Los días y las noches de la ciudad conducen, Balborraz abajo, hacia el Duero, la calle del agua, la calle bravía que se revuelve a los pies del puente, que se bebe la muralla que nos cerca y la disuelve como si fuera piedra soluble que desayunar todas las mañanas.
Los días y las noches marcan perezosos el silencio, la garganta rota de una ciudad que suena a silencio, que vomita silencio, como si la misma pereza ordenase callar en agosto, por decreto, bajo la canícula y la promesa de nuevos soles, mientras resucitan por las calles los fantasmas, las leyendas medievales, la música, la escultura, el verano erigido Balborraz abajo como un tributo a la gente que se atreve a expresarse en esta ciudad de silencio perenne, acomodada en el silencio, cómplice del silencio menos cómplice.
Balborraz abajo ví pasar anoche mis sueños, acaso para redimirse en las aguas del Duero, que bajan turbias pero benditas, para empaparse de su olor a río, de su olor a verano, en la certeza de que también los sueños que nos habitan conducen, Balborraz abajo, a la calle de la alegría.
(La foto: Balborraz, martes noche, bajo el plomo de agosto, ya siempre en mi móvil)