Existe una ciudad donde los sueños son frágiles. Donde los sueños se quiebran como el cristal, donde sus habitantes quieren seguir soñando pero no lo saben. Donde queda prohibido cualquier atisbo de sueño según la ley de la costumbre y la pereza.Existe una ciudad donde las vírgenes son señoras de puñales, puñales por la espalda y espadas en alto. Donde los independientes son dependientes y siervos; donde los desprendidos venden a sus vecinos como si fuesen miserables judas de cartón piedra. Donde los héroes ultrajan la libertad en nombre del santo dinero -puto dinero, dinero negro y sucio- y de las ansias de poder, que son como el rayo, que nunca cesan. Donde los prudentes prostituyen sus conciencias en tabancos de alto estánding, en salones de sillas de terciopelo donde todo está dicho de antemano; en pastelerías donde las mismas bocas morderán el mismo bollo mientras la ciudad de los sueños quebrados se muere de hambre y de pena, masticando entre lágrimas el pan ácimo y amargo de la decepción. Mientras la ciudad de los sueños rotos muerde el polvo y besa el suelo para llevarse a los labios esta tierra dejada de la mano de los hombres.
Existe una ciudad donde las alas extendidas de una gaviota no dejan posar el sol pero tampoco nos protegen de los temporales. Donde las alas son negras; donde las alas son alargadas, como las sombras de los cipreses. Donde la justicia está arrestada, donde hoy sobrevivimos abrazados a la tristeza. Donde los jóvenes se pierden diseminados por los caminos, donde los ancianos agachan la cabeza, donde hasta los más descreídos dicen amén.
Existe una ciudad de sueños rotos donde llueve sobre mojado. La misma lluvia, las mismas piedras, la misma suciedad que nunca se limpia sobre este suelo. Existe una ciudad de luto peremne por todos los días de pasiones abortadas, un clavel y un fusil de poesía por sus calles. Donde las banderas lucen crespones negros por el suelo expoliado vendido en el mercado de las complicidades, abrazando la especulación como el pan de cada día. Existe una ciudad donde cuando unos se llenan los bolsillos de sueños ajenos, otros acariciamos la arena del lejano mar, los posos de café y del tiempo o las pelusas de la infancia. Pero somos ricos en sueños y amores. Y sonreímos incluso en una ciudad de sueños de hielo y cristal.
Existe una ciudad donde los amigos se transforman en traidores y juegan a las batallas corrompiendo el nombre de Dios y su testamento de amor al prójimo, haciendo de la mentira y la mezquindad su bandera. Donde los decentes caen en la indecencia. Donde la palabra se ensucia de no usarla, donde el silencio es permisivo en nombre del miedo eterno a rebelarse.
Es la ciudad de los sueños rotos. La ciudad que no sabe que existen fábricas como la nuestra, por muy cerca que esté. Porque una fábrica como la nuestra nunca podrá dejar huella en ciudades con las alas quebradas, que prefieren no soñar a despertarse y soñar despiertas; a echar a volar por ellas mismas, sin el peso de los siglos a las espaldas, sin la memoria de las piedras, que siempre le vinculan a la tierra y a la fosa, a esta sepultura en vida que es vivir con las manos atadas, con la boca amordazada.
Hoy caen chaparrones sobre esta Zamora de sueños rotos que necesita lavarse para poder mirarse en un espejo y encontrarse guapa. Para que sea el agua, que siempre viene del cielo, la que le lave las heridas, la que le desenrede el pelo, la que le alivie el cansancio centenario de sus pies. Para que sea el agua la que le escriba en la piel nuevos versos y le recuerde que bajo ese agua también nos bautizamos los que seguimos soñando, los que seguimos sonriendo incluso bajo este aguacero.

Una noche soñé mi ciudad como una rosa roja. Así la soñamos miles de soñadores. Y así seguirá en esta fábrica de sueños: intacta, hermosa, con el rocío de la mañana sobre sus tejados, rojos como sus pétalos, rojos como la sangre, rojos como el corazón. Rojos como los besos, como las amapolas, como el rostro de una novia cuando la miran los ojos que encienden sus ojos. Como los latidos de una enamorada que vive en el silencio la bendición de saberse amada sin ser nadie.
Y yo seguiré alimentando ese sueño. Y en esta fábrica plantaremos una rosa roja para recordar cada día que hubo una ciudad soñada que perdimos una mañana bajo un intenso aguacero para fundirse en esa lluvia, para ser más de lo mismo, para ser de nuevo la ciudad de los sueños rotos. Para celebrar que nuestra fábrica sigue en pie, que mañana será otro día. Que hay muchos sueños esperando y no podemos dejarlos morir.
Igual que no podemos dejar de soñar. Igual que la sonrisa será siempre nuestro signo y nuestra bandera. Igual que esta fábrica, que nunca podrá pararse, que siempre será nuestra casa.