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lunes, 2 de septiembre de 2013

Todo lo vence el amor

(Para JOSÉ MARÍA SILVA, que se nos acaba de ir)


Ayer hubo jarana en el cielo. Jotas, baile mayor, entradillas y fiesta. Eran cerca de las diez y el tío Silva se nos iba cantando su Palencia del alma, toda la música, la memoria llana de sus gentes, el alma de una tierra en las vísperas de su fiesta grande, en honra de San Antolín.

Pregonero de los saberes, de los decires, del cántico hondo de los pueblos; almacántaro de vocación, comandante de dulzaineros, juglar de las voces medievales, compañía de gigantes y cabezudos. Dulzainero de Tierra de Campos, personaje de alto riesgo, adictivo, enorme, inmenso como su abrazo, robusto como los árboles que nacen de la tierra y siempre apuntan a lo alto. Amor en cuatro letras. Chus.

Ayer hubo jarana en el cielo y aquí, pegados a la tierra, ese dolor que te araña sin anunciarse, que te roba las palabras. Dolor compartido en teléfonos y pantallas de ordenador, un sólo corazón latiendo, tanto amor. Dolor en centenares de gargantas que tantas veces hemos cantado, y brindado. Besos en los labios que tantas veces compartieron pipas y dulzainas. Abrazos en las manos que tañeron al alimón cítaras, zanfonas y guitarras, acordeones y todo tipo de instrumentos inventados y por inventar.

Alcalde perpetuo de la patria de los músicos, de los locos y de los bohemios, de los que buscan en las raíces del terruño la sabiduría de nuestros mayores. Generoso en cuerpo y alma. Embajador de los quesos del Cerrato, del paisaje palentino que dibuja montañas y cereales, de las puertas abiertas de la casa y del corazón; abanderado de la sonrisa perpetua, del abrazo que duele de apretado, de la generosidad sin fronteras que sólo conocen los hombres buenos.Te echaremos de menos y serás ya siempre canción, viento, caricia. Villaumbrales tan huérfano.

Gracias, querido Silva, por tanta compañía, por tanta amistad, por la anchura de la sonrisa y el abrazo, por la pasión de cada instante. Gracias por la música, por la memoria, por tanta alegría, por tanta amistad, por lo compartido, por lo festejado. Gracias por tu vida.

Todo lo cría la tierra, todo lo vence el amor.

Te queremos.


(Ayer, en las vísperas de San Antolín, nos dejaba  a los 52 años José María Silva Naveros, de esa gente mágica que conocí siendo hace ya muchísimos años de la mano del maestro Jambrina. El cielo está de jarana, pero aquí abajo te echamos horriblemente de menos. Un beso a los de su sangre Juan Cruz, Reyes, y a Chus, en su corazón, tan grande siempre a su lado. Descansa y cuídanos a todos allá arriba, querido amigo)


sábado, 4 de mayo de 2013

Agenda


La vida es un listado de nombres, un listado de números. Cifras y letras que redactan lo que somos, cada uno de los pasos que hemos dado sobre el tiempo.

He repasado la agenda de mi teléfono en estos últimos días como quien hace un examen de conciencia, el balance de miles de horas, de miles de emociones, tantas palabras. Agenda sin papel y sin boli. Agenda sin versos; agenda con los ojos cerrados, tanta vida, tantos lugares, tantos nombres.

Casi novecientos números, memoria de los que ya no están, de los que fueron llegando, de los que se marcharon, de los que me habitan para siempre. De los que suman, de los que restan. Nombres que me enseñaron a crecer, a caminar, a ser.

Esos nombres que me resisto a eliminar porque no quiero perderlos en la pantalla de mi vida, en la memoria de mi alma: la A de Ana, aquella pintora prodigiosa y mágica que inventaba mariposas; la N de Navalón, Alfonso, pluma de hiel y terciopelo, que contaba los toros como nadie; la T de Tere, que va escrita a flor de piel, cada día. Porque les sigo esperando. Porque en el fondo pienso que algún día se encenderá mi teléfono y sonará al otro lado su voz, y podré decirles lo mucho que les echo de menos.

Nombres, números, tanta vida, tantas cosas. Nombres que se apearon de mi vida sin dolor, amistades de papel de calco que el propio tiempo va borrando de la agenda donde un día fueron escritos.

Nombres de agua y de sal, de la novia del mar, de la luz insultante de mi Cádiz, al sur del sur. Nombres dorados como la piedra dorada de Salamanca. Nombres de música y de cánticos; nombres tecleando madrugadas en una redacción, nombres en tendido de sombra, tardes de sol y moscas, la vida y la muerte sobre el albero. Sonrisas que llegaron sin ser convocadas y pintan de alegría cada día. Palabras que apaciguaron mi alma cuando más sed tenía. Amigas. Amigos. 

Nombres grabados en el corazón, en las entrañas, cosidos a mi propio nombre. Tu nombre. Tu nombre tan dentro, tan querido, incluso en la frágil línea que separa el amor del odio, que sólo es amor vestido de invierno. Tu nombre sobre todas las cosas. Siempre.

He repasado mi agenda como quien repasa un camino sustentado en nombres y números. Y ahora, guardados en una nueva agenda, siempre a salvo, le doy gracias a la vida por haberme escrito tantas cosas bonitas con la invisible tinta de la emoción; por la infinita suerte de escribir mi nombre junto a los vuestros y seguir haciendo camino.




(La foto es de www.masterturismoourense.blogspot.com)




martes, 15 de enero de 2013

Pintando el cielo


(Para Fili Chillón)

Andarás ya pintando el cielo. O describiéndolo verso a verso, igual que tantas veces has pintado y contado las cosas de nuestra Zamora, el rumor del Duero a su paso por Marialba, el crepitar de las espigas, la textura del adobe y de los palomares, el sonido del viento en los meses del frío, las madrugadas del Viernes más santo junto a la iglesia de San Juan, la rima pausada de los días y de las noches contemplados a través del mirador que vierte a la Plaza de Zorrilla, junto al bronce y a la fuente.

Pintando vida. Regalando vida, tanta vida, tanto amor, tanto cariño, ya sin las heridas en el alma y los dolores en el cuerpo. El mapa de las ausencias de los que se fueron; esa artrosis que retorcía tus dedos como cepas viejas y sabias, por mucho que te rebelases para seguir enlazando palabras, sentimientos, emociones más allá del lienzo y del papel.

Así, Fili, Sonriendo, tan guapa. Celebrando entre flores por las miles de flores que mil veces regalabas como besos en la distancia, como una bienvenida para el que siempre regresa. Abarcando el mundo con tus ojos inquietos. Acariciando con la voz a través del teléfono o compartiendo mesa y sobremesa, recitando con la misma ilusión de una niña que muestra su primer poema al mundo. Tan prolífica, tan rebelde ante las jugarretas de la vida, siempre en pie. Energía, amor en estado puro.

Andarás ya pintando el cielo. Adivinando el por qué de estos grises, de este frío que corta la piel como un cuchillo en las madrugadas, de las lluvias venideras. Ensayando azules y soles para que cuando llegue la primavera y todo sea verde y comience de nuevo el ciclo de la vida. Yo buscaré tus huellas, me dejaré acariciar por tu palabra sabia. Y celebraré tu vida bien cumplida sin pena; con alegría y agradecimiento por la buena, la inmensa suerte de haberte tenido tan cerca, tan al lado. De haberme sentido tan querida, tan mimada.

Y brindo, Fili. Brindo al cielo porque sé que andas pintándolo de sonrisas, descifrando los versos del aire, descumpliendo años, cobrándote abrazos que aquí abajo eran ya imposibles, resarciéndote de los dolores que nunca cambiaron el signo de tu sonrisa, la ternura de tus labios. Porque celebrarte es llevarte dentro, hacer memoria de tu camino y que nunca venga la muerte a borrarte con su soplo implacable.

Y así tú permaneces escrita en el viento.

Buen vuelo, querida.



(La foto, enviada por su hija Cristina, es del último cumpleaños de Fili Chillón, que se nos fue con las últimas horas del año. Ese día Zamora estaba más apagada, más triste, más sin color y sin versos. Te queremos)




domingo, 13 de enero de 2013

Cádiz comienza a cantar


Comienza la cuenta atrás. Esta noche el Falla abrirá sus puertas, se alzará el telón y sonará el primer tango. Y Cádiz comenzará a cantar como una novia que siempre acude al encuentro de febrero, que siempre desemboca en las noches de La Viña con olor a sal y la humedad de la madrugada sobre la piel, con las gargantas rotas y el mar deshaciéndose contra las piedras del Campo del Sur.

Yo me pegaré un año más al ordenador para escuchar con el alma, para emocionarme mientras descontamos los días. Y cerraré los ojos y me dejaré acariciar por el viento de Levante y de Poniente. Y pisaré sus empedrados, y seré como el aire que recorre sus callejuelas estrechas, como la brisa que va y vuelve desde la orilla mientras esperamos la primera luz como quien reza a un dios infalible.

Y sonreiré. Porque tú, mi Cádi, eres la novia del mar. Porque siempre cantas, por encima de los siglos, por encima de las penas. Porque eres la Tacita de la Alegría. La ciudad que canta cada día. Y yo te escucho y te abrazo, te llevo dentro y sigo cantando contigo.


(La foto, maravillosa, es de mi amigo Manuel Sánchez Quijano, que siempre me presta sus ojos para que la veamos así de guapa. Feliz Carnaval, Tacita. Cuánto te quiero!! )

domingo, 29 de julio de 2012

Pero tú no, Tere. Tú no.


A ver, Tere. A ver cómo te explico que me has dejado sin palabras, que no sé qué coño escribir aquí, frente a esta pantalla en blanco que de cuando en cuando se me pierde entre tanto dolor, entre tanta rabia, entre tanto desconcierto, entre tanto no saber qué decir.

A ver cómo te digo que hoy no sé escribir, con lo que tú disfrutas entrando aquí de puntillas, en esta fábrica de letras y en toda mi vida, en todos mis sueños, para vestirlos de gala y ponerlos a bailar por las calles y dentro de mi alma.

A ver cómo resumo tantas cosas, tantas confidencias, tantos abrazos, tanta verdad entre tú y yo. A ver cómo te explico que febrero ya nunca será febrero; que tus Águedas tenemos la voz y el corazón quebrado, que nunca sonaron más tristes las saudades de la dulce lengua portuguesa ni tan lejana la felicidad, la suerte inmensa de compartirte.

A ver, galana, cómo te escondo tantas lágrimas, con lo que a tí te jode verme llorar, que intenten hacernos daño a los que quieres por encima de todas las cosas, en todos los momentos, frente a todas las tempestades. A ver cómo le cuento al mundo tanto amor, tanta inteligencia, tanta fortaleza, tanta alegría, la luz infinita de tu presencia, el regalo de vida que nos hiciste cuando fuiste poniendo a tus hijos en el mundoy nos dejaste cobijar bajo su sombra de amistades para toda la vida. Para toda la vida, Tere, aquí o allá; en la tierra o más allá de las estrellas. Siempre.

A ver cómo soy capaz de explicarte cómo me duele escribirte, cómo duelen las mil y una cosas por las que debería darte las gracias de nuevo, aunque siempre le haya dado gracias a la vida por ponerte en mi camino y hacer tanto kilometraje de la mano. Nunca me sueltes, querida mía. Nunca me sueltes.

A ver cómo te cuento que la gente puede morirse, que esto es el instante, que somos tan frágiles. Pero tú no, Tere. Pero tú no.

Tú no.

Gracias, hermana mía, amiga mía. Gracias por tu vida.

Te quiero con toda mi alma.

lunes, 16 de julio de 2012

Diré siempre tu nombre, Carmen

                                        (AVE MARIS STELLA)


El mes de Julio grabó con nombre propio el día dieciséis sobre el calendario de mi alma. Carmen.

Así se llamaba mi abuela, que vio la luz primera en la fiesta de la Virgen del Carmelo, vistiendo de alegría nuestras casas y nuestros manteles durante los 96 años que tuvimos la dicha de tenerla, de disfrutarla, de compartirla, de abrazarla aquí en la tierra antes de dejarla emprender el vuelo y ser viento. La mujer fuerte que sembró amor desbordado, memoria por encima de la carne, de la muerte, de los siglos. Nuestra golondrina de julio, recia y tierna a manos iguales, generosa hasta vaciarse las manos en las manos del prójimo y no guardarse nada nunca. La que me pintó los ojos de verde y gris mucho antes de que yo naciese y me forró las paredes de las entrañas con la fortaleza de los que nunca se rinden, aunque no pueda evitar emocionarme como ahora me emociono cada vez que hablo de ella, porque su nombre se posa sobre todas las cosas, tan cierto. Carmen. El beso siempre. La ternura. Abuela querida.

Carmen. Las dos sílabas del gozo en la mitad de julio. Así se llama la Virgen de mi Barrio, Vida, Dulzura, consuelo de tantas cosas. La Señora que esta tarde recorrerá las calles de Zamora sobre un jardín de rosas con el Niño en brazos y el escapulario en las manos, sonriendo, con una corona de Reina que forjaron siglos de plegarias a sus pies. Aquella que llamé sin voz, con la garganta rota, en la sala de espera de un hospital de madrugada, mientras Salamanca dormía, y me escuchó porque se llamaba igual que mi abuela, que siempre la llevaba sobre el pecho, que siempre le rezaba con la misma fe con que yo pronuncio su nombre porque sé que Ella conoce mi voz cuando la llamo sin palabras, con el alma en los labios y la esperanza apostada en las ventanas de mi casa, sobre la almohada de los que quiero.

Carmen. Así se llama aquella otra Virgen Marinera, la que los barquitos saludan con sus sirenas cuando entran en la Bahía y Cádiz se ofrece abierta como una flor de estío sobre el Atlántico, con sus casitas de colores y sus azoteas mirando a poniente, con sus dos campanarios anunciando alegrías tras los baluartes que tantos siglos defendieron la ciudad. Carmen. La del agua y la de la sal, lucero bajo palio de los que surcan los océanos con la promesa de arribar siempre a tierra firme. Estrella de los mares. Salve.

Yo diré siempre tu nombre, porque el amor se conjuga en tus letras. Por la memoria de los que tanto he amado; por la vida de los que siguen a mi lado; por las madrugadas de vísperas y los lazos de amistad anudados junto a tu mesa con Enrique, Roberto y Raúl, que esta tarde te guiará por las calles con la emoción a flor de piel, sumando años, contemplándote tan bonita, bendiciendo los tilos, las piedras, los balcones, regalando vida.

Yo diré siempre tu nombre de sal y de estrellas, cantes de ida y vuelta que me traen la alegría hasta el Duero, que mañana será agua que baje a besar la arena dorada de la Tacita, llamándote en mi nombre, besándote. Y guardaré este día en el calendario de mi alma siempre, porque su nombre es el nombre del amor, el verso, el pañuelo, la caricia, la acción de gracias, el cántico hondo de todo lo que soy.

Carmen. Agua de Dios sobre la tierra que todo lo lava, que todo lo purifica, que todo lo calma.




(Gracias siempre también a Marcos y a Carlos. La fotografía es de Alberto García Soto y recoge el paso de la Virgen ante la fachada de mi casa. Mi padre la fotografía desde el balcón)






martes, 19 de junio de 2012

Antes de que caiga el telón

(Para Elvira Fdez de Barrio)                                     



Cierro los ojos y te veo así, sonriendo, con la mirada casi transparente y azul. Recitando con voz grave pero dulce, gesticulando entre bambalinas, enseñando a los niños a convertirse en árboles sobre el teatrillo de la Delegación de Cultura.

Sonriendo. Fuerte siempre en la apariencia frágil de tus maneras, en la suavidad de tus formas, en tu andar por la vida, de clase en clase, de escenario en escenario. Tú y tus niños. Esos que ya pasan de los cuarenta, que son artistas, maestros, amigos: Barreiro, Carpintero, Ricardo, Kely…y ese orgullo por la prosa de Juan Manuel, que defendías con uñas y dientes desde el pupitre del Amor de Dios hasta la gloria del Planeta.

Te veo defendiendo con una espada con nombre de leyenda, Tizona, un lugar para el teatro. Los otros niños que buscaron otros caminos. Luis Fer, Javier, Álvaro, Ana. Los nervios de los estrenos, el orgullo de los certámenes regionales para esos no profesionales que se defienden como profesionales cuando suben a las tablas.

Cierro los ojos y te veo así, tras el telón. Lejos de los despachos, de la política. Fiel a tus ideas, pero tolerante y plural. Amiga de todos. Trabajando por todos. Abrazando a esta ciudad tan herida. Haciendo más cómoda, más limpia, la camisa de lo público. Ojalá hubiese más como tú.

Cierro los ojos y te veo cerca, sonriendo, al pie de mi cama en el hospital. Tú casi sin fuerzas, ya con la herida dentro, y Asun siempre tan al lado, tan  contigo. Yo sin poder moverme. Y tu sonrisa iluminando aquella habitación. Y tu sonrisa de febrero allí, en el mirador de la calle Santa y Clara, Tati abajo, cuando las Águedas te mandamos un beso en forma de coplillas y pandereta y la garganta rota de emoción, de vida. 

Cierro los ojos y te veo, como los cerraré siempre para guardarme tu sonrisa cerca. Tu mirada azul y transparente antes de que se haga lo oscuro y caiga el telón. Y no sé si mañana, o pasado, o un día de estos, el calor humano será objeto de estudio, fenómeno de crisis sin riesgos. Pero sé que desde esta mañana Zamora es un poco más triste, bastante más pobre.

Un beso, Elvira.

lunes, 4 de junio de 2012

La ciudad que emerge del agua


Tengo miedo de cerrar los ojos y no verte algún día. De desdibujarte con tanta ausencia y no encontrarte en mis sueños.

Aprendí tu geografía palmo a palmo para que nunca se me olvidase tu silueta atlántica, estas noches que apuntan al verano de azules inabarcables, el último sol naranja muriéndose tras las murallas de Santa Catalina. Las dos sílabas que aprisionaron mi alma. Cádiz.

Te dicté mil veces mi nombre en la orilla para que siempre me reconocieses al volver. Perfumé de soledad tus callejuelas y te dije adiós desde el agua, mirándote, adivinándote entre la sal y mis lágrimas, vestida de verano, erguida sobre los siglos, tan hermosa, con tu cúpula amarilla, tus torres, tus fachadas de colorines y la ropa tendida en las azoteas.

Así te abarco entera. Así te abrazo siempre. Así te sueño despierta tantos días, tantas noches. Duplicada sobre la mar, inamovible con tus callejuelas de aire, impasible frente a las levanteras y los abrazos del poniente. Bañada en luz y en lunas, ventana de la alegría.

Y ahora tengo miedo de desandar la memoria de mis pasos, de no verte un día si cierro los ojos y me olvido de tu trazado en el horizonte, de la infinita belleza de la ciudad que se muere en el agua, que resucita en el agua, que emerge del agua como un milagro tres veces milenario.

Te echo de menos, Tacita.


(La foto es de Manué, que me sigue prestando sus ojos para no dejar de verte nunca)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Tú eres la sonrisa del mundo

Sé que te amo porque cierro los ojos y me veo en tus calles vestida de verano, rompiendo el aire, descontando los días que restan para febrero. Porque sólo con desearte desando kilómetros y venzo este frío tan de mi tierra para sentir la caricia de tu viento de Levante secándome el pelo, besando con arena y salitre mi rostro.

Sé que te amo porque cada noche rezo tu nombre como la letanía a una diosa, aquella que miraba al mar bajo mi ventana. Porque espero las madrugadas cosida a la pantalla de mi ordenador buscándome entre las butacas, en el foso del templo de ladrillos coloraos. Allí donde conocí de primera mano el revuelo de los camerinos, las gargantas rompiéndose noche tras noche, el humo que echaban los teclados que intentábamos transmitirle al mundo lo que Cádiz canta bajo la luna. Allí, en ese Falla donde descifré tu nombre por tangos, donde conocí las tripas mismas del Carnaval cuando ya lo tenía enredado en mis tripas, si la poesía y la música de Juan Carlos me condenaron en el mismo patíbulo donde una comparsa le cantaba a la luna con las manos atadas y el espíritu sobrevolando aquellos muros.

Sé que te amo porque todas mis noches desembocan en La Viña, con el mar pegando fuerte por Arricruz y la primera luz convocando a una retirada a destiempo, con la humedad de Poniente calando los huesos, la rasca de la ginebra envalentonándome el alma y el olor bravío de las aguas lamiendo mis pasos de retorno. Porque mi lengua recita tus cuartetas, porque mi voz canta siempre en todas tus voces.

Sé que te amo porque te he desvestido mil veces con la claridad primera, a la derecha el Campo del Sur, la cúpula amarilla, la dorada piedra ostionera; y más allá, a la izquierda, San Fernando, con el guiño intermitente de tu faro pidiéndome permiso para entrar en mi casa mientras yo volvía con la mochila cargada de versos y la playa se hacía arena y verdad despuntando el día.

Sé que te amo porque tu nombre está pegado a mis labios como el beso del deseo, como el nombre maldito, el veneno, el agua, la vida. Porque tus coplas llevan el tres por cuatro de mis latidos, que siempre percuten con sus nudillos sobre mi pecho, galopando sin piedad sobre mi memoria, obligándome a quererte.

Sé que te amo porque te echo tanto de menos que me dueles aunque tú eres la sonrisa del mundo. Porque no quiero que mi cántico sea un lamento, si tú eres la cuna de la alegría, la novia del mar, la Tacita donde vierten todos los sueños de esta fábrica.

Cuánto te quiero, Tacita.

(La foto es de Manué que se posa su mirada como nadie sobre todas las cosas que hay en nuestro Cádiz)

sábado, 21 de enero de 2012

Si caminito del Falla.....

Si caminito del Falla encuentras el rastro de mis pasos, es que ya soy invisible en el viento, esta noche y todas las noches, dibujando mis huellas en el aire. Apostada en las puertas del templo de ladrillo rojo, tapizando las butacas del terciopelo encendido de querer estar allí y nunca estar, o estar siempre, como si no me hubiese ido.

Esperando Carnavales, viviendo Carnavales, con el corazón en los nudillos, llamando a las puertas de febrero, añorándote tanto, mi Cái, que a mis dedos le duele escribir tu nombre tan lejos. Cantando contigo en voz baja, siempre de noche, porque estas noches son la magia, el cántico de verdad.

Si caminito del Falla encuentras mis ojos empapados de Atlántico, bebiéndose la humedad de los empedrados, será que ya soy sólo agua, que con sólo sellar los párpados te sueño cantando. Que de tanto escucharte me aprendí tus coplas y las redacté sobre mi piel para que nunca se me olvidaran en las noches que no son febrero y me quema tu nombre en los labios. Que te abrazo con sólo pensarte engarzando eneros y ensayos, cables y pantallas en el foso, madrugadas de retorno desbordada de caricias en verso, ejércitos de poesía en mis oídos. Tu música, tu sagrada sinfonía.

Cantándote contra la noche, con la madrugada encima y la primera brisa sobre las mejillas. Y la mar en el camino de retorno, siempre ahí, bajo mi ventana. Mi Cái. La mar negra, como un cielo lleno de luceros, que son los barquitos faenando, santificando la pesca de todos los días.

Si caminito del Falla escuchas corazones por pasacalles, será que mi latido compone cuartetas para cantarte con versos malditos, con esta condena de tanto quererte sin tenerte ya nunca, de romperme la garganta de silencios, sin decir nada y esbozar con los nudillos el tres por cuatro que me ata a tus calles y a tus esquinas, que me dicta tu alma, tan antigua como la de los dioses que viven en La Caleta.

Yo estaré aquí, tan lejos, cerrando los ojos y contemplándote como siempre te ví desde mi ventana, erguida sobre el Campo del Sur, con la luz del faro parpadeando sobre mis sueños. Contando madrugadas caminito del Falla, viviendo Carnavales, escuchando el mar, cantando tu nombre al pie del mar. Siempre el mar; aquí, en tierra adentro. Apretando los puños, acariciándote, paseándote entera sin pisarte, dejando que me habites hasta que se acabe el mundo, hasta la última fibra, hasta el último día de mi vida.

Caminito del Falla cada noche, aquí, a setecientos y pico kilómetros, setecientos y pico pasitos, no más. Caminito del Falla para cantarte, para escucharte cantar, para escribir un año más mi nombre contra los vientos.

Te quiero, Tacita.


(La foto es de mi amigo Manué, a quien quiero dedicar este post para celebrar con él la vida. Su vida. Hace apenas un mes, Manolo le echó un pulso a la muerte en la UCI de un hospital y lo ganó. No podría concebir ya mi Cái sin la ventana de sus ojos, sin la caricia de sus fotografías, que son la realidad palpable de que la ciudad que canta por febrero existe y no fue un sueño de siete años que la vida me regaló. Esa ciudad mágica hoy empieza a cantar. Hoy se alza el telón del Falla y yo sigo preguntándome a qué sabe el olvido, cómo es posible llevarla tatuada entera encima de mi alma, tan viva, tan preciosa)

jueves, 19 de enero de 2012

19 de enero


“Ahora estarás junto a San Ildefonso y Las Marinas, oliendo los tilos, y yo estoy contigo recordando, reviviendo tanta vida, tanta cercanía a través del tiempo, de sonidos, de campanas, de piedras estremecidas, de calles, de plazas, de casas, de luces, de sombras, de árboles, de hombres, de tierras, de pueblos, de oficios, de tanta barahunda de cosas en compañía de tantos amigos que nos habitan y amasan el alma y cuyos nombres desbordarían el cauce de estas palabras volanderas… Sí, Antonio, porque la existencia cobra sentido cuando no se renuncia a nada como tú has hecho siempre y, sobre todo, cuando late en el centro del espíritu nuestra ciudad como el pulso imperecedero del Duero”.

(Claudio Rodríguez)

“¿Dónde reconocer ahora aquel pintor amigo que bajo la luz de lo días, en los aconteceres de las noches se nos perdía en los campos, nos encontraba en las capeas, delineaba los pueblos, se nos entreveraba con los rancios del cante en las agonías de la soleá, dibujaba en las plazas, compartía con los compadres, se emocionaba con los surcos y aprendía que el trabajo, como el pan sobrio de los Carbajales, de corteza tan recia, con la apostura y el tiempo, nos da el sabor más fuerte de la harina hecha trigo?”

"Nadie podrá ya nunca retratar a Zamora, desde el otro lado del Duero, que no nos lleve siempre a la memoria inmortalizada de quien así la pintó tantas y tantas veces distinta, veraz y única”.

(Jesús Hilario Tundidor)

Por una vez, dejo en el blog palabras que no son mías. Palabras sabias, de poesía consagrada, de amistad eterna a éste y al otro lado de la vida. Va por mi padre, que hace hoy 73 años, veía la primera luz en Zamora.

viernes, 13 de enero de 2012

Zamora, un gran cuadro de Pedrero


Todos llevamos dentro una ciudad que nos habita. Lo dijo el poeta. El amigo.

En la ciudad de Zamora, un 19 de enero, nacía Antonio Pedrero Yéboles. El hijo de Virgilio y de la señora Carmen. Aquel niño que jugaba a dibujar con tiza sobre el asfalto de la Plaza Mayor y a modelar en barro los pasos de La Congregación. Mi padre.

Aquel niño que se inició en los caminos del arte de la mano de Bedate y Castilviejo antes de ir a Madrid a consolidar en la Escuela de San Fernando, con el trazo prodigioso de sus dibujos, un estilo personalísimo.

Aquel niño que se bebía la luz del Duero, los atardeceres en Sanabria, la psicología de los personajes tras la barra de La Golondrina, el misterio de las noches de abril que desembocan en la Semana Santa.

Zamora lo habitaba mansamente, erigiéndose en óleo sobre el lienzo.

Nadie la ha pintado como él, irguiéndose pétrea y eterna al otro lado del puente. Nadie ha escudriñado sus calles, sus ocres y sus tejas tantas veces, si desde la orilla izquierda Zamora es un gran cuadro de Pedrero, como un mural inabarcable. Nadie ha plasmado de forma tan cierta sus gentes, recias y tiernas; o la silueta cárdena de la montaña sanabresa cuando cae la última luz.

Todos llevamos dentro una ciudad que nos habita. Y nosotros, todos, pasaremos. Y pasarán más diecinueves de enero, año sobre año. Pero Zamora permanecerá inamovible, cercada en el tiempo. Y permanecerá su mirada infinita, su pintura maciza recreando la piedra, las madrugadas desgarradas por un Merlú de bronce convocando a vivos y muertos a La Congregación.

Gracias, Antonio. Gracias, padre, por abrirle las puertas a la Zamora que nos habita. Por sobrevivir con ella, por sobrevolarnos con tu mirada. Por esos pedazos de la Zamora soñada, esos trazos eternos. Por tu magisterio. Por la luz de aquel 19 de enero, de todos los 19 de enero ya amasados como pan fecundo de una vida tan generosa.



(Columna publicada hoy en El Día de Zamora, con motivo del homenaje que le rinden a mi padre el próximo 19 de enero, día en que cumple 73 años)