lunes, 16 de junio de 2008

Gigantes

Los vimos por las calles, rompiendo el cielo con sus cabezas regias, danzando sobre el asfalto de la media tarde, dictándole a los vientos su nombre.

Ayer los vimos vestidos de verano, estrenando sus pasos sobre las losas, pintando de alegría las viejas piedras, encendiendo en sonrisas infantiles la mitad de junio.

Son los gigantes de esta ciudad. Los que sueñan. Los que pelean. Los que construyen. Los que aman. Los que sostienen las nubes. Los que nos arropan los latidos. Los que derriban las murallas.
Los que apenas miden metro y pico, aunque sea un pico largo. Los que tienen cuarenta nombres. Los que se emocionan. Los que devoran estrellas al pie de las almenas. Los que visten la noche con la voz ronca del vino peleón.

Los gigantes vivos de esta tierra iban en el vientre de los gigantes inertes, sosteniendo en sus hombros sus armazones de siglos. Derribando los cercos, abriendo las puertas.

Los gigantes de esta tierra, mis gigantes de Capitonis Durii, salieron a la calle a enseñarnos sus sueños. A demostrar que en la ciudad de las leyendas y el silencio queda espacio para los sueños, por inmensos que estos sean.

domingo, 1 de junio de 2008

Preciosa

Está preciosa con su cabeza rapada. Con las orejitas pequeñas pegadas que tanta envidia me dieron siempre. Con sus inmensos ojos verdes por donde rezuma la vida bajo las pestañas oscuras.

Está preciosa con su pañuelito blanco, el que se puso esta mañana cuando salimos a la lluvia a dar uno de nuestros paseos, esta vez corto y despacito porque no le daban más de sí las fuerzas. Está preciosa cuando nos ponemos a los pies del Cristo que abarca Zamora entera en los brazos de su Cruz.

Está preciosa con la peluca que ha estrenado con la misma ilusión con que estrenan los niños zapatos, donde pone a salvo sus ideas del frío de este mayo anodino y este junio que parece marzo.

Está preciosa con los gorros que se ha ido probando para el verano, que ocultan que la enfermedad le ha robado su brillante melena caoba. Está preciosa con la sonrisa de signo peremne que acunó a cientos de niños.

Es Amelia. Mi amiga. No sé siquiera si le diré algún día que una noche escribí esto. Que admiro su valentía. Que me emociono escribiendo sobre ella como ahora me emociono. Que está preciosa con su cicatriz bajo la que late un corazón precioso. Que cada día que compartimos es una lección de coraje, de replantearme lo que somos, lo poco que importan las cosas que importan poco.

Es Amelia. Mi amiga. Ella dice que me admira. Y cuando la miro me pregunto si yo sería capaz de cargar a las espaldas con su enfermedad y llevarla encima con esa inmensa sonrisa, con esa inmensa esperanza. Quizá por eso la quiera tanto.

Preciosa por dentro, preciosa entera.

martes, 20 de mayo de 2008

Davinia contra los gigantes

Existe una promesa, una flor tostada abriéndose a la vida donde vamos depositando nuestros secretos, nuestras noches, nuestras alegrías y las miles de puntadas que hemos decidido dar por la vida bajo el abrigo de la amistad.

Existe la mirada limpia que apunta hacia el futuro, el perfume de la lealtad en sus gestos, la fuerza de los pocos años, la valentía de los que quieren de verdad. La maraña oscura de su melena generosa, su pasión gatunera sobre la colcha de la cama, la sonrisa sin pliego de condiciones, la timidez que de cuando en cuando asoma a su rostro como si tuviese que esconder la rabiosa belleza que atesora de dentro hacia afuera.

A veces, cuando la miro, siento sana envidia de no corretear por la vida sin peso en la mochila. Y tengo la sensación de haber sumado muchos años sin darme cuenta de que todo lo que iba dejando atrás, de todo lo que iba quemando, de todo lo que pasaría a ser sólo memoria sin proponérmelo. Y me encantaría encontrar el punto de inocencia, la frescura de los besos que dejé sin dar, la ternura sin malear que aún ondea por sus pestañas, la brisa que la acompaña allá donde va sin que ella se percate.

Es Davinia, que cumple hoy dieciocho años. Podría ser casi mi hija, pero forma parte de los ilustres soñadores que viven en mi corazón. Llegó, nos dejó sus rosquillas, lloró con nosotros a su gatita, se quedó, anduvo en vela la noche que Zamora no se convirtió en una rosa roja y atravesó su mayoría de edad de nuestra mano la noche memorable en que Zamora quiso ser un corazón traspasado.

Nuestra Dukesita cumple hoy años. Llego por los pelos, pero llego. Le debía este regalo desde que un día la ví ponerse en pie y alzarse como David contra Goliat. Davinia contra los gigantes. Davinia luchando entre molinos de aspas hirientes como filos de espadas, como puñales en lo alto. Davinia salvando la decepción de las traiciones, Davinia sonriendo entre los árboles de Valderrey.

Se lo debía por la emoción primera de abrazarse a las mismas andas, por las noches de primavera en que esta tierra acompaña a Cristo a la Cruz, por las losas perfumadas de tomillo que pisamos juntas, por su silencio cuando necesitaba silencio y por su compañía cuando necesitaba compañía. Y te quiero, Davinia, porque pusiste tu voz al servicio de la mía cuando decidí callarme. Por tu dignidad, por ponerte en pie para lavar las heridas que otros me infringieron en una guerra que no era la tuya. Y sobre todo, princesita, por recordarme cada noche que hay una ventanita abierta donde no todos los ojos duermen.

Que cumplas muchos más, Davi. Nos encanta verte crecer.


(Foto Jose Pascual)

miércoles, 14 de mayo de 2008

He vuelto, o eso creo

Pues aquí estoy. He vuelto, o eso creo, pero entraré de puntillas porque ahora sé que tengo la fábrica llena de ocupas y no quiero despertaros. He vuelto igual que vuelve el agua a lamer las orillas; igual que vuelve el sol de tormentas después del frío. Igual que vuelven los trigos a los campos y la paz después de los temporales. Sobre mis sábanas huele a tierra húmeda.

He vuelto porque una noche de risas transparentes se lo prometí a Davinia y a Luis Fer, soñando soñando. Porque le dije a Félix que me sentía en deuda y sigo pensando cómo desenredarle las canas en el alma. Porque Tere me dijo que seguía esperando. Porque cuando estaba a oscuras encontraba el farol de Alberto. Porque los caldos y pócimas de Manolo me resucitaban el alma, o quizá eran sólo gin tonics vaticanos. Porque me sonrojan casi cuarenta entradas sin respuesta y aunque siga sin carbón para las calderas de mis sueños tenía que venir. Quería veros, qué coño.

No me he molestado en mirar el calendario. Se lo prometí a Darío una noche en que su sonrisa me llegó desde Argentina. Me lo prometí a mí misma cuando leía los mails de Guarismo, cuando Skunkita compartía sus primeros pasos por el amor conmigo, cuando veía los sms desde Salamora que me hacían sentir como una niña que se hace de rogar antes de tocarle a los vecinos del quinto una sonatina al piano.

He vuelto porque guardo la sonrisa más hermosa del mundo en mi primera hoja del calendario como si fuese un santo al que rezar todos los días. Porque Alvarito me ha enjugado tantas penas caminando que ya es hora de que abra la mochila de la alegría. Porque he dejado que la primavera tome por asalto Valorio. Porque el médico del alma me recetó volver cuando quisiera y mientras se llevó rosquillas al blog donde tienen nombre los días. Porque apareció Concha como un torbellino de viajes y proyectos y siempre me dejaba la puerta abierta.

He vuelto porque acabo de ver la firma de Manu estampada casi al lado de la de Mara, que es soñadora como yo, y nunca pensé que un día atravesasen estas puertas y derribásemos sin darnos importancia pequeñas murallas que levantábamos en la ciudad donde todos se reconocen pero pocos nos conocemos. Porque Marta me devuelve desde Lecce un Cái postizo a la manera italiana para remendar los agujeros de mi nostalgia. Porque Víctor sigue poniendo adoquines para que pisemos por sus calles. Por los que han entrado y han estampado su huella.

Poco ha pasado en este tiempo, o mucho. Enterré con un dolor que aún duele a mi Michu en la tierra rojiza de la finca de mi tío Lili. Llovía. Yo me acordaba del funeral de tercera de Mozart, qué cosas. Era Lunes Santo, el día de la Despedida en Zamora. El día en que florecen cardos a los pies del Cristo de los Doctrinos. Llovía porque lloraban los gatos buenos del paraíso gatuno.

Encontré una michu callejera, rubita y de morro rosáceo que dormita sobre mi regazo llenando de pelos blancos mi ropa negra mientras escribo esto. El día que me la traje a casa, sabía que era su casa. He llorado lágrimas de sangre y de azúcar; he tropezado contra mi soledad y me he levantado aunque de vez en cuando detenga un poco el paso y sienta como un zarpazo la caricia perdida del levante y el poniente sobre mi alma. Te echo de menos.

He cumplido años y he brindado por ello. Tuve calas blancas en mi correo el día de la celebración. He visto nacer a dos gigantes a orillas del Duero, he cerrado mil veces los ojos para oler a mar, para escuchar el mar, para beberme el mar. He visto películas por los ojos de Ricardo y paisajes de colorines en los confines de Fanny. He paseado por el alma de Ana. He cantado a los pies de la Lolita por las parituras azules de los ojos de Antonio.

He pasado noches en vela sin sueños y días durmiendo para que pasasen prontito y pesasen menos sobre la almohada. He regalado sonrisas. Le he rezado a todas mis Vírgenes y me he encabronado con la vida el día que le rebanaron a Amelia uno de los pechos que sirvió para amamantar a sus hijas. El puto cáncer, que no merma la luz de sus ojos insultantemente verdes. La puta vida.

He pasado por alto ferias y toros con los pies pisando mi tierra zamorana y el corazón de viaje hacia el Jerez de palmeras y bodegas, calor compacto, albero caliente y palmas por bulería. He pasado tardes enteras viendo el sol esconderse tras el castillo de San Sebastián porque Manolo me regaló la Caleta para mí solita. He pisado las arenas tras el simpecao de la Tacita porque en su carro iba prendido un pedacito de mi alma.

He acumulado horas de radio y de tedio, reencuentros y despedidas, soledades y compañías, noches, días, lunas, soles, lluvias, y nunca me decidía a volver porque sentía, y lo sigo sintiendo, que esta fábrica ya no era mía. Sóis vosotros los fabricantes de sueños.

He vuelto, o eso creo. Sin respuestas, sin sueños en la recámara, sin saber siquiera si mañana me sentaré e intentaré poner en marcha los motores de esta factoría donde los sueños tienen nombre propio, treinta y tantos requerimientos y una paciencia que no me merezco. Debería pedir perdón por la ausencia.

Y no tengo palabras para dar las gracias por la espera, por la emoción de esta fidelidad en tiempos de crisis de la patronal de las alegrías. Sigo desbordada, sigo paseando por vuestros sueños a ver si me topo con los míos. De momento, aquí estoy.

Seguid soñando, que me quedo. Mil besos.

miércoles, 27 de febrero de 2008

De sueños sin sueños

Sé que venis. Que entráis cada noche a buscar sueños. Que pululáis buscando, esperando. Que no encontráis, perovolvéis. Lo sé por los sms que encuentro en el móvil como un recordatorio, por los besos y flores que alguien se olvida en mi correo. Porque noto vuestras pisadas por los engranajes y noto también la caricia de los silencios en esta nave inmensa de improductiva historia.

El problema es que no sé qué hacer con una fábrica de sueños sin sueños. Esta factoría se levantó en un tiempo en que soñaba despierta y vivía dormida. Dejé hipotecado hasta el último ladrillo y ahora no sé cómo hacerle frente. O simplemente es que no quiero pagar el peaje que supone que te roben el alma con los ojos cerrados. Quizá es que a veces los sueños sean igual de pesados que levantar una trapa que se niega a despegarse del suelo. Quizá es que los sueños se venden tan caros que dejaron en números rojos mi cuenta.

Sé que venís. Que la fábrica se mantiene con vuestra luz y mis sombras en este tiempo en que vierto mi tiempo en los sueños de una pasión que nos une. Y no sé qué deciros, si soy una contadora de cuentos sin cuentos. Sigo sin tener respuestas, vivo en la pereza constante de quien renuncia a asomarse al balcón de cada día. Pero sé que venís y por eso hoy vine a dejar constancia de que sigo viva; viviendo viva, durmiendo despierta para no volver a caer en la tentación de soñar. Y os sonrío a mi manera mientras libro batallas que ya no me matarán, mientras dejo atrás patrias que nunca fueron mías. Algún día celebraremos lo mucho que me hicieron crecer sus cicatrices.

p.d. Os dejo en prenda la puerta abierta para que sigáis campando por esta factoría como perro por su casa. Y el derecho a no decir nada, para que no me mande a hacer puñetas Darío, que anda ya soñando procesiones por las calles del levante y del poniente. Simplemente, seguid soñando y no contestéis.

viernes, 8 de febrero de 2008

De Toro a la Viña (las cosas que olvidé contar)

Sé que tengo descuidada la fábrica. Sé que la pereza me ha vencido en estos días primeros de febrero y que el tiempo ha resultado escaso para hacer propósito de la enmienda y sentarme a escribir. A soñar. A dejar constancia de los tiempos que no viví y de las cosas que olvidé contar.

Y ahora que van pasando los días, sé que olvidé decirle a Marta que su Toro estaba precioso vestido de Carnaval. Que la Torre del Reloj parecía más alta. Que el balcón de Pilatos ensanchó sus vistas. Que las calles se vistieron de Domingo Gordo y fiesta como si fuesen el marinero barrio de La Viña. Que los soportales se llenaron de parodias entre vino y vino. Que sus paisanos tomaron las calles y perpetuaron bodas, lentejuelas y lutos.

Olvidé contarte, Marta, que tu tierra cumplió con la tradición del desparpajo, ya enterrado bajo la ceniza de la Cuaresma en este viernes primero de la Cuaresma que ya es sábado incipiente en esta madrugada muda. Sé también que sus rescoldos de siglos abrasan a tu gente, que comenzará a escribir romances y murgas en cuanto pase la Pasión.

Y te ilustro todo esto con una foto nocturna que robé un día en una página sin saber siquiera quién es el autor. Porque veo en ella la ciudad bajo el signo de Tauro con olor a reposo y silencio. A niebla de invierno; a humedad y frío. La que me guarda los pasos en sus losas. La que viste de racimos y uvas el mes de octubre. La que engalana de lluvias y frutos la Vega. La que extiende albero de quita y pon mientras espera nuevas fuentes de vino en su coso tres veces centenario. La que se cobija siempre a la sombra de su orgullosa colegiata. La que abre sus puertas en majestad a todo aquel que quiera acceder a sus secretos.
He dejado pasar, Marta, tu carnaval toresano. Porque quise esperar a contártelo así, en tiempo pasado. Como si Toro fuese la Viña, que sigue cantando noche tras noche versos porque en Cái no hay entierros ni sardinas que apaguen las gargantas. Quise contártelo despacito, como un sueño. Despacito, de retirada, igual que han vuelto mis manteos de Águeda a los cajones. Igual que reposa ya en el armario de los sueños este Carnaval que olvidé contar.

sábado, 2 de febrero de 2008

En la ciudad de Cádiz....

Puede que a vosotros el encabezamiento de esta entrada no os diga nada. "En la ciudad de Cádiz, siendo las...... horas del ..... de febrero...". Pero ese encabezamiento mantendrá esta noche larga a mi Cái en pie, hasta que el templo de ladrillo colorao quede mudo y vacío, sólo con los compañeros de prensa en el foso, y salga al escenario el jurado oficial del Carnaval para leer el fruto de sus deliberaciones.

Es un momento mágico, especial, que yo he tenido la suerte de vivir al pie del cañón, aunque fuese un cañón de coplas. El teatro a media luz, el escenario inundado de papelillos, las flores que pueblan el escenario en la gran final -hoy anturim rojo, el año pasado rosas amarillas- ofreciéndose a quienes día tras día informaron a los jartibles del mundo de cada sesión, de cada verso, de cada garganta rompiéndose en amores con el nombre de Cádiz por bandera. Las mujeres de la limpieza, reinas al fin por unos minutos, ocupando los palcos de las ninfas donde aún resuenan calientes y llenas de vida las jóvenes palmas de sus tanguillos.

Y mientras esto escribo, vivo una final atípica a cientos de kilómetros con el Falla encerrado en una pantalla de televisión. Aquí mismo, edificado sobre los cimientos mismos de mi corazón, sobreviviendo, latiendo, soñando Carnavales. Son las dos y diez de la madrugada. Quedan, al menos, cerca de tres horas de coros, comparsa y chirigota, mientras un cuarteto provoca las risas mañaneras de la ciudad que no duerme en febrero.

Y permanezco en vigilia con la Cádiz que permanece en vigilia. Y me enjugo lágrimas de emoción y alegría por cada mensaje de aquellos amigos que se acordaron de mi cuando subió al escenario la Banda del Capitán Veneno. Mi veneno. Mi banda.

Y volverá nuestro Falla al silencio que precede a la fiesta, y habrá bullicio en la plaza y bocatas y brindis en el ambigú. Y esta larga madrugada dará paso al carnaval de la calle, a las noches húmedas y chirigoteras por la Viña, a los coros en sus bateas vistiendo de tangos a la novia del mar. En la ciudad de Cádiz donde mañana, hoy mismo, ya sérá otro día.

Y yo he cumplido mi promesa, Cádiz, porque un día te dije que no pasaría un solo año de mi vida sin vivir tus carnavales. Aqui o allí. En el teatro y en la calle. Pisando la Viña o soñando, simplemente soñando, como te sueño ahora con tus calles abarrotadas preñadas de versos e ingenio.

En mi sueño de Cádiz, siendo las 2.23 de este dos de febrero.....