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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Te quiero, Marigel


Son las 0.01 de la madrugada. Ya es 18 de diciembre. Tu cumpleaños. Y un poco el mío, porque una parte de mi vida va cosida a tu vida. Porque te llevo tan dentro que me duele tu dolor y me inunda tu alegría. Y cumplo años contigo cada 18 de diciembre, en el día de la Esperanza, esa que nunca se pierde pero que a veces se desdibuja entre la niebla de los veranos sin sol, de los inviernos sin tiempo.

Te escribo así, de noche, como tantas veces he escrito con el corazón al borde del precipicio. Porque sigo con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de palabras que a veces no digo pero que conoces. Palabras que sabes sin que yo diga, sin que yo haga. Amiga mía. Amiga. Queridísima.

Hoy cumples años, y es como si en estos doce meses últimos hubiésemos quemado miles de años, miles de vidas, miles de kilómetros. Todo tan lejos. Todo tan irreal. Todo tan distinto.

Pero tú eres real. Tú permaneces. Tú siempre, aunque no te abrace, aunque no te vea. Tú siempre cuando cierro los ojos y siento tu mano cerca de mi mano y tu sonrisa provocando sonrisas en mis labios para que se abran de nuevo a la vida. Tú estás, tú eres. Tú siempre.

Y yo, que no puedo regalarte nada con mis manos vacías, te dejo por escrito esta declaración de intenciones, esta declaración de vida siempre contigo, al lado, por muchas carreteras que tracemos en un mapa donde las distancias no existen. Sumando. Viviendo. Sonriendo. Mirando más allá del dolor, pasando de puntillas por el olvido.

Yo, que no puedo regalarte nada, te dejo esta foto con la luna de agosto brillando en mis pupilas aún enamoradas, en tus ojos asomándose a una vida nueva, en las lágrimas bebidas a sorbitos pequeños a solas, o juntas en un abrazo que aún duele, en el futuro que por fuerza nos tiene que reservar un huequecito en la isla de la alegría.

Porque tú eres mi regalo sumando, cumpliendo, viviendo. Y haces que vuelva a escribir en esta fábrica de sueños sin sueños para darte un beso antes de irme a dormir con la promesa de soñar y volar juntas, y regresar al tiempo de las confidencias, de esos secretos que morirán en nosotras y que nos atan con los invisibles hilos de una amistad más fuerte que cualquier temporal que nos azote.

Te quiero, Marigel.


(Felicidades, mi niña)

sábado, 4 de mayo de 2013

Agenda


La vida es un listado de nombres, un listado de números. Cifras y letras que redactan lo que somos, cada uno de los pasos que hemos dado sobre el tiempo.

He repasado la agenda de mi teléfono en estos últimos días como quien hace un examen de conciencia, el balance de miles de horas, de miles de emociones, tantas palabras. Agenda sin papel y sin boli. Agenda sin versos; agenda con los ojos cerrados, tanta vida, tantos lugares, tantos nombres.

Casi novecientos números, memoria de los que ya no están, de los que fueron llegando, de los que se marcharon, de los que me habitan para siempre. De los que suman, de los que restan. Nombres que me enseñaron a crecer, a caminar, a ser.

Esos nombres que me resisto a eliminar porque no quiero perderlos en la pantalla de mi vida, en la memoria de mi alma: la A de Ana, aquella pintora prodigiosa y mágica que inventaba mariposas; la N de Navalón, Alfonso, pluma de hiel y terciopelo, que contaba los toros como nadie; la T de Tere, que va escrita a flor de piel, cada día. Porque les sigo esperando. Porque en el fondo pienso que algún día se encenderá mi teléfono y sonará al otro lado su voz, y podré decirles lo mucho que les echo de menos.

Nombres, números, tanta vida, tantas cosas. Nombres que se apearon de mi vida sin dolor, amistades de papel de calco que el propio tiempo va borrando de la agenda donde un día fueron escritos.

Nombres de agua y de sal, de la novia del mar, de la luz insultante de mi Cádiz, al sur del sur. Nombres dorados como la piedra dorada de Salamanca. Nombres de música y de cánticos; nombres tecleando madrugadas en una redacción, nombres en tendido de sombra, tardes de sol y moscas, la vida y la muerte sobre el albero. Sonrisas que llegaron sin ser convocadas y pintan de alegría cada día. Palabras que apaciguaron mi alma cuando más sed tenía. Amigas. Amigos. 

Nombres grabados en el corazón, en las entrañas, cosidos a mi propio nombre. Tu nombre. Tu nombre tan dentro, tan querido, incluso en la frágil línea que separa el amor del odio, que sólo es amor vestido de invierno. Tu nombre sobre todas las cosas. Siempre.

He repasado mi agenda como quien repasa un camino sustentado en nombres y números. Y ahora, guardados en una nueva agenda, siempre a salvo, le doy gracias a la vida por haberme escrito tantas cosas bonitas con la invisible tinta de la emoción; por la infinita suerte de escribir mi nombre junto a los vuestros y seguir haciendo camino.




(La foto es de www.masterturismoourense.blogspot.com)




lunes, 15 de octubre de 2012

Te quiero, Tere

Aprendo a reconocerte en las cosas invisibles, en las cosas pequeñas, imperceptibles, que siempre me hablan de ti, que nunca te dejan irte a ningún sitio, que te atan a mi alma para que nunca te marches del todo. En la fuerza de los tuyos, en tus cinco costillas, en esa unión más fuerte que la propia vida, en esa lucha cotidiana por seguir mirando de frente a la vida, que tan cicatera ha sido con todos. En cada paso de Guti padre, en los matinales besos de mi Guti hijo, mi amigo del alma, mi niño, mi compañero en tantas cosas, en tantos momentos, en tanta vida.

Aprendo a buscarte en cada sonrisa, en cada rincón de la casa, tu casa, donde aún huele a tus comidas de postín, a los fogones generosos donde todos éramos bienvenidos; en la promesa de futuro en el vientre de Nuria, en este otoño que susurra tu nombre todos los días, todos, cuando tanta falta me haces, tanta falta nos haces, y te busco cerca para que todo sea más fácil, menos pesado, más llevadero.

Aprendo a llevarte conmigo, a intentar no echarte de menos, a sonreirte desde aquí abajo para que sepas que el vínculo está intacto, que nada hay de mí a ti que no sea verdad, ganas de desgastar la vida bajo tu sombra. A creer, a esperar; a dar fe de esa resurrección que tantas veces hemos celebrado bailando Mayalde en el patio de casa cada domingo de Pascua. A sentirte cuando nadie se da cuenta y yo tengo la certeza de que estás a mi lado para consolarme, para levantarme, para recordarme que soy una tía fuerte aunque a veces me quiebre como el cristal.

A cerrar los ojos y escuchar tu voz, y saber que sigues ahí, tan cerca, tan protectora, tan leal, tan queriéndome en este octubre -Teresa, ternura. Mi Tere querida- que ya no es octubre porque hoy me quedaré con ganas de llamarte y de celebrar un año más, de seguirte queriendo aquí, carne, calor, por mucho que me empeñe y me emplee en esta nueva forma de quererte tan anormal, tan atípica, tan a este lado de la vida; de seguirte abrazando cada día hasta que siento que el aire me acaricia y reconozco en su soplo el aliento de tu palabra sabia y sincera, el susurro de tu nombre, tu presencia tan querida.

Y quiero celebrarte siempre. Hoy, ahora. Este quince de octubre sin santo ni seña. Mañana, pasado, después. Hasta mi último día. Y quiero escribirte desde la alegría aunque me cueste la misma vida reconocerte en las cosas invisibles, en tu no presencia; acostumbrarte a este tenerte al otro lado, sostenida en la fe, en la certeza de que somos eternos. Y quiero guardar en esta fábrica tu puesto de soñadora, el hueco de tus comentarios, tus llamadas, los febreros que tienen que venir, tantas cosas que ahora mismo me duelen como una herida sin fondo pero que mañana serán la pista, la consigna para recordarte con una sonrisa inabarcable, con el agradecimiento a la vida por dejarme estar, ser y crecer a tu lado desde niña.

Te quiero, Tere. Te quiero. Cuánta falta nos haces por aquí abajo. Cuánta, Dios mío. Cuántos huecos tienes para rellenar en mi alma, en nuestros rincones, en nuestro día a día. Cuántas tiritas que ponerme por dentro.

Feliz santo, cariño mío.



(La foto, tan bonita, es de la boda de Ana Teresa. Tu niña. Nuestra niña. Así quiero recordarte siempre: emocionada, inmensamente feliz al lado de José Luis, tan cerca de esos nietos que están en camino. Gracias por tu vida, Tere. Gracias por la inmensa lección de amor que nos dejas)

domingo, 29 de julio de 2012

Pero tú no, Tere. Tú no.


A ver, Tere. A ver cómo te explico que me has dejado sin palabras, que no sé qué coño escribir aquí, frente a esta pantalla en blanco que de cuando en cuando se me pierde entre tanto dolor, entre tanta rabia, entre tanto desconcierto, entre tanto no saber qué decir.

A ver cómo te digo que hoy no sé escribir, con lo que tú disfrutas entrando aquí de puntillas, en esta fábrica de letras y en toda mi vida, en todos mis sueños, para vestirlos de gala y ponerlos a bailar por las calles y dentro de mi alma.

A ver cómo resumo tantas cosas, tantas confidencias, tantos abrazos, tanta verdad entre tú y yo. A ver cómo te explico que febrero ya nunca será febrero; que tus Águedas tenemos la voz y el corazón quebrado, que nunca sonaron más tristes las saudades de la dulce lengua portuguesa ni tan lejana la felicidad, la suerte inmensa de compartirte.

A ver, galana, cómo te escondo tantas lágrimas, con lo que a tí te jode verme llorar, que intenten hacernos daño a los que quieres por encima de todas las cosas, en todos los momentos, frente a todas las tempestades. A ver cómo le cuento al mundo tanto amor, tanta inteligencia, tanta fortaleza, tanta alegría, la luz infinita de tu presencia, el regalo de vida que nos hiciste cuando fuiste poniendo a tus hijos en el mundoy nos dejaste cobijar bajo su sombra de amistades para toda la vida. Para toda la vida, Tere, aquí o allá; en la tierra o más allá de las estrellas. Siempre.

A ver cómo soy capaz de explicarte cómo me duele escribirte, cómo duelen las mil y una cosas por las que debería darte las gracias de nuevo, aunque siempre le haya dado gracias a la vida por ponerte en mi camino y hacer tanto kilometraje de la mano. Nunca me sueltes, querida mía. Nunca me sueltes.

A ver cómo te cuento que la gente puede morirse, que esto es el instante, que somos tan frágiles. Pero tú no, Tere. Pero tú no.

Tú no.

Gracias, hermana mía, amiga mía. Gracias por tu vida.

Te quiero con toda mi alma.

lunes, 4 de julio de 2011

Escrito en el viento


"Acaba de nacer David, hace 2 minutos. Todo ok. Besos y abrazos". Así, en el último día de junio, conocíamos, celebrábamos tu llegada al mundo, pequeño David, después de la travesía de nueve meses en el útero de tu madre, acomodado ya en el corazón de tu padre, tan roto y tan rebosado a la vez, tan en la invisible línea que separa toda la pena de toda la alegría, el nombre del hijo, el nombre del padre.

Eras apenas una alubia creciendo en aquellos días amargos de diciembre, cuando Ana, la chica que inventaba mariposas, cerraba sus maravillosos ojos de faraona en tierras del Duero para dormir y descansar al otro lado de la vida.

Pensábamos entonces que ella no sabía, que no podía imaginarse que estabas de camino, esperanza contra desesperanza, amor y sólo amor contra los golpes brutales que asesta la vida de cuando en cuando. Pensábamos que no sabía, que no intuía, que no sospechaba que se modelaban ya tu carne y tu sangre, su misma carne y su misma sangre, estirpe de la madera, de la música y del arte.

Pero yo quiero pensar que allí, en aquella habitación de hospital donde sonaba la voz ronca de Leonard Cohen cantando para ella, danzando hasta el final del amor, también pudo, supo, escuchar el frágil latido, la alegría imponiéndose, tu primera luz, la certeza de que la vida siempre se pone en pie sobre la muerte.

Y aquí estás tú, pequeño David, fraguado entre letras de dolor imposible y de imposible ternura, escrito en el viento, redimiendo, consolando, tan perfecto, mientras las ventanas del futuro se abren cuando abres tus ojos en la paz de la cuna y se ilumina el mundo.

Alguien, un maestro en las palabras, tu primer maestro en la vida, te enseñará un día ese nombre de tres letras conjugado en tiempo presente, igual que el amor, que nunca muere. Y nosotros estaremos ahí, viéndote crecer, igual que descontábamos los días esperándote, adivinando mariposas sobre tu almohada, besos en lo invisible, canciones de cuna en el aire, encendiendo la sonrisa cada vez que sonrías, guardándote los sueños y el futuro.

Bienvenido al mundo, pequeño, inmenso David.

martes, 5 de abril de 2011

Abril, otra vez


Abril, otra vez. El perfume de las noches cada vez más claras, la luna preñándose de luz en el cuarto creciente. Y el rumor de las aguas bajo el puente, junto a la piedra, eternamente apostadas al pie de la muralla.

Abril otra vez. Las aguas románicas, abril románico en la ciudad intangible, la que sueño ahora, puertas afuera, al otro lado del río, mirando hacia el sur infinito, tan lejano, anhelando siempre, aquí y allí.

Abril otra vez, jugando a la primavera en los árboles, en los almendros de flores blancas y prietas, en la luz desafiante de cada tarde, en las torres y los campanarios que se perfilan contra la última luz dibujándote cada noche, aunque no te vea. Y el puente, otra vez el puente, y más allá un Nazareno de barrio con la Cruz dispuesta. Abril otra vez en las cruces.

Abril esperando en el incienso ya preparado, en la ciudad que se despereza como si no conociese la indolencia. En las palmas amarillas que sostienen el sol y la infancia. Abril otra vez; abril posándose en las calles silentes, en las cuestas y en los miradores, en los hábitos que se orean al viento.

Abril ha regresado en el silencio de la cera, en las noches sin sombra, en la vida que pasa impasible sobre el Duero, hacia las huertas. Abril en las esquinas, en los escaparates, en la mirada de los niños que este año estrenarán su túnica primera, en las cicatrices de guerra de tantos abriles.

Abril bajo los párpados, abril bajo la piel, latiendo a mi pesar, abriéndose paso entre las carnes y entre los recuerdos. Abril santo, abril maldito.

Abril otra vez. Y otra vez que quiero y no quiero traspasar el puente; que quiero y no quiero acompañarte; que quiero y no quiero elevarte sobre los hombros. Abril otra vez, y otra vez que no sé si caminar descalza sobre tus empedrados o poner tierra de por medio entre mi memoria y tus postigos, entre mi corazón y tus secretos.

Abril otra vez. Y otra vez dudo si recorrer por tus calles la vía del dolor o ignorarte por fin y no saber de tí más que lo que ahora sé. Abril otra vez, y no sé si cantarte con la voz ronca de los que aman o si dejarte en el silencio de los que un día quisieron.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si abrirte las puertas con los brazos en cruz o si cerrar las ventanas para que no penetre ninguna luz que no sea la que ya me habita, la que siempre reconozco, la que siempre descifro sin necesidad de verte, sin necesidad de ser, sin necesidad de estar. Porque a veces te quiero más así, sin más.

Abril, otra vez. Y otra vez no sé si empaparme de ti o ponerme a salvo, soñarte como ahora te sueño y guardarte intacta en mi alma.


(La foto, este puente que quiero y no quiero traspasar, es de internet. Si alguien conoce a su autor, me encantaría firmarla. Es maravillosa)

martes, 21 de diciembre de 2010

La chica que inventaba mariposas


Cuando Ana pasaba por las calles, era como si un ejército de mariposas se desplegase danzando por el aire, como si se acabase el invierno allá donde ella pusiera el pie, como si no hubiera noche allá donde empezaba su sonrisa, tan clara, tan maravillosa.

Yo era muy niña y la veía casi como una diosa hippie con sus cabellos al aire y la rebeldía del gesto, con la mirada clara rasgada en negros como una reina antigua del Nilo criada a orillas del Duero, entre el serrín de la carpintería de fachada rosa y la música del violín del señor Franco, un alquimista de la madera, un fabricante de sueños de manos prodigiosas.

Yo era una niña y la veía abandonada a sus carboncillos, a su pintura poderosa, pintura hembra y rotunda, conjugando la libertad en los trazos, espantando las soledades, jugando con la vida desde el coraje que sólo conocen los muy valientes. Yo era una niña y aún juro que nunca escuché con más veneración, con más cariño, con más respeto la palabra 'maestro' que en sus labios sonaba casi como una oración cuando hablaba de mi padre, como una Magdalena sin llanto y sin dolor, como la discípula más amada, la más querida. Ana.

Y fui creciendo sin perder de vista el aleteo de sus mariposas, la admiración ante la belleza que se posaba en todo lo que tocaba, la transparencia del verbo, el compás del latido, la calidez del abrazo, el verso de la sonrisa, la ternura que se multiplicó por mil cuando asomaron al mundo desde el milagro de su vientre Kankel,que escribe mariposas en el viento, Sergio y Mónica, su niña-siamesa, si parecía que hubiesen nacido unidas por un espacio común que va mucho más allá de las amorosas cadenas de un cordón umbilical.

Y nos reimos juntas, y nos reímos también de nuestras lágrimas y Ana seguía inventando mariposas, cosiendo primaveras en los cabellos, pintando a mujeres, retratando a los artistas, enseñando a los niños a modelar procesiones y portales de Belenes, bebiendo la vida a dos manos, poniéndose en pie sobre las arenas movedizas de la vida, sobre las heridas en el pecho, que a veces son tan voraces que nos engullen sin que nos de tiempo a apurar la copa de la alegría.

Ana se nos fue de vuelo en la mañana del domingo, libre como los halcones de Óscar, libre como los millones de mariposas que poblaron las calles aunque en diciembre las mariposas no se vean; libre como los millones de mariposas que caen en forma de lluvia en este diciembre húmedo, aunque no las escuchemos danzar en su cintura de aire, en su pelo invisible, en el rastro de su mano sin mentira, en el eco imperecedero de su canto. La dejamos ayer en la tierra, tan leve, empapada de amor y de esperanza, de la promesa de la vida al otro lado de la vida.

Gracias, Ana, por tantas cosas, por tanto arte, por tanta fuerza, por tantas mariposas que siempre serán tu sonrisa, tu presencia etérea a nuestro lado. Ahora, en tu vuelo, dime si de verdad es blanda, si existe la ternura, si ya conoces los secretos de la luz; dime, Ana querida, queridísima, a qué sabe tanto amor en lo eterno.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Guardiana de las tres letras





















Hace dos años y pico la vida decidió sonreirme en el poso de su sonrisa. Tan pura, que a veces parece cristal, berrendo en transparencia. Tan frágil que a veces se rompe como todo lo que se lleva el viento. Tan fuerte, que parece también esculpida sobre la piedra dorada de Salamanca. Tan infantil, que cuando ríe es como si un ejército de niños coreasen al mundo su alegría. Tan madura, que cuando despega los labios, es como si los siglos se rescolgasen de su boca para coser las palabras. Tan de verdad, que a veces me da miedo cerrar los ojos por si un día dejo de soñarla.

Hace dos años y pico se posó en mi vida como un abrazo que abriga pero no aprieta, con el invisible hilo que ata pero no aprisiona, con esa sonrisa que a veces ilumina todas las estancias de mi vida. Leve como el albero que pisan los toreros, eterna como un lance mágico revoleando los vientos. De una sola pieza, como los bloques que paren a golpe de cincel las canteras, como las cosas que se dicen y que no se dicen, como los nombres que pronunciamos en voz baja. Clara como una luna de estío; cantarina como el curso del Tormes cuando se detiene bajo los puentes para ser espejo de las cúpulas y los campanarios. Sólida, como los dolores que se mastican en silencio cuando nadie nos contempla. Hermosa como todo lo que no tiene tiempo. Tierna como el pan recién cocido, cálida como el vientre acuoso de las madres, como las madrugadas de confidencias sin horas, como los amaneceres atlánticos al sur del sur.

Ella es Ana. Tres letras, un capicúa, dos sílabas, un mundo que habita en mi mundo, un cante antiguo, la garganta rota, el corazón colmado, un latido en la caldera de esta perezosa fábrica de sueños que apenas tiene tiempo de soñar.

Y así la quiero siempre: generosa, buena, bañada en luz, guardiana de las tres letras donde se redacta, de poder a poder, toda la alegría.

miércoles, 9 de junio de 2010

Se hizo inmensa ante mis ojos


Los libros hablan, son la lengua eterna que conjuga los tiempos del mundo. Zamora lee en renglones torcidos la historia del olvido, del silencio cómplice de los mansos que se pliegan ante el poder, que humillan la espalda como los bueyes bajo el yugo.

Algún día, el libro de la Historia hablará de la gesta, de la tarde en que el pueblo zamorano se unió para cantar con su lengua llana las verdades del barquero, que no era el de Olivares, ni el Caronte de los clásicos, si a la otra orilla estaba la vida. Para recitar el futuro como un verso florecido en mayo a las puertas de un viejo cuartel.

Los libros hablan en la ciudad que permanece callada, sabedora de que cuando los ciudadanos conjugan el mismo verbo no hay silencio que pese más que la razón de los que reivindican desde la justicia, la paz y la palabra.

Zamora hizo de su viejo cuartel el libro abierto a la vida y todos los que estuvimos allí escribimos, a golpes de corazón, la página más bonita de cuantas ha vivido la ciudad eternamente cercada, enmudecida en la piedra.


(Hace veinte años, Zamora se despertó de su ensoñación peremne, alzó la voz y tomó un cuartel para convertirlo en universidad. Miles y miles de personas se unieron, haciendo verdad el milagro de la convivencia, la reivindicación en paz, el civismo y la tolerancia. Un día de estos os subo la verdadera historia de esta ciudad, la mía, el día que se hizo inmensa ante mis ojos)

lunes, 29 de marzo de 2010

Buscadme aquí




Una niña de tres años mira a la cámara. Abrigo negro, capota negra, guantes blancos, medalla con cinta verde al cuello. Es su primera procesión, de la mano de su prima. Es el primer paso cofrade en una larga vida cofrade. Mañana de Jueves Santo, junto a las piedras del Seminario, en la plaza de San Andrés.

Han pasado treinta y siete años desde que Trabanca el viejo nos hiciese esta foto a mi prima Carmen y a mi. Pero hoy las calles de Zamora se han vuelto a llenar de niños con sus palmas. Niños que han traído la primavera en sus ropas de estreno, en sus zapatitos brillantes, en los nervios de cada Domingo de Ramos.

En los próximos días echaré mano de esa niña que miraba a la cámara para poder mirar con los mismos ojos, para reconocer a la Zamora donde viene a morir y a resucitar un Cristo sin Cruz cada año.

El que quiera acompañarme, que me busque aquí.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Grillos


(Para Juanma, que los hace cantar todas las noches)

I.

Hay un ejército de grillos sobre mi mesilla, un coro de grillos sobrevolando mis sueños que canta junto a mi almohada con voz breve, de nieve, sin que les duela la garganta, acariciando mi pelo, ya dormido, con los dedos húmedos del aire.

Hay un coro de grillos de canciones tardías que nunca llegan tarde, grillos que beben del dolor en la fuente eterna, en el nombre del amigo muerto, en la verdad bajo las flores como un río ardiendo, como el ritmo ardiendo de un grillo ido, un grillo que sabe la forma de tus ojos. Quemando, como la primavera pulsando las cortezas, dejando atrás las aguas amarillas del otoño, el beso con sabor a manzana sobre tus labios olvidados.

II.

Hay un coro de grillos azules, verdes y blancos, memoria de los colores, de las heridas que cantan sobre el agua, que nunca es oscura. Acaso es tu voz, que me quiebra y me precede. Acaso son tu voz los grillos, abriéndose en la luz que a otra luz lleve, diciendo también el aire, mirando la nieve sin brechas en los ojos. Acaso es tu voz y el canto se hace en ella. Tu voz en la lluvia cuando todo es invierno; tu voz azul impuro donde duerme la hoja. Tu voz silencio rumoroso, desierto, desconsuelo.

Hay un coro de grillos que bate las alas inmensas sobre la extensión de la herida, el silencio que arde en la raíz del canto, en sus alas transparentes. Los ojos, la noche, la sed que se marcha con los ríos como todo lo que se llevan: el corazón, la lluvia, el peso de las flores. Acaso es tu voz nombrando lo que no es de nadie, sin decir la lluvia, sin que nada advierta tu presencia, el azul manso de la muerte; el beso, el aire sobre tus labios breves.

III.

Hay un coro de grillos dictando tu nombre sin abrasarse las alas, escribiéndolo sobre la tierra, en la luz hermosa, en la humedad del aire. Y su cántico sostiene en la nada lo poco que tenemos, un nombre, tu nombre. Y cosen con hebras de plata tu voz y el frío, lágrimas que siempre regresan azules y duraderas. Y van hollando el camino para que no olvide tu lengua.

Hay un coro de grillos cantando, poniendo nombre a las flores que siempre estuvieron, que siempre están en el ramo que compila esa mano que las toma, y las respira. Acaso es tu voz, la sangre que no has sido, la caída alta y lejana de cada beso. Acaso no es tu canto la forma de su ausencia, el olvido; acaso son tu voz los grillos del camposanto que no escuchan los que perdieron la costumbre de la tierra. No digas por eso la pérdida, este frío sin frío de la nada. No digas el silencio de la llama que dice lo ausente, sin ruido de palabras, sin suelo de amapolas. Acaso eres tú. Acaso es tu voz aprendiendo la música de lo que nunca has sido. Acaso eres tú aprendiendo a cantar cómo mueren las fuentes. Pero dime si la luz es ya otra.

Dime si vuelven tus alas lastimadas a alumbrar la claridad dormida de la sal en la carne. Dime, al menos, si reconocen tus pupilas otra vez el cielo.

IV.

Hay un coro de grillos leves. En la luz, la palabra y el silencio; en la levedad de la inocencia que precede al aliento de las flores. Acaso es tu voz sobre mis párpados, siempre en la sed, desde la lluvia, ligera, y más ligera aún para la muerte. Acaso es tu voz el espejo donde se mira el aire, la levedad, el arco imposible que antes fue frágil; espesor de un silencio que no desciende al nombre del silencio. Acaso tu nombre, acaso los grillos sobre tus labios. Espesor de lo alzado; la levedad, un peso que no sangra. Así tu cántico hondo, la nada soñadora. Así los grillos que azuzan cada noche mi canto.

Hay un ejército de grillos cantando sobre mi mesilla en el papel desgarrado que desvirgaron mis dedos cuando no sabían de su estrofa. Y me gusta escuchar su música porque nunca se me hace tarde, porque nunca llega tarde el canto. Y adivino en tu lengua su métrica, porque ya conoces el aire de otro modo. Acaso es tu voz, que guarda las canciones de mis ojos. Acaso es tu voz salvando el dolor, aunque sea de noche.

Yo, querido Juanma, escucho los grillos e intento cantar con ellos. Cantar contigo.

Y me da miedo escucharlos por si un día echo de menos su cántico.


(p.d. Esta entrada versa sobre el libro 'Grillos' del poeta Juan Manuel Rodríguez Tobal. A él le debemos la belleza de las palabras, el cántico de estos grillos)

(p.d.2 La foto la robé de internet y no recuerdo dónde ni a quien. Es nuestro Duero amaneciendo. Si alguno sabéis la autoría, decídmelo para indicarlo. Seguro que a esa hora cantaban los grillos.)

miércoles, 29 de julio de 2009

Capataz


Podría decir, en su descargo, que capataz viene de capaz cuando hablamos de él. Que es tan mágico que hace que a mi, que jamás he pisado Algeciras en los días de Pasión, se me encoja el corazón cada Domingo de Ramos porque sé que su Borriquita está desfilando por aquellas calles llenas de luz y poniente.

Podría decir que me emociona ver en su messenger, a partir de enero, cómo cita a sus cachorros, a su plantilla de costaleros, para comenzar los ensayos y repetir la coreografía de Pasión que mamó en casa casi antes de aprender a caminar.

Podría decir que rezuma amor, que la voz se le quiebra de cariño por su gente cuando habla de 'su' cuadrilla del arte. Que es de arte porque la amasó su padre mientras él echaba los dientes cerca del arrastrar de las zapatillas, de los sudores y las emociones de esos hombres que abrazan la madera faldillas adentro para que el Hijo de Dios pise la tierra al pie del mar, al sur del sur, mientras despunta en flor el azahar y la primavera.

Podría decir que hemos consumido madrugadas devorando estrellas y vídeos, haciendo memoria, compartiendo sueños, rezando por lo profano, contando los latidos, hablando ese idioma que sólo conocemos quienes sumamos procesiones aferrados al mismo leño, apostando a la misma trabajadera, hermanos en el camino, a una voz. Podría decir que conozco casi como una letanía los pasitos cortos, la subida por Montereros, el perfume de los lirios, la alegría sureña que desborda las calles cuando camina por ellas, navegando entre el gentío, el Jesús del Amor.

A mi amigo Darío le ha cesado como capataz de la Borriquita en su Algeciras del alma una directiva incompetente que, incapaz de asumir sus errores, castiga la verdad con la mordaza y el trabajo callado con la patada en el culo. Las mismas mordazas, las mismas celdas, las mismas cadenas de norte a sur. La misma impotencia, la misma prepotencia que ensucia los días santos en nombre de un dios en minúscula que se llama soberbia.

Podría decir que le admiro por su inmensa fuerza, por su inteligencia, por su claridad y por su valentía; podría decir que es lo mejor que me traje de Cádiz cosido al corazón, repitiendo palabras que ya son sueños en esta fábrica sin apenas sueños donde siempre ocupará un lugar de privilegio ganado a pulso con la seducción de su sonrisa, tan sin anunciarse, tan pegada a sus labios.

Podría decir que me siento orgullosa de su defensa a ultranza de los suyos, de sus palabras sin recovecos. Podría decir que, de haber nacido hombre, hubiese sido un honor escuchar su voz cada Domingo de Ramos en cada levantá. Que el traje no hace al capataz, que el servilismo no nos hace libres, que el silencio no es un tratado de capacidades. Que es el capataz más capaz, mucho más allá de las puñaladas y la hipocresía.

Y te lo digo, Darío, porque seguirás siendo capataz entre los obreros de esta fábrica, en los desordenados sueños de cada pasión; porque cuando Jesús entre en tu tierra a lomos de una burra, sonreirá reconociéndote niño entre los niños. Agradeciendo, bendiciendo.

Yo, mientras, te abrazo. Porque abrazarte, amigo, es dejar que se cuele por mi alma el soplo cálido de tu aliento, la brisa y los vientos que llevas aparejados en tus tripas y devolvértelos siempre en forma de sonrisa, que es lo único que cabe entre tú y yo.

Te quiero.

(Y para que sepáis de qué os hablo, os dejo este enlace, porque sobran las palabras)

viernes, 5 de junio de 2009

Vivir sin sed

Ayer se celebraba el Día del Donante. Me acordé de Marisa, mi querida Wiwi, y le escribí esto.

Gracias por vuestro ejemplo, gracias por vuestro amor.

viernes, 3 de octubre de 2008

Abrazos


Hay cosas que nunca se rompen, aunque la vida intente hacernos añicos.

Hay abrazos que duran toda la vida, miradas que nos guardan los pasos a pesar de los kilómetros, cárceles de carne y ternura que sobreviven a los siglos. Mantas que nos tapan los agujeros del alma en las noches sin luna y soledad. A veces, en los sueños, sentimos su tacto acariciándonos el rostro y pronunciamos un nombre sin despegar los labios. Aunque no lo sepamos cuando despertemos.

Te sigo abrazando. :)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Crépes

Envolví en la masa redonda de los crépes los últimos retazos de tu vida de estudiante y mis primeros pasos en ese trabajo nuevo que me roba hasta el último minuto de tiempo. Desandé las horas como si fuese la primera vez que me sentaba en aquella terraza, como si fuese yo la que acababa de salir de un exámen después del suspenso de junio, de todos mis suspensos, de mi vida suspendida en el aire.

Comimos acompañados en la callejuela que tiene nombre de Cristo y vierte a la torre orgullosa del palacio ducal. Compañía. La necesitaba. Hubiese detenido el tiempo en el remanso de vuestra presencia, en la emoción contenida de sentir ojos amigos posados en mis ojos, tan cansados. Os quise más que nunca, aunque no os lo dijese.

Igual que te regalé la primera sonrisa del año, esparcí sobre tu postre de fresas y nata la primera sonrisa de una vida que aún no me pertenece que iré ajustando a mi medida cuando la sienta mía. Y tú estarás siempre. Creciendo mientras yo te contemplo y me siento orgullosa de tu altura.

Gracias por tu sonrisa inmoderada. Gracias siempre.

viernes, 29 de agosto de 2008

Bilbao


Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Quería ir con él, pero hace tiempo que paseo sola por mis deseos. Por el camino, componía malabarismos contra la ausencia como si fuesen incienso que ofrendar al verde inacabable de los montes. A mi lado, la amiga que tiene su corazón bordado en azabache sobre la chaquetilla de un torero de plata. Y más allá, la vida.

Los viejos ritos, la incertidumbre cosida a la puerta de toriles, las gargantas resecas desandando albero y miedo. La hora en punto. Los cascos de los caballos, el runrún del hielo en el vaso de plástico, la ginebra acariciando la lengua, el limón raspando el estómago, los clarines rompiendo nubes, despejando incógnitas.

La gomina y la laca, la caspa más casposa, la elegancia y el petardeo rebosando los escaparates de la vanidad. Los saludos, los reencuentros. La sonrisa que cada día es menos postiza y más escurridiza. El sabor a pan tostado de un vino extremeño que habla desde su etiqueta tipo Chanel perfumando la mesa y el mantel. El chuletón sangrante como una hembra recién parida.

La humedad de las losas del casco viejo, los viejos impasibles, dos góticos trasnochados componiendo olés revestidos de negro en galería, una pareja comiéndose la boca en el interludio de la espada y la resurrección. La muerte rondando por las esquinas como una novia maliciosa. Yo iba desdibujándolo entre el gentío, olvidando reconocer su rostro en todos los rostros.

Sol y sombra. El sol secando las heridas como ropa tendida en las azoteas a merced del viento. La sombra de unas pestañas que encierran secretos que no me atreví a descifrar en un par de noches que clarearon demasiado pronto, guardadas ya en mi cofre de los secretos. La mirada oscura que alimenta a miles de ojos a la que no tuve cojones de asomarme.

El camino de vuelta. El recuento de cada minuto, el débito de la cama, el sueño cumplido. Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Soñaba ir con él. Pero fui sola. Y regresé en pie, sobreviviéndole y sobreviviéndome después de tanta muerte en las sábanas, redactando páginas de niebla y de luz, más allá del dolor de los últimos meses.

En el retrovisor, Bilbao a lo lejos.

(Fotografía: gourmet-image)

martes, 29 de julio de 2008

Aunque no lo supiéseis

No pudieron con nosotros ni la pereza de julio ni el desafío de la niebla en el primer tramo del alba. Faustino (inmenso Faustino, como sus abrazos) preparó la fiesta en casa de Mateo, ese hotel con nombre de caballero andante cuyas habitaciones guardan secretos de otras batallas que nunca sabremos.

Desde Zamora, el camino está lleno de pastizales resecos, encinas orgullosas y cercados de piedra en los que cientos de chavales habrán soñado ser toreros haciendo la luna. Campo charro de estío y suaves lomas, vacas paciendo con la bravura amasada en el vientre y silencio en las calles cuando azota el sol del mediodía. Así castigaba la solana sobre Vitigudino, la cuna del toreo sobrio y elegante de Su Majestad Santiago Martín.

Anita la pelu y yo llegamos casi las primeras, sólo por detrás de Rodrigo -que se coló hace tiempo en mis mails sin querer, vía Faustino y su extensa colección de fichajes internáuticos-, Javier y Manuel, aquel "Zocho" que arribó a mi teléfono una noche madrileña de caipiroskas y fresones, a quien le delataron entre tanto lugareño su bañador verde pijo y sus hechuras de machirulito de gimnasio sin gimnasio.

Un trío que a la postre sería lo mejor de una noche en la que hubo mucho bueno de por sí. Un trío que pactó con nosotras en un santiamén amistades de por vida, redactando el primer renglón sin desacuerdos posibles. Y así lo sellamos, como los buenos toreros, sin papeles ni contratos, con un apretón de manos, un par de abrazos, no sé cuántas sonrisas y la certeza de que así será.

Tarde de piscina, césped y nostalgia en mi móvil, que se iba llenando de voces y deseos de los amigos que me esperan el sur. Santa Ana; nuestro santo. El sol de tierra adentro quemando como un látigo las pieles y el tiempo, que se iba muriendo de pura inercia.

Un coche que se llamaba Jacinto y se apellidaba Pescado; un vía crucis al pie de una barra con un introito de ibuprofeno para matar la jaqueca. Primera estación, bombay azul con tónica y limón exprimido; segunda estación, whisky con cola; tercera, cacique con fanta, que sabe a flash de naranja y a sorbidos, y así tres rondas por cinco, como las quince rosas de la pasión, los quince misterios de la alegría, el primer rosario bebido al alimón en un templo profano bajo unos soportales que escupían el último sol de la tarde.

Toros en la tele. Un quinteto de viejetes en barrera y contrabarrera de eskay haciendo de palmeros para los piropos a la Reina de las Marismas. Recios, auténticos, curtidos en mil batallas que me hubiese encantado escuchar de su boca. No pudo ser, el tiempo apremiaba.

Después, la limonada de Mateo y el regusto a canela y a fruta fresca en la boca, la caricia del hielo en la lengua, la promesa de la comida y la bendita farra servida en las fuentes a partes iguales. Los rostros nuevos, las niñas monas cuyos nombres pensé que no iba a aprenderme nunca (Eva y sus ojos verdes-verdes, Lucía, Mercedes, Luzma, Virginia...) que terminaron por hacer exaltación de la amistad en esos momentos mágicos en que el alcohol nos despoja de los últimos resquicios de vergüenza.

La noche ya encima, las estrellas como luces de verbena sobre una placita de tientas y dos vaquillas de retienta que casi llamaban a algunos por sus nombres. Una barra grande y libre, como la España de los Nodos, y un refrito de músicas que bailamos hasta el alba con Borja instalado en la cabina como un cura en un púlpito. La camiseta blanca de la Ana charra moviéndose entre la gente como las velas de un barquito. El reencuentro con la preciosa Arancha a la que le debo miles de ausencias y miles de momentos.

La sonrisa rasgada y peremne de mister Jason -Tyson, un filipino del sol naciente sin sol naciente que enseña inglés en España. Y otras cosas que no digo. Casi ná. Los nombres que no escribo y que recuento mentalmente con colleja incluída. La evocación de El Paseíllo, al pie de mi Real Plaza de El Puerto, allá donde conocí a Jorge una tarde de sol y toros. La madrugada de niebla novembrina que se posó blanca, húmeda y despistada sobre nuestro pelo.

Debí retirarme con la última oscuridad pero quise esperar la primera luz y empaparme de domingo con churros pringosos, colacao, Rúasviejas de café y una margarita recién cortada en el bolsillo que dejé sin deshojar. El sol picaba ya en lo alto. La noche había hecho su selección natural. Algunos solitarios que buscaban compañía la encontraron y los demás nos despedimos al pie de cada puerta con una noche cumplida que anotar en nuestras libretas. Me conformé, con esa maldad perruna que heredamos por genética las que nacemos hembras, con que el Zocho no se fuese a matar mineros de forma colateral y me anoté en la mente aclamar a Rodrigo, que marchó a triunfar en plazas que ni pueden ni deben ser contadas.

Cuando el día me devolvió a mi cama el sueño me dibujó una sonrisa y supe que mi corazón reniega de más duelo, harto de soportar las heridas que me infrinjo cuando pienso que la soledad y la memoria pesan demasiado. Pero esta noche que para los demás fue tan sólo eso, una noche más, me recordó quién soy, qué soy, cómo me gusta reir, cómo la vida llama siempre rabiosa a las puertas por mucho que queramos desoír sus aldabonazos. Y canté con voz ronca hacia los adentros y me encontré nadando entre compases por alegría, ganándome en la madrugada esta voz de cazallera después de una contienda a cara de perro con una página que me negaba a pasar.

Hoy, esta noche, tenía que daros las gracias a vosotros que, sin sospecharlo, me habéis devuelto las llaves de una fábrica de sueños para ponerla en marcha como si nunca se hubiese detenido. He intentado escribiros esta entrada después de rubricar la paz conmigo misma, descontando ya el tiempo que reste para nuestra próxima cita, devorando soles y lunas hasta que llegue el momento de volver a engarzar una letanía de brindis y apurar la noche como si de la última noche se tratase.

Y así os quiero soñar siempre. Anita, Faustino, Javier, Rodrigo, Manuel: estas letras son vuestras, aunque no lo supiéseis. Este es nuestro primer sueño. Cabemos todos. Gracias y mil besos.

miércoles, 9 de julio de 2008

Darío

Echo de menos tu imperfecta sonrisa perfecta de tío canalla por el que se pegarían las más guapas y las más feas. Las noches en que conociéndonos poco nos contábamos tanto. El primer párrafo de tu nombre escrito en gin-tonic y el verde inmenso de la sierra de Ubrique. La brisa algecireña posada en tu piel oscura y porosa como la superficie de una luna al sur del sur.

Echo de menos la letanía de la libertad en el lado izquierdo de tu pecho y de tu puño atlántico, la mirada pequeña derrochando tretas y malicias, el ingenio envidiando tus ideas, escalando las paredes abruptas de las cimas que frecuentas.

Echo de menos los últimos días de junio derritiéndome por las calles que te vieron crecer. El microclima evaporándose sobre el polvazo del albero de la feria. Las casetas, los farolillos, el coso de Las Palomas abriéndose como una circunferencia mágica a los cielos del Estrecho. Tu pinta impecable de golfo mitad niño bien mitad macarra. Tu orgullo, mi orgullo. Tus aventuras sevillistas por los mundos de Dios, tus trazas de torero trasnochado en vísperas de hazañas. Tus pleitos, tus victorias y alguna frase a medias. La admiración mutua, la amistad que sostenemos de punta a punta.

Echo de menos los días que preceden a la Pasión, los ensayos de tu cuadrilla del arte heredada del arte mismo bajo las palmeras, con la Borriquita a costal y las sonrisas de los niños que bajan descalzos a la playa y visten de futuro los días santos. Echo de menos tus pisadas de versos por la fábrica, tus acertijos, tu inteligencia y tu descaro.

Echaba de menos escribir esta entrada que te debo y te dedico. Echo de menos esa noche que tenemos que apurar hasta que venga el alba a devolvernos por las orejas a nuestras casas y que algún día habremos de cumplir.

Te echo de menos con la luz en los ojos, con la alegría inmensa que siempre acude sumisa a tus provocaciones. Porque te quiero, Darío, con tu imperfecta sonrisa perfecta. Con tu punto canalla, con tu peaje desahogado por el mundo.

Porque me traje tu nombre guardadito en la mochila junto a lo que más añoro para no borrarlo nunca. Y no pienso devolvértelo, mi querido amigo, salvo que un día vengas a buscarlo y lo enterremos juntos en el mar.

sábado, 5 de julio de 2008

Orgullo

Ricardo tenía tres años y cuando llegaban los Reyes Magos sólo jugaba con las muñequitas de sus hermanas.

José Luis modulaba la voz en el espejo del cuarto de baño para que no le llamasen marica en el colegio. Su madre lloró cuando le dijo que no se casaría con su amiga de la infancia porque a él le gustaban los hombres.

El padre de Manuel murió ignorando que Jesús, el compañero de piso de su hijo y socio de su empresa, era en realidad su novio de siempre.
Mario lo intentó con tres o cuatro novietas. En sus ojos siempre se leía la tristeza. Rompió sus ataduras. Ahora vive con Juan en la costa cantábrica y lleva tatuado el amor en la piel.

María cogía el autobús para ver a Noelia unas horas. Se besaban en el baño de la estación para no volver a rozarse en todo el día y repetir, en el mismo baño, la tristeza de la despedida con otro leve beso y unas lágrimas en el bolsillo para el viaje de vuelta. Aquello no terminó bien. Ahora a María se le pone el corazón a mil cuando va a su dentista. Dice que escucha latir su corazón cuando se acerca a ponerle un empaste.

José Miguel se enfrentó a la muerte con la valentía de un gigante, mirándola de frente desde la increíble belleza de sus ojos azules. Su novio le había transmitido la enfermedad maldita. Nunca conocí una despedida más dulce, más serena y más digna. Le admiro aún por ello, le extraño terriblemente y doy gracias todos los días por el poso de amor que me dejó en su corta e impagable vida.

Todos ellos son amigos míos. Mi orgullo. Mi patrimonio. Todos forman parte de los sueños más bonitos que me fabrica el día a día desde la infancia. A algunos los he bautizado con nombre falso porque quieren mantener la intimidad de su vida, el derecho a ser anónimos y a amar sin dar explicaciones. Aquí, en la fábrica, no hay plus de homos ni de heteros.

En sus tejados ondea el arco iris, el sol, la alegría. Por ellos, por los que no nombro, por los que se me olvidan, por los que no conozco, el orgullo es una fiesta. Ellos y nosotros. Los que entienden. Los que les entendemos. Los que viven en la acera de enfrente. Los que les abrimos las puertas sin reservas.

Tenemos muchos orgullos que celebrar juntos. El orgullo de estar vivos. El orgullo de amar en libertad. El orgullo de respetar. El orgullo de derribar murallas. El orgullo que me producen todos y cada uno de ellos, hombres y mujeres surcando la vida sin complejos en la mochila, hombres y mujeres que viajan allá donde su corazón les dicte.

Orgullo sin apellidos. Orgullo sin etiquetas. Orgullo, sin más.

lunes, 16 de junio de 2008

Gigantes

Los vimos por las calles, rompiendo el cielo con sus cabezas regias, danzando sobre el asfalto de la media tarde, dictándole a los vientos su nombre.

Ayer los vimos vestidos de verano, estrenando sus pasos sobre las losas, pintando de alegría las viejas piedras, encendiendo en sonrisas infantiles la mitad de junio.

Son los gigantes de esta ciudad. Los que sueñan. Los que pelean. Los que construyen. Los que aman. Los que sostienen las nubes. Los que nos arropan los latidos. Los que derriban las murallas.
Los que apenas miden metro y pico, aunque sea un pico largo. Los que tienen cuarenta nombres. Los que se emocionan. Los que devoran estrellas al pie de las almenas. Los que visten la noche con la voz ronca del vino peleón.

Los gigantes vivos de esta tierra iban en el vientre de los gigantes inertes, sosteniendo en sus hombros sus armazones de siglos. Derribando los cercos, abriendo las puertas.

Los gigantes de esta tierra, mis gigantes de Capitonis Durii, salieron a la calle a enseñarnos sus sueños. A demostrar que en la ciudad de las leyendas y el silencio queda espacio para los sueños, por inmensos que estos sean.