Mostrando entradas con la etiqueta Zamora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zamora. Mostrar todas las entradas
martes, 15 de enero de 2013
Pintando el cielo
(Para Fili Chillón)
Andarás ya pintando el cielo. O describiéndolo verso a verso, igual que tantas veces has pintado y contado las cosas de nuestra Zamora, el rumor del Duero a su paso por Marialba, el crepitar de las espigas, la textura del adobe y de los palomares, el sonido del viento en los meses del frío, las madrugadas del Viernes más santo junto a la iglesia de San Juan, la rima pausada de los días y de las noches contemplados a través del mirador que vierte a la Plaza de Zorrilla, junto al bronce y a la fuente.
Pintando vida. Regalando vida, tanta vida, tanto amor, tanto cariño, ya sin las heridas en el alma y los dolores en el cuerpo. El mapa de las ausencias de los que se fueron; esa artrosis que retorcía tus dedos como cepas viejas y sabias, por mucho que te rebelases para seguir enlazando palabras, sentimientos, emociones más allá del lienzo y del papel.
Así, Fili, Sonriendo, tan guapa. Celebrando entre flores por las miles de flores que mil veces regalabas como besos en la distancia, como una bienvenida para el que siempre regresa. Abarcando el mundo con tus ojos inquietos. Acariciando con la voz a través del teléfono o compartiendo mesa y sobremesa, recitando con la misma ilusión de una niña que muestra su primer poema al mundo. Tan prolífica, tan rebelde ante las jugarretas de la vida, siempre en pie. Energía, amor en estado puro.
Andarás ya pintando el cielo. Adivinando el por qué de estos grises, de este frío que corta la piel como un cuchillo en las madrugadas, de las lluvias venideras. Ensayando azules y soles para que cuando llegue la primavera y todo sea verde y comience de nuevo el ciclo de la vida. Yo buscaré tus huellas, me dejaré acariciar por tu palabra sabia. Y celebraré tu vida bien cumplida sin pena; con alegría y agradecimiento por la buena, la inmensa suerte de haberte tenido tan cerca, tan al lado. De haberme sentido tan querida, tan mimada.
Y brindo, Fili. Brindo al cielo porque sé que andas pintándolo de sonrisas, descifrando los versos del aire, descumpliendo años, cobrándote abrazos que aquí abajo eran ya imposibles, resarciéndote de los dolores que nunca cambiaron el signo de tu sonrisa, la ternura de tus labios. Porque celebrarte es llevarte dentro, hacer memoria de tu camino y que nunca venga la muerte a borrarte con su soplo implacable.
Y así tú permaneces escrita en el viento.
Buen vuelo, querida.
(La foto, enviada por su hija Cristina, es del último cumpleaños de Fili Chillón, que se nos fue con las últimas horas del año. Ese día Zamora estaba más apagada, más triste, más sin color y sin versos. Te queremos)
Etiquetas:
compañías,
Fili Chillón,
la fábrica,
mi gente,
mis amigos,
poesía,
Zamora
domingo, 29 de julio de 2012
Pero tú no, Tere. Tú no.
A ver, Tere. A ver cómo te explico que me has dejado sin palabras, que no sé qué coño escribir aquí, frente a esta pantalla en blanco que de cuando en cuando se me pierde entre tanto dolor, entre tanta rabia, entre tanto desconcierto, entre tanto no saber qué decir.
A ver cómo te digo que hoy no sé escribir, con lo que tú disfrutas entrando aquí de puntillas, en esta fábrica de letras y en toda mi vida, en todos mis sueños, para vestirlos de gala y ponerlos a bailar por las calles y dentro de mi alma.
A ver cómo resumo tantas cosas, tantas confidencias, tantos abrazos, tanta verdad entre tú y yo. A ver cómo te explico que febrero ya nunca será febrero; que tus Águedas tenemos la voz y el corazón quebrado, que nunca sonaron más tristes las saudades de la dulce lengua portuguesa ni tan lejana la felicidad, la suerte inmensa de compartirte.
A ver, galana, cómo te escondo tantas lágrimas, con lo que a tí te jode verme llorar, que intenten hacernos daño a los que quieres por encima de todas las cosas, en todos los momentos, frente a todas las tempestades. A ver cómo le cuento al mundo tanto amor, tanta inteligencia, tanta fortaleza, tanta alegría, la luz infinita de tu presencia, el regalo de vida que nos hiciste cuando fuiste poniendo a tus hijos en el mundoy nos dejaste cobijar bajo su sombra de amistades para toda la vida. Para toda la vida, Tere, aquí o allá; en la tierra o más allá de las estrellas. Siempre.
A ver cómo soy capaz de explicarte cómo me duele escribirte, cómo duelen las mil y una cosas por las que debería darte las gracias de nuevo, aunque siempre le haya dado gracias a la vida por ponerte en mi camino y hacer tanto kilometraje de la mano. Nunca me sueltes, querida mía. Nunca me sueltes.
A ver cómo te cuento que la gente puede morirse, que esto es el instante, que somos tan frágiles. Pero tú no, Tere. Pero tú no.
Tú no.
Gracias, hermana mía, amiga mía. Gracias por tu vida.
Te quiero con toda mi alma.
Etiquetas:
amigos,
la fábrica,
mi gente,
soledades,
Zamora
lunes, 16 de julio de 2012
Diré siempre tu nombre, Carmen
(AVE MARIS STELLA)
El mes de Julio grabó con nombre propio el día dieciséis sobre el calendario de mi alma. Carmen.
Así se llamaba mi abuela, que vio la luz primera en la fiesta de la Virgen del Carmelo, vistiendo de alegría nuestras casas y nuestros manteles durante los 96 años que tuvimos la dicha de tenerla, de disfrutarla, de compartirla, de abrazarla aquí en la tierra antes de dejarla emprender el vuelo y ser viento. La mujer fuerte que sembró amor desbordado, memoria por encima de la carne, de la muerte, de los siglos. Nuestra golondrina de julio, recia y tierna a manos iguales, generosa hasta vaciarse las manos en las manos del prójimo y no guardarse nada nunca. La que me pintó los ojos de verde y gris mucho antes de que yo naciese y me forró las paredes de las entrañas con la fortaleza de los que nunca se rinden, aunque no pueda evitar emocionarme como ahora me emociono cada vez que hablo de ella, porque su nombre se posa sobre todas las cosas, tan cierto. Carmen. El beso siempre. La ternura. Abuela querida.
Carmen. Las dos sílabas del gozo en la mitad de julio. Así se llama la Virgen de mi Barrio, Vida, Dulzura, consuelo de tantas cosas. La Señora que esta tarde recorrerá las calles de Zamora sobre un jardín de rosas con el Niño en brazos y el escapulario en las manos, sonriendo, con una corona de Reina que forjaron siglos de plegarias a sus pies. Aquella que llamé sin voz, con la garganta rota, en la sala de espera de un hospital de madrugada, mientras Salamanca dormía, y me escuchó porque se llamaba igual que mi abuela, que siempre la llevaba sobre el pecho, que siempre le rezaba con la misma fe con que yo pronuncio su nombre porque sé que Ella conoce mi voz cuando la llamo sin palabras, con el alma en los labios y la esperanza apostada en las ventanas de mi casa, sobre la almohada de los que quiero.
Carmen. Así se llama aquella otra Virgen Marinera, la que los barquitos saludan con sus sirenas cuando entran en la Bahía y Cádiz se ofrece abierta como una flor de estío sobre el Atlántico, con sus casitas de colores y sus azoteas mirando a poniente, con sus dos campanarios anunciando alegrías tras los baluartes que tantos siglos defendieron la ciudad. Carmen. La del agua y la de la sal, lucero bajo palio de los que surcan los océanos con la promesa de arribar siempre a tierra firme. Estrella de los mares. Salve.
Yo diré siempre tu nombre, porque el amor se conjuga en tus letras. Por la memoria de los que tanto he amado; por la vida de los que siguen a mi lado; por las madrugadas de vísperas y los lazos de amistad anudados junto a tu mesa con Enrique, Roberto y Raúl, que esta tarde te guiará por las calles con la emoción a flor de piel, sumando años, contemplándote tan bonita, bendiciendo los tilos, las piedras, los balcones, regalando vida.
Yo diré siempre tu nombre de sal y de estrellas, cantes de ida y vuelta que me traen la alegría hasta el Duero, que mañana será agua que baje a besar la arena dorada de la Tacita, llamándote en mi nombre, besándote. Y guardaré este día en el calendario de mi alma siempre, porque su nombre es el nombre del amor, el verso, el pañuelo, la caricia, la acción de gracias, el cántico hondo de todo lo que soy.
Carmen. Agua de Dios sobre la tierra que todo lo lava, que todo lo purifica, que todo lo calma.
(Gracias siempre también a Marcos y a Carlos. La fotografía es de Alberto García Soto y recoge el paso de la Virgen ante la fachada de mi casa. Mi padre la fotografía desde el balcón)
El mes de Julio grabó con nombre propio el día dieciséis sobre el calendario de mi alma. Carmen.
Así se llamaba mi abuela, que vio la luz primera en la fiesta de la Virgen del Carmelo, vistiendo de alegría nuestras casas y nuestros manteles durante los 96 años que tuvimos la dicha de tenerla, de disfrutarla, de compartirla, de abrazarla aquí en la tierra antes de dejarla emprender el vuelo y ser viento. La mujer fuerte que sembró amor desbordado, memoria por encima de la carne, de la muerte, de los siglos. Nuestra golondrina de julio, recia y tierna a manos iguales, generosa hasta vaciarse las manos en las manos del prójimo y no guardarse nada nunca. La que me pintó los ojos de verde y gris mucho antes de que yo naciese y me forró las paredes de las entrañas con la fortaleza de los que nunca se rinden, aunque no pueda evitar emocionarme como ahora me emociono cada vez que hablo de ella, porque su nombre se posa sobre todas las cosas, tan cierto. Carmen. El beso siempre. La ternura. Abuela querida.
Carmen. Las dos sílabas del gozo en la mitad de julio. Así se llama la Virgen de mi Barrio, Vida, Dulzura, consuelo de tantas cosas. La Señora que esta tarde recorrerá las calles de Zamora sobre un jardín de rosas con el Niño en brazos y el escapulario en las manos, sonriendo, con una corona de Reina que forjaron siglos de plegarias a sus pies. Aquella que llamé sin voz, con la garganta rota, en la sala de espera de un hospital de madrugada, mientras Salamanca dormía, y me escuchó porque se llamaba igual que mi abuela, que siempre la llevaba sobre el pecho, que siempre le rezaba con la misma fe con que yo pronuncio su nombre porque sé que Ella conoce mi voz cuando la llamo sin palabras, con el alma en los labios y la esperanza apostada en las ventanas de mi casa, sobre la almohada de los que quiero.
Carmen. Así se llama aquella otra Virgen Marinera, la que los barquitos saludan con sus sirenas cuando entran en la Bahía y Cádiz se ofrece abierta como una flor de estío sobre el Atlántico, con sus casitas de colores y sus azoteas mirando a poniente, con sus dos campanarios anunciando alegrías tras los baluartes que tantos siglos defendieron la ciudad. Carmen. La del agua y la de la sal, lucero bajo palio de los que surcan los océanos con la promesa de arribar siempre a tierra firme. Estrella de los mares. Salve.
Yo diré siempre tu nombre, porque el amor se conjuga en tus letras. Por la memoria de los que tanto he amado; por la vida de los que siguen a mi lado; por las madrugadas de vísperas y los lazos de amistad anudados junto a tu mesa con Enrique, Roberto y Raúl, que esta tarde te guiará por las calles con la emoción a flor de piel, sumando años, contemplándote tan bonita, bendiciendo los tilos, las piedras, los balcones, regalando vida.
Yo diré siempre tu nombre de sal y de estrellas, cantes de ida y vuelta que me traen la alegría hasta el Duero, que mañana será agua que baje a besar la arena dorada de la Tacita, llamándote en mi nombre, besándote. Y guardaré este día en el calendario de mi alma siempre, porque su nombre es el nombre del amor, el verso, el pañuelo, la caricia, la acción de gracias, el cántico hondo de todo lo que soy.
Carmen. Agua de Dios sobre la tierra que todo lo lava, que todo lo purifica, que todo lo calma.
(Gracias siempre también a Marcos y a Carlos. La fotografía es de Alberto García Soto y recoge el paso de la Virgen ante la fachada de mi casa. Mi padre la fotografía desde el balcón)
Etiquetas:
cosas de fe,
mi cái,
mi gente,
mis amigos,
Zamora
martes, 19 de junio de 2012
Antes de que caiga el telón
(Para Elvira Fdez de Barrio)
Sonriendo. Fuerte siempre en la apariencia frágil de tus maneras, en la suavidad de tus formas, en tu andar por la vida, de clase en clase, de escenario en escenario. Tú y tus niños. Esos que ya pasan de los cuarenta, que son artistas, maestros, amigos: Barreiro, Carpintero, Ricardo, Kely…y ese orgullo por la prosa de Juan Manuel, que defendías con uñas y dientes desde el pupitre del Amor de Dios hasta la gloria del Planeta.
Te veo defendiendo con una espada con nombre de leyenda, Tizona, un lugar para el teatro. Los otros niños que buscaron otros caminos. Luis Fer, Javier, Álvaro, Ana. Los nervios de los estrenos, el orgullo de los certámenes regionales para esos no profesionales que se defienden como profesionales cuando suben a las tablas.
Cierro los ojos y te veo así, tras el telón. Lejos de los despachos, de la política. Fiel a tus ideas, pero tolerante y plural. Amiga de todos. Trabajando por todos. Abrazando a esta ciudad tan herida. Haciendo más cómoda, más limpia, la camisa de lo público. Ojalá hubiese más como tú.
Cierro los ojos y te veo cerca, sonriendo, al pie de mi cama en el hospital. Tú casi sin fuerzas, ya con la herida dentro, y Asun siempre tan al lado, tan contigo. Yo sin poder moverme. Y tu sonrisa iluminando aquella habitación. Y tu sonrisa de febrero allí, en el mirador de la calle Santa y Clara, Tati abajo, cuando las Águedas te mandamos un beso en forma de coplillas y pandereta y la garganta rota de emoción, de vida.
Cierro los ojos y te veo, como los cerraré siempre para guardarme tu sonrisa cerca. Tu mirada azul y transparente antes de que se haga lo oscuro y caiga el telón. Y no sé si mañana, o pasado, o un día de estos, el calor humano será objeto de estudio, fenómeno de crisis sin riesgos. Pero sé que desde esta mañana Zamora es un poco más triste, bastante más pobre.
Un beso, Elvira.
Etiquetas:
la fábrica,
mi gente,
mis amigos,
Zamora
jueves, 2 de febrero de 2012
Rafael, versión 4.1
Malacostumbré al pequeño de la casa por su cumpleaños y ahora, cada dos de febrero, vengo a esta fábrica a presentarle respetos y cariños. Para que no se nos olvide que somos hermanos; que compartimos mucho más que la genética o el verde de las pupilas. Tanto, que no cabría en este blog ni éste ni todos los doses de febrero hasta que se acabara el mundo.
Mi hermano Rafa hoy estrena la versión 4.1 de la vida. Podría decirle que no es tan malo, que cumplir años siempre es sumar, por mucho que a veces miremos hacia atrás y nos sintamos más perdidos y menos seguros que cuando éramos más pequeños. Pero esto debe ser crecer. Pero esto es la vida. Y a mi me encanta vivir, incluso cuando reniego de la vida. Incluso cuando le pediría de verdad al mundo que parase para apearme.
Me encanta la vida, incluso cuando hago marcas de agua en el calendario con las lágrimas que dejo escapar a escondidas; incluso cuando tengo el corazón tiritando y cada latido es un imposible. Me encanta la vida, hermano, incluso cuando nos abofetea, o cuando la desesperanza araña con tal fuerza nuestras tripas que nos duele. Porque sé que al final uno siempre se levanta, se pone de pie y sigue caminando por su destino, solo o acompañado, sumando doses de febrero, dieciséises de abriles, completando calendarios.
Porque sé que cada herida deja unas cicatrices invisibles en la piel; un código de barras cifrado en el alma que a la larga nos hacen más fuertes. Y quiero pensar que tú, que siempre serás el pequeño, navegas por ese aprendizaje de dolor y lo salvas al final con una sonrisa que hace que me guste aún más la vida. Porque cuando tú sonríes es como si a mí se me encendiesen todas las luces.
Porque la vida, contigo cerca, siempre me apetece mucho más. Porque no entendería mi propia vida si no hubiese habido un dos de febrero en que vinieras al mundo. En el día de las Candelas. En el día de la luz.
Te quiero.
Feliz 4.1, Rafita!!!
(La imagen es una fotocomposición de Rafa sobre su cumple que le he mangado del Facebook. Haciendo el macarra, rodeado de amigas, conmigo cerca, celebrando la vida como yo celebro la suya)
Mi hermano Rafa hoy estrena la versión 4.1 de la vida. Podría decirle que no es tan malo, que cumplir años siempre es sumar, por mucho que a veces miremos hacia atrás y nos sintamos más perdidos y menos seguros que cuando éramos más pequeños. Pero esto debe ser crecer. Pero esto es la vida. Y a mi me encanta vivir, incluso cuando reniego de la vida. Incluso cuando le pediría de verdad al mundo que parase para apearme.
Me encanta la vida, incluso cuando hago marcas de agua en el calendario con las lágrimas que dejo escapar a escondidas; incluso cuando tengo el corazón tiritando y cada latido es un imposible. Me encanta la vida, hermano, incluso cuando nos abofetea, o cuando la desesperanza araña con tal fuerza nuestras tripas que nos duele. Porque sé que al final uno siempre se levanta, se pone de pie y sigue caminando por su destino, solo o acompañado, sumando doses de febrero, dieciséises de abriles, completando calendarios.
Porque sé que cada herida deja unas cicatrices invisibles en la piel; un código de barras cifrado en el alma que a la larga nos hacen más fuertes. Y quiero pensar que tú, que siempre serás el pequeño, navegas por ese aprendizaje de dolor y lo salvas al final con una sonrisa que hace que me guste aún más la vida. Porque cuando tú sonríes es como si a mí se me encendiesen todas las luces.
Porque la vida, contigo cerca, siempre me apetece mucho más. Porque no entendería mi propia vida si no hubiese habido un dos de febrero en que vinieras al mundo. En el día de las Candelas. En el día de la luz.
Te quiero.
Feliz 4.1, Rafita!!!
(La imagen es una fotocomposición de Rafa sobre su cumple que le he mangado del Facebook. Haciendo el macarra, rodeado de amigas, conmigo cerca, celebrando la vida como yo celebro la suya)
jueves, 19 de enero de 2012
19 de enero
“Ahora estarás junto a San Ildefonso y Las Marinas, oliendo los tilos, y yo estoy contigo recordando, reviviendo tanta vida, tanta cercanía a través del tiempo, de sonidos, de campanas, de piedras estremecidas, de calles, de plazas, de casas, de luces, de sombras, de árboles, de hombres, de tierras, de pueblos, de oficios, de tanta barahunda de cosas en compañía de tantos amigos que nos habitan y amasan el alma y cuyos nombres desbordarían el cauce de estas palabras volanderas… Sí, Antonio, porque la existencia cobra sentido cuando no se renuncia a nada como tú has hecho siempre y, sobre todo, cuando late en el centro del espíritu nuestra ciudad como el pulso imperecedero del Duero”.
(Claudio Rodríguez)
“¿Dónde reconocer ahora aquel pintor amigo que bajo la luz de lo días, en los aconteceres de las noches se nos perdía en los campos, nos encontraba en las capeas, delineaba los pueblos, se nos entreveraba con los rancios del cante en las agonías de la soleá, dibujaba en las plazas, compartía con los compadres, se emocionaba con los surcos y aprendía que el trabajo, como el pan sobrio de los Carbajales, de corteza tan recia, con la apostura y el tiempo, nos da el sabor más fuerte de la harina hecha trigo?”
"Nadie podrá ya nunca retratar a Zamora, desde el otro lado del Duero, que no nos lleve siempre a la memoria inmortalizada de quien así la pintó tantas y tantas veces distinta, veraz y única”.
(Jesús Hilario Tundidor)
Por una vez, dejo en el blog palabras que no son mías. Palabras sabias, de poesía consagrada, de amistad eterna a éste y al otro lado de la vida. Va por mi padre, que hace hoy 73 años, veía la primera luz en Zamora.
Etiquetas:
antonio pedrero,
claudio rodríguez,
compañías,
jesús tundidor,
mi gente,
Zamora
viernes, 13 de enero de 2012
Zamora, un gran cuadro de Pedrero
Todos llevamos dentro una ciudad que nos habita. Lo dijo el poeta. El amigo.
En la ciudad de Zamora, un 19 de enero, nacía Antonio Pedrero Yéboles. El hijo de Virgilio y de la señora Carmen. Aquel niño que jugaba a dibujar con tiza sobre el asfalto de la Plaza Mayor y a modelar en barro los pasos de La Congregación. Mi padre.
Aquel niño que se inició en los caminos del arte de la mano de Bedate y Castilviejo antes de ir a Madrid a consolidar en la Escuela de San Fernando, con el trazo prodigioso de sus dibujos, un estilo personalísimo.
Aquel niño que se bebía la luz del Duero, los atardeceres en Sanabria, la psicología de los personajes tras la barra de La Golondrina, el misterio de las noches de abril que desembocan en la Semana Santa.
Zamora lo habitaba mansamente, erigiéndose en óleo sobre el lienzo.
Nadie la ha pintado como él, irguiéndose pétrea y eterna al otro lado del puente. Nadie ha escudriñado sus calles, sus ocres y sus tejas tantas veces, si desde la orilla izquierda Zamora es un gran cuadro de Pedrero, como un mural inabarcable. Nadie ha plasmado de forma tan cierta sus gentes, recias y tiernas; o la silueta cárdena de la montaña sanabresa cuando cae la última luz.
Todos llevamos dentro una ciudad que nos habita. Y nosotros, todos, pasaremos. Y pasarán más diecinueves de enero, año sobre año. Pero Zamora permanecerá inamovible, cercada en el tiempo. Y permanecerá su mirada infinita, su pintura maciza recreando la piedra, las madrugadas desgarradas por un Merlú de bronce convocando a vivos y muertos a La Congregación.
Gracias, Antonio. Gracias, padre, por abrirle las puertas a la Zamora que nos habita. Por sobrevivir con ella, por sobrevolarnos con tu mirada. Por esos pedazos de la Zamora soñada, esos trazos eternos. Por tu magisterio. Por la luz de aquel 19 de enero, de todos los 19 de enero ya amasados como pan fecundo de una vida tan generosa.
(Columna publicada hoy en El Día de Zamora, con motivo del homenaje que le rinden a mi padre el próximo 19 de enero, día en que cumple 73 años)
jueves, 12 de agosto de 2010
Balborraz abajo
Los días y las noches de la ciudad conducen, Balborraz abajo, hacia el Duero, la calle del agua, la calle bravía que se revuelve a los pies del puente, que se bebe la muralla que nos cerca y la disuelve como si fuera piedra soluble que desayunar todas las mañanas.
Los días y las noches marcan perezosos el silencio, la garganta rota de una ciudad que suena a silencio, que vomita silencio, como si la misma pereza ordenase callar en agosto, por decreto, bajo la canícula y la promesa de nuevos soles, mientras resucitan por las calles los fantasmas, las leyendas medievales, la música, la escultura, el verano erigido Balborraz abajo como un tributo a la gente que se atreve a expresarse en esta ciudad de silencio perenne, acomodada en el silencio, cómplice del silencio menos cómplice.
Balborraz abajo ví pasar anoche mis sueños, acaso para redimirse en las aguas del Duero, que bajan turbias pero benditas, para empaparse de su olor a río, de su olor a verano, en la certeza de que también los sueños que nos habitan conducen, Balborraz abajo, a la calle de la alegría.
(La foto: Balborraz, martes noche, bajo el plomo de agosto, ya siempre en mi móvil)
Etiquetas:
Balborraz,
la fábrica,
la voz de zamora,
soledades,
sueños,
Zamora
miércoles, 9 de junio de 2010
Se hizo inmensa ante mis ojos

Los libros hablan, son la lengua eterna que conjuga los tiempos del mundo. Zamora lee en renglones torcidos la historia del olvido, del silencio cómplice de los mansos que se pliegan ante el poder, que humillan la espalda como los bueyes bajo el yugo.
Algún día, el libro de la Historia hablará de la gesta, de la tarde en que el pueblo zamorano se unió para cantar con su lengua llana las verdades del barquero, que no era el de Olivares, ni el Caronte de los clásicos, si a la otra orilla estaba la vida. Para recitar el futuro como un verso florecido en mayo a las puertas de un viejo cuartel.
Los libros hablan en la ciudad que permanece callada, sabedora de que cuando los ciudadanos conjugan el mismo verbo no hay silencio que pese más que la razón de los que reivindican desde la justicia, la paz y la palabra.
Zamora hizo de su viejo cuartel el libro abierto a la vida y todos los que estuvimos allí escribimos, a golpes de corazón, la página más bonita de cuantas ha vivido la ciudad eternamente cercada, enmudecida en la piedra.
(Hace veinte años, Zamora se despertó de su ensoñación peremne, alzó la voz y tomó un cuartel para convertirlo en universidad. Miles y miles de personas se unieron, haciendo verdad el milagro de la convivencia, la reivindicación en paz, el civismo y la tolerancia. Un día de estos os subo la verdadera historia de esta ciudad, la mía, el día que se hizo inmensa ante mis ojos)
Etiquetas:
amigos,
compañias,
la fábrica,
la voz de zamora,
Zamora
lunes, 29 de marzo de 2010
Buscadme aquí

Una niña de tres años mira a la cámara. Abrigo negro, capota negra, guantes blancos, medalla con cinta verde al cuello. Es su primera procesión, de la mano de su prima. Es el primer paso cofrade en una larga vida cofrade. Mañana de Jueves Santo, junto a las piedras del Seminario, en la plaza de San Andrés.
Han pasado treinta y siete años desde que Trabanca el viejo nos hiciese esta foto a mi prima Carmen y a mi. Pero hoy las calles de Zamora se han vuelto a llenar de niños con sus palmas. Niños que han traído la primavera en sus ropas de estreno, en sus zapatitos brillantes, en los nervios de cada Domingo de Ramos.
En los próximos días echaré mano de esa niña que miraba a la cámara para poder mirar con los mismos ojos, para reconocer a la Zamora donde viene a morir y a resucitar un Cristo sin Cruz cada año.
El que quiera acompañarme, que me busque aquí.
Etiquetas:
amigos,
compañías,
la fábrica,
la pasion,
Zamora
miércoles, 24 de marzo de 2010
Grillos

(Para Juanma, que los hace cantar todas las noches)
I.
Hay un ejército de grillos sobre mi mesilla, un coro de grillos sobrevolando mis sueños que canta junto a mi almohada con voz breve, de nieve, sin que les duela la garganta, acariciando mi pelo, ya dormido, con los dedos húmedos del aire.
Hay un coro de grillos de canciones tardías que nunca llegan tarde, grillos que beben del dolor en la fuente eterna, en el nombre del amigo muerto, en la verdad bajo las flores como un río ardiendo, como el ritmo ardiendo de un grillo ido, un grillo que sabe la forma de tus ojos. Quemando, como la primavera pulsando las cortezas, dejando atrás las aguas amarillas del otoño, el beso con sabor a manzana sobre tus labios olvidados.
II.
Hay un coro de grillos azules, verdes y blancos, memoria de los colores, de las heridas que cantan sobre el agua, que nunca es oscura. Acaso es tu voz, que me quiebra y me precede. Acaso son tu voz los grillos, abriéndose en la luz que a otra luz lleve, diciendo también el aire, mirando la nieve sin brechas en los ojos. Acaso es tu voz y el canto se hace en ella. Tu voz en la lluvia cuando todo es invierno; tu voz azul impuro donde duerme la hoja. Tu voz silencio rumoroso, desierto, desconsuelo.
Hay un coro de grillos que bate las alas inmensas sobre la extensión de la herida, el silencio que arde en la raíz del canto, en sus alas transparentes. Los ojos, la noche, la sed que se marcha con los ríos como todo lo que se llevan: el corazón, la lluvia, el peso de las flores. Acaso es tu voz nombrando lo que no es de nadie, sin decir la lluvia, sin que nada advierta tu presencia, el azul manso de la muerte; el beso, el aire sobre tus labios breves.
III.
Hay un coro de grillos dictando tu nombre sin abrasarse las alas, escribiéndolo sobre la tierra, en la luz hermosa, en la humedad del aire. Y su cántico sostiene en la nada lo poco que tenemos, un nombre, tu nombre. Y cosen con hebras de plata tu voz y el frío, lágrimas que siempre regresan azules y duraderas. Y van hollando el camino para que no olvide tu lengua.
Hay un coro de grillos cantando, poniendo nombre a las flores que siempre estuvieron, que siempre están en el ramo que compila esa mano que las toma, y las respira. Acaso es tu voz, la sangre que no has sido, la caída alta y lejana de cada beso. Acaso no es tu canto la forma de su ausencia, el olvido; acaso son tu voz los grillos del camposanto que no escuchan los que perdieron la costumbre de la tierra. No digas por eso la pérdida, este frío sin frío de la nada. No digas el silencio de la llama que dice lo ausente, sin ruido de palabras, sin suelo de amapolas. Acaso eres tú. Acaso es tu voz aprendiendo la música de lo que nunca has sido. Acaso eres tú aprendiendo a cantar cómo mueren las fuentes. Pero dime si la luz es ya otra.
Dime si vuelven tus alas lastimadas a alumbrar la claridad dormida de la sal en la carne. Dime, al menos, si reconocen tus pupilas otra vez el cielo.
IV.
Hay un coro de grillos leves. En la luz, la palabra y el silencio; en la levedad de la inocencia que precede al aliento de las flores. Acaso es tu voz sobre mis párpados, siempre en la sed, desde la lluvia, ligera, y más ligera aún para la muerte. Acaso es tu voz el espejo donde se mira el aire, la levedad, el arco imposible que antes fue frágil; espesor de un silencio que no desciende al nombre del silencio. Acaso tu nombre, acaso los grillos sobre tus labios. Espesor de lo alzado; la levedad, un peso que no sangra. Así tu cántico hondo, la nada soñadora. Así los grillos que azuzan cada noche mi canto.
Hay un ejército de grillos cantando sobre mi mesilla en el papel desgarrado que desvirgaron mis dedos cuando no sabían de su estrofa. Y me gusta escuchar su música porque nunca se me hace tarde, porque nunca llega tarde el canto. Y adivino en tu lengua su métrica, porque ya conoces el aire de otro modo. Acaso es tu voz, que guarda las canciones de mis ojos. Acaso es tu voz salvando el dolor, aunque sea de noche.
Yo, querido Juanma, escucho los grillos e intento cantar con ellos. Cantar contigo.
Y me da miedo escucharlos por si un día echo de menos su cántico.
(p.d. Esta entrada versa sobre el libro 'Grillos' del poeta Juan Manuel Rodríguez Tobal. A él le debemos la belleza de las palabras, el cántico de estos grillos)
(p.d.2 La foto la robé de internet y no recuerdo dónde ni a quien. Es nuestro Duero amaneciendo. Si alguno sabéis la autoría, decídmelo para indicarlo. Seguro que a esa hora cantaban los grillos.)
lunes, 1 de marzo de 2010
Don de ebriedad (Perrier y limón)

Si no beben licor alguno mis labios, si el alcohol pasa de largo por mi sangre. Si los hielos danzan entre el gas y la nada, si es sólo de agua la claridad desmembrada en temporales que viene del cielo..... ¿cómo es posible que regrese borracha de alegría cada vez que os tengo cerca?
(Gracias, santísima trinidad de las no copas en el Aureto)
(La foto la robé hace tiempo de internet y desconozco su autor. Si algún fabricante lo sabe, que me lo diga para enlazarlo por esta joya)
martes, 2 de febrero de 2010
Dos de febrero

Hace treinta y nueve años. Yo no me acuerdo, porque apenas tenía un año y nueve meses. Dice mamá que hacía un día como hoy, soleado y con el cielo azul rabioso, cuando abriste los ojos a la vida. Esos ojos donde siempre encuentro complicidad y ternura, esos ojos que nos recuerdan que somos hermanos de sangre y de muchas más cosas.
Anoche rebusqué en los viejos álbumes de fotos para tomar prestado algún retazo de nuestra vida y traerlo a la fábrica. Como eras el tercero, te llevaste la peor parte, pillaste la cámara perezosa. Un bebé envuelto en una toquilla blanca en brazos de su madre flanqueado por sus dos hermanos que lo contemplan acostumbrándose a su carita. Tres niños rubios que miran a la cámara en la playa de Sanabria, Rocas Negras al fondo. El más pequeño, un tirillas en bañador, siempre acurrucado en el regazo materno, siempre sonriendo, iluminando los paisajes de la infancia, aquellos veranos maravillosos a orillas del lago, los otoños en El Castillo, los inviernos cogiendo musgo para el Nacimiento en Valorio, los cumpleaños de febrero, abril y junio. Sonriendo con esa sonrisa que me insufla alegría cuando falta mi sonrisa. Esa sonrisa que nos recuerda que somos hermanos.
Hace treinta y nueve años y yo no me acuerdo, aunque dice mamá que era un día como hoy. Y anoche, mientras pensaba palabras que regalarte y optaba por repetir esta foto en la que estamos tan feos (y medio 'chupados' o 'chupados' y medio) pero que tantas cosas me dice, releí las palabras que te regalé hace un año mientras pensaba que hoy escribiría las mismas, letra por letra, punto por punto, y así hasta el último de mis días. Y volví a emocionarme en esta mañana de febrero, dos de febrero, con sol y cielo azul, en que sigo agradeciéndole a la vida el regalo de tu presencia, tu luz, la infinita claridad de tu sonrisa.
Gracias, querido hermano mío, por tus treinta y nueve años a mi lado.
(Y ahora, a preparar la versión 4.0, que no es tan mala)
martes, 20 de enero de 2009
San Cañoño el bueno

Hizo de la calle su casa y de la educación una norma. Zamora era menos de piedra cuando lo mecía en sus brazos.
Perro viejo en las lides de la vida, su mirada pequeñita, viva y rasgada aún destilaba la inocencia de los niños.
Así, tan menudo, tan de nadie. Así lo proclamé santo el mismo día que enterrábamos a mi abuela, hace ya casi diez años, cuando fue el único que arrancó con su presencia lágrimas de emoción de los ojos de mi madre, siempre tan en la cima de sus rocas, tan dura, tan valiente, integrado en aquel desfile de condolencias por donde pasaron alcaldes y gobernadores, militronchos y civiles, vividores y beatos, jóvenes y mayores, fachosos y rojeras, tirios y troyanos. Y Cañoño, tan recogido, tan puro en el dolor de verdad, el que nos arañaba las tripas a la hora de despedir a una hembra tan matriarca, tan de granito y terciopelo, tan de sumar horas al pie de la barra destilando vida chato por chato.
Lo recordaré siempre enfundado en su tres cuartos impecable, revistiendo en jaspeado la pobreza con una dignidad que no poseen los que se llaman señores. Haciendo sonar las huchas en las petitorias de San Antón, tal y como lo inmortalizó Víctor en esta foto que ya es un sueño más de la fábrica, al pie de San Vicente, antes de la procesión de las benditas bestias. Así, en Cañoño puro. Destilando ternura en sus verdades desdentadas. Tan repeinadico, con las facturas de la vida tatuadas en la piel reseca, con la vara florida de enero y el cigarro eterno entre los dedos; con la sonrisa esparcida sobre los mismos labios que mascaban soledades por los adentros.
Se nos fue hace unos meses, cuando coleaban los últimos soles de 2008, antes del tiempo del frío, restando ese patrimonio humano ya tan escaso que hace de la ciudad que nos vio nacer algo más vivo, algo más auténtico, menos malo. Probablemente las calles del otro lado sean más generosas; probablemente lo eterno no le putee, y su abrigo le resguarde más de todas las miserias del mundo.
Descansa al fin, mi buen Cañoño. Santo de lo cotidiano, superviviente de mil batallas.
lunes, 16 de junio de 2008
Gigantes
Los vimos por las calles, rompiendo el cielo con sus cabezas regias, danzando sobre el asfalto de la media tarde, dictándole a los vientos su nombre.Ayer los vimos vestidos de verano, estrenando sus pasos sobre las losas, pintando de alegría las viejas piedras, encendiendo en sonrisas infantiles la mitad de junio.
Son los gigantes de esta ciudad. Los que sueñan. Los que pelean. Los que construyen. Los que aman. Los que sostienen las nubes. Los que nos arropan los latidos. Los que derriban las murallas.
Los que apenas miden metro y pico, aunque sea un pico largo. Los que tienen cuarenta nombres. Los que se emocionan. Los que devoran estrellas al pie de las almenas. Los que visten la noche con la voz ronca del vino peleón.
Los gigantes vivos de esta tierra iban en el vientre de los gigantes inertes, sosteniendo en sus hombros sus armazones de siglos. Derribando los cercos, abriendo las puertas.
Los gigantes de esta tierra, mis gigantes de Capitonis Durii, salieron a la calle a enseñarnos sus sueños. A demostrar que en la ciudad de las leyendas y el silencio queda espacio para los sueños, por inmensos que estos sean.
Etiquetas:
amigos,
capitonis durii,
la fabrica,
Zamora
domingo, 1 de junio de 2008
Preciosa
Está preciosa con su cabeza rapada. Con las orejitas pequeñas pegadas que tanta envidia me dieron siempre. Con sus inmensos ojos verdes por donde rezuma la vida bajo las pestañas oscuras.
Está preciosa con su pañuelito blanco, el que se puso esta mañana cuando salimos a la lluvia a dar uno de nuestros paseos, esta vez corto y despacito porque no le daban más de sí las fuerzas. Está preciosa cuando nos ponemos a los pies del Cristo que abarca Zamora entera en los brazos de su Cruz.
Está preciosa con la peluca que ha estrenado con la misma ilusión con que estrenan los niños zapatos, donde pone a salvo sus ideas del frío de este mayo anodino y este junio que parece marzo.
Está preciosa con los gorros que se ha ido probando para el verano, que ocultan que la enfermedad le ha robado su brillante melena caoba. Está preciosa con la sonrisa de signo peremne que acunó a cientos de niños.
Es Amelia. Mi amiga. No sé siquiera si le diré algún día que una noche escribí esto. Que admiro su valentía. Que me emociono escribiendo sobre ella como ahora me emociono. Que está preciosa con su cicatriz bajo la que late un corazón precioso. Que cada día que compartimos es una lección de coraje, de replantearme lo que somos, lo poco que importan las cosas que importan poco.
Es Amelia. Mi amiga. Ella dice que me admira. Y cuando la miro me pregunto si yo sería capaz de cargar a las espaldas con su enfermedad y llevarla encima con esa inmensa sonrisa, con esa inmensa esperanza. Quizá por eso la quiera tanto.
Preciosa por dentro, preciosa entera.
Está preciosa con su pañuelito blanco, el que se puso esta mañana cuando salimos a la lluvia a dar uno de nuestros paseos, esta vez corto y despacito porque no le daban más de sí las fuerzas. Está preciosa cuando nos ponemos a los pies del Cristo que abarca Zamora entera en los brazos de su Cruz.
Está preciosa con la peluca que ha estrenado con la misma ilusión con que estrenan los niños zapatos, donde pone a salvo sus ideas del frío de este mayo anodino y este junio que parece marzo.
Está preciosa con los gorros que se ha ido probando para el verano, que ocultan que la enfermedad le ha robado su brillante melena caoba. Está preciosa con la sonrisa de signo peremne que acunó a cientos de niños.
Es Amelia. Mi amiga. No sé siquiera si le diré algún día que una noche escribí esto. Que admiro su valentía. Que me emociono escribiendo sobre ella como ahora me emociono. Que está preciosa con su cicatriz bajo la que late un corazón precioso. Que cada día que compartimos es una lección de coraje, de replantearme lo que somos, lo poco que importan las cosas que importan poco.
Es Amelia. Mi amiga. Ella dice que me admira. Y cuando la miro me pregunto si yo sería capaz de cargar a las espaldas con su enfermedad y llevarla encima con esa inmensa sonrisa, con esa inmensa esperanza. Quizá por eso la quiera tanto.
Preciosa por dentro, preciosa entera.
miércoles, 30 de enero de 2008
Copas
Revolviendo por los altillos de la casa, anda mi madre sacando cosas que no dejan de ser retazos de nuestra vida que un día fueron relegados a la oscuridad de los armarios. Entre las muchas cosas que ha recopilado -supongo que para darles puerta de forma definitiva- me topé el otro día con dos objetos, dos copas. Feas como todas las copas de poca monta. Bien escondidas como toda copa que se precie.Siempre me dieron cierto repelús esas vitrinas repletas de trofeos como si fuesen un recuento de méritos ante los demás. Quizá por eso nunca dejé copa ni medalla alguna en la repisa y aún hoy, cuando busco algo que por lo general no encuentro, me topo con alguna medalla de natación del año de la polka hibernando en algún cajón. Porque las únicas medallas que reconozco son aquellas en cuyas cintas y cordones sumo años y procesiones, emociones y silencios que me guardo para mí.
Pero estas dos copas sí estuvieron durante mucho tiempo a la vista del respetable. No son copas de cristal cantarín listas para romperse en un brindis, sino de metal baratillo y diseño cutre donde los haya. Una de ellas, la más grande, no es siquiera copa de ganador, sino de una perdedora segura. Y la otra no es copa de méritos, sino de sonrisas. Por eso siempre las consideré dignas de exhibirse, mientras guardé sin interés los vestigios que acreditaban mi paso, ya muy lejano, por los podium.
La primera, bastante horrorosa, me la dieron por llegar la última. En la placa pone: Natación, verano del 78. Nueve años cumplidos en abril. Categoría alevín. Miles de metros nadados todas las mañanas, todas las tardes. Ejercicios de calentamiento, cronómetros, vueltas japonesas, flexiones, descansito y vuelta a empezar. Supongo que entonces tenía por cierto que un día me comería el mundo y que nada se me ponía por delante, así que eché mano de mi vena macarra y me apunté a la prueba de los ochocientos metros, donde todos los nadadores tenían cumplidos los dieciséis o dieciocho años.
Recuerdo la cara de póker de quien rellenó mi inscripción en la Ciudad Deportiva mirándome como si fuese de farol. Pero lo hice. Nadé esos ochocientos metros como si en ellos me fuese la vida; los últimos ciento cincuenta en solitario porque todos los demás habían acabado la prueba. Pero aquellos tres largos olímpicos eran míos y nadie me los podía quitar. Cada bocanada de aire me dejaba ver las gradas de la Sindical en pie animando. Y aunque pensaba que cada brazada era la última, llegué al final. Y había una copa esperándome. Mi copa de perdedora. Mi copa de campeona.
La otra me recuerda que la sonrisa abre puertas cuya llave no poseen la belleza y la fuerza bruta. Que la sonrisa es la piedra sobre la que se asientan los sueños. "Miss Simpatía Club Náutico-83". Una horterada en toda regla, que precisamente por eso, por hortera, tuvo muchos años sitio preferente en mi habitación. Lástima no haber encontrado una tercera copa de un concurso de jotas de barrio, con una pareja de flamencos en todo lo alto. También hubiese sido digna de la repisa, pero creo que fue a parar con el resto de chatarra a sabe Dios dónde.
Y ahora que me reencuentro con ellas, he querido fotografiar esas copas y traerlas a la fábrica. Para que bebamos juntos aquella derrota por orgullo y aquella sonrisa que nunca me costó nada encender, incluso con aquellos que intentaron silenciarla.
Porque, a fin de cuentas, la vida es una inmensa copa en la que todos nadamos, luchando día a día para bucear lo justito y no tocar fondo. Porque la vida es una copa de dolor y esperanza que hemos de apurar en cada sorbo. Porque la vida es una copa de alegría que tenemos que rebosar en cada sueño.
sábado, 26 de enero de 2008
Dueño del rincón sin dueño
Primero fue un juguete para mis hermanos y para mí. Después, el teclado duro que nos obligaba a percutir de distinta forma mientras hacíamos escalas y arpegios, como si fuésemos trepando por los pentagramas hasta darle sentido al fraseo de Bach, a los divertimentos de Mozart, a los acordes melancólicos de Chopin.
No he querido bajar a despedirme, a posar por última vez mis manos en sus teclas blancas y negras, sus sostenidos y sus bemoles. A dejar resonar los graves por la galería como si fuesen una amenaza. A perderme por los agudos como si fuesen el remanso de las aguas del Lago de Como. A sostener en el aire los sonidos mágicos de sus cuerdas antiguas pisando un pedal como si fuese el embrague y el acelerador de un punto hacia el infinito.
Hoy ha salido de casa y con él un pedazo de mi alma escondido en sus entresijos de madera y cristal; cosido a sus engranajes, solfeando ausencias. Sumando horas de estudio y acompañamiento, las primeras audiciones de las composiciones de mi hermano o las improvisaciones que rompían el silencio de las noches de verano en sociedad declarada con violonchelo, flauta de pico y violines.
No he querido ver el rincón vacío donde volqué notaciones y sentimientos, las lágrimas de los primeros amores que me bebía mientras machacaba las lecciones del día siguiente y procuraba mantener la digitación que hace muchos años que perdí.
No he querido saber que se lo llevaban, por mucho que vayan a mimarlo, y creo que mañana pasaré con los ojos cerrados para soñar que sigue junto a la puerta. Para verme consumiendo la niñez entre trinos y mordentes. Para cantar en voz baja las partituras de mis entrañas.
En vez de ello, he echado mano de esta foto. Y me he despedido sin querer recordándolo así: como una mancha oscura en la pared, enmarcado en la centenaria cerámica de Olivares, sosteniendo los viejos tarros de las boticas, abierto siempre a la magia de la música. Mudo, impasible, guardián de mis sueños. Dueño siempre de ese rincón sin dueño.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
Capones
(Para mi abuelo, al que no conocí, porque se hace presente en nuestra mesa a la hora de los postres. Para el abuelo de Javito, que ha conocido los capones por su ciencia y también por enseñarle a amar al Nazareno de la orilla izquierda).
De siempre fue uno de los sabores de la Navidad: el del higo paso abierto en canal como una mujer llena de promesas, arropando entre sus carnes azucaradas y oscuras media nuez recién salida de las entrañas de su cáscara. El turrón de los pobres, aquellos capones que alegraban los postres de las navidades en la Golondrina y en tantas mesas pobres de esta Zamora pobre. Esos capones que aún hoy, más de medio siglo después de que se marchase, le recuerdan a mi padre y a sus hermanos la figura de su padre y los blancos manteles del restaurante de mi abuela, por el que campé en las primeras navidades de mi vida.
Eran años de racionamiento y miserias, de infancias tristes con las heridas de la guerra, los miedos y las ausencias sobrevolando de puerta en puerta. Pero los capones endulzaban las nochebuenas y las nocheviejas con la caricia áspera y gelatinosa del fruto madurado desde el verano. Con el chasquido de las nueces recién peladas pregonando su desnudez en la boca.
Y ahora, en estas navidades de excesos y empachos, cuando los capones regresan a nuestra mesa, brindo en silencio por los hombres y mujeres que alimentaron a sus hijos de amores y sonrisas allá donde no llegaban los menús deslumbrantes. Por los que se sobrepusieron al dolor para hacerle una cuna de esperanza al Niño Dios en sus casas. Por los que se pusieron en pie para esperar a los Magos de Oriente como si fuesen de nuevo niños, aunque las sacas de sus Majestades anduviesen muy mermadas en aquellos años y la ilusión fuese un bien escaso, pero nunca caro.
Brindo por aquellos pobres de turrón de pobre, que sin duda conocieron Navidades mucho más ricas que las nuestras y que nos hacen un guiño a través del tiempo cuando abrimos las carnes de un higo paso y lo convertimos en un manjar que sabe a beso y ternura.
De siempre fue uno de los sabores de la Navidad: el del higo paso abierto en canal como una mujer llena de promesas, arropando entre sus carnes azucaradas y oscuras media nuez recién salida de las entrañas de su cáscara. El turrón de los pobres, aquellos capones que alegraban los postres de las navidades en la Golondrina y en tantas mesas pobres de esta Zamora pobre. Esos capones que aún hoy, más de medio siglo después de que se marchase, le recuerdan a mi padre y a sus hermanos la figura de su padre y los blancos manteles del restaurante de mi abuela, por el que campé en las primeras navidades de mi vida.
Eran años de racionamiento y miserias, de infancias tristes con las heridas de la guerra, los miedos y las ausencias sobrevolando de puerta en puerta. Pero los capones endulzaban las nochebuenas y las nocheviejas con la caricia áspera y gelatinosa del fruto madurado desde el verano. Con el chasquido de las nueces recién peladas pregonando su desnudez en la boca.
Y ahora, en estas navidades de excesos y empachos, cuando los capones regresan a nuestra mesa, brindo en silencio por los hombres y mujeres que alimentaron a sus hijos de amores y sonrisas allá donde no llegaban los menús deslumbrantes. Por los que se sobrepusieron al dolor para hacerle una cuna de esperanza al Niño Dios en sus casas. Por los que se pusieron en pie para esperar a los Magos de Oriente como si fuesen de nuevo niños, aunque las sacas de sus Majestades anduviesen muy mermadas en aquellos años y la ilusión fuese un bien escaso, pero nunca caro.
Brindo por aquellos pobres de turrón de pobre, que sin duda conocieron Navidades mucho más ricas que las nuestras y que nos hacen un guiño a través del tiempo cuando abrimos las carnes de un higo paso y lo convertimos en un manjar que sabe a beso y ternura.
martes, 18 de diciembre de 2007
Nieve
Ha descendido el frío en forma de nieve sobre los tejados; sobre la arena dorada del parque de San Martín; sobre los jardines que parecen paisajes de belenes decorados con harina; sobre las calles húmedas llenas de sal y agua.Era Jueves Santo. El último día que nevó en Zamora fue el Jueves Santo, mientras la Virgen de la Esperanza asomaba por Cabañales y quisimos acompañarla bajo la incertidumbre de un cielo caprichoso. Su verde manto fue cosecha de nieve y sol tímido, de agua, esfuerzo, lágrimas y devociones.
Hoy ha nevado de nuevo, mientras la Virgen de la Esperanza sonríe incluso a quienes no esperamos nada. Y florecen las estrellas en estas noches tan largas. Valorio parece un decorado de cristal. El aire nos abofetea la cara con su beso gélido. El frío es un látigo invisible que nos castiga y nos purifica a partes iguales. El cielo vuelve a ser gris y la ciudad se disfraza de blanco.
La pequeña Teresa duerme su siesta y pronto iluminará la casa con su sonrisa. La luz de Lucía vendrá a llenar de vida el salón donde las esperamos mi madre y yo con un horroroso nacimiento de todo a cien que pondrán a su antojo mientras les hacemos un huerto con lentejitas para que las vean germinar y echar hojas en la Navidad. Así como espero estar siempre cerca para verlas crecer a ellas y dar frutos y flores.
Me asomo a la ventana y dejo que la nieve me limpie la mirada y el corazón. Y que cuaje en mi tejado la esperanza como un guiño del destino en este dieciocho de diciembre que va pasando lentamente, disuelto en copos helados que se niegan a disolverse y ser nada.
(Foto: Javier Alcina/La Pasión de Zamora. Jueves Santo en Zamora. Abril 2007)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
.jpg)




