de la madrugada.

Volveré. Y te dictaré mi nombre una vez más para que no se te olvide que siempre te quiero, que siempre te espero. Y escribiré en la arena otro nombre para que lo sepa el agua, o dejaré para siempre en blanco la playa secreta, el mar pequeñito donde se disuelve en amor y esperanza mi corazón.


(La foto es de mi amigo Manuel Sánchez Quijano. Volveré)

lunes, 23 de septiembre de 2013

Me vestiré de otoño


Me vestiré de otoño. Desnuda. Dejaré que caigan las hojas como si fuese ley de vida, como si un huracán no me hubiese arrancado de cuajo la primavera, como si un hacha implacable no hubiese talado las ramas que se expandían tan generosas, tan amorosas, tan protectoras sobre tu cabeza. Tranquilamente. Sin dolor, sin recordar que un día fue verde la memoria muerta.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse los momentos en que fui feliz. Inmensamente feliz: un par de días de piscina; la primavera echando flor en unas varas plateadas; el camino a La Hiniesta tapizado de amapolas; nuestras voces en la bóveda mágica de una cueva encantada; una cicatriz en la pierna derecha; el tacto tibio de las sábanas a medias; los besos que posabas en mis labios; los momentos en que me hacía pequeña entre tus brazos y la tierra dejaba de girar. Tu respiración tan al lado. Los ojos jodidamente azules de Michu. Estadio Azteca, que ya no suena en mi móvil. Los boleros en una bodega con nombre de motín. María la portuguesa. Un miserere de Aliste. Silvio quemando kilómetros en el coche. Limosna de amores. Todas las canciones que olvidaste perdido entre cantos de sirenas, más allá del océano, tan deprisa.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse aquellos te quiero que me sonaban a la música callada del mundo. El frasco negro de perfume transparente, el rastro de mi piel. Tus latidos después de galopar sobre mis sueños. Guardaré también mi presencia fuerte como un roble en la salud y en la enfermedad. Siempre. Acompañando, consolando, creyendo que era importante el soporte de mi hombro, mis ojos en tus ojos, mi vida por tu vida. Hojas muertas que ya son nada, que son viento, que mueren como muere todo en el otoño.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Sin dolor. Sin mirar atrás. Sin rencor, porque sólo se puede odiar lo que no se ha amado de verdad. Como si nunca hubiese existido el verano, ni la primavera, ni aquellas noches de frío y niebla con la madrugada acariciándome el rostro de vuelta a casa, a caballo entre la vida y el sueño, la felicidad de tu abrazo, la paz en el vientre y en el alma. Mi almohada. Los hielos danzando en el vidrio, gintonic y vodka naranja: salud. El vapor alisando tu ropa como si yo te abrazase bajo las costuras. El corazón desbocado cada día como si fuese la primera cita. Aquel primer beso en el sofá. El olor a tormenta y a tierra mojada, los mediodías a medias, mi mano en tu mano. La confianza. La ternura. El hueco de tu espalda. Tu pelo oscuro entre mis dedos. Tantas veces. Nuestra risa. Hojas secas, hojas muertas que tapizan este otoño que me viste de otoño. Desnuda.

Hojas muertas que guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse para que nadie, ni siquiera tú, pueda destrozarlas. Para que nadie pueda rozarlas con sus dedos. Son mías. Porque yo soy alegría, carne, árbol, palabra. Lealtad, amor. Porque yo soy verdad. Porque he sido feliz aunque apostase contra el mundo a caballo perdedor. Y sé que vendrán nuevas primaveras, que escribiré nuevas historias porque la vida no se detiene en el punto donde me hubiese gustado apearme y bajarme del mundo para siempre. Hojas nuevas, savia nueva, brotes, nuevos veranos. Sin ti. Después de ti.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Sin miedo. Me vestiré de otoño y de sonrisas, las puertas abiertas, caminos que nunca había pisado. Estos primeros pasos que cuestan un mundo hasta que aprenda a andar otra vez sola, tan sin contigo. Esperando el invierno como antesala de nuevas primaveras. Otros besos, otras sábanas. Una almohada mía. Otros días de verano, otras madrugadas contra el rostro, la felicidad del amor recién estrenado cada día, la confianza sin traición, sin este dolor de no haber sido querida. Pero fui feliz. He sido feliz y eso me guardo en mi cajita sin llave.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Esperando nuevas caricias que cubran mi cuerpo sabiendo que es un tesoro que no pueden tocar las demás manos. Dejando el alma en cada centímetro de piel para que se la coma a besos quien de verdad tenga sed de beberme y tatuarme la primavera sin que le tiemble el pulso, sin miedo a pronunciar mi nombre en voz alta.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Esconderé la cajita de hojas muertas en la memoria de los días felices. Y vendrá el olvido. Y seré de nuevo primavera, promesa, presencia verde de la vida y de la alegría.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Te llamaré por tu nombre

Para quien escribe dejándose la piel en cada esquina es más fácil bautizar a un león midiéndose en la arena con una bestia ante el mundo que elegir un nombre en un cuerpo a cuerpo, ganas de nuevas peleas entre tus brazos, en ese continente efímero donde sólo cabemos tú y yo.

Te he esperado como una gata sin celo y sin prisa, sin saber acaso que te esperaba y no sé el nombre que tienen los besos que sacian la sed de besos, si ni siquiera sé si habrá una próxima vez, si llegará un día sin urgencia en que mis dedos puedan descifrar si las carreteras que conducen a tu boca llevan a alguna parte.

Te llamaré por tu nombre. Y te lo dictaré al oído si tienes la poca prudencia de acercarte, de recortar distancias como quien se la juega de poder a poder, imponiéndote, venciendo. Porque sólo tú sabes que eres tú. Porque todos perdemos el nombre en el combate horizontal de piel a piel, en el cuerpo a cuerpo de quien alimenta el deseo de comerse a bocados y seguir viviendo sin nombre en días sin tiempo, en noches sin reloj, en la incertidumbre de repetir o no el vértigo de asomarte a mi escote, a mis labios sin miedo, el pulso acelerado, el corazón medio loco, el encuentro con el abismo, el tacto tan suave, la calma silente que siempre cierra una batalla.

Te llamaré por tu nombre porque me gusta cómo estalla la tilde contra mis dientes. Porque te mastico despacio, dos sílabas, seis letras. Y te muerdo sin guardarme nada. Porque conozco la mirada felina del primer encuentro, el león sobre la sábana, esta contienda, la promesa de ponerte un nombre con este orgullo de hembra restituida en su cetro.

Te llamaré por tu nombre. Y guardaré bajo la lengua la incógnita del próximo beso, por si sólo lo he soñado.