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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Te quiero, Marigel


Son las 0.01 de la madrugada. Ya es 18 de diciembre. Tu cumpleaños. Y un poco el mío, porque una parte de mi vida va cosida a tu vida. Porque te llevo tan dentro que me duele tu dolor y me inunda tu alegría. Y cumplo años contigo cada 18 de diciembre, en el día de la Esperanza, esa que nunca se pierde pero que a veces se desdibuja entre la niebla de los veranos sin sol, de los inviernos sin tiempo.

Te escribo así, de noche, como tantas veces he escrito con el corazón al borde del precipicio. Porque sigo con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de palabras que a veces no digo pero que conoces. Palabras que sabes sin que yo diga, sin que yo haga. Amiga mía. Amiga. Queridísima.

Hoy cumples años, y es como si en estos doce meses últimos hubiésemos quemado miles de años, miles de vidas, miles de kilómetros. Todo tan lejos. Todo tan irreal. Todo tan distinto.

Pero tú eres real. Tú permaneces. Tú siempre, aunque no te abrace, aunque no te vea. Tú siempre cuando cierro los ojos y siento tu mano cerca de mi mano y tu sonrisa provocando sonrisas en mis labios para que se abran de nuevo a la vida. Tú estás, tú eres. Tú siempre.

Y yo, que no puedo regalarte nada con mis manos vacías, te dejo por escrito esta declaración de intenciones, esta declaración de vida siempre contigo, al lado, por muchas carreteras que tracemos en un mapa donde las distancias no existen. Sumando. Viviendo. Sonriendo. Mirando más allá del dolor, pasando de puntillas por el olvido.

Yo, que no puedo regalarte nada, te dejo esta foto con la luna de agosto brillando en mis pupilas aún enamoradas, en tus ojos asomándose a una vida nueva, en las lágrimas bebidas a sorbitos pequeños a solas, o juntas en un abrazo que aún duele, en el futuro que por fuerza nos tiene que reservar un huequecito en la isla de la alegría.

Porque tú eres mi regalo sumando, cumpliendo, viviendo. Y haces que vuelva a escribir en esta fábrica de sueños sin sueños para darte un beso antes de irme a dormir con la promesa de soñar y volar juntas, y regresar al tiempo de las confidencias, de esos secretos que morirán en nosotras y que nos atan con los invisibles hilos de una amistad más fuerte que cualquier temporal que nos azote.

Te quiero, Marigel.


(Felicidades, mi niña)

martes, 15 de enero de 2013

Pintando el cielo


(Para Fili Chillón)

Andarás ya pintando el cielo. O describiéndolo verso a verso, igual que tantas veces has pintado y contado las cosas de nuestra Zamora, el rumor del Duero a su paso por Marialba, el crepitar de las espigas, la textura del adobe y de los palomares, el sonido del viento en los meses del frío, las madrugadas del Viernes más santo junto a la iglesia de San Juan, la rima pausada de los días y de las noches contemplados a través del mirador que vierte a la Plaza de Zorrilla, junto al bronce y a la fuente.

Pintando vida. Regalando vida, tanta vida, tanto amor, tanto cariño, ya sin las heridas en el alma y los dolores en el cuerpo. El mapa de las ausencias de los que se fueron; esa artrosis que retorcía tus dedos como cepas viejas y sabias, por mucho que te rebelases para seguir enlazando palabras, sentimientos, emociones más allá del lienzo y del papel.

Así, Fili, Sonriendo, tan guapa. Celebrando entre flores por las miles de flores que mil veces regalabas como besos en la distancia, como una bienvenida para el que siempre regresa. Abarcando el mundo con tus ojos inquietos. Acariciando con la voz a través del teléfono o compartiendo mesa y sobremesa, recitando con la misma ilusión de una niña que muestra su primer poema al mundo. Tan prolífica, tan rebelde ante las jugarretas de la vida, siempre en pie. Energía, amor en estado puro.

Andarás ya pintando el cielo. Adivinando el por qué de estos grises, de este frío que corta la piel como un cuchillo en las madrugadas, de las lluvias venideras. Ensayando azules y soles para que cuando llegue la primavera y todo sea verde y comience de nuevo el ciclo de la vida. Yo buscaré tus huellas, me dejaré acariciar por tu palabra sabia. Y celebraré tu vida bien cumplida sin pena; con alegría y agradecimiento por la buena, la inmensa suerte de haberte tenido tan cerca, tan al lado. De haberme sentido tan querida, tan mimada.

Y brindo, Fili. Brindo al cielo porque sé que andas pintándolo de sonrisas, descifrando los versos del aire, descumpliendo años, cobrándote abrazos que aquí abajo eran ya imposibles, resarciéndote de los dolores que nunca cambiaron el signo de tu sonrisa, la ternura de tus labios. Porque celebrarte es llevarte dentro, hacer memoria de tu camino y que nunca venga la muerte a borrarte con su soplo implacable.

Y así tú permaneces escrita en el viento.

Buen vuelo, querida.



(La foto, enviada por su hija Cristina, es del último cumpleaños de Fili Chillón, que se nos fue con las últimas horas del año. Ese día Zamora estaba más apagada, más triste, más sin color y sin versos. Te queremos)




domingo, 13 de enero de 2013

Cádiz comienza a cantar


Comienza la cuenta atrás. Esta noche el Falla abrirá sus puertas, se alzará el telón y sonará el primer tango. Y Cádiz comenzará a cantar como una novia que siempre acude al encuentro de febrero, que siempre desemboca en las noches de La Viña con olor a sal y la humedad de la madrugada sobre la piel, con las gargantas rotas y el mar deshaciéndose contra las piedras del Campo del Sur.

Yo me pegaré un año más al ordenador para escuchar con el alma, para emocionarme mientras descontamos los días. Y cerraré los ojos y me dejaré acariciar por el viento de Levante y de Poniente. Y pisaré sus empedrados, y seré como el aire que recorre sus callejuelas estrechas, como la brisa que va y vuelve desde la orilla mientras esperamos la primera luz como quien reza a un dios infalible.

Y sonreiré. Porque tú, mi Cádi, eres la novia del mar. Porque siempre cantas, por encima de los siglos, por encima de las penas. Porque eres la Tacita de la Alegría. La ciudad que canta cada día. Y yo te escucho y te abrazo, te llevo dentro y sigo cantando contigo.


(La foto, maravillosa, es de mi amigo Manuel Sánchez Quijano, que siempre me presta sus ojos para que la veamos así de guapa. Feliz Carnaval, Tacita. Cuánto te quiero!! )

viernes, 16 de noviembre de 2012

Siempre juntos


Cierro los ojos y los veo así. Sonrientes. Juntos. Abrazados. Tan al lado. Así, como una sola cosa. Indivisibles. Noelia y Javier. Javier y Noelia. Mis amigos. Mis confidentes. Tan cerca siempre.

Cierro los ojos y los veo así, haciendo cierto el milagro del amor. Esculpiendo la alegría al otro lado de la cámara, en el día a día, cuando las cosas cobran su significado real y dejamos atrás los sueños. Dignificando el periodismo, haciendo hueco entre plaza y plaza para besarse con los ojos, para seguir sumando, para erigir sobre el aire un paraíso donde sólo caben dos.

Será mañana y yo no podré estar. Tan lejos, tan al lado. Al pie del mar. Quizá esté en el aire, con ellos, como ellos han estado tantas veces conmigo y yo he sentido su presencia acompañando, consolando, celebrando. Y volveré a creer en el amor, aunque mi corazón esté tan hecho pedazos, tan descreído de todo. Y volveré a creer en la emoción de quererse, en la seguridad de dar un paso al frente y poner tu vida en las manos de otro. En la fortaleza de un abrazo. En el invisible escudo de unos labios cuando dicen 'te quiero' y se detiene el mundo y nada puede hacerte daño. Y crecer, y sumar, y vivir.

Estaré a vuestro lado. Y recordaré aquellas primeras llamadas de Noelia, aquellos primeros miedos, esos primeros pasos por el amor que se fueron acortando con la seguridad que da la verdad de la palabra, el calor de los besos, unos ojos sin mentira, la transparencia de quererse sin más. Tantas lágrimas compartidas, tantas risas, tantas cosas que guardan nuestras gargantas y nuestros oídos para siempre.Y la voz de Javier sosteniéndome en momentos de flaqueza, cuando sólo los amigos de verdad dan su dimensión de amigos, te tienden la mano y te ayudan a caminar, sea por el Planeta Toro o sea por la vida, que es el ruedo más difícil de pisar.

Cerraré los ojos y estaré a vuestro lado. Hoy, mañana. Siempre. Y os veré así. Sonrientes. Juntos. Abrazados. Tan al lado. Tan cerca. Una sola cosa. Grandes, fuertes, libres, invencibles.

Así, en pie. Juntos. Acariciando, asintiendo.Y mi corazón me dolerá un poquito menos, y brindaré hasta el amanecer en la copa de la alegría, de la esperanza, de este cariño inmenso que nunca se rebosa.

Os quiero con toda mi alma.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Águeda

Os hablaré de ella. De Águeda. Nuestra Águeda, nuestra ágata, una de esas piedras preciosas que de cuando en vez la vida te pone en el camino como si fuese un sortilegio, un amuleto que conservar, que proteger. Y para mi es un privilegio haberla encontrado, sentirla tan cerca, tan protectora.

Os hablaré de ella porque ella siempre está hablando de nosotras, sus Águedas, sus hermanas, y siempre se guarda en un rinconcito su trabajo callado, la tremenda ilusión y energía que pone en todo lo que hace, la emoción a flor de piel cuando recuerda que ella es eslabón, parte indisoluble de una cadena muy antigua de mujeres valientes y libres que un día, hace ya muchos años, decidieron hacerse fuertes en su casa, entre las suyas.

Águeda es un bellezón por dentro y por fuera, quizá porque todo sea transparencia, porque no se guarda nada. Sé que esta foto no le hace justicia a su sonrisa inmensa, a la tremenda dulzura de sus palabras, a esos ojos azules que insultan de puro bonitos. Pero sé también que esta foto le encanta porque está al lado de su santita, nuestra santita de San Lázaro. Y porque probablemente fuera yo la que estuviese tras la cámara ese día de vísperas en que bajamos a ponerle las flores a la iglesia para dejarla preparada para la procesión de febrero, cuando los cohetes anuncian su presencia por las calles del barrio y se nos acelera el pulso y los corazones, y perpetuamos los cánticos y las tradiciones que sostuvieron las herederas de la alegría.

Os hablaría de ella por muchas cosas que me guardo en mi corazón y que ella y yo sabemos. Por el regalo de ver crecer a Lucía tan preciosa, tan llena de luz. Por las miles de puntadas que cosen amor de madre a miles de lazos de niñas. Por esas confidencias que quedan de tú a tú y que casi nos leemos en la mirada. Por el apoyo constante en este verano maldito que tanto nos ha robado y en tantos momentos de mi vida en que cura más una sonrisa que todas las tiritas del mundo. Por su mano en mi mano en los momentos de dolor sin necesidad de decir nada, con el verso de Agustín en el aire y la tierra leve humedecida, ya abrazando.

Espero, Águeda, que te lleguen estas palabras con la misma emoción con que yo ahora las escribo, tan desde dentro, tan de verdad. Era obligatorio traer a esta fábrica de sueños a quien tantos sueños ha compartido conmigo y a quien cose y repara, como si fuera uno de sus lacitos, puntada a puntada, mi alma.

Te quiero.

domingo, 29 de julio de 2012

Pero tú no, Tere. Tú no.


A ver, Tere. A ver cómo te explico que me has dejado sin palabras, que no sé qué coño escribir aquí, frente a esta pantalla en blanco que de cuando en cuando se me pierde entre tanto dolor, entre tanta rabia, entre tanto desconcierto, entre tanto no saber qué decir.

A ver cómo te digo que hoy no sé escribir, con lo que tú disfrutas entrando aquí de puntillas, en esta fábrica de letras y en toda mi vida, en todos mis sueños, para vestirlos de gala y ponerlos a bailar por las calles y dentro de mi alma.

A ver cómo resumo tantas cosas, tantas confidencias, tantos abrazos, tanta verdad entre tú y yo. A ver cómo te explico que febrero ya nunca será febrero; que tus Águedas tenemos la voz y el corazón quebrado, que nunca sonaron más tristes las saudades de la dulce lengua portuguesa ni tan lejana la felicidad, la suerte inmensa de compartirte.

A ver, galana, cómo te escondo tantas lágrimas, con lo que a tí te jode verme llorar, que intenten hacernos daño a los que quieres por encima de todas las cosas, en todos los momentos, frente a todas las tempestades. A ver cómo le cuento al mundo tanto amor, tanta inteligencia, tanta fortaleza, tanta alegría, la luz infinita de tu presencia, el regalo de vida que nos hiciste cuando fuiste poniendo a tus hijos en el mundoy nos dejaste cobijar bajo su sombra de amistades para toda la vida. Para toda la vida, Tere, aquí o allá; en la tierra o más allá de las estrellas. Siempre.

A ver cómo soy capaz de explicarte cómo me duele escribirte, cómo duelen las mil y una cosas por las que debería darte las gracias de nuevo, aunque siempre le haya dado gracias a la vida por ponerte en mi camino y hacer tanto kilometraje de la mano. Nunca me sueltes, querida mía. Nunca me sueltes.

A ver cómo te cuento que la gente puede morirse, que esto es el instante, que somos tan frágiles. Pero tú no, Tere. Pero tú no.

Tú no.

Gracias, hermana mía, amiga mía. Gracias por tu vida.

Te quiero con toda mi alma.

martes, 19 de junio de 2012

Antes de que caiga el telón

(Para Elvira Fdez de Barrio)                                     



Cierro los ojos y te veo así, sonriendo, con la mirada casi transparente y azul. Recitando con voz grave pero dulce, gesticulando entre bambalinas, enseñando a los niños a convertirse en árboles sobre el teatrillo de la Delegación de Cultura.

Sonriendo. Fuerte siempre en la apariencia frágil de tus maneras, en la suavidad de tus formas, en tu andar por la vida, de clase en clase, de escenario en escenario. Tú y tus niños. Esos que ya pasan de los cuarenta, que son artistas, maestros, amigos: Barreiro, Carpintero, Ricardo, Kely…y ese orgullo por la prosa de Juan Manuel, que defendías con uñas y dientes desde el pupitre del Amor de Dios hasta la gloria del Planeta.

Te veo defendiendo con una espada con nombre de leyenda, Tizona, un lugar para el teatro. Los otros niños que buscaron otros caminos. Luis Fer, Javier, Álvaro, Ana. Los nervios de los estrenos, el orgullo de los certámenes regionales para esos no profesionales que se defienden como profesionales cuando suben a las tablas.

Cierro los ojos y te veo así, tras el telón. Lejos de los despachos, de la política. Fiel a tus ideas, pero tolerante y plural. Amiga de todos. Trabajando por todos. Abrazando a esta ciudad tan herida. Haciendo más cómoda, más limpia, la camisa de lo público. Ojalá hubiese más como tú.

Cierro los ojos y te veo cerca, sonriendo, al pie de mi cama en el hospital. Tú casi sin fuerzas, ya con la herida dentro, y Asun siempre tan al lado, tan  contigo. Yo sin poder moverme. Y tu sonrisa iluminando aquella habitación. Y tu sonrisa de febrero allí, en el mirador de la calle Santa y Clara, Tati abajo, cuando las Águedas te mandamos un beso en forma de coplillas y pandereta y la garganta rota de emoción, de vida. 

Cierro los ojos y te veo, como los cerraré siempre para guardarme tu sonrisa cerca. Tu mirada azul y transparente antes de que se haga lo oscuro y caiga el telón. Y no sé si mañana, o pasado, o un día de estos, el calor humano será objeto de estudio, fenómeno de crisis sin riesgos. Pero sé que desde esta mañana Zamora es un poco más triste, bastante más pobre.

Un beso, Elvira.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Mañana seremos memoria

Hoy aún asoma a la pantalla del ordenador, testigo de ese barandales virtual en que nos fuimos convirtiendo construyendo, levantando los muros invisibles de una casa grande. Tan grande, que cabíamos todos. Una casa donde se vivía con pasión la Pasión, en mayúsculas. La Pasión de Zamora. La Pasión de todos los zamoranos, los de aquí y los de allá. La Pasión de todos los que celebran cada año con el alma limpia y la mirada limpia la muerte de Jesucristo, que finalmente subirá Resucitado por la cuesta que vierte en mi plaza o por cualquier cuesta del mundo.

Pienso en aquel chaval tímido, 'greñúo' como mi Nazareno gaditano, Javier, que con cuatro aperos técnicos, ayudado por sus hermanos, cimentó y puso en pie esa gran casa con la primera luna de la primavera por techo y las estrellas de tantas noches aguardando tras las ventanas. Noches velando almas y plegarias, noches de pies desnudos, de pana verde, de sudor bajo el paso. Noches de frío glacial y bombardino, de Miserere esperando la claridad junto al Calvario erigido sobre los adoquines. Noches de redactar las crónicas en caliente, con la túnica de lana puesta y el frío de las losas en los pies; noches de subir galerías de fotos con las imágenes que aún iban prendidas en la retina, hasta que la madrugada saludaba la primera entrada, mientras la ciudad dormía a la espera de un nuevo día santo.

Ahí, en esa casa, no cabían las vanidades, ni los besos de veneno y culpa, ni las monedas manchadas de traiciones. Ilusión, sólo ilusión. Y mucho trabajo. Callado, sin anuciarse, a imagen y semejanza de Javier, cuyo pudor le impedía obtener cualquier reconocimiento público. En torno a él, se vertebró una familia de verdad que nos hemos visto compensados todos estos años con el mejor de los sueldos: la amistad, la sonrisa, el abrazo. Las horas de radio, el mantel compartido. La cúpula a nuestras espaldas, tocando el cielo de Zamora. Tantas cosas, tantas. Tanta verdad, tanta emoción. El pan a medias, el vino en la misma copa.

Gracias, Javier. Gracias siempre. Por tanto. Por todo. Por lo que nos resta. Para siempre. Ha sido un orgullo compartir este viaje contigo, poner ojos y voz a lo que siente nuestro pueblo, que pervivirá por los siglos, por encima de las personas. Eso es lo que nos salva. Y esa Cruz universal que se alza en el Campo de San Francisco en cualquier parte del mundo, que siempre florece cuando llega abril. Y esas lágrimas que nos limpian, aquí o allí, a cielo raso o bajo palio, en el Duero o en el Guadalquivir. Y ese Nazareno que un día dejará el madero para andar en la mar. En la mar de Cádiz.

Gracias, Alberto por tu coherencia con todo aquello en lo que crees. Porque tú eras esa pieza imprescindible de cordura. Por tu fe inquebrantable, por tus cimientos, tan sólidos.

Gracias, Jose. Gracias, Víctor. Gracias, Álvaro. Gracias, Ana. Gracias, Jaime y Rubén. Gracias, Manolo y Juan Carlos. Gracias, Jesús. Gracias, Horacio. Gracias a los que siempre estuvísteis cerca; a todos los que en algún momento habéis sido parte de esto. Gracias a los foreros del terruño y de la diáspora que hicieron del foro un lugar de encuentro y no un vertedero de inquinas; porque eso no es Semana Santa. Gracias a los que nos han leído con la misma emoción, con el mismo cariño que hemos puesto en todo.

La Pasión de Zamora tintinea hoy por última vez en el ordenador. Hemos cumplido una etapa. La cumplimos hace tiempo. Nuestra será siempre la satisfacción de haberlo vivido, de haberlo contado. Mañana, seremos memoria.
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viernes, 6 de enero de 2012

Son Reyes. Son padres.

Cada cinco de enero el cielo se tiñe de niebla y naranja, mientras las horas avanzan y desando el camino hasta la niñez, para rendir pleitesía a los únicos Reyes a quienes reconozco. Sus Majestades los Magos de Oriente. Mis padres.

Y vuelvo a aquellas noches de Reyes en que mi madre nos ayudaba a repulir los zapatitos (uno, en el balcón; otro, junto a la chimenea)y nos mandaban pronto a la cama, porque si no no venían los tres Magos. Mis hermanos y yo jurábamos que los escuchábamos taconear sobre los tejados, descender por la chimenea y comer los dulces crujientes que dejábamos en una bandejita, sobre la que por la mañana sólo quedaban miguitas, con el rastro de licor en un vaso y enormes paquetes de los regalos que un día pedimos en una carta.

Después, alguien que quería hacerse el fuerte ante el grupo te chivaba que los Reyes no existían, que eran los padres. Que no había camellos ni pajes. Que los altillos de los armarios guardaban en secreto juguetes y sueños. Y entonces era cuando creías que eran magos de verdad. Que esa magia inexplicable es la que nos cura cuando tenemos dolorida el alma. Es la que nos cose por dentro cuando caemos en pleno vuelo con las alas rotas. Es la que estira las nóminas hasta fin de mes. Que ese reino de cuatro paredes, tele y camilla es siempre tu casa. Que la luz de sus ojos es tu buena estrella. Que por mucho que les puedas fallar en la vida, ellos nunca te quitarán la corona que te pusieron en las sienes en la misma hora de nacer.

Son Reyes. Son los padres. Y aunque nunca les daré a leer estas líneas, todos los años me emociono cuando me siento en el ordenador en esta noche y repaso su fortaleza, esas sonrisas donde nunca concebías el dolor ni el miedo, esa infancia que siempre será el paraíso al que un día me encantaría volver; esos Reyes que hacen magia todo el año y se multiplican para que no les falte pan ni paz a sus cachorros. Esos Reyes que darían hasta la última gota de su sangre por una sóla gota de sangre tuya.

Ahora me iré a la cama. Y escucharé a los Reyes bailar sobre los tejados mientras mis padres duermen. Y volveré a rendirles pleitesía, a entregarles un corazón de niña erosionado de acumular años, de tanto dividirse en norte y sur, de tanto querer perdido por el camino.

Bienvenidos seáis siempre, Melchor, Gaspar, Baltasar. Y larga vida a Sus Majestades, mis padres.

(La imagen que ilustra el post es Zamora según los ojos de mi padre, que es un mago de los pinceles)

martes, 9 de agosto de 2011

Carta a una mujer valiente


Tendrá todo el amor de su madre, y de la madre de su madre, y de la hermana de su madre, y de todas las que queremos a su madre, y a la madre de su madre, y a la hermana de su madre.

Llegará, mujer entre las mujeres.

Vendrá porque se la espera. Porque tú te mereces su futuro entre los brazos. Porque ella se merece una madre como tú; y una abuela como tu madre, que ha sido una leona para tirar de sus cachorros, dejaros volar y trazar vuestros propios caminos.

Será rica en caricias, en abrazos y besos, que no se pueden comprar con todo el oro del mundo, ni tampoco se venden. Ni falta que hace.

Anda aún madurando en el vientre, redondeándose, nadando entre las horas, desandando los dos meses que faltan para asomar al mundo, y ya trae escrita la victoria de la vida, el nombre de Valeria, la sonrisa de los que le esperamos, el epílogo de una historia de amor contada a la manera antigua, en la trastienda, con el final infeliz de los cuentos infelices, pero con la promesa gozosa de todo lo que empieza, el regalo maravilloso de todo lo que nace. Es tuya. Es nuestra. La queremos. La queremos a rabiar.

La veremos crecer, le arroparemos incluso en la distancia; contaremos estrellas y se las coseremos a las sábanas, seguiremos sus pasos, le guardaremos las espaldas. Aprenderá a decir 'mamá' y entonces se iluminará el mundo y tú nunca estarás sola. Nunca.

Gracias, Sheila, por tu valentía. Gracias por decir que sí, por la dulce espera, por la promesa.

Gracias por la vida.

martes, 21 de diciembre de 2010

La chica que inventaba mariposas


Cuando Ana pasaba por las calles, era como si un ejército de mariposas se desplegase danzando por el aire, como si se acabase el invierno allá donde ella pusiera el pie, como si no hubiera noche allá donde empezaba su sonrisa, tan clara, tan maravillosa.

Yo era muy niña y la veía casi como una diosa hippie con sus cabellos al aire y la rebeldía del gesto, con la mirada clara rasgada en negros como una reina antigua del Nilo criada a orillas del Duero, entre el serrín de la carpintería de fachada rosa y la música del violín del señor Franco, un alquimista de la madera, un fabricante de sueños de manos prodigiosas.

Yo era una niña y la veía abandonada a sus carboncillos, a su pintura poderosa, pintura hembra y rotunda, conjugando la libertad en los trazos, espantando las soledades, jugando con la vida desde el coraje que sólo conocen los muy valientes. Yo era una niña y aún juro que nunca escuché con más veneración, con más cariño, con más respeto la palabra 'maestro' que en sus labios sonaba casi como una oración cuando hablaba de mi padre, como una Magdalena sin llanto y sin dolor, como la discípula más amada, la más querida. Ana.

Y fui creciendo sin perder de vista el aleteo de sus mariposas, la admiración ante la belleza que se posaba en todo lo que tocaba, la transparencia del verbo, el compás del latido, la calidez del abrazo, el verso de la sonrisa, la ternura que se multiplicó por mil cuando asomaron al mundo desde el milagro de su vientre Kankel,que escribe mariposas en el viento, Sergio y Mónica, su niña-siamesa, si parecía que hubiesen nacido unidas por un espacio común que va mucho más allá de las amorosas cadenas de un cordón umbilical.

Y nos reimos juntas, y nos reímos también de nuestras lágrimas y Ana seguía inventando mariposas, cosiendo primaveras en los cabellos, pintando a mujeres, retratando a los artistas, enseñando a los niños a modelar procesiones y portales de Belenes, bebiendo la vida a dos manos, poniéndose en pie sobre las arenas movedizas de la vida, sobre las heridas en el pecho, que a veces son tan voraces que nos engullen sin que nos de tiempo a apurar la copa de la alegría.

Ana se nos fue de vuelo en la mañana del domingo, libre como los halcones de Óscar, libre como los millones de mariposas que poblaron las calles aunque en diciembre las mariposas no se vean; libre como los millones de mariposas que caen en forma de lluvia en este diciembre húmedo, aunque no las escuchemos danzar en su cintura de aire, en su pelo invisible, en el rastro de su mano sin mentira, en el eco imperecedero de su canto. La dejamos ayer en la tierra, tan leve, empapada de amor y de esperanza, de la promesa de la vida al otro lado de la vida.

Gracias, Ana, por tantas cosas, por tanto arte, por tanta fuerza, por tantas mariposas que siempre serán tu sonrisa, tu presencia etérea a nuestro lado. Ahora, en tu vuelo, dime si de verdad es blanda, si existe la ternura, si ya conoces los secretos de la luz; dime, Ana querida, queridísima, a qué sabe tanto amor en lo eterno.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Ochenta centímetros

Tú me has enseñado que noviembre es el mes que da y quita a partes iguales; que la vida se resarce con creces de todo aquello que te robó a traición; la pena inmensa, el pasado sin tiempo, la inmensa esperanza, la dulzura de tu nombre con tilde, todo o nada, la apuesta por lo que tenga que venir. Tú me has enseñado que hay mañanas en que el sol brilla detrás de la niebla, imponiéndose, rebelándose, aunque mis tacones resuenen húmedos sobre los empedrados húmedos y las fachadas rezumen agua de invierno anticipado que resuena a verano en mi estómago.

Tú me has enseñado que el rastro de los besos antiguos en mi boca se pierde en la oscuridad cereza de un vino díscolo, que existen besos nuevos que redactar sobre la sábana recién estrenada, en la almohada compartida, en el compás de los latidos, en la música callada que destilan tus ojos cuando me miras, en la felicidad que casi duele cuando golpea mis carnes con sus nudillos de vértigo.

Tú me has enseñado que un puñado de días compensan una vida o un puñado de vidas si las desgasto contigo. Que la ternura también tiene nombre de noviembre; que noviembre también acuña en su nostalgia de difuntos y nueces el amor y la primavera, las flores y las promesas; que las patas de gallo son el justo tributo de un tiempo de heridas que nos hace más fuertes, más hermosos, más sabios.

Tú me has enseñado que existe un paraíso de ochenta centímetros de anchura donde cabe la inmensidad de tu abrazo, la resurrección de la sonrisa, la calma que precede a la guerra, la paz que escampa sobre todas las batallas.


Gracias siempre por abrir en esta fábrica de sueños una ventana con vistas a la alegría.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Guardiana de las tres letras





















Hace dos años y pico la vida decidió sonreirme en el poso de su sonrisa. Tan pura, que a veces parece cristal, berrendo en transparencia. Tan frágil que a veces se rompe como todo lo que se lleva el viento. Tan fuerte, que parece también esculpida sobre la piedra dorada de Salamanca. Tan infantil, que cuando ríe es como si un ejército de niños coreasen al mundo su alegría. Tan madura, que cuando despega los labios, es como si los siglos se rescolgasen de su boca para coser las palabras. Tan de verdad, que a veces me da miedo cerrar los ojos por si un día dejo de soñarla.

Hace dos años y pico se posó en mi vida como un abrazo que abriga pero no aprieta, con el invisible hilo que ata pero no aprisiona, con esa sonrisa que a veces ilumina todas las estancias de mi vida. Leve como el albero que pisan los toreros, eterna como un lance mágico revoleando los vientos. De una sola pieza, como los bloques que paren a golpe de cincel las canteras, como las cosas que se dicen y que no se dicen, como los nombres que pronunciamos en voz baja. Clara como una luna de estío; cantarina como el curso del Tormes cuando se detiene bajo los puentes para ser espejo de las cúpulas y los campanarios. Sólida, como los dolores que se mastican en silencio cuando nadie nos contempla. Hermosa como todo lo que no tiene tiempo. Tierna como el pan recién cocido, cálida como el vientre acuoso de las madres, como las madrugadas de confidencias sin horas, como los amaneceres atlánticos al sur del sur.

Ella es Ana. Tres letras, un capicúa, dos sílabas, un mundo que habita en mi mundo, un cante antiguo, la garganta rota, el corazón colmado, un latido en la caldera de esta perezosa fábrica de sueños que apenas tiene tiempo de soñar.

Y así la quiero siempre: generosa, buena, bañada en luz, guardiana de las tres letras donde se redacta, de poder a poder, toda la alegría.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Inventando un doce de septiembre

Todos, alguna vez, hemos sentido un once de septiembre en las entrañas, en el pecho, como si bajase fuego por el esófago incenciándonos, desmoronándonos, pulverizándonos, haciéndonos nada, ceniza y desgarro. A todos, alguna vez, se nos han vencido las tripas y el alma como si fuesen dos gigantes pasados a queroxeno y muerte por el impacto de un avión con nombre de deseo y maldición, un tsunami por el aire, con el desamor en el fuselaje y la soledad por combustible.

El mundo sobrevivió al once de septiembre que hizo saltar en pedazos su corazón con la ley del terror por bandera. Y nosotros, todos, sobrevivimos a nuestros onces de septiembre de andar por casa, los de noviembre, los de febrero, los de abril, poniéndonos en pie como colosos de acero y hueso, inventando doces de septiembre sobre los que erigir nuestro mundo de puertas adentro, desafiando a las leyes de la gravedad y de la memoria, mirando hacia lo alto, el puño en alto, el corazón en alto, la sonrisa por el aire, quemando en las calderas de una fábrica de sueños cada once de septiembre de nuestra vida como si sólo fuera eso: un mal sueño que nunca debimos tatuarnos sobre la piel.

(Y esto, en este doce de septiembre que ya despunta, va por tí, que anoche me pediste que soñase).

jueves, 12 de agosto de 2010

Balborraz abajo



Los días y las noches de la ciudad conducen, Balborraz abajo, hacia el Duero, la calle del agua, la calle bravía que se revuelve a los pies del puente, que se bebe la muralla que nos cerca y la disuelve como si fuera piedra soluble que desayunar todas las mañanas.

Los días y las noches marcan perezosos el silencio, la garganta rota de una ciudad que suena a silencio, que vomita silencio, como si la misma pereza ordenase callar en agosto, por decreto, bajo la canícula y la promesa de nuevos soles, mientras resucitan por las calles los fantasmas, las leyendas medievales, la música, la escultura, el verano erigido Balborraz abajo como un tributo a la gente que se atreve a expresarse en esta ciudad de silencio perenne, acomodada en el silencio, cómplice del silencio menos cómplice.

Balborraz abajo ví pasar anoche mis sueños, acaso para redimirse en las aguas del Duero, que bajan turbias pero benditas, para empaparse de su olor a río, de su olor a verano, en la certeza de que también los sueños que nos habitan conducen, Balborraz abajo, a la calle de la alegría.



(La foto: Balborraz, martes noche, bajo el plomo de agosto, ya siempre en mi móvil)

miércoles, 9 de junio de 2010

Se hizo inmensa ante mis ojos


Los libros hablan, son la lengua eterna que conjuga los tiempos del mundo. Zamora lee en renglones torcidos la historia del olvido, del silencio cómplice de los mansos que se pliegan ante el poder, que humillan la espalda como los bueyes bajo el yugo.

Algún día, el libro de la Historia hablará de la gesta, de la tarde en que el pueblo zamorano se unió para cantar con su lengua llana las verdades del barquero, que no era el de Olivares, ni el Caronte de los clásicos, si a la otra orilla estaba la vida. Para recitar el futuro como un verso florecido en mayo a las puertas de un viejo cuartel.

Los libros hablan en la ciudad que permanece callada, sabedora de que cuando los ciudadanos conjugan el mismo verbo no hay silencio que pese más que la razón de los que reivindican desde la justicia, la paz y la palabra.

Zamora hizo de su viejo cuartel el libro abierto a la vida y todos los que estuvimos allí escribimos, a golpes de corazón, la página más bonita de cuantas ha vivido la ciudad eternamente cercada, enmudecida en la piedra.


(Hace veinte años, Zamora se despertó de su ensoñación peremne, alzó la voz y tomó un cuartel para convertirlo en universidad. Miles y miles de personas se unieron, haciendo verdad el milagro de la convivencia, la reivindicación en paz, el civismo y la tolerancia. Un día de estos os subo la verdadera historia de esta ciudad, la mía, el día que se hizo inmensa ante mis ojos)

lunes, 29 de marzo de 2010

Buscadme aquí




Una niña de tres años mira a la cámara. Abrigo negro, capota negra, guantes blancos, medalla con cinta verde al cuello. Es su primera procesión, de la mano de su prima. Es el primer paso cofrade en una larga vida cofrade. Mañana de Jueves Santo, junto a las piedras del Seminario, en la plaza de San Andrés.

Han pasado treinta y siete años desde que Trabanca el viejo nos hiciese esta foto a mi prima Carmen y a mi. Pero hoy las calles de Zamora se han vuelto a llenar de niños con sus palmas. Niños que han traído la primavera en sus ropas de estreno, en sus zapatitos brillantes, en los nervios de cada Domingo de Ramos.

En los próximos días echaré mano de esa niña que miraba a la cámara para poder mirar con los mismos ojos, para reconocer a la Zamora donde viene a morir y a resucitar un Cristo sin Cruz cada año.

El que quiera acompañarme, que me busque aquí.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Grillos


(Para Juanma, que los hace cantar todas las noches)

I.

Hay un ejército de grillos sobre mi mesilla, un coro de grillos sobrevolando mis sueños que canta junto a mi almohada con voz breve, de nieve, sin que les duela la garganta, acariciando mi pelo, ya dormido, con los dedos húmedos del aire.

Hay un coro de grillos de canciones tardías que nunca llegan tarde, grillos que beben del dolor en la fuente eterna, en el nombre del amigo muerto, en la verdad bajo las flores como un río ardiendo, como el ritmo ardiendo de un grillo ido, un grillo que sabe la forma de tus ojos. Quemando, como la primavera pulsando las cortezas, dejando atrás las aguas amarillas del otoño, el beso con sabor a manzana sobre tus labios olvidados.

II.

Hay un coro de grillos azules, verdes y blancos, memoria de los colores, de las heridas que cantan sobre el agua, que nunca es oscura. Acaso es tu voz, que me quiebra y me precede. Acaso son tu voz los grillos, abriéndose en la luz que a otra luz lleve, diciendo también el aire, mirando la nieve sin brechas en los ojos. Acaso es tu voz y el canto se hace en ella. Tu voz en la lluvia cuando todo es invierno; tu voz azul impuro donde duerme la hoja. Tu voz silencio rumoroso, desierto, desconsuelo.

Hay un coro de grillos que bate las alas inmensas sobre la extensión de la herida, el silencio que arde en la raíz del canto, en sus alas transparentes. Los ojos, la noche, la sed que se marcha con los ríos como todo lo que se llevan: el corazón, la lluvia, el peso de las flores. Acaso es tu voz nombrando lo que no es de nadie, sin decir la lluvia, sin que nada advierta tu presencia, el azul manso de la muerte; el beso, el aire sobre tus labios breves.

III.

Hay un coro de grillos dictando tu nombre sin abrasarse las alas, escribiéndolo sobre la tierra, en la luz hermosa, en la humedad del aire. Y su cántico sostiene en la nada lo poco que tenemos, un nombre, tu nombre. Y cosen con hebras de plata tu voz y el frío, lágrimas que siempre regresan azules y duraderas. Y van hollando el camino para que no olvide tu lengua.

Hay un coro de grillos cantando, poniendo nombre a las flores que siempre estuvieron, que siempre están en el ramo que compila esa mano que las toma, y las respira. Acaso es tu voz, la sangre que no has sido, la caída alta y lejana de cada beso. Acaso no es tu canto la forma de su ausencia, el olvido; acaso son tu voz los grillos del camposanto que no escuchan los que perdieron la costumbre de la tierra. No digas por eso la pérdida, este frío sin frío de la nada. No digas el silencio de la llama que dice lo ausente, sin ruido de palabras, sin suelo de amapolas. Acaso eres tú. Acaso es tu voz aprendiendo la música de lo que nunca has sido. Acaso eres tú aprendiendo a cantar cómo mueren las fuentes. Pero dime si la luz es ya otra.

Dime si vuelven tus alas lastimadas a alumbrar la claridad dormida de la sal en la carne. Dime, al menos, si reconocen tus pupilas otra vez el cielo.

IV.

Hay un coro de grillos leves. En la luz, la palabra y el silencio; en la levedad de la inocencia que precede al aliento de las flores. Acaso es tu voz sobre mis párpados, siempre en la sed, desde la lluvia, ligera, y más ligera aún para la muerte. Acaso es tu voz el espejo donde se mira el aire, la levedad, el arco imposible que antes fue frágil; espesor de un silencio que no desciende al nombre del silencio. Acaso tu nombre, acaso los grillos sobre tus labios. Espesor de lo alzado; la levedad, un peso que no sangra. Así tu cántico hondo, la nada soñadora. Así los grillos que azuzan cada noche mi canto.

Hay un ejército de grillos cantando sobre mi mesilla en el papel desgarrado que desvirgaron mis dedos cuando no sabían de su estrofa. Y me gusta escuchar su música porque nunca se me hace tarde, porque nunca llega tarde el canto. Y adivino en tu lengua su métrica, porque ya conoces el aire de otro modo. Acaso es tu voz, que guarda las canciones de mis ojos. Acaso es tu voz salvando el dolor, aunque sea de noche.

Yo, querido Juanma, escucho los grillos e intento cantar con ellos. Cantar contigo.

Y me da miedo escucharlos por si un día echo de menos su cántico.


(p.d. Esta entrada versa sobre el libro 'Grillos' del poeta Juan Manuel Rodríguez Tobal. A él le debemos la belleza de las palabras, el cántico de estos grillos)

(p.d.2 La foto la robé de internet y no recuerdo dónde ni a quien. Es nuestro Duero amaneciendo. Si alguno sabéis la autoría, decídmelo para indicarlo. Seguro que a esa hora cantaban los grillos.)

martes, 20 de enero de 2009

San Cañoño el bueno


Hizo de la calle su casa y de la educación una norma. Zamora era menos de piedra cuando lo mecía en sus brazos.

Perro viejo en las lides de la vida, su mirada pequeñita, viva y rasgada aún destilaba la inocencia de los niños.

Así, tan menudo, tan de nadie. Así lo proclamé santo el mismo día que enterrábamos a mi abuela, hace ya casi diez años, cuando fue el único que arrancó con su presencia lágrimas de emoción de los ojos de mi madre, siempre tan en la cima de sus rocas, tan dura, tan valiente, integrado en aquel desfile de condolencias por donde pasaron alcaldes y gobernadores, militronchos y civiles, vividores y beatos, jóvenes y mayores, fachosos y rojeras, tirios y troyanos. Y Cañoño, tan recogido, tan puro en el dolor de verdad, el que nos arañaba las tripas a la hora de despedir a una hembra tan matriarca, tan de granito y terciopelo, tan de sumar horas al pie de la barra destilando vida chato por chato.

Lo recordaré siempre enfundado en su tres cuartos impecable, revistiendo en jaspeado la pobreza con una dignidad que no poseen los que se llaman señores. Haciendo sonar las huchas en las petitorias de San Antón, tal y como lo inmortalizó Víctor en esta foto que ya es un sueño más de la fábrica, al pie de San Vicente, antes de la procesión de las benditas bestias. Así, en Cañoño puro. Destilando ternura en sus verdades desdentadas. Tan repeinadico, con las facturas de la vida tatuadas en la piel reseca, con la vara florida de enero y el cigarro eterno entre los dedos; con la sonrisa esparcida sobre los mismos labios que mascaban soledades por los adentros.

Se nos fue hace unos meses, cuando coleaban los últimos soles de 2008, antes del tiempo del frío, restando ese patrimonio humano ya tan escaso que hace de la ciudad que nos vio nacer algo más vivo, algo más auténtico, menos malo. Probablemente las calles del otro lado sean más generosas; probablemente lo eterno no le putee, y su abrigo le resguarde más de todas las miserias del mundo.

Descansa al fin, mi buen Cañoño. Santo de lo cotidiano, superviviente de mil batallas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Crépes

Envolví en la masa redonda de los crépes los últimos retazos de tu vida de estudiante y mis primeros pasos en ese trabajo nuevo que me roba hasta el último minuto de tiempo. Desandé las horas como si fuese la primera vez que me sentaba en aquella terraza, como si fuese yo la que acababa de salir de un exámen después del suspenso de junio, de todos mis suspensos, de mi vida suspendida en el aire.

Comimos acompañados en la callejuela que tiene nombre de Cristo y vierte a la torre orgullosa del palacio ducal. Compañía. La necesitaba. Hubiese detenido el tiempo en el remanso de vuestra presencia, en la emoción contenida de sentir ojos amigos posados en mis ojos, tan cansados. Os quise más que nunca, aunque no os lo dijese.

Igual que te regalé la primera sonrisa del año, esparcí sobre tu postre de fresas y nata la primera sonrisa de una vida que aún no me pertenece que iré ajustando a mi medida cuando la sienta mía. Y tú estarás siempre. Creciendo mientras yo te contemplo y me siento orgullosa de tu altura.

Gracias por tu sonrisa inmoderada. Gracias siempre.