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viernes, 13 de julio de 2007

Juan Carlos y Sara

Ayer los ví de la mano por Los Pelambres. Compartiendo ese Duero con la última luz de la tarde; esa luz de verano que enciende de naranja las piedras y pinta el río de plomo. Sonriendo con la sonrisa primera del amor. Me encanta verlos juntos, porque hay algo en su sonrisa que nos hace cómplices. Hay algo que nos empapa, que nos hacer creer en que el amor es cierto. Les veo, y creo. Necesito creer.

Juan Carlos es uno de los obreros de esta fábrica, vecino de abajo en la casa de nuestra Pasión que nos construyó Javito, y artista por lo oficial, con sede permanente en el Museo de la Catedral, donde se esconden los tesoros más bonitos, los más sagrados. El silencio de siglos, el reposo de los sillares, el lamento de las campanas, la luz blanca del claustro, las oraciones que no cesan, los susurros de miles de voces. Pertenece a los "Mora" de nuestra Salamora, de los que aún no he hablado en esta ventanita, quizá por la pereza que últimamente siempre me acompaña.


Sara, que siempre está a su lado, que siempre está sonriendo desde la dulzura, se preocupa en descifrar los secretos de la mente y en buena parte los del alma, que suelen ir de la mano. Aunque el alma, que habla poco, siempre se guarde algo para sí.


No sé cómo ni dónde se conocieron. No conozco los caminos que anduvieron antes de decidir que se querían. Nunca se lo he preguntado. Ni falta que hace. Supongo que simplemente me confirmarían que el amor espera en las esquinas más insospechadas. Los veo juntos y me sale nombrarlos juntos, como una sola cosa. Juan Carlos y Sara.


Sé de ellos por sus ojos, que suman una ternura infinita, y por los "enzamoramientos" de Juan Carlos, que bautiza a Sara con el nombre del amor y no tiene reparo en compartirlo con todos sus amigos en voz alta. Pensándola, escribiéndola. Tomándola de la mano y redescubriendo el Duero cada tarde.


Ayer los ví de la mano por Los Pelambres cuando comenzaba a ponerse el sol. Iluminaban con su alegría cada rincón del merendero donde Marta y yo compartíamos pan, compañía, deseos imposibles y el alivio de sentirnos a salvo juntas y reirnos de nosotras mismas. Y sentí de pronto las ganas de hablar de ellos, de escribir hoy mismo con la insana envidia de quien quiere escaparse a su felicidad transparente.


De traerlos a nuestra fábrica; de dedicarles este sueño, por todos los sueños que fabrican juntos y que van apilando en su corazón. De darles las gracias por el regalo que nos hacen cada día, probablemente sin enterarse.


Porque tras ellos dejan en el aire, sin darse cuenta, la luz clara, la estela limpia del amor que cura todas las heridas del mundo.


Y les veo. Y creo.

sábado, 23 de junio de 2007

La noche más corta

Arderán en la tarde-noche los "juanillos" de mi Cái llenando de cenizas sus rincones marineros, ungiendo de sal y alegría a sus gentes. Y saltará el viento de levante las olas a las doce de la noche, al pie del mar, mientras el agua se llena de papelillos y flores, de miles de deseos, de pies descalzos jugando en la arena a convocar a las brujas mientras la playa se ilumina con miles de candelas.

Yo rezaré los conjuros junto al Duero después de sobrevivir al día más largo entre los días más largos. Y quemaré los nombres viejos de mi alma; y redactaré sobre la piel con tinta nueva los nuevos nombres para que no se los lleve el agua, para que no me los borre el olvido.

No tengo deseos que alimentar junto a la orilla en esta noche sin deseos, en esta noche de luna roja y soledades; en esta noche de hogueras en que danzan aquelarres sobre mi alma todos los solitarios del mundo. Agradeceré a la noche su brevedad, porque cuando amanezca las brujas estarán de retirada y el sol iluminará un día nuevo descubriendo un deseo, el nombre que dejé oculto bajo la almohada por si lo soñaba.

Y este sueño será como este solsticio de verano, como un deseo que permanece en pie sobre el fuego y sobre el agua, como una isla erigida sobre un cúmulo de amor y de esperanza, sobre una hoguera que no quema. Y será el sol su guardián y el custodio de mi sonrisa. Y vendrá cada noche a escribírmelo por si se me olvida y lo vuelvo a soñar.

Quizá entonces mis deseos naveguen Duero abajo hasta llegar al océano. Quizá mañana, en las orillas de mi Cái, los niños salten las olas y bendigan con su risa, sin saberlo, todos estos sueños que no digo en voz alta para que no los devore el mar, para que el agua no me cierre las puertas. Estos sueños que fabrico mientras contemplo mi Zamora encendida en la noche de los deseos y escribo un versículo más en la biblia profana de mi vida, donde sólo mis dioses saben leer.