Mostrando entradas con la etiqueta la fabrica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la fabrica. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de octubre de 2012

Llueve


Llueve. Llueve con lluvia que no cesa, como ese rayo que incendió de dolor las palabras del poeta, la elegía, el cántico en la muerte del amigo, la ausencia de todo lo que alguna vez se ha amado.

Llueve lluvia sin sed, lluvia que no limpia, que no lava, que no arrastra. Que no alivia esta otra sequía, las tripas contra las tripas, pegadas; este vacío que no quiere más lágrimas, ni más agua, ni más nada. Que no necesita nada. Que no pide nada. Ni siquiera palabras. Ni más lluvia. Nada.

Llueve. Michu se acerca a la ventana, husmea las gotas que empapan el cristal y se enrosca sobre el cojín, cerca, a mi lado, sin hacer ruido. Duerme. Como si no lloviese. Como si el cielo no gritase tantas cosas, tanta pena sobre mojado, tanto vértigo, tantos latidos muertos, este precicipio en el que vivo. No sabe que cuando llueve es la noche la que golpea en la ventana con sus nudillos de agua. Esta noche tan larga, tan sin luna. Este silencio que no cesa.

Afuera sigue lloviendo.


(La imagen es de internet. Desconozco su autor)

lunes, 15 de octubre de 2012

Te quiero, Tere

Aprendo a reconocerte en las cosas invisibles, en las cosas pequeñas, imperceptibles, que siempre me hablan de ti, que nunca te dejan irte a ningún sitio, que te atan a mi alma para que nunca te marches del todo. En la fuerza de los tuyos, en tus cinco costillas, en esa unión más fuerte que la propia vida, en esa lucha cotidiana por seguir mirando de frente a la vida, que tan cicatera ha sido con todos. En cada paso de Guti padre, en los matinales besos de mi Guti hijo, mi amigo del alma, mi niño, mi compañero en tantas cosas, en tantos momentos, en tanta vida.

Aprendo a buscarte en cada sonrisa, en cada rincón de la casa, tu casa, donde aún huele a tus comidas de postín, a los fogones generosos donde todos éramos bienvenidos; en la promesa de futuro en el vientre de Nuria, en este otoño que susurra tu nombre todos los días, todos, cuando tanta falta me haces, tanta falta nos haces, y te busco cerca para que todo sea más fácil, menos pesado, más llevadero.

Aprendo a llevarte conmigo, a intentar no echarte de menos, a sonreirte desde aquí abajo para que sepas que el vínculo está intacto, que nada hay de mí a ti que no sea verdad, ganas de desgastar la vida bajo tu sombra. A creer, a esperar; a dar fe de esa resurrección que tantas veces hemos celebrado bailando Mayalde en el patio de casa cada domingo de Pascua. A sentirte cuando nadie se da cuenta y yo tengo la certeza de que estás a mi lado para consolarme, para levantarme, para recordarme que soy una tía fuerte aunque a veces me quiebre como el cristal.

A cerrar los ojos y escuchar tu voz, y saber que sigues ahí, tan cerca, tan protectora, tan leal, tan queriéndome en este octubre -Teresa, ternura. Mi Tere querida- que ya no es octubre porque hoy me quedaré con ganas de llamarte y de celebrar un año más, de seguirte queriendo aquí, carne, calor, por mucho que me empeñe y me emplee en esta nueva forma de quererte tan anormal, tan atípica, tan a este lado de la vida; de seguirte abrazando cada día hasta que siento que el aire me acaricia y reconozco en su soplo el aliento de tu palabra sabia y sincera, el susurro de tu nombre, tu presencia tan querida.

Y quiero celebrarte siempre. Hoy, ahora. Este quince de octubre sin santo ni seña. Mañana, pasado, después. Hasta mi último día. Y quiero escribirte desde la alegría aunque me cueste la misma vida reconocerte en las cosas invisibles, en tu no presencia; acostumbrarte a este tenerte al otro lado, sostenida en la fe, en la certeza de que somos eternos. Y quiero guardar en esta fábrica tu puesto de soñadora, el hueco de tus comentarios, tus llamadas, los febreros que tienen que venir, tantas cosas que ahora mismo me duelen como una herida sin fondo pero que mañana serán la pista, la consigna para recordarte con una sonrisa inabarcable, con el agradecimiento a la vida por dejarme estar, ser y crecer a tu lado desde niña.

Te quiero, Tere. Te quiero. Cuánta falta nos haces por aquí abajo. Cuánta, Dios mío. Cuántos huecos tienes para rellenar en mi alma, en nuestros rincones, en nuestro día a día. Cuántas tiritas que ponerme por dentro.

Feliz santo, cariño mío.



(La foto, tan bonita, es de la boda de Ana Teresa. Tu niña. Nuestra niña. Así quiero recordarte siempre: emocionada, inmensamente feliz al lado de José Luis, tan cerca de esos nietos que están en camino. Gracias por tu vida, Tere. Gracias por la inmensa lección de amor que nos dejas)

lunes, 4 de julio de 2011

Escrito en el viento


"Acaba de nacer David, hace 2 minutos. Todo ok. Besos y abrazos". Así, en el último día de junio, conocíamos, celebrábamos tu llegada al mundo, pequeño David, después de la travesía de nueve meses en el útero de tu madre, acomodado ya en el corazón de tu padre, tan roto y tan rebosado a la vez, tan en la invisible línea que separa toda la pena de toda la alegría, el nombre del hijo, el nombre del padre.

Eras apenas una alubia creciendo en aquellos días amargos de diciembre, cuando Ana, la chica que inventaba mariposas, cerraba sus maravillosos ojos de faraona en tierras del Duero para dormir y descansar al otro lado de la vida.

Pensábamos entonces que ella no sabía, que no podía imaginarse que estabas de camino, esperanza contra desesperanza, amor y sólo amor contra los golpes brutales que asesta la vida de cuando en cuando. Pensábamos que no sabía, que no intuía, que no sospechaba que se modelaban ya tu carne y tu sangre, su misma carne y su misma sangre, estirpe de la madera, de la música y del arte.

Pero yo quiero pensar que allí, en aquella habitación de hospital donde sonaba la voz ronca de Leonard Cohen cantando para ella, danzando hasta el final del amor, también pudo, supo, escuchar el frágil latido, la alegría imponiéndose, tu primera luz, la certeza de que la vida siempre se pone en pie sobre la muerte.

Y aquí estás tú, pequeño David, fraguado entre letras de dolor imposible y de imposible ternura, escrito en el viento, redimiendo, consolando, tan perfecto, mientras las ventanas del futuro se abren cuando abres tus ojos en la paz de la cuna y se ilumina el mundo.

Alguien, un maestro en las palabras, tu primer maestro en la vida, te enseñará un día ese nombre de tres letras conjugado en tiempo presente, igual que el amor, que nunca muere. Y nosotros estaremos ahí, viéndote crecer, igual que descontábamos los días esperándote, adivinando mariposas sobre tu almohada, besos en lo invisible, canciones de cuna en el aire, encendiendo la sonrisa cada vez que sonrías, guardándote los sueños y el futuro.

Bienvenido al mundo, pequeño, inmenso David.

martes, 5 de abril de 2011

Abril, otra vez


Abril, otra vez. El perfume de las noches cada vez más claras, la luna preñándose de luz en el cuarto creciente. Y el rumor de las aguas bajo el puente, junto a la piedra, eternamente apostadas al pie de la muralla.

Abril otra vez. Las aguas románicas, abril románico en la ciudad intangible, la que sueño ahora, puertas afuera, al otro lado del río, mirando hacia el sur infinito, tan lejano, anhelando siempre, aquí y allí.

Abril otra vez, jugando a la primavera en los árboles, en los almendros de flores blancas y prietas, en la luz desafiante de cada tarde, en las torres y los campanarios que se perfilan contra la última luz dibujándote cada noche, aunque no te vea. Y el puente, otra vez el puente, y más allá un Nazareno de barrio con la Cruz dispuesta. Abril otra vez en las cruces.

Abril esperando en el incienso ya preparado, en la ciudad que se despereza como si no conociese la indolencia. En las palmas amarillas que sostienen el sol y la infancia. Abril otra vez; abril posándose en las calles silentes, en las cuestas y en los miradores, en los hábitos que se orean al viento.

Abril ha regresado en el silencio de la cera, en las noches sin sombra, en la vida que pasa impasible sobre el Duero, hacia las huertas. Abril en las esquinas, en los escaparates, en la mirada de los niños que este año estrenarán su túnica primera, en las cicatrices de guerra de tantos abriles.

Abril bajo los párpados, abril bajo la piel, latiendo a mi pesar, abriéndose paso entre las carnes y entre los recuerdos. Abril santo, abril maldito.

Abril otra vez. Y otra vez que quiero y no quiero traspasar el puente; que quiero y no quiero acompañarte; que quiero y no quiero elevarte sobre los hombros. Abril otra vez, y otra vez que no sé si caminar descalza sobre tus empedrados o poner tierra de por medio entre mi memoria y tus postigos, entre mi corazón y tus secretos.

Abril otra vez. Y otra vez dudo si recorrer por tus calles la vía del dolor o ignorarte por fin y no saber de tí más que lo que ahora sé. Abril otra vez, y no sé si cantarte con la voz ronca de los que aman o si dejarte en el silencio de los que un día quisieron.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si abrirte las puertas con los brazos en cruz o si cerrar las ventanas para que no penetre ninguna luz que no sea la que ya me habita, la que siempre reconozco, la que siempre descifro sin necesidad de verte, sin necesidad de ser, sin necesidad de estar. Porque a veces te quiero más así, sin más.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si empaparme de ti o ponerme a salvo, soñarte como ahora te sueño y guardarte intacta en mi alma.


(La foto, este puente que quiero y no quiero traspasar, es de internet. Si alguien conoce a su autor, me encantaría firmarla. Es maravillosa)

martes, 2 de febrero de 2010

Dos de febrero


Hace treinta y nueve años. Yo no me acuerdo, porque apenas tenía un año y nueve meses. Dice mamá que hacía un día como hoy, soleado y con el cielo azul rabioso, cuando abriste los ojos a la vida. Esos ojos donde siempre encuentro complicidad y ternura, esos ojos que nos recuerdan que somos hermanos de sangre y de muchas más cosas.

Anoche rebusqué en los viejos álbumes de fotos para tomar prestado algún retazo de nuestra vida y traerlo a la fábrica. Como eras el tercero, te llevaste la peor parte, pillaste la cámara perezosa. Un bebé envuelto en una toquilla blanca en brazos de su madre flanqueado por sus dos hermanos que lo contemplan acostumbrándose a su carita. Tres niños rubios que miran a la cámara en la playa de Sanabria, Rocas Negras al fondo. El más pequeño, un tirillas en bañador, siempre acurrucado en el regazo materno, siempre sonriendo, iluminando los paisajes de la infancia, aquellos veranos maravillosos a orillas del lago, los otoños en El Castillo, los inviernos cogiendo musgo para el Nacimiento en Valorio, los cumpleaños de febrero, abril y junio. Sonriendo con esa sonrisa que me insufla alegría cuando falta mi sonrisa. Esa sonrisa que nos recuerda que somos hermanos.

Hace treinta y nueve años y yo no me acuerdo, aunque dice mamá que era un día como hoy. Y anoche, mientras pensaba palabras que regalarte y optaba por repetir esta foto en la que estamos tan feos (y medio 'chupados' o 'chupados' y medio) pero que tantas cosas me dice, releí las palabras que te regalé hace un año mientras pensaba que hoy escribiría las mismas, letra por letra, punto por punto, y así hasta el último de mis días. Y volví a emocionarme en esta mañana de febrero, dos de febrero, con sol y cielo azul, en que sigo agradeciéndole a la vida el regalo de tu presencia, tu luz, la infinita claridad de tu sonrisa.

Gracias, querido hermano mío, por tus treinta y nueve años a mi lado.

(Y ahora, a preparar la versión 4.0, que no es tan mala)

lunes, 16 de junio de 2008

Gigantes

Los vimos por las calles, rompiendo el cielo con sus cabezas regias, danzando sobre el asfalto de la media tarde, dictándole a los vientos su nombre.

Ayer los vimos vestidos de verano, estrenando sus pasos sobre las losas, pintando de alegría las viejas piedras, encendiendo en sonrisas infantiles la mitad de junio.

Son los gigantes de esta ciudad. Los que sueñan. Los que pelean. Los que construyen. Los que aman. Los que sostienen las nubes. Los que nos arropan los latidos. Los que derriban las murallas.
Los que apenas miden metro y pico, aunque sea un pico largo. Los que tienen cuarenta nombres. Los que se emocionan. Los que devoran estrellas al pie de las almenas. Los que visten la noche con la voz ronca del vino peleón.

Los gigantes vivos de esta tierra iban en el vientre de los gigantes inertes, sosteniendo en sus hombros sus armazones de siglos. Derribando los cercos, abriendo las puertas.

Los gigantes de esta tierra, mis gigantes de Capitonis Durii, salieron a la calle a enseñarnos sus sueños. A demostrar que en la ciudad de las leyendas y el silencio queda espacio para los sueños, por inmensos que estos sean.

martes, 20 de mayo de 2008

Davinia contra los gigantes

Existe una promesa, una flor tostada abriéndose a la vida donde vamos depositando nuestros secretos, nuestras noches, nuestras alegrías y las miles de puntadas que hemos decidido dar por la vida bajo el abrigo de la amistad.

Existe la mirada limpia que apunta hacia el futuro, el perfume de la lealtad en sus gestos, la fuerza de los pocos años, la valentía de los que quieren de verdad. La maraña oscura de su melena generosa, su pasión gatunera sobre la colcha de la cama, la sonrisa sin pliego de condiciones, la timidez que de cuando en cuando asoma a su rostro como si tuviese que esconder la rabiosa belleza que atesora de dentro hacia afuera.

A veces, cuando la miro, siento sana envidia de no corretear por la vida sin peso en la mochila. Y tengo la sensación de haber sumado muchos años sin darme cuenta de que todo lo que iba dejando atrás, de todo lo que iba quemando, de todo lo que pasaría a ser sólo memoria sin proponérmelo. Y me encantaría encontrar el punto de inocencia, la frescura de los besos que dejé sin dar, la ternura sin malear que aún ondea por sus pestañas, la brisa que la acompaña allá donde va sin que ella se percate.

Es Davinia, que cumple hoy dieciocho años. Podría ser casi mi hija, pero forma parte de los ilustres soñadores que viven en mi corazón. Llegó, nos dejó sus rosquillas, lloró con nosotros a su gatita, se quedó, anduvo en vela la noche que Zamora no se convirtió en una rosa roja y atravesó su mayoría de edad de nuestra mano la noche memorable en que Zamora quiso ser un corazón traspasado.

Nuestra Dukesita cumple hoy años. Llego por los pelos, pero llego. Le debía este regalo desde que un día la ví ponerse en pie y alzarse como David contra Goliat. Davinia contra los gigantes. Davinia luchando entre molinos de aspas hirientes como filos de espadas, como puñales en lo alto. Davinia salvando la decepción de las traiciones, Davinia sonriendo entre los árboles de Valderrey.

Se lo debía por la emoción primera de abrazarse a las mismas andas, por las noches de primavera en que esta tierra acompaña a Cristo a la Cruz, por las losas perfumadas de tomillo que pisamos juntas, por su silencio cuando necesitaba silencio y por su compañía cuando necesitaba compañía. Y te quiero, Davinia, porque pusiste tu voz al servicio de la mía cuando decidí callarme. Por tu dignidad, por ponerte en pie para lavar las heridas que otros me infringieron en una guerra que no era la tuya. Y sobre todo, princesita, por recordarme cada noche que hay una ventanita abierta donde no todos los ojos duermen.

Que cumplas muchos más, Davi. Nos encanta verte crecer.


(Foto Jose Pascual)

miércoles, 14 de mayo de 2008

He vuelto, o eso creo

Pues aquí estoy. He vuelto, o eso creo, pero entraré de puntillas porque ahora sé que tengo la fábrica llena de ocupas y no quiero despertaros. He vuelto igual que vuelve el agua a lamer las orillas; igual que vuelve el sol de tormentas después del frío. Igual que vuelven los trigos a los campos y la paz después de los temporales. Sobre mis sábanas huele a tierra húmeda.

He vuelto porque una noche de risas transparentes se lo prometí a Davinia y a Luis Fer, soñando soñando. Porque le dije a Félix que me sentía en deuda y sigo pensando cómo desenredarle las canas en el alma. Porque Tere me dijo que seguía esperando. Porque cuando estaba a oscuras encontraba el farol de Alberto. Porque los caldos y pócimas de Manolo me resucitaban el alma, o quizá eran sólo gin tonics vaticanos. Porque me sonrojan casi cuarenta entradas sin respuesta y aunque siga sin carbón para las calderas de mis sueños tenía que venir. Quería veros, qué coño.

No me he molestado en mirar el calendario. Se lo prometí a Darío una noche en que su sonrisa me llegó desde Argentina. Me lo prometí a mí misma cuando leía los mails de Guarismo, cuando Skunkita compartía sus primeros pasos por el amor conmigo, cuando veía los sms desde Salamora que me hacían sentir como una niña que se hace de rogar antes de tocarle a los vecinos del quinto una sonatina al piano.

He vuelto porque guardo la sonrisa más hermosa del mundo en mi primera hoja del calendario como si fuese un santo al que rezar todos los días. Porque Alvarito me ha enjugado tantas penas caminando que ya es hora de que abra la mochila de la alegría. Porque he dejado que la primavera tome por asalto Valorio. Porque el médico del alma me recetó volver cuando quisiera y mientras se llevó rosquillas al blog donde tienen nombre los días. Porque apareció Concha como un torbellino de viajes y proyectos y siempre me dejaba la puerta abierta.

He vuelto porque acabo de ver la firma de Manu estampada casi al lado de la de Mara, que es soñadora como yo, y nunca pensé que un día atravesasen estas puertas y derribásemos sin darnos importancia pequeñas murallas que levantábamos en la ciudad donde todos se reconocen pero pocos nos conocemos. Porque Marta me devuelve desde Lecce un Cái postizo a la manera italiana para remendar los agujeros de mi nostalgia. Porque Víctor sigue poniendo adoquines para que pisemos por sus calles. Por los que han entrado y han estampado su huella.

Poco ha pasado en este tiempo, o mucho. Enterré con un dolor que aún duele a mi Michu en la tierra rojiza de la finca de mi tío Lili. Llovía. Yo me acordaba del funeral de tercera de Mozart, qué cosas. Era Lunes Santo, el día de la Despedida en Zamora. El día en que florecen cardos a los pies del Cristo de los Doctrinos. Llovía porque lloraban los gatos buenos del paraíso gatuno.

Encontré una michu callejera, rubita y de morro rosáceo que dormita sobre mi regazo llenando de pelos blancos mi ropa negra mientras escribo esto. El día que me la traje a casa, sabía que era su casa. He llorado lágrimas de sangre y de azúcar; he tropezado contra mi soledad y me he levantado aunque de vez en cuando detenga un poco el paso y sienta como un zarpazo la caricia perdida del levante y el poniente sobre mi alma. Te echo de menos.

He cumplido años y he brindado por ello. Tuve calas blancas en mi correo el día de la celebración. He visto nacer a dos gigantes a orillas del Duero, he cerrado mil veces los ojos para oler a mar, para escuchar el mar, para beberme el mar. He visto películas por los ojos de Ricardo y paisajes de colorines en los confines de Fanny. He paseado por el alma de Ana. He cantado a los pies de la Lolita por las parituras azules de los ojos de Antonio.

He pasado noches en vela sin sueños y días durmiendo para que pasasen prontito y pesasen menos sobre la almohada. He regalado sonrisas. Le he rezado a todas mis Vírgenes y me he encabronado con la vida el día que le rebanaron a Amelia uno de los pechos que sirvió para amamantar a sus hijas. El puto cáncer, que no merma la luz de sus ojos insultantemente verdes. La puta vida.

He pasado por alto ferias y toros con los pies pisando mi tierra zamorana y el corazón de viaje hacia el Jerez de palmeras y bodegas, calor compacto, albero caliente y palmas por bulería. He pasado tardes enteras viendo el sol esconderse tras el castillo de San Sebastián porque Manolo me regaló la Caleta para mí solita. He pisado las arenas tras el simpecao de la Tacita porque en su carro iba prendido un pedacito de mi alma.

He acumulado horas de radio y de tedio, reencuentros y despedidas, soledades y compañías, noches, días, lunas, soles, lluvias, y nunca me decidía a volver porque sentía, y lo sigo sintiendo, que esta fábrica ya no era mía. Sóis vosotros los fabricantes de sueños.

He vuelto, o eso creo. Sin respuestas, sin sueños en la recámara, sin saber siquiera si mañana me sentaré e intentaré poner en marcha los motores de esta factoría donde los sueños tienen nombre propio, treinta y tantos requerimientos y una paciencia que no me merezco. Debería pedir perdón por la ausencia.

Y no tengo palabras para dar las gracias por la espera, por la emoción de esta fidelidad en tiempos de crisis de la patronal de las alegrías. Sigo desbordada, sigo paseando por vuestros sueños a ver si me topo con los míos. De momento, aquí estoy.

Seguid soñando, que me quedo. Mil besos.

viernes, 31 de agosto de 2007

Pereza, maldita pereza

Hace un mes justo dejé a Duquesa, la gata de Davinia, campando por el paraíso felino. Abría la puerta a agosto, el mes maldito de la pereza maldita. Hoy sopla viento del norte anunciando septiembre. El fin del letargo, el reencuentro con la pantalla blanca y las maravillas que nos resten por fabricar. Cada cual las suyas y Dios en casa de todos.

Entre medias, largos paseos por la orilla del mar gaditano con mi amiga Gema buscando orejitas de la suerte que traen las aguas hasta la arena; el ir y venir de norte a sur y de sur a norte intentando comprimir media casa en la maleta que luego no me molesto en deshacer porque hago del lino negro y blanco el uniforme del verano. La playa de Sanlúcar con Doñana al fondo, allá donde muere el dulce cauce del Guadalquivir que llaman Bajo de Guía. Las corridas de agosto de El Puerto con su plaza a rebosar de gente santificando el nombre de José Tomás, la poesía vertical hecha toreo, las carnes rotas atravesadas por astas y agujas en el sesenta aniversario de la muerte de Manolete, aquel califa que se parecía a Adrien Brody. También el recuerdo emocionado a la memoria de Alfonso, para muchos "el bicho", para mí siempre maestro, genio y figura vuelto a la tierra charra que nunca tuvo secretos con él.

Alguna noche de farra intensa. Los cincuenta años de Marga celebrados a ritmo de tango, rumba y bulería, cincuenta rosas rojas sobre el mantel. La magia de un karaoke a las cinco y pico, cuando la madrugada nos transforma a todos en artistas consumados. La plaza portátil de Toro y el polvazo de los ruedos de poca monta manchando los vestidos de oro y filigrana en honor de San Agustín.

También entre medias este verano otoñal que vivimos y que iba a ser el más caluroso del último siglo según predicciones que jamás se cumplieron; las tardes tranquilas con Andrés en la terraza de casa dejando morir el tiempo hasta que cientos de cigüeñas toman por asalto los cielos zamoranos, las piedras, los siglos, las torres y los campanarios. La piscinita de dos por dos oliendo a limpio y a lejía por las mañanas esperando las risas infantiles de Lucía y de Teresa vistiendo de inocencia las baldosas. La dejadez de visitar los blogs amigos de todos los fabricantes de sueños del mundo, incluso de aquellos que no conocemos. Los folios que voy llenando en el nombre de la Cruz para la cita de septiembre en la capilla dorada. La despedida de Antonio, a quien no despedí, que ya nos envía abrazos y músicas desde el otro lado del océano. Una comida con Teresa, mi amiga de siempre, que lleva casi veinte años fuera de esta Zamora donde nacimos con unos meses de diferencia, sobreviviendo para no morir consumida en la vorágine laboral de Londres-Boston-Nueva York donde se deja la piel todos los días en un mundo que nos suena casi a película. Algún duelo que nos recuerda que somos siempre polvo vuelto al polvo. El eco de Medievalia resonando por las calles que se disfrazan de medievo en la ciudad medieval que no despierta de su letargo maldito; la nostalgia de Sanabria, sus tardes de plomo y su agua de hielo; la entrada más hermosa del mundo que un soldado de las palabras me escribió desde la trinchera de sus versos dejándome sin palabras.

Esto y algo más dieron de sí los treintaiún días que no escaparon a la pereza, maldita pereza, de agosto. Hemos sobrevivido a todo ello, así que seguimos fabricando sueños.

lunes, 30 de julio de 2007

Duquesa en el paraíso gatuno

Hay una nueva inquilina en el paraíso gatuno. Es Duquesa, la gatita de nuestra Davinia, dukesita-obrera de las rosquillas que nos endulzan las jornadas de esta fábrica. Duquesa, la de las orejas negras y puntiagudas y las patitas mullidas como los deditos de un bebé. Duquesa, la anciana siamesita de ojos azules y hociquito húmedo, que daba besos cortitos y fríos, como son los besos de los gatos cuando te olisquean la punta de la nariz y te asomas a sus ojos transparentes.

No entrecomillo su nombre porque en esta fábrica los gatos tienen tratamiento de "don". Porque soy gata de uñas cortas. Porque adoro su independencia, su descaro, su inteligencia y la elegancia que traen al mundo desde el vientre gatuno de sus madres. Porque no tienen dueños: los eligen, igual que eligen tu silla o se cuelan en tu cama, que deja de ser tuya. Porque no conocen otro reino que no sea la libertad, ni otra patria que no sea su santa voluntad.

Después de diecisiete años compartiendo esta vida con los humanos, Duquesa se ha escapado por el tejado despacito, a la manera felina, y se ha ido de casa con pasito corto y sigiloso para vivir en el paraíso de los gatos. Que existe, porque los gatos se aproximan bastante al paraíso incluso cuando descienden a nuestro mundo. Quizá por eso siempre quieren el sitio más caliente, el edredón más mullido, el cajón más oscuro para esconderse, la sombra más apetecible para sus siestas perezosas o el radiador que más calienta las frías tardes del invierno.

Duquesa anda en el limbo gatuno donde los gatos pueden comer lo que les gusta sin reventar de un entripado. Donde los machos pueden irse de gatas todas las noches sin estampar su huella en los derribos. Donde no hay febreros de berridos e inquietudes en periodos de enamoramiento. Donde no cumplen años, ni se quedan viejecitos y delgados, ni existen las inyecciones que les evitan el dolor de verse vencidos por la edad para dormirlos. No hacen falta; dicen miaumiau con la mano y siempre los vemos en majestad.

Por allí andarán mi Lolailo, un machomán con pintas y pichabrava impenitente con cierta genética perruna, si paseaba a mi lado por la calle y se ligaba a todas las hembras que anduviesen sueltas por las azoteas. O mi suave bizcochota, la gata más bizca del mundo, un cruce de siamés y persa que siempre pensé que tenía un Down gatuno, si es que existe. Por eso siempre la quise más. Porque cuando me miraba, tan virola, yo me moría de ternura y quería tenerla siempre en mis brazos, con sus uñitas amasando pan en mis carnes como si estuviese buscando un tesoro en mi antebrazo.

Sé que muchos no creéis en los paraísos gatunos. Pero yo sé que existen. Que los gatos sueñan con nosotros y nos hacen compañía. Y que incluso desde su admirable egoísmo nos regalan un beso húmedo o un lengüetazo áspero y nos ganan para siempre. Por eso no quiero que Duquesa se vaya sin saber que en los sueños de Davi y de todos los que creemos en el dios de los gatos, siempre tendrá friskis en la puerta, por si se cuela por las noches y se acurruca a nuestro lado, dejando en la oscuridad el rastro, la ronca caricia de su ronroneo.

jueves, 19 de julio de 2007

De puntillas

Me encanta que vengáis de noche a la fábrica. Que entréis de puntillas y sin hacer ruido. Que leáis y os marchéis como vinísteis, también de puntillas, para no despertarme. Que me acompañéis cuando no lo sé; que me arropéis desde la distancia con la cercanía que os otorga esta cooperativa de sueños que sin vosotros no existiría. Que la fábrica siga con su luz encendida mientras nuestras ciudades duermen y las cigüeñas toman por asalto la piedra y el silencio. Que poséis los ojos en la producción de cada día, en los sueños de todos, déis el visto bueno y os marchéis con los vuestros cumplidos debajo del brazo.

Me encanta saberme recorrida por vuestras sonrisas y vuestros silencios. Me encanta que compartamos este edificio imaginario por cuya chimenea escapan los deseos que brillan en la noche como estrellas en llamas. Saber que pasáis como una ráfaga de amor por esta casa y que de vez en cuando estampáis vuestra firma en la negra tierra de estas letras como si fuese la huella de vuestro pie; como un recordatorio de lo que somos: fabricantes de sueños.

Me encanta que pase el tiempo y que sigamos creyendo en nuestra fábrica. Que sigamos forjando sueños juntos. Que nos hagamos fuertes en la amistad; aunque unos estéis lejos; aunque a otros no nos hayan presentado. Que construyamos Salamora cada día sin accesos restringidos ni códigos secretos. Que cuando me siento pequeña me recordéis que también hubo días en que paseé por la cima de la alegría. Que cuando me siento sola, me habléis de los días en que siento la felicidad quemándome la piel sólo por posar los ojos en todo lo que amo. Y entonces me hacéis sentir inmensamente grande; inmensamente rica. Y pienso que nuestro mayor acierto ha sido echar a andar el engranaje perfecto de esta fábrica que ya funciona sola. Porque entráis y salís, dejáis el poso o simplemente el silencio. Pero estáis, sóis. Somos. Y ese ir y venir continuo es el que nos acerca, el que nos ata y nos hace libres. El que me arropa cada noche cuando sé que paseáis como duendes por mis sábanas.

Quizá por eso, porque os quiero así, sin puertas ni alambradas, me encanta que vengáis de noche a la fábrica. Aunque sea de puntillas.