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lunes, 23 de septiembre de 2013

Me vestiré de otoño


Me vestiré de otoño. Desnuda. Dejaré que caigan las hojas como si fuese ley de vida, como si un huracán no me hubiese arrancado de cuajo la primavera, como si un hacha implacable no hubiese talado las ramas que se expandían tan generosas, tan amorosas, tan protectoras sobre tu cabeza. Tranquilamente. Sin dolor, sin recordar que un día fue verde la memoria muerta.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse los momentos en que fui feliz. Inmensamente feliz: un par de días de piscina; la primavera echando flor en unas varas plateadas; el camino a La Hiniesta tapizado de amapolas; nuestras voces en la bóveda mágica de una cueva encantada; una cicatriz en la pierna derecha; el tacto tibio de las sábanas a medias; los besos que posabas en mis labios; los momentos en que me hacía pequeña entre tus brazos y la tierra dejaba de girar. Tu respiración tan al lado. Los ojos jodidamente azules de Michu. Estadio Azteca, que ya no suena en mi móvil. Los boleros en una bodega con nombre de motín. María la portuguesa. Un miserere de Aliste. Silvio quemando kilómetros en el coche. Limosna de amores. Todas las canciones que olvidaste perdido entre cantos de sirenas, más allá del océano, tan deprisa.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse aquellos te quiero que me sonaban a la música callada del mundo. El frasco negro de perfume transparente, el rastro de mi piel. Tus latidos después de galopar sobre mis sueños. Guardaré también mi presencia fuerte como un roble en la salud y en la enfermedad. Siempre. Acompañando, consolando, creyendo que era importante el soporte de mi hombro, mis ojos en tus ojos, mi vida por tu vida. Hojas muertas que ya son nada, que son viento, que mueren como muere todo en el otoño.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Sin dolor. Sin mirar atrás. Sin rencor, porque sólo se puede odiar lo que no se ha amado de verdad. Como si nunca hubiese existido el verano, ni la primavera, ni aquellas noches de frío y niebla con la madrugada acariciándome el rostro de vuelta a casa, a caballo entre la vida y el sueño, la felicidad de tu abrazo, la paz en el vientre y en el alma. Mi almohada. Los hielos danzando en el vidrio, gintonic y vodka naranja: salud. El vapor alisando tu ropa como si yo te abrazase bajo las costuras. El corazón desbocado cada día como si fuese la primera cita. Aquel primer beso en el sofá. El olor a tormenta y a tierra mojada, los mediodías a medias, mi mano en tu mano. La confianza. La ternura. El hueco de tu espalda. Tu pelo oscuro entre mis dedos. Tantas veces. Nuestra risa. Hojas secas, hojas muertas que tapizan este otoño que me viste de otoño. Desnuda.

Hojas muertas que guardaré en una cajita que jamás ha de volver a abrirse para que nadie, ni siquiera tú, pueda destrozarlas. Para que nadie pueda rozarlas con sus dedos. Son mías. Porque yo soy alegría, carne, árbol, palabra. Lealtad, amor. Porque yo soy verdad. Porque he sido feliz aunque apostase contra el mundo a caballo perdedor. Y sé que vendrán nuevas primaveras, que escribiré nuevas historias porque la vida no se detiene en el punto donde me hubiese gustado apearme y bajarme del mundo para siempre. Hojas nuevas, savia nueva, brotes, nuevos veranos. Sin ti. Después de ti.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Sin miedo. Me vestiré de otoño y de sonrisas, las puertas abiertas, caminos que nunca había pisado. Estos primeros pasos que cuestan un mundo hasta que aprenda a andar otra vez sola, tan sin contigo. Esperando el invierno como antesala de nuevas primaveras. Otros besos, otras sábanas. Una almohada mía. Otros días de verano, otras madrugadas contra el rostro, la felicidad del amor recién estrenado cada día. Pero fui feliz. He sido feliz y eso me guardo en mi cajita sin llave.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Esperando nuevas caricias que cubran mi cuerpo sabiendo que es un tesoro que no pueden tocar las demás manos. Dejando el alma en cada centímetro de piel para que se la coma a besos quien de verdad tenga sed de beberme y tatuarme la primavera sin que le tiemble el pulso, sin miedo a pronunciar mi nombre en voz alta.

Me vestiré de otoño. Desnuda. Esconderé la cajita de hojas muertas en la memoria de los días felices. Y vendrá el olvido. Y seré de nuevo primavera, promesa, presencia verde de la vida y de la alegría.

jueves, 18 de octubre de 2012

Llueve


Llueve. Llueve con lluvia que no cesa, como ese rayo que incendió de dolor las palabras del poeta, la elegía, el cántico en la muerte del amigo, la ausencia de todo lo que alguna vez se ha amado.

Llueve lluvia sin sed, lluvia que no limpia, que no lava, que no arrastra. Que no alivia esta otra sequía, las tripas contra las tripas, pegadas; este vacío que no quiere más lágrimas, ni más agua, ni más nada. Que no necesita nada. Que no pide nada. Ni siquiera palabras. Ni más lluvia. Nada.

Llueve. Michu se acerca a la ventana, husmea las gotas que empapan el cristal y se enrosca sobre el cojín, cerca, a mi lado, sin hacer ruido. Duerme. Como si no lloviese. Como si el cielo no gritase tantas cosas, tanta pena sobre mojado, tanto vértigo, tantos latidos muertos, este precicipio en el que vivo. No sabe que cuando llueve es la noche la que golpea en la ventana con sus nudillos de agua. Esta noche tan larga, tan sin luna. Este silencio que no cesa.

Afuera sigue lloviendo.


(La imagen es de internet. Desconozco su autor)

domingo, 29 de julio de 2012

Pero tú no, Tere. Tú no.


A ver, Tere. A ver cómo te explico que me has dejado sin palabras, que no sé qué coño escribir aquí, frente a esta pantalla en blanco que de cuando en cuando se me pierde entre tanto dolor, entre tanta rabia, entre tanto desconcierto, entre tanto no saber qué decir.

A ver cómo te digo que hoy no sé escribir, con lo que tú disfrutas entrando aquí de puntillas, en esta fábrica de letras y en toda mi vida, en todos mis sueños, para vestirlos de gala y ponerlos a bailar por las calles y dentro de mi alma.

A ver cómo resumo tantas cosas, tantas confidencias, tantos abrazos, tanta verdad entre tú y yo. A ver cómo te explico que febrero ya nunca será febrero; que tus Águedas tenemos la voz y el corazón quebrado, que nunca sonaron más tristes las saudades de la dulce lengua portuguesa ni tan lejana la felicidad, la suerte inmensa de compartirte.

A ver, galana, cómo te escondo tantas lágrimas, con lo que a tí te jode verme llorar, que intenten hacernos daño a los que quieres por encima de todas las cosas, en todos los momentos, frente a todas las tempestades. A ver cómo le cuento al mundo tanto amor, tanta inteligencia, tanta fortaleza, tanta alegría, la luz infinita de tu presencia, el regalo de vida que nos hiciste cuando fuiste poniendo a tus hijos en el mundoy nos dejaste cobijar bajo su sombra de amistades para toda la vida. Para toda la vida, Tere, aquí o allá; en la tierra o más allá de las estrellas. Siempre.

A ver cómo soy capaz de explicarte cómo me duele escribirte, cómo duelen las mil y una cosas por las que debería darte las gracias de nuevo, aunque siempre le haya dado gracias a la vida por ponerte en mi camino y hacer tanto kilometraje de la mano. Nunca me sueltes, querida mía. Nunca me sueltes.

A ver cómo te cuento que la gente puede morirse, que esto es el instante, que somos tan frágiles. Pero tú no, Tere. Pero tú no.

Tú no.

Gracias, hermana mía, amiga mía. Gracias por tu vida.

Te quiero con toda mi alma.

martes, 5 de abril de 2011

Abril, otra vez


Abril, otra vez. El perfume de las noches cada vez más claras, la luna preñándose de luz en el cuarto creciente. Y el rumor de las aguas bajo el puente, junto a la piedra, eternamente apostadas al pie de la muralla.

Abril otra vez. Las aguas románicas, abril románico en la ciudad intangible, la que sueño ahora, puertas afuera, al otro lado del río, mirando hacia el sur infinito, tan lejano, anhelando siempre, aquí y allí.

Abril otra vez, jugando a la primavera en los árboles, en los almendros de flores blancas y prietas, en la luz desafiante de cada tarde, en las torres y los campanarios que se perfilan contra la última luz dibujándote cada noche, aunque no te vea. Y el puente, otra vez el puente, y más allá un Nazareno de barrio con la Cruz dispuesta. Abril otra vez en las cruces.

Abril esperando en el incienso ya preparado, en la ciudad que se despereza como si no conociese la indolencia. En las palmas amarillas que sostienen el sol y la infancia. Abril otra vez; abril posándose en las calles silentes, en las cuestas y en los miradores, en los hábitos que se orean al viento.

Abril ha regresado en el silencio de la cera, en las noches sin sombra, en la vida que pasa impasible sobre el Duero, hacia las huertas. Abril en las esquinas, en los escaparates, en la mirada de los niños que este año estrenarán su túnica primera, en las cicatrices de guerra de tantos abriles.

Abril bajo los párpados, abril bajo la piel, latiendo a mi pesar, abriéndose paso entre las carnes y entre los recuerdos. Abril santo, abril maldito.

Abril otra vez. Y otra vez que quiero y no quiero traspasar el puente; que quiero y no quiero acompañarte; que quiero y no quiero elevarte sobre los hombros. Abril otra vez, y otra vez que no sé si caminar descalza sobre tus empedrados o poner tierra de por medio entre mi memoria y tus postigos, entre mi corazón y tus secretos.

Abril otra vez. Y otra vez dudo si recorrer por tus calles la vía del dolor o ignorarte por fin y no saber de tí más que lo que ahora sé. Abril otra vez, y no sé si cantarte con la voz ronca de los que aman o si dejarte en el silencio de los que un día quisieron.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si abrirte las puertas con los brazos en cruz o si cerrar las ventanas para que no penetre ninguna luz que no sea la que ya me habita, la que siempre reconozco, la que siempre descifro sin necesidad de verte, sin necesidad de ser, sin necesidad de estar. Porque a veces te quiero más así, sin más.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si empaparme de ti o ponerme a salvo, soñarte como ahora te sueño y guardarte intacta en mi alma.


(La foto, este puente que quiero y no quiero traspasar, es de internet. Si alguien conoce a su autor, me encantaría firmarla. Es maravillosa)

jueves, 17 de febrero de 2011

Escúchame, Cádiz


Escúchame, Cádiz. Escúchame ahora, en este febrero en que se rompen las gargantas diciendo tu nombre.

Escúchame ahora, antes de la oscuridad, cuando el mundo gira en torno al ombligo de tu teatro de ladrillo rojo. Escucha mi voz entre tantas voces.

Escúchame, Cádiz. Yo te hablo. Yo te escribo. Yo te canto. Escucha mis dientes entre tanta copla, entre tanta música como te arrulla cada noche, como te sostiene en pie hasta la madrugada.

Escúchame, Cádiz. Escucha mi abrazo devorando los kilómetros, escucha mi ausencia gimiendo con el viento del norte, azotándose contra las piedras del campo del Sur.

Escúchame, Cádiz. Porque mi cántico es más puro, es más roto, es más hondo. Porque mi voz está más quebrada. Porque mis versos son más desgarradores. Porque te echo de menos con los cinco sentidos, porque me duele el alma de soñarte, porque ya no existen febreros, ni océanos bajo mi ventana si no te tengo.

Escúchame, Cádiz. Porque yo te amo. Porque yo siempre te escucho y nada te demando. Porque yo me moriré cantando sin voz conocida, guardando febreros en el puño de la mano, acariciándote cuando te hiera la sal.

Escúchame, Cádiz. Porque yo te canto desde el silencio. Porque yo siempre canto para tí.

(La foto, de Manué)

viernes, 12 de noviembre de 2010

Mandarinas


Cuando estábamos juntos, noviembre olía a mandarinas. Y los besos sabían a mandarinas. Y las caricias eran de mandarina.

Noviembre este año viene frío y cada vez percibo con menos nitidez el mar, varada en la piedra como una sirena de tierra adentro que no sabe a qué mundo pertenece. Echo de menos el mar y no lo escucho, por mucho que abra mis oídos. Por mucho que cierre los ojos. Por mucho que apriete los puños. Por mucho que desee escucharlo yendo y viniendo, como una cantinela que no cesa.

Noviembre viene con nieblas que silencian los sonidos, desdibujan los nombres, empapan la memoria. Noviembre viene con crisantemos y difuntos, con la humedad en las calles, con el vacío en el estómago y el hambre en el corazón. En noviembre siempre te echo de menos.

Pero hoy he visto mandarinas en casa y te he recordado con una sonrisa. Y por un instante escuché el mar. Y el aire me supo a mandarina sobre los labios. Y el aire me acarició con el tacto de lo perdido, de lo que ya no existe.

(La imagen, preciosa, la robé de aquí)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Inventando un doce de septiembre

Todos, alguna vez, hemos sentido un once de septiembre en las entrañas, en el pecho, como si bajase fuego por el esófago incenciándonos, desmoronándonos, pulverizándonos, haciéndonos nada, ceniza y desgarro. A todos, alguna vez, se nos han vencido las tripas y el alma como si fuesen dos gigantes pasados a queroxeno y muerte por el impacto de un avión con nombre de deseo y maldición, un tsunami por el aire, con el desamor en el fuselaje y la soledad por combustible.

El mundo sobrevivió al once de septiembre que hizo saltar en pedazos su corazón con la ley del terror por bandera. Y nosotros, todos, sobrevivimos a nuestros onces de septiembre de andar por casa, los de noviembre, los de febrero, los de abril, poniéndonos en pie como colosos de acero y hueso, inventando doces de septiembre sobre los que erigir nuestro mundo de puertas adentro, desafiando a las leyes de la gravedad y de la memoria, mirando hacia lo alto, el puño en alto, el corazón en alto, la sonrisa por el aire, quemando en las calderas de una fábrica de sueños cada once de septiembre de nuestra vida como si sólo fuera eso: un mal sueño que nunca debimos tatuarnos sobre la piel.

(Y esto, en este doce de septiembre que ya despunta, va por tí, que anoche me pediste que soñase).

jueves, 12 de agosto de 2010

Balborraz abajo



Los días y las noches de la ciudad conducen, Balborraz abajo, hacia el Duero, la calle del agua, la calle bravía que se revuelve a los pies del puente, que se bebe la muralla que nos cerca y la disuelve como si fuera piedra soluble que desayunar todas las mañanas.

Los días y las noches marcan perezosos el silencio, la garganta rota de una ciudad que suena a silencio, que vomita silencio, como si la misma pereza ordenase callar en agosto, por decreto, bajo la canícula y la promesa de nuevos soles, mientras resucitan por las calles los fantasmas, las leyendas medievales, la música, la escultura, el verano erigido Balborraz abajo como un tributo a la gente que se atreve a expresarse en esta ciudad de silencio perenne, acomodada en el silencio, cómplice del silencio menos cómplice.

Balborraz abajo ví pasar anoche mis sueños, acaso para redimirse en las aguas del Duero, que bajan turbias pero benditas, para empaparse de su olor a río, de su olor a verano, en la certeza de que también los sueños que nos habitan conducen, Balborraz abajo, a la calle de la alegría.



(La foto: Balborraz, martes noche, bajo el plomo de agosto, ya siempre en mi móvil)

viernes, 28 de mayo de 2010

Y te sigo queriendo


Dicen que cuando se quiere tan de verdad aquello que no se tiene, sólo pronunciarlo duele. Y por mucho que intente nombrarte menos, mi Cái, sigo cerrando los ojos y escuchando las olas quebrando mi silencio. Sigo aspirando tus noches de verano, la humedad de febrero, tu cielo rompiéndose de azul y pureza, el soplo cálido del levante.

Y me sigues doliendo. Y te sigo queriendo. Y te sigo nombrando. Y sigo escribiendo por las noches para pronunciarte en voz bajita con una sonrisa en los labios.

(La foto es de Manué)

martes, 16 de febrero de 2010

La Caja de Pandora

Hoy, por fin, he abierto la Caja de Pandora, desgranada en un puñado de cajas que dormían apiladas en una de las bodegas del caserón. Casi dos años después me he dado cuenta de que echaba de menos algún libro, alguna copla, un par de cedés de clásica, algún retazo de mi vida en foto y agendas incompletas que nunca más he de rellenar.

Hoy he abierto las cajas en las que comprimí mi penúltima vida. No lo hice antes por miedo, por agotamiento, por debilidad extrema, por un rechazo frontal al dolor que producen los recuerdos, como si el poso de mi vida pasada estuviese en esas cajas y no fuera, machacándome las sienes noche tras noche hasta que conciliaba el sueño.

Y ahora que las he abierto sé que, aunque aún me tiemble el cuerpo, he dado un paso adelante, como si en el interior de esas cajas se escondiese la luz, sin yo saberlo.

En mis cajas de Pandora está escrito el camino hacia la libertad de mí misma, la sonrisa sobre mis propias sombras. Y hoy, por fin, las he abierto.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Necesito escuchar el mar

El viernes, cuando volvía a casa, ya de madrugada, cerré los ojos y apreté los puños, como los niños pequeños cuando desean algo fervientemente.

Subía por la cuesta que conduce a mi casa, atrapada entre la luz dorada que se refleja en las piedras taciturnas. Subía desenganchándome del bullicio de cada fin de semana, de la algarabía estudiantil tomando las calles por asalto. De las sonrisas que congela en azul el neón. De los hielos que cortan la garganta como filos de navajas.

El viernes, cuando volvía a casa por la cuesta del silencio, cerré los ojos. Y apreté los puños. Quería escuchar una vez más el mar rompiéndose bajo mi ventana, igual que se rompía aquellas madrugadas en que yo escribía y salía a descifrar la luna grabando en plata su nombre sobre las aguas.

Cerré los ojos. Quería, necesitaba escuchar el mar.

(Te echo de menos, Tacita)

viernes, 15 de agosto de 2008

Adiós

Estaba en la ventana que mira al mar, desde donde tantas veces nos lanzábamos besos cuando entrábamos o salíamos de casa.

Cuando subí a la furgoneta, cargada con siete años de mi vida encerrados en cajas, alcé los ojos y lo vi entre las lágrimas. No tuve fuerzas para levantar la mano y decirle adiós.

viernes, 27 de junio de 2008

Duele

A veces uno escucha cosas tan bonitas que te da la impresión de que todo está escrito. Que nada de lo que reste por decir no se ha dicho antes. Que todo lo que escribas es un borrón de algo que alguien dijo primero. Que existe siempre alguien enfrente que descifra tu corazón letra por letra, compás por compás, y le pone música antes de que a tí se te ocurra.

Y rabias porque no es tu letra la que ocupó esos folios. Porque no dibujaste tú las frases mágicas del amor. Y maldices porque no es tu voz la que acompasa las seis cuerdas de una guitarra. Y cantas por lo bajini lo que escriben otros para llenar de soles el día a día. Y pones semillas en la tierra como notaciones en los pentagramas.

Entonces nos duele la vida. Entonces nos duele el silencio. Entonces nos duelen las canciones. Y los recuerdos. Y el futuro. Las tardes, las noches. Y nos sorprende la madrugada en soledad mascando letras de otros. Desnudando el alma en ventanas ajenas. Y duele. Duele de puro bonito. Y duele porque también el querer es dolerse a veces.

Duele. Y no hay más cadena que esta memoria que no cesa.

Y sigo en mi trinchera, corazón. Tirando piedras a la nada.

(Canción: Semilla en la tierra, de Carlos Chaouen)

sábado, 26 de enero de 2008

Dueño del rincón sin dueño

No he querido ver el hueco, la pared blanca donde hasta hoy se recortaba imponente nuestro viejo piano. El de la pianola intacta, el de cola invertida, el de la madera oscura y labrada como una pequeña joya de artesanía. Macizo, superviviente de dos siglos. Americano, clásico y sandonguero.

Primero fue un juguete para mis hermanos y para mí. Después, el teclado duro que nos obligaba a percutir de distinta forma mientras hacíamos escalas y arpegios, como si fuésemos trepando por los pentagramas hasta darle sentido al fraseo de Bach, a los divertimentos de Mozart, a los acordes melancólicos de Chopin.

No he querido bajar a despedirme, a posar por última vez mis manos en sus teclas blancas y negras, sus sostenidos y sus bemoles. A dejar resonar los graves por la galería como si fuesen una amenaza. A perderme por los agudos como si fuesen el remanso de las aguas del Lago de Como. A sostener en el aire los sonidos mágicos de sus cuerdas antiguas pisando un pedal como si fuese el embrague y el acelerador de un punto hacia el infinito.

Hoy ha salido de casa y con él un pedazo de mi alma escondido en sus entresijos de madera y cristal; cosido a sus engranajes, solfeando ausencias. Sumando horas de estudio y acompañamiento, las primeras audiciones de las composiciones de mi hermano o las improvisaciones que rompían el silencio de las noches de verano en sociedad declarada con violonchelo, flauta de pico y violines.

No he querido ver el rincón vacío donde volqué notaciones y sentimientos, las lágrimas de los primeros amores que me bebía mientras machacaba las lecciones del día siguiente y procuraba mantener la digitación que hace muchos años que perdí.

No he querido saber que se lo llevaban, por mucho que vayan a mimarlo, y creo que mañana pasaré con los ojos cerrados para soñar que sigue junto a la puerta. Para verme consumiendo la niñez entre trinos y mordentes. Para cantar en voz baja las partituras de mis entrañas.
En vez de ello, he echado mano de esta foto. Y me he despedido sin querer recordándolo así: como una mancha oscura en la pared, enmarcado en la centenaria cerámica de Olivares, sosteniendo los viejos tarros de las boticas, abierto siempre a la magia de la música. Mudo, impasible, guardián de mis sueños. Dueño siempre de ese rincón sin dueño.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Viento del sur


El viaje de ida fue ligero, acomodada entre la sonrisa del amor y la esperanza. El último sol de la tarde bañaba de plata los caños y los esteros haciendo brillar aquellas extensiones inmensas de agua en tierra adentro. El brezo evocaba ese otro brezo de mis veranos, en la montaña norteña donde los helechos y robles se multiplican sin pedir permiso, donde las mujeres aún llevan pañuelos negros en la cabeza y cuentas historias y leyendas con la voz ronca de la tierra sanabresa. La sal adquiría el tono azulado de la primera noche, de todos los sueños por delante.



Bajé del tren y dejé que me recibiese con los brazos abiertos el viento de poniente, lamiendo de humedad y frescura las heridas del viaje. Vestida de blanco, como quien acude a una primera cita. Como una novia que dejó caer su anillo en la inmensidad del mar.
Devoré los paisajes y los poblados, las fachadas blancas y los secarrales que se sucedían abriendo en canal este país de norte a sur. Y conté las estrellas aquella noche primera, para que no se me olvidase el cielo abierto de Cortadura, la canción de la orilla ni su letanía de algas y orejitas de mar devueltas a la arena.



Cierro los ojos para desandar el camino; de los esteros de plata a la ciudad de la piedra. Para que no me duela. Para no mirar por última vez. En Zamora las calles rezuman niebla y humedades; el suelo brilla empapado de invierno y melancolía. Los cielos de día son grises y por la noche se tiñen de naranja, como aquellas noches de Reyes en que sólo mirabas el cielo esperando la Estrella de Oriente sobre el tejado de tu casa.


Pero hoy sopla viento del sur. Y salgo a la calle, donde habita la luz traviesa del mediodía.
Sopla viento del sur. Lo he leído en alguna parte. Y he sonreído pensando en aquel viaje primero, tan leve, tan comiéndome los kilómetros a mordiscos.
Me dejo acariciar el rostro con su soplo tenue. Y dejo también que acune mi alma con su silbido salado de piedra ostionera y atardeceres encendidos. Cierro los ojos de nuevo. Y sonrío, y escucho entonces de nuevo las olas dibujando las noches bajo mi ventana. Y regreso a tus orillas y a tus atardeceres. Y sé que ya siempre vendrás conmigo.

martes, 10 de julio de 2007

Piedras mojadas

Hoy he bajado al patio de casa a regar las piedras. Simplemente a eso: a mojar los cantos del empedrado y el granito de las escaleras, y empaparme del olor a piedra mojada. En Cádiz, cerca del mar, nunca huele así: al musgo que siempre tapiza el ala norte de nuestro caserón y que en verano se pone negruzco; al calor evaporándose de la piedra abrasada de siglos; al verano puro y duro de esta tierra adentro con el sol de plano; a la luz dura del mediodía que se posa en el patio para que huela a verano de verdad; al verde de la hiedra, cuya sombra tantas complicidades ha cobijado en las noches de calor, guitarras y queimadas.

He bajado a regar las piedras del patio por el simple placer de hacerlo; porque esas piedras mojadas son el olor de la niñez compartida, de los veranos con mis hermanos haciendo el tonto con la manguera, limpiando de verdín el baldosín blanco de la fuente, mientras mi madre hacía punto en su silla de flores sin perdernos nunca de vista. Aquella silla de playa estampada que pensé había muerto hace muchos años y que sorpresivamente ha aparecido en el trastero que un día fue el tenebroso "cuarto de las muñecas", esas horribles imágenes vestideras que mi padre guarda ahora en otro lugar y que me siguen inquietando con su mirada puesta en ninguna parte.

He bajado a regar las piedras del patio y por un instante vi a mi abuela, la madre de mi madre, de quien apenas guardo recuerdos, haciendo cordones de lana de dieciséis hebras, que eran auténticas joyas para domar mi pelo. No conservo ninguno. Y la escuché como si estuviese allí mismo dándole vida a una masa de harina contra una fuente de cristal, poniendo a punto los buñuelos sin otra batidora que la palma de su mano. Como si estuviese al resol de la tarde, como los ancianos que consumen sus veranos en el pollete de sus puertas esperando que pase un coche o la misma vida ante ellos. Quizá es que siempre ha estado ahí y nunca supe verla.
He bajado a regar las piedras del patio y he escuchado las risas de otros niños. Los ladridos de todos los perros que guardaron nuestros muros; los ronroneos de mis gatos y el revoloteo de hojas cuando escalaban la enredadera. Los juegos que resonaban entre las paredes. Algún beso robado e incluso algún beso que nunca dí.

Ha sido extraño, porque regando el patio he sentido la certeza de que todo ese tiempo que se hizo presente al olor de las piedras mojadas ya no me pertenece. Que ese perfume a calor y secarral, a sol rabioso y agua, lejos de devolverme los veranos de la niñez, los ha dejado un poquito más lejos, un poco más desdibujados. Aunque esta tarde oliese a piedra mojada igual que aquellas otras tardes.
Porque ya no existen más que en mi memoria; porque hace tiempo dejé de ser una niña, por mucho que me empeñe en cerrar los ojos, aspirar con el alma las piedras mojadas que brillaban como monedas recién acuñadas y soñar todos mis veranos como si hubiesen quedado detenidos al pie del pozo esperando que regase el patio como si fuese una lluvia de nostalgia.

sábado, 23 de junio de 2007

La noche más corta

Arderán en la tarde-noche los "juanillos" de mi Cái llenando de cenizas sus rincones marineros, ungiendo de sal y alegría a sus gentes. Y saltará el viento de levante las olas a las doce de la noche, al pie del mar, mientras el agua se llena de papelillos y flores, de miles de deseos, de pies descalzos jugando en la arena a convocar a las brujas mientras la playa se ilumina con miles de candelas.

Yo rezaré los conjuros junto al Duero después de sobrevivir al día más largo entre los días más largos. Y quemaré los nombres viejos de mi alma; y redactaré sobre la piel con tinta nueva los nuevos nombres para que no se los lleve el agua, para que no me los borre el olvido.

No tengo deseos que alimentar junto a la orilla en esta noche sin deseos, en esta noche de luna roja y soledades; en esta noche de hogueras en que danzan aquelarres sobre mi alma todos los solitarios del mundo. Agradeceré a la noche su brevedad, porque cuando amanezca las brujas estarán de retirada y el sol iluminará un día nuevo descubriendo un deseo, el nombre que dejé oculto bajo la almohada por si lo soñaba.

Y este sueño será como este solsticio de verano, como un deseo que permanece en pie sobre el fuego y sobre el agua, como una isla erigida sobre un cúmulo de amor y de esperanza, sobre una hoguera que no quema. Y será el sol su guardián y el custodio de mi sonrisa. Y vendrá cada noche a escribírmelo por si se me olvida y lo vuelvo a soñar.

Quizá entonces mis deseos naveguen Duero abajo hasta llegar al océano. Quizá mañana, en las orillas de mi Cái, los niños salten las olas y bendigan con su risa, sin saberlo, todos estos sueños que no digo en voz alta para que no los devore el mar, para que el agua no me cierre las puertas. Estos sueños que fabrico mientras contemplo mi Zamora encendida en la noche de los deseos y escribo un versículo más en la biblia profana de mi vida, donde sólo mis dioses saben leer.

sábado, 16 de junio de 2007

La ciudad de los sueños rotos

Existe una ciudad donde los sueños son frágiles. Donde los sueños se quiebran como el cristal, donde sus habitantes quieren seguir soñando pero no lo saben. Donde queda prohibido cualquier atisbo de sueño según la ley de la costumbre y la pereza.

Existe una ciudad donde las vírgenes son señoras de puñales, puñales por la espalda y espadas en alto. Donde los independientes son dependientes y siervos; donde los desprendidos venden a sus vecinos como si fuesen miserables judas de cartón piedra. Donde los héroes ultrajan la libertad en nombre del santo dinero -puto dinero, dinero negro y sucio- y de las ansias de poder, que son como el rayo, que nunca cesan. Donde los prudentes prostituyen sus conciencias en tabancos de alto estánding, en salones de sillas de terciopelo donde todo está dicho de antemano; en pastelerías donde las mismas bocas morderán el mismo bollo mientras la ciudad de los sueños quebrados se muere de hambre y de pena, masticando entre lágrimas el pan ácimo y amargo de la decepción. Mientras la ciudad de los sueños rotos muerde el polvo y besa el suelo para llevarse a los labios esta tierra dejada de la mano de los hombres.

Existe una ciudad donde las alas extendidas de una gaviota no dejan posar el sol pero tampoco nos protegen de los temporales. Donde las alas son negras; donde las alas son alargadas, como las sombras de los cipreses. Donde la justicia está arrestada, donde hoy sobrevivimos abrazados a la tristeza. Donde los jóvenes se pierden diseminados por los caminos, donde los ancianos agachan la cabeza, donde hasta los más descreídos dicen amén.

Existe una ciudad de sueños rotos donde llueve sobre mojado. La misma lluvia, las mismas piedras, la misma suciedad que nunca se limpia sobre este suelo. Existe una ciudad de luto peremne por todos los días de pasiones abortadas, un clavel y un fusil de poesía por sus calles. Donde las banderas lucen crespones negros por el suelo expoliado vendido en el mercado de las complicidades, abrazando la especulación como el pan de cada día. Existe una ciudad donde cuando unos se llenan los bolsillos de sueños ajenos, otros acariciamos la arena del lejano mar, los posos de café y del tiempo o las pelusas de la infancia. Pero somos ricos en sueños y amores. Y sonreímos incluso en una ciudad de sueños de hielo y cristal.

Existe una ciudad donde los amigos se transforman en traidores y juegan a las batallas corrompiendo el nombre de Dios y su testamento de amor al prójimo, haciendo de la mentira y la mezquindad su bandera. Donde los decentes caen en la indecencia. Donde la palabra se ensucia de no usarla, donde el silencio es permisivo en nombre del miedo eterno a rebelarse.

Es la ciudad de los sueños rotos. La ciudad que no sabe que existen fábricas como la nuestra, por muy cerca que esté. Porque una fábrica como la nuestra nunca podrá dejar huella en ciudades con las alas quebradas, que prefieren no soñar a despertarse y soñar despiertas; a echar a volar por ellas mismas, sin el peso de los siglos a las espaldas, sin la memoria de las piedras, que siempre le vinculan a la tierra y a la fosa, a esta sepultura en vida que es vivir con las manos atadas, con la boca amordazada.

Hoy caen chaparrones sobre esta Zamora de sueños rotos que necesita lavarse para poder mirarse en un espejo y encontrarse guapa. Para que sea el agua, que siempre viene del cielo, la que le lave las heridas, la que le desenrede el pelo, la que le alivie el cansancio centenario de sus pies. Para que sea el agua la que le escriba en la piel nuevos versos y le recuerde que bajo ese agua también nos bautizamos los que seguimos soñando, los que seguimos sonriendo incluso bajo este aguacero.

Una noche soñé mi ciudad como una rosa roja. Así la soñamos miles de soñadores. Y así seguirá en esta fábrica de sueños: intacta, hermosa, con el rocío de la mañana sobre sus tejados, rojos como sus pétalos, rojos como la sangre, rojos como el corazón. Rojos como los besos, como las amapolas, como el rostro de una novia cuando la miran los ojos que encienden sus ojos. Como los latidos de una enamorada que vive en el silencio la bendición de saberse amada sin ser nadie.

Y yo seguiré alimentando ese sueño. Y en esta fábrica plantaremos una rosa roja para recordar cada día que hubo una ciudad soñada que perdimos una mañana bajo un intenso aguacero para fundirse en esa lluvia, para ser más de lo mismo, para ser de nuevo la ciudad de los sueños rotos. Para celebrar que nuestra fábrica sigue en pie, que mañana será otro día. Que hay muchos sueños esperando y no podemos dejarlos morir.
Igual que no podemos dejar de soñar. Igual que la sonrisa será siempre nuestro signo y nuestra bandera. Igual que esta fábrica, que nunca podrá pararse, que siempre será nuestra casa.

miércoles, 13 de junio de 2007

Cádiz, mi Cái

Estaba tardando en traer a esta fábrica un rincón de plata que soñaron los dioses más antiguos. Es Cádiz, que se dice Cái, que se pronuncia como un suspiro, como un deseo, como una caricia. Mi Cái, donde también residen mis sueños al pie del mar. Cái de compañías y soledades, donde nunca encontraron suelo firme mis pies descalzos, que sin embargo te besaban sin darse cuenta. Donde nunca quise romper mi cordón umbilical, aunque a cambio fui cobijando en las entrañas sonrisas que me curaron con las invisibles hebras de las amistades.

Esa Gades fenicia que me guarda las noches en el lenguaje indescifrable del vaivén de las olas. Cái romana de pecios y ánforas, de duros antiguos y puertas de tierra que son tierra sin puertas.

Cái de piedra ostionera y barquitos de pesca que pululan en las aguas como estrellas cuando cae la noche. Cái de hombres del mar que tararean el tres por cuatro por las tascas de la Viña haciendo de cada mesa un pequeño escenario del Falla. Cái de Virgen de la Palma, que salió a sus calles a detener las aguas y mandarlas volver a los océanos. Cái de coplas y versos, Cái de palmas y compás. Cái marinera de ficus gigantes y buganvillas siempre en flor. Cái de Alameda con los árboles besando al mar, con las aguas cosidas a su cintura.

Cái, mi Cái de sal y de arena, de madrugadas tres veces milenarias contemplándose sobre las aguas en calma. Cái de tempestades y maremotos, Cái de milagros y callejuelas, de viento de levante y de poniente, de ropa en las azoteas como blancas banderas dejándose querer por el sol.

Cádiz, que se dice Cái, es un paraíso de plata donde ya para siempre habitan mis sueños, que van y vienen, que reposan. Porque no puedo dejar de quererte, Tacita, y te lo digo sonriendo desde la distancia, si hay amores que nunca matan, si hay amores que nunca hieren. Cái es La Habana con su malecón por el campo del Sur. Cái, donde los niños bajan descalzos a la playa. Cái de marías jugando a la lotería en la arena hasta que se esconde el sol. Cái de adobo y pescaíto frito, de cañas en el puente y cañaíllas, de mariscadores en pos de boquitas buscando quizá el beso del mar. Donde las miserias se convierten en tanguillo y los pobres son ricos en alegría. Donde las palmas por bulería son el pan nuestro de cada mantel. Donde la luz se hace milagro cuando se posa sobre la Bahía mientras regresa al muelle el vaporcito del Puerto.


Es mi Cái, que también existe en esta fábrica. Ese Cái que me dejaba las olas debajo del balcón y me saludaba con bruma si soplaba suroeste. Ese Cái que echo de menos antes de irme pero no duele porque está dentro, porque me lo traigo conmigo a esta orilla sin mar de piedras románicas y filigranas platerescas, a esta Salamora donde me esperan tormentas y amores nuevos, indecisiones y certezas, la perfección de ser imperfecta y tener derecho a equivocarme. A esta Salamora que es donde quiero estar, que es donde tengo una cuenta de sueños pendientes.

Esta es la Cái que me enamoró en febrero cuando el tiempo se posa en los ladrillos rojos de un teatro y suena en clave de comparsa tocándome el alma. Ese Cái de callejeras y arte puro en el barrio de la Viña vestido de bombillas y fiesta. Cái que se bautiza de amarillo cada domingo en Carranza y canta por pasodoble su himno oficioso antes de cada partido. Cái que se baña en Puerta Tierra en las noches de victorias; Cái que salta las olas y pide deseos en la mágica noche de San Juan.

Cái de milagros y devociones, Cái mágica del Arco de la Rosa y el bullicio del mercado con el pescado recién salido de las aguas. Cái de baluartes y castillos, de procesiones magnas, de gaviotas sobrevolando los palios y simpecaos que no se manchan con el salitre porque se limpian con las lágrimas del pueblo cuando sale el Greñúo.


La última vez que fui a La Caleta, Cádiz, supe que me estaba despidiendo de tí. Pero no me dió pena: sé que siempre volveré, que tú siempre permanecerás erguida en tu piedra ostionera y tus versos de febrero, con tus torres y tus azoteas, con tus fachadas de colores, con las sábanas al sol. Supe también que diciéndote adiós estaba haciendo lo correcto; y sigo bendiciendo el privilegio de pisar tu suelo, de soñar despierta por tus esquinas del aire. Y sé que sobre tí se posarán miles de años, nuevas primaveras, nuevos veranos, nuevos noviembres de tosantos y nuevos diciembres de zambombas. Y que algún día nada quedará de mis huellas en tu arena, aunque yo guarde cada paso en la memoria de mi piel.

Y aunque me despedí en el santuario de tu playa pequeñita con un pellizquito de sal en los ojos y en el estómago, subía por el camino abrazada a la alegría y a la esperanza porque aquí, al norte del oeste, en esta raya de cortinas de piedra, montes, granito, encinas y lindes entre pastos, está mi casa. Porque aquí me devuelve mi corazón como a esas olas que se empeñan en no tocar la tierra pero siempre retornan y terminan empapándome los pies y lamiendo la arena; porque quiero contemplarme en este río oscuro y generoso que termina abrazando tus aguas atlánticas para mecerte cada mañana.

Aunque nunca deje ya de cantarte, mi Cái preciosa. Aunque nunca deje de escuchar tu voz por alegrías y sea tu compás el latido de mi corazón, la bulería eterna de tu eco llamándome. Cádiz. Mi Cái.