Envolví en la masa redonda de los crépes los últimos retazos de tu vida de estudiante y mis primeros pasos en ese trabajo nuevo que me roba hasta el último minuto de tiempo. Desandé las horas como si fuese la primera vez que me sentaba en aquella terraza, como si fuese yo la que acababa de salir de un exámen después del suspenso de junio, de todos mis suspensos, de mi vida suspendida en el aire.
Comimos acompañados en la callejuela que tiene nombre de Cristo y vierte a la torre orgullosa del palacio ducal. Compañía. La necesitaba. Hubiese detenido el tiempo en el remanso de vuestra presencia, en la emoción contenida de sentir ojos amigos posados en mis ojos, tan cansados. Os quise más que nunca, aunque no os lo dijese.
Igual que te regalé la primera sonrisa del año, esparcí sobre tu postre de fresas y nata la primera sonrisa de una vida que aún no me pertenece que iré ajustando a mi medida cuando la sienta mía. Y tú estarás siempre. Creciendo mientras yo te contemplo y me siento orgullosa de tu altura.
Gracias por tu sonrisa inmoderada. Gracias siempre.
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domingo, 21 de septiembre de 2008
jueves, 11 de septiembre de 2008
Salamanca

Como una novicia. En vela. Así espero a que venga el sol a lamer las piedras doradas de tus palacios, la locura barroca de tus fachadas y balconadas, la belleza de la primera luz sobre tus torres y tus catedrales, la huella de los siglos pósandose en silencio en los trazados de tu alma. En vela. Así espero este verano tardío de albero consonante en la tierra adentro de mis versos.
Por tus calles, Salamanca. Allá donde me robaron hace años un beso sobre una loseta empapada de madrugada y soportales, en el epicentro del orgullo de saberse querida. Por tus soledades en la calle de la Compañía. Por las soledades mías, que quedaron prendidas como un clavo sobre los pies desnudos de un Crucificado cuya sombra alimenta cardos y espinas.
Con tus veletas danzando los sones del aire de la sierra, el abrazo silente del norte, el soplo cálido que me devuelve un trocito de sur. Con las cigüeñas preñando las espadañas y los campanarios, batiendo en sus alas extendidas la caída de cada tarde. Con el presagio de las nieblas y los aguaceros bebiéndose el Tormes desde las nubes, agua que vuelve al agua, polvo que vuelve al polvo. Con el deseo columpiándose por el puente románico que conduce al precipicio de tus empedrados.
Y voy devorando esta noche barajando incertidumbres y acertijos. Esperando el día que te vista de limpia entera para ensortijar tus entrañas y descifrarte en la fiesta de cada septiembre. Salamanca. Ahora, ahí, la vida.
miércoles, 9 de julio de 2008
Darío
Echo de menos la letanía de la libertad en el lado izquierdo de tu pecho y de tu puño atlántico, la mirada pequeña derrochando tretas y malicias, el ingenio envidiando tus ideas, escalando las paredes abruptas de las cimas que frecuentas.
Echo de menos los últimos días de junio derritiéndome por las calles que te vieron crecer. El microclima evaporándose sobre el polvazo del albero de la feria. Las casetas, los farolillos, el coso de Las Palomas abriéndose como una circunferencia mágica a los cielos del Estrecho. Tu pinta impecable de golfo mitad niño bien mitad macarra. Tu orgullo, mi orgullo. Tus aventuras sevillistas por los mundos de Dios, tus trazas de torero trasnochado en vísperas de hazañas. Tus pleitos, tus victorias y alguna frase a medias. La admiración mutua, la amistad que sostenemos de punta a punta.
Echo de menos los días que preceden a la Pasión, los ensayos de tu cuadrilla del arte heredada del arte mismo bajo las palmeras, con la Borriquita a costal y las sonrisas de los niños que bajan descalzos a la playa y visten de futuro los días santos. Echo de menos tus pisadas de versos por la fábrica, tus acertijos, tu inteligencia y tu descaro.
Echaba de menos escribir esta entrada que te debo y te dedico. Echo de menos esa noche que tenemos que apurar hasta que venga el alba a devolvernos por las orejas a nuestras casas y que algún día habremos de cumplir.
Te echo de menos con la luz en los ojos, con la alegría inmensa que siempre acude sumisa a tus provocaciones. Porque te quiero, Darío, con tu imperfecta sonrisa perfecta. Con tu punto canalla, con tu peaje desahogado por el mundo.
Porque me traje tu nombre guardadito en la mochila junto a lo que más añoro para no borrarlo nunca. Y no pienso devolvértelo, mi querido amigo, salvo que un día vengas a buscarlo y lo enterremos juntos en el mar.
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martes, 20 de mayo de 2008
Davinia contra los gigantes
Existe una promesa, una flor tostada abriéndose a la vida donde vamos depositando nuestros secretos, nuestras noches, nuestras alegrías y las miles de puntadas que hemos decidido dar por la vida bajo el abrigo de la amistad.Existe la mirada limpia que apunta hacia el futuro, el perfume de la lealtad en sus gestos, la fuerza de los pocos años, la valentía de los que quieren de verdad. La maraña oscura de su melena generosa, su pasión gatunera sobre la colcha de la cama, la sonrisa sin pliego de condiciones, la timidez que de cuando en cuando asoma a su rostro como si tuviese que esconder la rabiosa belleza que atesora de dentro hacia afuera.
A veces, cuando la miro, siento sana envidia de no corretear por la vida sin peso en la mochila. Y tengo la sensación de haber sumado muchos años sin darme cuenta de que todo lo que iba dejando atrás, de todo lo que iba quemando, de todo lo que pasaría a ser sólo memoria sin proponérmelo. Y me encantaría encontrar el punto de inocencia, la frescura de los besos que dejé sin dar, la ternura sin malear que aún ondea por sus pestañas, la brisa que la acompaña allá donde va sin que ella se percate.
Es Davinia, que cumple hoy dieciocho años. Podría ser casi mi hija, pero forma parte de los ilustres soñadores que viven en mi corazón. Llegó, nos dejó sus rosquillas, lloró con nosotros a su gatita, se quedó, anduvo en vela la noche que Zamora no se convirtió en una rosa roja y atravesó su mayoría de edad de nuestra mano la noche memorable en que Zamora quiso ser un corazón traspasado.
Nuestra Dukesita cumple hoy años. Llego por los pelos, pero llego. Le debía este regalo desde que un día la ví ponerse en pie y alzarse como David contra Goliat. Davinia contra los gigantes. Davinia luchando entre molinos de aspas hirientes como filos de espadas, como puñales en lo alto. Davinia salvando la decepción de las traiciones, Davinia sonriendo entre los árboles de Valderrey.
Se lo debía por la emoción primera de abrazarse a las mismas andas, por las noches de primavera en que esta tierra acompaña a Cristo a la Cruz, por las losas perfumadas de tomillo que pisamos juntas, por su silencio cuando necesitaba silencio y por su compañía cuando necesitaba compañía. Y te quiero, Davinia, porque pusiste tu voz al servicio de la mía cuando decidí callarme. Por tu dignidad, por ponerte en pie para lavar las heridas que otros me infringieron en una guerra que no era la tuya. Y sobre todo, princesita, por recordarme cada noche que hay una ventanita abierta donde no todos los ojos duermen.
Que cumplas muchos más, Davi. Nos encanta verte crecer.
(Foto Jose Pascual)
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domingo, 27 de enero de 2008
Tere, que sueña con nosotros
No la conocéis, pero os hablaré de ella. Dice que se nos ha hecho adicta a la fábrica, que necesita entrar cada día. Y a mí me emociona profundamente que así sea, y quiero que estas letras sean una alfombra roja de bienvenida. O una petición formal de que no se vaya nunca.
A Tere tengo que agradecerle varias cosas: su amor incondicional, la lealtad de su amistad, su valentía ante las bofetadas de la vida y la alegría que transmite. Y, sobre todo, los dolores de un parto que dejaron en el mundo a Guti, uno de mis amigos más queridos. Después vendrían otros tres más, uno doble, hasta completar una camada de cinco cachorros que ha sacado adelante como una jabata con el patriarca José Luis siempre al lado.
Tere se asoma de puntillas cada día a la fábrica y sueña con nosotros. No sé cómo la encontró, porque ella misma no lo recuerda. Pero se ha repasado cada entrada de pé a pá, se ha puesto el mono de obrera sin concesiones, tiene mono de sueños, y puede que un día se atreva a escribir una entrada. En cualquier caso, se que está ahí, apuntalando cada resquicio de esta factoría.
Ha sembrado de sonrisas las clases con niños discapacitados y derrocha ternura cuando habla de ellos. Ha llorado lágrimas de sangre hacia adentro, ha soportado en pie los latigazos de la vida y es un ejemplo de dignidad y coraje para esta berrenda que le escribe emocionada recordando ese curriculum de tantos años de querernos. Con la pantalla iluminada por la sonrisa que te dedico.
Algún día te contaré, Tere, quién es quién en esta fábrica que crece ante tu asombro y el mío. Cómo surgió esta fábrica, que era un sueño en sí misma, aunque nunca se cumplió. Cómo sus obreros ayudaron a sostenerla en pie. Cómo el humo de su chimenea nos acaricia en noches cerradas. Cómo hubo un tiempo en que cada mañana había flores recién plantadas en la puerta y en su lugar se alza hoy un árbol superviviente que regamos un poquito todos cada mañana.
Y conocerás al chico que le pone nombre a los días, al inmoderado que dibuja alegrías en mi mapa, el arte de mi Cái en clave de verso, los versos de Concha, la preciosa mirada que Víctor, Pascual y Javier extienden sobre las cosas. Y tocarás el techo de Zamora de la mano de Juan Carlos, y comeremos manzanas con Mara, y regresaremos a Italia de la mano de Marta, y flirtearemos con los guapos de Hollywood y los jamones patrios entre las flores de Lola. Quizá llegues a conocer a mi Darío, que anda perdido en Algeciras esperando esa entrada que le debo. Y verás sonreir de nuevo a mi Skunkita, cuya alegría me traje en la mochila en recuerdo de lo mucho que Cádiz me ha dado. Esa Cái que Manolo nos enseña como nadie, día a día, con las madrugadas y las puestas de sol que me arroparon los ojos durante siete años. Ese Cádiz que Miguel deletrea en números como si fuese un guarismo.
Y quizá le pongamos rostro a los obreros que no conocemos o a los que, como tú, se asoman de puntillas y no dicen nada. Y esculpiremos con Fanny y con Joaquín sueños de palabras y materia. Nos perderemos en un cine con Ricardo. Pintaremos de azul las canas del alma de Félix. Caminaremos junto al joven Álvaro, mi sobri postizo, más allá de la sangre, que tanta fuerza me regala día tras día. Delimitaremos Salamora como un Estado sin fronteras donde dejaremos a Alfredo cargar a costal a sus anchas, daremos cristiana sepultura a Luis Santos de Dios y azuzaremos a Iacobus por la vaguería confesa de sus últimas entradas.
Tere, aquí los obreros que sustentan cada palabra. Obreros de esta fábrica: ésta es Tere, que sueña con nosotros.
A Tere tengo que agradecerle varias cosas: su amor incondicional, la lealtad de su amistad, su valentía ante las bofetadas de la vida y la alegría que transmite. Y, sobre todo, los dolores de un parto que dejaron en el mundo a Guti, uno de mis amigos más queridos. Después vendrían otros tres más, uno doble, hasta completar una camada de cinco cachorros que ha sacado adelante como una jabata con el patriarca José Luis siempre al lado.
Tere se asoma de puntillas cada día a la fábrica y sueña con nosotros. No sé cómo la encontró, porque ella misma no lo recuerda. Pero se ha repasado cada entrada de pé a pá, se ha puesto el mono de obrera sin concesiones, tiene mono de sueños, y puede que un día se atreva a escribir una entrada. En cualquier caso, se que está ahí, apuntalando cada resquicio de esta factoría.
Ha sembrado de sonrisas las clases con niños discapacitados y derrocha ternura cuando habla de ellos. Ha llorado lágrimas de sangre hacia adentro, ha soportado en pie los latigazos de la vida y es un ejemplo de dignidad y coraje para esta berrenda que le escribe emocionada recordando ese curriculum de tantos años de querernos. Con la pantalla iluminada por la sonrisa que te dedico.
Algún día te contaré, Tere, quién es quién en esta fábrica que crece ante tu asombro y el mío. Cómo surgió esta fábrica, que era un sueño en sí misma, aunque nunca se cumplió. Cómo sus obreros ayudaron a sostenerla en pie. Cómo el humo de su chimenea nos acaricia en noches cerradas. Cómo hubo un tiempo en que cada mañana había flores recién plantadas en la puerta y en su lugar se alza hoy un árbol superviviente que regamos un poquito todos cada mañana.
Y conocerás al chico que le pone nombre a los días, al inmoderado que dibuja alegrías en mi mapa, el arte de mi Cái en clave de verso, los versos de Concha, la preciosa mirada que Víctor, Pascual y Javier extienden sobre las cosas. Y tocarás el techo de Zamora de la mano de Juan Carlos, y comeremos manzanas con Mara, y regresaremos a Italia de la mano de Marta, y flirtearemos con los guapos de Hollywood y los jamones patrios entre las flores de Lola. Quizá llegues a conocer a mi Darío, que anda perdido en Algeciras esperando esa entrada que le debo. Y verás sonreir de nuevo a mi Skunkita, cuya alegría me traje en la mochila en recuerdo de lo mucho que Cádiz me ha dado. Esa Cái que Manolo nos enseña como nadie, día a día, con las madrugadas y las puestas de sol que me arroparon los ojos durante siete años. Ese Cádiz que Miguel deletrea en números como si fuese un guarismo.
Y quizá le pongamos rostro a los obreros que no conocemos o a los que, como tú, se asoman de puntillas y no dicen nada. Y esculpiremos con Fanny y con Joaquín sueños de palabras y materia. Nos perderemos en un cine con Ricardo. Pintaremos de azul las canas del alma de Félix. Caminaremos junto al joven Álvaro, mi sobri postizo, más allá de la sangre, que tanta fuerza me regala día tras día. Delimitaremos Salamora como un Estado sin fronteras donde dejaremos a Alfredo cargar a costal a sus anchas, daremos cristiana sepultura a Luis Santos de Dios y azuzaremos a Iacobus por la vaguería confesa de sus últimas entradas.
Tere, aquí los obreros que sustentan cada palabra. Obreros de esta fábrica: ésta es Tere, que sueña con nosotros.
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sábado, 19 de enero de 2008
Médico de almas
Mientras ésto escribo, a las dos y ocho minutos de la madrugada, apura Tomás sus últimas horas antes de la prueba que le llevará a elegir especialidad. Alguna vez os hablé de él. Es nuestro Lucano. La sonrisa ancha. La palabra prudente. La blanca bandera de la honestidad. La fe inquebrantable de los que no necesitan meter el dedo en la llaga y sí curarla, antes con el don de la alegría que con vendas esterilizadas.
Tomás se ha licenciado en Medicina, pero ya era médico de almas. Nació médico sin saberlo. O quizá lo sabía y sólo anduvo los pasos justos. De libro en libro, de mirada en mirada. Aquí, en esta fábrica, cuando se fractura un sueño, noto siempre su presencia recomponiéndonos el alma. Sin imponerse, con la envidiable inteligencia de los que son grandes y no se anuncian. Pasito a pasito, suturando otoños descosidos, inviernos sin esperanza. Y le pone nombre a los días y tiritas a las noches.
Lo recuerdo una noche mágica salvando un mundo imaginario que latía bajo un palacio de cristal. Y en la penumbra de la capilla dorada, mostrándome los sueños de nuestro Cristo Dormido, aquel que yo también soñé antes de besarle los pies. Cuando tres sumábamos tres; cuando en verdad contábamos todos por igual. Y aquella primera noche en que quiso que extendiese mi berrenda capa impregnada de sal y murallas sobre sus días con nombre, para que inventásemos nuevos nombres juntos. Y conjugamos Carrión en tiempo pasado y Salamora en todas las declinaciones posibles. Y brindamos cuando escuchamos las plegarias desnudas del Mozo por las calles. Y nos empapamos de la primera luna llena de abril, resguardando el corazón del frío del arrabal.
No sé si ahora estará dormido o apurando las últimas horas antes de que se cuele el día por su ventana. No sé siquiera si vendrá mañana, porque le hemos dado moscosos para apaciguar el esfuerzo de su tesón sin reposo. Y será, ya es, médico de familia. De esta familia que sueña imposibles y pone en pie fábricas de deseos incluso en los tiempos del cólera.
Pero yo estoy despierta. Despierta en la primera noche de soledad de mi vida. Esta noche en que el silencio se masca en este piso de paredes vacías que quizá un día haga mío, pero que esta noche me viene un poco grande. Despierta en esta madrugada que me invita a dormirme. Y pienso en tí, Tomás. En tu sonrisa ancha. En tu tremenda capacidad de entrega. En la dulzura de tus gestos, en la firmeza de tus convicciones. En tu desprendida bondad, en la casa de dolor que conviertes en un templo de la esperanza. Curando deshauciados de la vida, arropando almas solitarias.
Porque aquí no necesitas reválidas. Porque te necesitamos cerca. Para que bautices nuestros sueños con nombre propio. Para que sanes nuestras soledades con tus remedios.
Mil besos, querido amigo.
Tomás se ha licenciado en Medicina, pero ya era médico de almas. Nació médico sin saberlo. O quizá lo sabía y sólo anduvo los pasos justos. De libro en libro, de mirada en mirada. Aquí, en esta fábrica, cuando se fractura un sueño, noto siempre su presencia recomponiéndonos el alma. Sin imponerse, con la envidiable inteligencia de los que son grandes y no se anuncian. Pasito a pasito, suturando otoños descosidos, inviernos sin esperanza. Y le pone nombre a los días y tiritas a las noches.
Lo recuerdo una noche mágica salvando un mundo imaginario que latía bajo un palacio de cristal. Y en la penumbra de la capilla dorada, mostrándome los sueños de nuestro Cristo Dormido, aquel que yo también soñé antes de besarle los pies. Cuando tres sumábamos tres; cuando en verdad contábamos todos por igual. Y aquella primera noche en que quiso que extendiese mi berrenda capa impregnada de sal y murallas sobre sus días con nombre, para que inventásemos nuevos nombres juntos. Y conjugamos Carrión en tiempo pasado y Salamora en todas las declinaciones posibles. Y brindamos cuando escuchamos las plegarias desnudas del Mozo por las calles. Y nos empapamos de la primera luna llena de abril, resguardando el corazón del frío del arrabal.
No sé si ahora estará dormido o apurando las últimas horas antes de que se cuele el día por su ventana. No sé siquiera si vendrá mañana, porque le hemos dado moscosos para apaciguar el esfuerzo de su tesón sin reposo. Y será, ya es, médico de familia. De esta familia que sueña imposibles y pone en pie fábricas de deseos incluso en los tiempos del cólera.
Pero yo estoy despierta. Despierta en la primera noche de soledad de mi vida. Esta noche en que el silencio se masca en este piso de paredes vacías que quizá un día haga mío, pero que esta noche me viene un poco grande. Despierta en esta madrugada que me invita a dormirme. Y pienso en tí, Tomás. En tu sonrisa ancha. En tu tremenda capacidad de entrega. En la dulzura de tus gestos, en la firmeza de tus convicciones. En tu desprendida bondad, en la casa de dolor que conviertes en un templo de la esperanza. Curando deshauciados de la vida, arropando almas solitarias.
Porque aquí no necesitas reválidas. Porque te necesitamos cerca. Para que bautices nuestros sueños con nombre propio. Para que sanes nuestras soledades con tus remedios.
Mil besos, querido amigo.
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domingo, 13 de enero de 2008
Hacia la luz
La fábrica hoy está de luto, pero sus puertas no cierran. Nuestros besos, nuestros sueños y nuestro amor vuelan camino de San Fernando con el soplo frío del viento del norte. Como una caricia, como un pañuelo, como la blanca vela de un mástil navegando sobre el dolor, como una bandera de la alegría que nos resta por compartir, de los sueños que tenemos que fabricar.Libres y eternos en la sonrisa de la Virgen marinera. Desde nuestros ríos revestidos de invierno y piedra hasta la costa de la luz y de la sal.
Siempre hacia la luz, cariño. Siempre hacia la luz.
Mil besos, Anita.
(p.d. Como quien regala una caricia, os dejo la música de Porpora en la voz de Jaroussky)
sábado, 5 de enero de 2008
Carta a los Magos de Oriente
Queridas Majestades:
Permitidme ser osada y escribiros una carta desde una fábrica sin sueños. Aprendí desde niña a esperaros con el corazón en vilo la noche del cinco de enero. Y ahora que soy mayor, sigo siendo súbdita de vuestra estrella. Y ahora que he crecido, sóis los únicos monarcas a quienes rindo pleitesía en la noche mágica que dura vuestro reinado.
No os escribí nada porque pensé que nada quería en vuestra visita de este año. Una pizca de salud, si cabe aún en la saca, y seguir en pie para plantarle cara a la vida que me toque vivir. Pero he caído en la cuenta de que, sin poner zapatito relimpio en el balcón, estaré esta noche con el alma pegada a los oídos, por si escucho cascos de camellos bureando por el tejado de mi casa y deja de darme miedo la soledad de cada noche.
Y si no habéis olvidado dónde está mi habitación, dejadme unos cuantos sueños para todos los obreros de esta fábrica. Y el don de la sonrisa, para seguir alumbrando mi camino y el de los que quiero. Dejadme también la capacidad de volver a ser niña al menos en esta noche, para poder jurar mañana que ví un rastro de luz saliendo del salón mientras en la bandeja de los dulces no quedaban más que miguitas.
Dejadme la mirada limpia de entonces, cuando no me importaba si Baltasar desteñía al darte un beso, porque era el más negro de los reyes negros y sigo jurándole lealtad. Y los ojos como platos al despertar, la fe inquebrantable en que vuestra magia bien vale todos mis deseos.
Dadme valentía para seguir cantando cada mañana, esperanza para mirar de frente al dolor, generosidad para no guardarme nada, serenidad para aceptar mis errores y paciencia para asumirlos como parte mía sin castigarme por ello. Dejad también tinta invisible para seguir escribiendo nuevos días en la piel. Poned al lado una pizca de alegría para lo que venga, ternura para quien me la pida y la capacidad de perdonar a quienes quise y no me quisieron, igual que quisiera perdonarme por no estar a la altura de quienes me quisieron mientras yo miraba para otro lado.
A aquellos que fueron parte de esta fábrica y se fueron marchando sin rescisión de contrato, dejadles al pie de la cama parte de la alegría que trajeron un día multiplicada.
Y si esta carta no os llegase a tiempo, cabalgad cuando queráis sobre el tejado de esta fábrica sin puertas y dejad deslizar los sueños por la chimenea. Aquí siempre os esperamos. En esta patria de nombre compuesto y folios en blanco siempre habita vuestro reino, siempre somos niños con los balcones abiertos.
Permitidme ser osada y escribiros una carta desde una fábrica sin sueños. Aprendí desde niña a esperaros con el corazón en vilo la noche del cinco de enero. Y ahora que soy mayor, sigo siendo súbdita de vuestra estrella. Y ahora que he crecido, sóis los únicos monarcas a quienes rindo pleitesía en la noche mágica que dura vuestro reinado.
No os escribí nada porque pensé que nada quería en vuestra visita de este año. Una pizca de salud, si cabe aún en la saca, y seguir en pie para plantarle cara a la vida que me toque vivir. Pero he caído en la cuenta de que, sin poner zapatito relimpio en el balcón, estaré esta noche con el alma pegada a los oídos, por si escucho cascos de camellos bureando por el tejado de mi casa y deja de darme miedo la soledad de cada noche.
Y si no habéis olvidado dónde está mi habitación, dejadme unos cuantos sueños para todos los obreros de esta fábrica. Y el don de la sonrisa, para seguir alumbrando mi camino y el de los que quiero. Dejadme también la capacidad de volver a ser niña al menos en esta noche, para poder jurar mañana que ví un rastro de luz saliendo del salón mientras en la bandeja de los dulces no quedaban más que miguitas.
Dejadme la mirada limpia de entonces, cuando no me importaba si Baltasar desteñía al darte un beso, porque era el más negro de los reyes negros y sigo jurándole lealtad. Y los ojos como platos al despertar, la fe inquebrantable en que vuestra magia bien vale todos mis deseos.
Dadme valentía para seguir cantando cada mañana, esperanza para mirar de frente al dolor, generosidad para no guardarme nada, serenidad para aceptar mis errores y paciencia para asumirlos como parte mía sin castigarme por ello. Dejad también tinta invisible para seguir escribiendo nuevos días en la piel. Poned al lado una pizca de alegría para lo que venga, ternura para quien me la pida y la capacidad de perdonar a quienes quise y no me quisieron, igual que quisiera perdonarme por no estar a la altura de quienes me quisieron mientras yo miraba para otro lado.
A aquellos que fueron parte de esta fábrica y se fueron marchando sin rescisión de contrato, dejadles al pie de la cama parte de la alegría que trajeron un día multiplicada.
Y si esta carta no os llegase a tiempo, cabalgad cuando queráis sobre el tejado de esta fábrica sin puertas y dejad deslizar los sueños por la chimenea. Aquí siempre os esperamos. En esta patria de nombre compuesto y folios en blanco siempre habita vuestro reino, siempre somos niños con los balcones abiertos.
jueves, 19 de julio de 2007
De puntillas
Me encanta que vengáis de noche a la fábrica. Que entréis de puntillas y sin hacer ruido. Que leáis y os marchéis como vinísteis, también de puntillas, para no despertarme. Que me acompañéis cuando no lo sé; que me arropéis desde la distancia con la cercanía que os otorga esta cooperativa de sueños que sin vosotros no existiría. Que la fábrica siga con su luz encendida mientras nuestras ciudades duermen y las cigüeñas toman por asalto la piedra y el silencio. Que poséis los ojos en la producción de cada día, en los sueños de todos, déis el visto bueno y os marchéis con los vuestros cumplidos debajo del brazo.Me encanta saberme recorrida por vuestras sonrisas y vuestros silencios. Me encanta que compartamos este edificio imaginario por cuya chimenea escapan los deseos que brillan en la noche como estrellas en llamas. Saber que pasáis como una ráfaga de amor por esta casa y que de vez en cuando estampáis vuestra firma en la negra tierra de estas letras como si fuese la huella de vuestro pie; como un recordatorio de lo que somos: fabricantes de sueños.
Me encanta que pase el tiempo y que sigamos creyendo en nuestra fábrica. Que sigamos forjando sueños juntos. Que nos hagamos fuertes en la amistad; aunque unos estéis lejos; aunque a otros no nos hayan presentado. Que construyamos Salamora cada día sin accesos restringidos ni códigos secretos. Que cuando me siento pequeña me recordéis que también hubo días en que paseé por la cima de la alegría. Que cuando me siento sola, me habléis de los días en que siento la felicidad quemándome la piel sólo por posar los ojos en todo lo que amo. Y entonces me hacéis sentir inmensamente grande; inmensamente rica. Y pienso que nuestro mayor acierto ha sido echar a andar el engranaje perfecto de esta fábrica que ya funciona sola. Porque entráis y salís, dejáis el poso o simplemente el silencio. Pero estáis, sóis. Somos. Y ese ir y venir continuo es el que nos acerca, el que nos ata y nos hace libres. El que me arropa cada noche cuando sé que paseáis como duendes por mis sábanas.
Quizá por eso, porque os quiero así, sin puertas ni alambradas, me encanta que vengáis de noche a la fábrica. Aunque sea de puntillas.
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viernes, 13 de julio de 2007
Juan Carlos y Sara
Ayer los ví de la mano por Los Pelambres. Compartiendo ese Duero con la última luz de la tarde; esa luz de verano que enciende de naranja las piedras y pinta el río de plomo. Sonriendo con la sonrisa primera del amor. Me encanta verlos juntos, porque hay algo en su sonrisa que nos hace cómplices. Hay algo que nos empapa, que nos hacer creer en que el amor es cierto. Les veo, y creo. Necesito creer.Juan Carlos es uno de los obreros de esta fábrica, vecino de abajo en la casa de nuestra Pasión que nos construyó Javito, y artista por lo oficial, con sede permanente en el Museo de la Catedral, donde se esconden los tesoros más bonitos, los más sagrados. El silencio de siglos, el reposo de los sillares, el lamento de las campanas, la luz blanca del claustro, las oraciones que no cesan, los susurros de miles de voces. Pertenece a los "Mora" de nuestra Salamora, de los que aún no he hablado en esta ventanita, quizá por la pereza que últimamente siempre me acompaña.
Sara, que siempre está a su lado, que siempre está sonriendo desde la dulzura, se preocupa en descifrar los secretos de la mente y en buena parte los del alma, que suelen ir de la mano. Aunque el alma, que habla poco, siempre se guarde algo para sí.
No sé cómo ni dónde se conocieron. No conozco los caminos que anduvieron antes de decidir que se querían. Nunca se lo he preguntado. Ni falta que hace. Supongo que simplemente me confirmarían que el amor espera en las esquinas más insospechadas. Los veo juntos y me sale nombrarlos juntos, como una sola cosa. Juan Carlos y Sara.
Sé de ellos por sus ojos, que suman una ternura infinita, y por los "enzamoramientos" de Juan Carlos, que bautiza a Sara con el nombre del amor y no tiene reparo en compartirlo con todos sus amigos en voz alta. Pensándola, escribiéndola. Tomándola de la mano y redescubriendo el Duero cada tarde.
Ayer los ví de la mano por Los Pelambres cuando comenzaba a ponerse el sol. Iluminaban con su alegría cada rincón del merendero donde Marta y yo compartíamos pan, compañía, deseos imposibles y el alivio de sentirnos a salvo juntas y reirnos de nosotras mismas. Y sentí de pronto las ganas de hablar de ellos, de escribir hoy mismo con la insana envidia de quien quiere escaparse a su felicidad transparente.
De traerlos a nuestra fábrica; de dedicarles este sueño, por todos los sueños que fabrican juntos y que van apilando en su corazón. De darles las gracias por el regalo que nos hacen cada día, probablemente sin enterarse.
Porque tras ellos dejan en el aire, sin darse cuenta, la luz clara, la estela limpia del amor que cura todas las heridas del mundo.
Y les veo. Y creo.
viernes, 6 de julio de 2007
Sopla viento de levante
El sol se ha escondido naranja tras los muros de Santa Catalina, como si corriese a refugiarse en la arena de La Caleta, que guarda el calor del día como un tesoro entre sus dos castillos. He contemplado la puesta de sol en silencio, como si la soledad fuese un rito previo para dejarse acariciar por la belleza de la última luz.
Y mientras lo contemplaba, pensaba que ese mismo sol que se moría era el que dejaba a su paso un rastro de estrellas para que las contemplemos juntos esta noche, aquí y allí, sobre el mar o en tierra adentro, si son las mismas. Y pensaba que el sol venía de visitar nuestras piedras, nuestros ríos, y que se escondía ante mis ojos con la memoria de su recorrido diario: de vuestra presencia, de vuestros pasos, de vuestras sonrisas. Del olor a hierba, de los campos de cereal, las encinas, las jaras, las acacias y los tilos que perfuman todas las noches que recuerdo.
Aquí, en Cádiz, sopla viento de levante, con las revoleás de arena sobre la playa y las aguas de la Bahía picadas como si las rayasen los cuchillos cálidos de cada ráfaga. Y le he pedido a este viento loco que desvíe su curso y os lleve estos pensamientos, para que cuando sople allá arriba os dejéis abrazar y sepáis que mis sueños, que van por delante de mis misma, viajan con la levantera, que los depositará en nuestra Salamora antes de seguir su viaje eterno.
Un beso. Mil besos.
Y mientras lo contemplaba, pensaba que ese mismo sol que se moría era el que dejaba a su paso un rastro de estrellas para que las contemplemos juntos esta noche, aquí y allí, sobre el mar o en tierra adentro, si son las mismas. Y pensaba que el sol venía de visitar nuestras piedras, nuestros ríos, y que se escondía ante mis ojos con la memoria de su recorrido diario: de vuestra presencia, de vuestros pasos, de vuestras sonrisas. Del olor a hierba, de los campos de cereal, las encinas, las jaras, las acacias y los tilos que perfuman todas las noches que recuerdo.
Aquí, en Cádiz, sopla viento de levante, con las revoleás de arena sobre la playa y las aguas de la Bahía picadas como si las rayasen los cuchillos cálidos de cada ráfaga. Y le he pedido a este viento loco que desvíe su curso y os lleve estos pensamientos, para que cuando sople allá arriba os dejéis abrazar y sepáis que mis sueños, que van por delante de mis misma, viajan con la levantera, que los depositará en nuestra Salamora antes de seguir su viaje eterno.
Un beso. Mil besos.
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