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domingo, 13 de enero de 2013
Cádiz comienza a cantar
Comienza la cuenta atrás. Esta noche el Falla abrirá sus puertas, se alzará el telón y sonará el primer tango. Y Cádiz comenzará a cantar como una novia que siempre acude al encuentro de febrero, que siempre desemboca en las noches de La Viña con olor a sal y la humedad de la madrugada sobre la piel, con las gargantas rotas y el mar deshaciéndose contra las piedras del Campo del Sur.
Yo me pegaré un año más al ordenador para escuchar con el alma, para emocionarme mientras descontamos los días. Y cerraré los ojos y me dejaré acariciar por el viento de Levante y de Poniente. Y pisaré sus empedrados, y seré como el aire que recorre sus callejuelas estrechas, como la brisa que va y vuelve desde la orilla mientras esperamos la primera luz como quien reza a un dios infalible.
Y sonreiré. Porque tú, mi Cádi, eres la novia del mar. Porque siempre cantas, por encima de los siglos, por encima de las penas. Porque eres la Tacita de la Alegría. La ciudad que canta cada día. Y yo te escucho y te abrazo, te llevo dentro y sigo cantando contigo.
(La foto, maravillosa, es de mi amigo Manuel Sánchez Quijano, que siempre me presta sus ojos para que la veamos así de guapa. Feliz Carnaval, Tacita. Cuánto te quiero!! )
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miércoles, 15 de febrero de 2012
Tú eres la sonrisa del mundo
Sé que te amo porque cierro los ojos y me veo en tus calles vestida de verano, rompiendo el aire, descontando los días que restan para febrero. Porque sólo con desearte desando kilómetros y venzo este frío tan de mi tierra para sentir la caricia de tu viento de Levante secándome el pelo, besando con arena y salitre mi rostro.
Sé que te amo porque cada noche rezo tu nombre como la letanía a una diosa, aquella que miraba al mar bajo mi ventana. Porque espero las madrugadas cosida a la pantalla de mi ordenador buscándome entre las butacas, en el foso del templo de ladrillos coloraos. Allí donde conocí de primera mano el revuelo de los camerinos, las gargantas rompiéndose noche tras noche, el humo que echaban los teclados que intentábamos transmitirle al mundo lo que Cádiz canta bajo la luna. Allí, en ese Falla donde descifré tu nombre por tangos, donde conocí las tripas mismas del Carnaval cuando ya lo tenía enredado en mis tripas, si la poesía y la música de Juan Carlos me condenaron en el mismo patíbulo donde una comparsa le cantaba a la luna con las manos atadas y el espíritu sobrevolando aquellos muros.
Sé que te amo porque todas mis noches desembocan en La Viña, con el mar pegando fuerte por Arricruz y la primera luz convocando a una retirada a destiempo, con la humedad de Poniente calando los huesos, la rasca de la ginebra envalentonándome el alma y el olor bravío de las aguas lamiendo mis pasos de retorno. Porque mi lengua recita tus cuartetas, porque mi voz canta siempre en todas tus voces.
Sé que te amo porque te he desvestido mil veces con la claridad primera, a la derecha el Campo del Sur, la cúpula amarilla, la dorada piedra ostionera; y más allá, a la izquierda, San Fernando, con el guiño intermitente de tu faro pidiéndome permiso para entrar en mi casa mientras yo volvía con la mochila cargada de versos y la playa se hacía arena y verdad despuntando el día.
Sé que te amo porque tu nombre está pegado a mis labios como el beso del deseo, como el nombre maldito, el veneno, el agua, la vida. Porque tus coplas llevan el tres por cuatro de mis latidos, que siempre percuten con sus nudillos sobre mi pecho, galopando sin piedad sobre mi memoria, obligándome a quererte.
Sé que te amo porque te echo tanto de menos que me dueles aunque tú eres la sonrisa del mundo. Porque no quiero que mi cántico sea un lamento, si tú eres la cuna de la alegría, la novia del mar, la Tacita donde vierten todos los sueños de esta fábrica.
Cuánto te quiero, Tacita.
(La foto es de Manué que se posa su mirada como nadie sobre todas las cosas que hay en nuestro Cádiz)
Sé que te amo porque cada noche rezo tu nombre como la letanía a una diosa, aquella que miraba al mar bajo mi ventana. Porque espero las madrugadas cosida a la pantalla de mi ordenador buscándome entre las butacas, en el foso del templo de ladrillos coloraos. Allí donde conocí de primera mano el revuelo de los camerinos, las gargantas rompiéndose noche tras noche, el humo que echaban los teclados que intentábamos transmitirle al mundo lo que Cádiz canta bajo la luna. Allí, en ese Falla donde descifré tu nombre por tangos, donde conocí las tripas mismas del Carnaval cuando ya lo tenía enredado en mis tripas, si la poesía y la música de Juan Carlos me condenaron en el mismo patíbulo donde una comparsa le cantaba a la luna con las manos atadas y el espíritu sobrevolando aquellos muros.
Sé que te amo porque todas mis noches desembocan en La Viña, con el mar pegando fuerte por Arricruz y la primera luz convocando a una retirada a destiempo, con la humedad de Poniente calando los huesos, la rasca de la ginebra envalentonándome el alma y el olor bravío de las aguas lamiendo mis pasos de retorno. Porque mi lengua recita tus cuartetas, porque mi voz canta siempre en todas tus voces.
Sé que te amo porque te he desvestido mil veces con la claridad primera, a la derecha el Campo del Sur, la cúpula amarilla, la dorada piedra ostionera; y más allá, a la izquierda, San Fernando, con el guiño intermitente de tu faro pidiéndome permiso para entrar en mi casa mientras yo volvía con la mochila cargada de versos y la playa se hacía arena y verdad despuntando el día.
Sé que te amo porque tu nombre está pegado a mis labios como el beso del deseo, como el nombre maldito, el veneno, el agua, la vida. Porque tus coplas llevan el tres por cuatro de mis latidos, que siempre percuten con sus nudillos sobre mi pecho, galopando sin piedad sobre mi memoria, obligándome a quererte.
Sé que te amo porque te echo tanto de menos que me dueles aunque tú eres la sonrisa del mundo. Porque no quiero que mi cántico sea un lamento, si tú eres la cuna de la alegría, la novia del mar, la Tacita donde vierten todos los sueños de esta fábrica.
Cuánto te quiero, Tacita.
(La foto es de Manué que se posa su mirada como nadie sobre todas las cosas que hay en nuestro Cádiz)
sábado, 21 de enero de 2012
Si caminito del Falla.....
Si caminito del Falla encuentras el rastro de mis pasos, es que ya soy invisible en el viento, esta noche y todas las noches, dibujando mis huellas en el aire. Apostada en las puertas del templo de ladrillo rojo, tapizando las butacas del terciopelo encendido de querer estar allí y nunca estar, o estar siempre, como si no me hubiese ido.
Esperando Carnavales, viviendo Carnavales, con el corazón en los nudillos, llamando a las puertas de febrero, añorándote tanto, mi Cái, que a mis dedos le duele escribir tu nombre tan lejos. Cantando contigo en voz baja, siempre de noche, porque estas noches son la magia, el cántico de verdad.
Si caminito del Falla encuentras mis ojos empapados de Atlántico, bebiéndose la humedad de los empedrados, será que ya soy sólo agua, que con sólo sellar los párpados te sueño cantando. Que de tanto escucharte me aprendí tus coplas y las redacté sobre mi piel para que nunca se me olvidaran en las noches que no son febrero y me quema tu nombre en los labios. Que te abrazo con sólo pensarte engarzando eneros y ensayos, cables y pantallas en el foso, madrugadas de retorno desbordada de caricias en verso, ejércitos de poesía en mis oídos. Tu música, tu sagrada sinfonía.
Cantándote contra la noche, con la madrugada encima y la primera brisa sobre las mejillas. Y la mar en el camino de retorno, siempre ahí, bajo mi ventana. Mi Cái. La mar negra, como un cielo lleno de luceros, que son los barquitos faenando, santificando la pesca de todos los días.
Si caminito del Falla escuchas corazones por pasacalles, será que mi latido compone cuartetas para cantarte con versos malditos, con esta condena de tanto quererte sin tenerte ya nunca, de romperme la garganta de silencios, sin decir nada y esbozar con los nudillos el tres por cuatro que me ata a tus calles y a tus esquinas, que me dicta tu alma, tan antigua como la de los dioses que viven en La Caleta.
Yo estaré aquí, tan lejos, cerrando los ojos y contemplándote como siempre te ví desde mi ventana, erguida sobre el Campo del Sur, con la luz del faro parpadeando sobre mis sueños. Contando madrugadas caminito del Falla, viviendo Carnavales, escuchando el mar, cantando tu nombre al pie del mar. Siempre el mar; aquí, en tierra adentro. Apretando los puños, acariciándote, paseándote entera sin pisarte, dejando que me habites hasta que se acabe el mundo, hasta la última fibra, hasta el último día de mi vida.
Caminito del Falla cada noche, aquí, a setecientos y pico kilómetros, setecientos y pico pasitos, no más. Caminito del Falla para cantarte, para escucharte cantar, para escribir un año más mi nombre contra los vientos.
Te quiero, Tacita.
(La foto es de mi amigo Manué, a quien quiero dedicar este post para celebrar con él la vida. Su vida. Hace apenas un mes, Manolo le echó un pulso a la muerte en la UCI de un hospital y lo ganó. No podría concebir ya mi Cái sin la ventana de sus ojos, sin la caricia de sus fotografías, que son la realidad palpable de que la ciudad que canta por febrero existe y no fue un sueño de siete años que la vida me regaló. Esa ciudad mágica hoy empieza a cantar. Hoy se alza el telón del Falla y yo sigo preguntándome a qué sabe el olvido, cómo es posible llevarla tatuada entera encima de mi alma, tan viva, tan preciosa)
Esperando Carnavales, viviendo Carnavales, con el corazón en los nudillos, llamando a las puertas de febrero, añorándote tanto, mi Cái, que a mis dedos le duele escribir tu nombre tan lejos. Cantando contigo en voz baja, siempre de noche, porque estas noches son la magia, el cántico de verdad.
Si caminito del Falla encuentras mis ojos empapados de Atlántico, bebiéndose la humedad de los empedrados, será que ya soy sólo agua, que con sólo sellar los párpados te sueño cantando. Que de tanto escucharte me aprendí tus coplas y las redacté sobre mi piel para que nunca se me olvidaran en las noches que no son febrero y me quema tu nombre en los labios. Que te abrazo con sólo pensarte engarzando eneros y ensayos, cables y pantallas en el foso, madrugadas de retorno desbordada de caricias en verso, ejércitos de poesía en mis oídos. Tu música, tu sagrada sinfonía.
Cantándote contra la noche, con la madrugada encima y la primera brisa sobre las mejillas. Y la mar en el camino de retorno, siempre ahí, bajo mi ventana. Mi Cái. La mar negra, como un cielo lleno de luceros, que son los barquitos faenando, santificando la pesca de todos los días.
Si caminito del Falla escuchas corazones por pasacalles, será que mi latido compone cuartetas para cantarte con versos malditos, con esta condena de tanto quererte sin tenerte ya nunca, de romperme la garganta de silencios, sin decir nada y esbozar con los nudillos el tres por cuatro que me ata a tus calles y a tus esquinas, que me dicta tu alma, tan antigua como la de los dioses que viven en La Caleta.
Yo estaré aquí, tan lejos, cerrando los ojos y contemplándote como siempre te ví desde mi ventana, erguida sobre el Campo del Sur, con la luz del faro parpadeando sobre mis sueños. Contando madrugadas caminito del Falla, viviendo Carnavales, escuchando el mar, cantando tu nombre al pie del mar. Siempre el mar; aquí, en tierra adentro. Apretando los puños, acariciándote, paseándote entera sin pisarte, dejando que me habites hasta que se acabe el mundo, hasta la última fibra, hasta el último día de mi vida.
Caminito del Falla cada noche, aquí, a setecientos y pico kilómetros, setecientos y pico pasitos, no más. Caminito del Falla para cantarte, para escucharte cantar, para escribir un año más mi nombre contra los vientos.
Te quiero, Tacita.
(La foto es de mi amigo Manué, a quien quiero dedicar este post para celebrar con él la vida. Su vida. Hace apenas un mes, Manolo le echó un pulso a la muerte en la UCI de un hospital y lo ganó. No podría concebir ya mi Cái sin la ventana de sus ojos, sin la caricia de sus fotografías, que son la realidad palpable de que la ciudad que canta por febrero existe y no fue un sueño de siete años que la vida me regaló. Esa ciudad mágica hoy empieza a cantar. Hoy se alza el telón del Falla y yo sigo preguntándome a qué sabe el olvido, cómo es posible llevarla tatuada entera encima de mi alma, tan viva, tan preciosa)
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jueves, 17 de febrero de 2011
Escúchame, Cádiz

Escúchame, Cádiz. Escúchame ahora, en este febrero en que se rompen las gargantas diciendo tu nombre.
Escúchame ahora, antes de la oscuridad, cuando el mundo gira en torno al ombligo de tu teatro de ladrillo rojo. Escucha mi voz entre tantas voces.
Escúchame, Cádiz. Yo te hablo. Yo te escribo. Yo te canto. Escucha mis dientes entre tanta copla, entre tanta música como te arrulla cada noche, como te sostiene en pie hasta la madrugada.
Escúchame, Cádiz. Escucha mi abrazo devorando los kilómetros, escucha mi ausencia gimiendo con el viento del norte, azotándose contra las piedras del campo del Sur.
Escúchame, Cádiz. Porque mi cántico es más puro, es más roto, es más hondo. Porque mi voz está más quebrada. Porque mis versos son más desgarradores. Porque te echo de menos con los cinco sentidos, porque me duele el alma de soñarte, porque ya no existen febreros, ni océanos bajo mi ventana si no te tengo.
Escúchame, Cádiz. Porque yo te amo. Porque yo siempre te escucho y nada te demando. Porque yo me moriré cantando sin voz conocida, guardando febreros en el puño de la mano, acariciándote cuando te hiera la sal.
Escúchame, Cádiz. Porque yo te canto desde el silencio. Porque yo siempre canto para tí.
(La foto, de Manué)
jueves, 21 de enero de 2010
Cuna de la alegría

Existe una ciudad que espera la madrugada cantando, que cantando espanta sus penas para ser cuna de la alegría, tacita de plata donde beben los dioses más profanos. Una ciudad que se deja acariciar el vientre por los vientos, amasando su métrica caprichosa con la luna de febrero en las noches húmedas de relente y borrachera, la iglesia de La Palma al fondo, la piedra ostionera desgastada, abrigada en la sábana de la libertad y el verso.
Por la boca de Juan Carlos, el poeta maldito que bendijeron los dioses, aprendí a amarla como se ama cuando no se ha amado nunca; a descifrar sus losas y los pies descalzos de los niños, la vida que se esconde tras los muros y más adentro, los recovecos del aire por las esquinas, el azote del levante en la playa, el milagro del sol sobre el agua. Y fueron las manos atadas de unos condenados las que me ataron el corazón a sus coplas, y fueron unas alas negras las que levantaron mi alma para sobrevolar por sus entresijos como una lengua llena de deseo. Y fueron unos parias los que me tejieron la manta y la azotea; unos indios apátridas los que me dictaron que aquella tierra era también mía y unos inmortales sedientos de sangre y poesía los que me insuflaron sangre atlántica para que nunca se me olvidase el sonido de las aguas cuando rompen en la arena, noche tras noche, acunadas en el deje antiguo de un Carnaval desde la otra orilla.
Existe una ciudad que se despereza cantando cada día, que vive dormida, que sueña despierta, que me ata con cadenas invisibles, que dispara gargantas cada noche al abrigo de unos ladrillos colorados que son como un templo cuando Cádiz amanece cantando, cuando se pone en pie contra el alba.
Y ahora, aquí, tan lejos, cierro los ojos, aprieto los puños y huelo el mar, que sólo huele así en las noches de regreso, y recito su vaivén como un padrenuestro sin guión y canto con ella en voz baja, desgastándome en cada latido de pura ausencia, mientras la madrugada me sorprende con el estómago en un puño, los ojos cosidos a mi ordenador, la sonrisa encendida y la emoción destilada en agua y sal. Es entonces cuando sólo quiero ser agua y sal para volver a abrazarla, para esperar cantando junto a ella a que llegue el día.
(Y mientras pido perdón porque no recuerdo de dónde mangué la foto, me grabo en las tripas estas Noches de Bohemia y escribo y escribo, quizá porque a Juan Carlos Aragón nunca le dí las gracias por tanta pasión, por tanta música, por tanta lucha, por tanta belleza)
viernes, 8 de febrero de 2008
De Toro a la Viña (las cosas que olvidé contar)
Sé que tengo descuidada la fábrica. Sé que la pereza me ha vencido en estos días primeros de febrero y que el tiempo ha resultado escaso para hacer propósito de la enmienda y sentarme a escribir. A soñar. A dejar constancia de los tiempos que no viví y de las cosas que olvidé contar.Y ahora que van pasando los días, sé que olvidé decirle a Marta que su Toro estaba precioso vestido de Carnaval. Que la Torre del Reloj parecía más alta. Que el balcón de Pilatos ensanchó sus vistas. Que las calles se vistieron de Domingo Gordo y fiesta como si fuesen el marinero barrio de La Viña. Que los soportales se llenaron de parodias entre vino y vino. Que sus paisanos tomaron las calles y perpetuaron bodas, lentejuelas y lutos.
Olvidé contarte, Marta, que tu tierra cumplió con la tradición del desparpajo, ya enterrado bajo la ceniza de la Cuaresma en este viernes primero de la Cuaresma que ya es sábado incipiente en esta madrugada muda. Sé también que sus rescoldos de siglos abrasan a tu gente, que comenzará a escribir romances y murgas en cuanto pase la Pasión.
Y te ilustro todo esto con una foto nocturna que robé un día en una página sin saber siquiera quién es el autor. Porque veo en ella la ciudad bajo el signo de Tauro con olor a reposo y silencio. A niebla de invierno; a humedad y frío. La que me guarda los pasos en sus losas. La que viste de racimos y uvas el mes de octubre. La que engalana de lluvias y frutos la Vega. La que extiende albero de quita y pon mientras espera nuevas fuentes de vino en su coso tres veces centenario. La que se cobija siempre a la sombra de su orgullosa colegiata. La que abre sus puertas en majestad a todo aquel que quiera acceder a sus secretos.
He dejado pasar, Marta, tu carnaval toresano. Porque quise esperar a contártelo así, en tiempo pasado. Como si Toro fuese la Viña, que sigue cantando noche tras noche versos porque en Cái no hay entierros ni sardinas que apaguen las gargantas. Quise contártelo despacito, como un sueño. Despacito, de retirada, igual que han vuelto mis manteos de Águeda a los cajones. Igual que reposa ya en el armario de los sueños este Carnaval que olvidé contar.
sábado, 2 de febrero de 2008
En la ciudad de Cádiz....
Puede que a vosotros el encabezamiento de esta entrada no os diga nada. "En la ciudad de Cádiz, siendo las...... horas del ..... de febrero...". Pero ese encabezamiento mantendrá esta noche larga a mi Cái en pie, hasta que el templo de ladrillo colorao quede mudo y vacío, sólo con los compañeros de prensa en el foso, y salga al escenario el jurado oficial del Carnaval para leer el fruto de sus deliberaciones.
Es un momento mágico, especial, que yo he tenido la suerte de vivir al pie del cañón, aunque fuese un cañón de coplas. El teatro a media luz, el escenario inundado de papelillos, las flores que pueblan el escenario en la gran final -hoy anturim rojo, el año pasado rosas amarillas- ofreciéndose a quienes día tras día informaron a los jartibles del mundo de cada sesión, de cada verso, de cada garganta rompiéndose en amores con el nombre de Cádiz por bandera. Las mujeres de la limpieza, reinas al fin por unos minutos, ocupando los palcos de las ninfas donde aún resuenan calientes y llenas de vida las jóvenes palmas de sus tanguillos.
Y mientras esto escribo, vivo una final atípica a cientos de kilómetros con el Falla encerrado en una pantalla de televisión. Aquí mismo, edificado sobre los cimientos mismos de mi corazón, sobreviviendo, latiendo, soñando Carnavales. Son las dos y diez de la madrugada. Quedan, al menos, cerca de tres horas de coros, comparsa y chirigota, mientras un cuarteto provoca las risas mañaneras de la ciudad que no duerme en febrero.
Y permanezco en vigilia con la Cádiz que permanece en vigilia. Y me enjugo lágrimas de emoción y alegría por cada mensaje de aquellos amigos que se acordaron de mi cuando subió al escenario la Banda del Capitán Veneno. Mi veneno. Mi banda.
Y volverá nuestro Falla al silencio que precede a la fiesta, y habrá bullicio en la plaza y bocatas y brindis en el ambigú. Y esta larga madrugada dará paso al carnaval de la calle, a las noches húmedas y chirigoteras por la Viña, a los coros en sus bateas vistiendo de tangos a la novia del mar. En la ciudad de Cádiz donde mañana, hoy mismo, ya sérá otro día.
Y yo he cumplido mi promesa, Cádiz, porque un día te dije que no pasaría un solo año de mi vida sin vivir tus carnavales. Aqui o allí. En el teatro y en la calle. Pisando la Viña o soñando, simplemente soñando, como te sueño ahora con tus calles abarrotadas preñadas de versos e ingenio.
En mi sueño de Cádiz, siendo las 2.23 de este dos de febrero.....
Es un momento mágico, especial, que yo he tenido la suerte de vivir al pie del cañón, aunque fuese un cañón de coplas. El teatro a media luz, el escenario inundado de papelillos, las flores que pueblan el escenario en la gran final -hoy anturim rojo, el año pasado rosas amarillas- ofreciéndose a quienes día tras día informaron a los jartibles del mundo de cada sesión, de cada verso, de cada garganta rompiéndose en amores con el nombre de Cádiz por bandera. Las mujeres de la limpieza, reinas al fin por unos minutos, ocupando los palcos de las ninfas donde aún resuenan calientes y llenas de vida las jóvenes palmas de sus tanguillos.
Y mientras esto escribo, vivo una final atípica a cientos de kilómetros con el Falla encerrado en una pantalla de televisión. Aquí mismo, edificado sobre los cimientos mismos de mi corazón, sobreviviendo, latiendo, soñando Carnavales. Son las dos y diez de la madrugada. Quedan, al menos, cerca de tres horas de coros, comparsa y chirigota, mientras un cuarteto provoca las risas mañaneras de la ciudad que no duerme en febrero.
Y permanezco en vigilia con la Cádiz que permanece en vigilia. Y me enjugo lágrimas de emoción y alegría por cada mensaje de aquellos amigos que se acordaron de mi cuando subió al escenario la Banda del Capitán Veneno. Mi veneno. Mi banda.
Y volverá nuestro Falla al silencio que precede a la fiesta, y habrá bullicio en la plaza y bocatas y brindis en el ambigú. Y esta larga madrugada dará paso al carnaval de la calle, a las noches húmedas y chirigoteras por la Viña, a los coros en sus bateas vistiendo de tangos a la novia del mar. En la ciudad de Cádiz donde mañana, hoy mismo, ya sérá otro día.
Y yo he cumplido mi promesa, Cádiz, porque un día te dije que no pasaría un solo año de mi vida sin vivir tus carnavales. Aqui o allí. En el teatro y en la calle. Pisando la Viña o soñando, simplemente soñando, como te sueño ahora con tus calles abarrotadas preñadas de versos e ingenio.
En mi sueño de Cádiz, siendo las 2.23 de este dos de febrero.....
martes, 22 de enero de 2008
Cantando por tus orillas
Una y pico de la madrugada. Aquí, en la plaza conventual de los tilos y la niebla de esta noche, resuenan los ecos de una comparsa. Aquí, en este ordenador donde desordeno sueños, robo por lo pirata las voces de los hombres de la tierra de la alegría.
Como si estuviese allí, al pie del mar, pegada al transistor o devorando imágenes en los canales locales, consumiendo madrugadas, descifrando letras, afinando el oído, limpiando mi alma. O allí, en la Plaza de Flagela, que es la Plaza del Falla, lamiendo con la mirada la humedad de sus empedrados. La Catedral de los sueños, en uno de los palcos que se asoman al templo consagrado a las coplas. O en el foso de los leones, como una guiri camuflada entre gaditas y jartibles, abocada a amar esa tierra por la condena de los versos y los pasodobles.
Aún falta casi una hora para que pise las tablas la comparsa de Juan Carlos Aragón. Mi comparsa. Los pentagramas que me cosieron la vieja Gades al alma. Las palabras que encadenaron mi corazón a sus orillas como una barquilla que siempre regresa a la blanca arena. Igual que yo siempre volveré siguiendo el rastro de su palabra incendiaria hasta quemarme en sus infiernos. Igual que siempre cantaré al compás de sus latidos.
Y espero mientras imagino el templo de ladrillo colorao como un hervidero. Las filias y las fobias desatadas. Las pasiones sobrevolando el Paraíso. Las sombras inmensas de los Ficus pintando de noche la Alameda. El mar picaíto rumiando soledades en el Campo del Sur. De la Caleta a Victoria, el agua en todos los puntos cardinales. El tanguillo chirigotero que ahora escucho. La guasa gaditana que desborda el teatro. Ole, ole y ole, y al que no diga tres oles, se le seque la yerbabuena. El Nazareno Greñúo durmiendo en Santa María. Cádiz despierta esperando la poesía de Aragón, el veneno del verso. La condena maldita de unos ángeles caídos que abrieron las puertas del cielo cantando por Cái. Las puertas de tierra de la tierra sin puertas.
Y no lloraré más en tu nombre, Cádiz, porque escucho tu voz y me jaleas por bulería. Y si se me caen las lágrimas a puñaos, será agua salada que sumar en tu mar a cambio de tu inmensa alegría. Porque haces de esta noche una noche de febrero. Y es amor el que me arropa en esta noche de vigilia y emociones, de distancia sin distancia caminito del Falla. Porque sonrío con tu poca vergüenza y muero con tu sobredosis de arte. Y te conozco y te sueño. Porque estoy velando contigo las noches de cuarteta y compás. Porque esta noche la niebla es un telón de terciopelo y mi corazón un metrónomo al tres por cuatro desbocado de impaciencia. Porque estoy pisando tu suelo. Porque conozco el cielo, la brisa de tus calles.
Y siempre canto contigo. Y sigo cantando por tus orillas.
(Y cada noche podéis escuchar a mi Cái esparciendo carnavales aquí)
Como si estuviese allí, al pie del mar, pegada al transistor o devorando imágenes en los canales locales, consumiendo madrugadas, descifrando letras, afinando el oído, limpiando mi alma. O allí, en la Plaza de Flagela, que es la Plaza del Falla, lamiendo con la mirada la humedad de sus empedrados. La Catedral de los sueños, en uno de los palcos que se asoman al templo consagrado a las coplas. O en el foso de los leones, como una guiri camuflada entre gaditas y jartibles, abocada a amar esa tierra por la condena de los versos y los pasodobles.
Aún falta casi una hora para que pise las tablas la comparsa de Juan Carlos Aragón. Mi comparsa. Los pentagramas que me cosieron la vieja Gades al alma. Las palabras que encadenaron mi corazón a sus orillas como una barquilla que siempre regresa a la blanca arena. Igual que yo siempre volveré siguiendo el rastro de su palabra incendiaria hasta quemarme en sus infiernos. Igual que siempre cantaré al compás de sus latidos.
Y espero mientras imagino el templo de ladrillo colorao como un hervidero. Las filias y las fobias desatadas. Las pasiones sobrevolando el Paraíso. Las sombras inmensas de los Ficus pintando de noche la Alameda. El mar picaíto rumiando soledades en el Campo del Sur. De la Caleta a Victoria, el agua en todos los puntos cardinales. El tanguillo chirigotero que ahora escucho. La guasa gaditana que desborda el teatro. Ole, ole y ole, y al que no diga tres oles, se le seque la yerbabuena. El Nazareno Greñúo durmiendo en Santa María. Cádiz despierta esperando la poesía de Aragón, el veneno del verso. La condena maldita de unos ángeles caídos que abrieron las puertas del cielo cantando por Cái. Las puertas de tierra de la tierra sin puertas.
Y no lloraré más en tu nombre, Cádiz, porque escucho tu voz y me jaleas por bulería. Y si se me caen las lágrimas a puñaos, será agua salada que sumar en tu mar a cambio de tu inmensa alegría. Porque haces de esta noche una noche de febrero. Y es amor el que me arropa en esta noche de vigilia y emociones, de distancia sin distancia caminito del Falla. Porque sonrío con tu poca vergüenza y muero con tu sobredosis de arte. Y te conozco y te sueño. Porque estoy velando contigo las noches de cuarteta y compás. Porque esta noche la niebla es un telón de terciopelo y mi corazón un metrónomo al tres por cuatro desbocado de impaciencia. Porque estoy pisando tu suelo. Porque conozco el cielo, la brisa de tus calles.
Y siempre canto contigo. Y sigo cantando por tus orillas.
(Y cada noche podéis escuchar a mi Cái esparciendo carnavales aquí)
lunes, 14 de enero de 2008
El templo de ladrillo colorao
Abría ayer sus puertas el templo de ladrillo colorao, el gran teatro Falla, para consagrar febrero al compás de los cantes de Cái. Y yo estaré inventando tangos lejos, muy lejos, mientras se alza el telón granate herrado en luces y caen los primeros papelillos sobre las sagradas tablas del carnaval gaditano.Dejaré que avancen los días y que me acaricien los ecos y las voces de esa tierra que convive con el mar. Y cerraré los ojos para volver a sus butacas tapizadas de terciopelo, a los palcos de sillas incómodas, al ambigú atestado de gentes en los popurrís, al palco bullanguero donde las ninfas matan los tiempos en blanco por tanguillo, al gallinero revoltoso que estalla por palmas cuando avanza la madrugada para rasgar con el nombre de "Cái" el teatro que se viene abajo. Escucharé a María la Yerbabuena piropeando a los comparsistas y el tres por cuatro de caja y platillo de las chirigotas que se anuncian por la calle cuando pasan camino del teatro. Los nervios, las risas, los aplausos, los abrazos y los sudores de cada actuación.
Sumaré las horas de ensayos que no se cuentan, las noches de luna que escucharon los primeros acordes, las tardes de la primavera última que gestaron las primeras letras. Las olas, los vientos, el soplo cálido del Levante que llegará hasta mi ventana como una caricia en esta tierra adentro donde vestiré los árboles y las piedras de Carnaval como si fuesen la Viña en la dulce espera de sus noches de febrero.
Ayer comenzaba el Carnaval de Cádiz. Y esta noche, todas las noches, escucha
ré la voz profunda de los siglos rugiendo en mi alma, como si me hubiese colado por sorpresa en el foso donde se encienden los ordenadores cuando las luces del teatro se apagan y estarán ya todos mis compañeros dándole a la tecla para coger al vuelo la poesía que brota de las gargantas. Donde los bocadillos prohibidos entre copla y copla saben a un pedacito de gloria. Donde esta noche se sentará en mi silla de jartible de tierra adentro otro jartible criado al pie del mar a rezar como un rosario noche tras noche "sienes y sienes" de coplas hasta el día mágico de la final, cuando queda vacío el Coliseo y Cádiz entero espera en pie la voz del jurado antes de romperse por la Viña.Y cantaré contigo, Cádiz. Y te echaré de menos.
(p.d. Os dejo con Araka la Kana, la comparsa de Juan Carlos Aragón que el pasado año se alzó con el primer premio. Las letras y las músicas que me ataron a Cádiz como una condena. Una de las pantallitas que pululan en el foso es la de mi ordenador. Algún día os contaré aquellas noches y la gran final tapizada de rosas amarillas y emoción hasta bien entrada la madrugada)
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