viernes, 16 de noviembre de 2012

Siempre juntos


Cierro los ojos y los veo así. Sonrientes. Juntos. Abrazados. Tan al lado. Así, como una sola cosa. Indivisibles. Noelia y Javier. Javier y Noelia. Mis amigos. Mis confidentes. Tan cerca siempre.

Cierro los ojos y los veo así, haciendo cierto el milagro del amor. Esculpiendo la alegría al otro lado de la cámara, en el día a día, cuando las cosas cobran su significado real y dejamos atrás los sueños. Dignificando el periodismo, haciendo hueco entre plaza y plaza para besarse con los ojos, para seguir sumando, para erigir sobre el aire un paraíso donde sólo caben dos.

Será mañana y yo no podré estar. Tan lejos, tan al lado. Al pie del mar. Quizá esté en el aire, con ellos, como ellos han estado tantas veces conmigo y yo he sentido su presencia acompañando, consolando, celebrando. Y volveré a creer en el amor, aunque mi corazón esté tan hecho pedazos, tan descreído de todo. Y volveré a creer en la emoción de quererse, en la seguridad de dar un paso al frente y poner tu vida en las manos de otro. En la fortaleza de un abrazo. En el invisible escudo de unos labios cuando dicen 'te quiero' y se detiene el mundo y nada puede hacerte daño. Y crecer, y sumar, y vivir.

Estaré a vuestro lado. Y recordaré aquellas primeras llamadas de Noelia, aquellos primeros miedos, esos primeros pasos por el amor que se fueron acortando con la seguridad que da la verdad de la palabra, el calor de los besos, unos ojos sin mentira, la transparencia de quererse sin más. Tantas lágrimas compartidas, tantas risas, tantas cosas que guardan nuestras gargantas y nuestros oídos para siempre.Y la voz de Javier sosteniéndome en momentos de flaqueza, cuando sólo los amigos de verdad dan su dimensión de amigos, te tienden la mano y te ayudan a caminar, sea por el Planeta Toro o sea por la vida, que es el ruedo más difícil de pisar.

Cerraré los ojos y estaré a vuestro lado. Hoy, mañana. Siempre. Y os veré así. Sonrientes. Juntos. Abrazados. Tan al lado. Tan cerca. Una sola cosa. Grandes, fuertes, libres, invencibles.

Así, en pie. Juntos. Acariciando, asintiendo.Y mi corazón me dolerá un poquito menos, y brindaré hasta el amanecer en la copa de la alegría, de la esperanza, de este cariño inmenso que nunca se rebosa.

Os quiero con toda mi alma.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Águeda

Os hablaré de ella. De Águeda. Nuestra Águeda, nuestra ágata, una de esas piedras preciosas que de cuando en vez la vida te pone en el camino como si fuese un sortilegio, un amuleto que conservar, que proteger. Y para mi es un privilegio haberla encontrado, sentirla tan cerca, tan protectora.

Os hablaré de ella porque ella siempre está hablando de nosotras, sus Águedas, sus hermanas, y siempre se guarda en un rinconcito su trabajo callado, la tremenda ilusión y energía que pone en todo lo que hace, la emoción a flor de piel cuando recuerda que ella es eslabón, parte indisoluble de una cadena muy antigua de mujeres valientes y libres que un día, hace ya muchos años, decidieron hacerse fuertes en su casa, entre las suyas.

Águeda es un bellezón por dentro y por fuera, quizá porque todo sea transparencia, porque no se guarda nada. Sé que esta foto no le hace justicia a su sonrisa inmensa, a la tremenda dulzura de sus palabras, a esos ojos azules que insultan de puro bonitos. Pero sé también que esta foto le encanta porque está al lado de su santita, nuestra santita de San Lázaro. Y porque probablemente fuera yo la que estuviese tras la cámara ese día de vísperas en que bajamos a ponerle las flores a la iglesia para dejarla preparada para la procesión de febrero, cuando los cohetes anuncian su presencia por las calles del barrio y se nos acelera el pulso y los corazones, y perpetuamos los cánticos y las tradiciones que sostuvieron las herederas de la alegría.

Os hablaría de ella por muchas cosas que me guardo en mi corazón y que ella y yo sabemos. Por el regalo de ver crecer a Lucía tan preciosa, tan llena de luz. Por las miles de puntadas que cosen amor de madre a miles de lazos de niñas. Por esas confidencias que quedan de tú a tú y que casi nos leemos en la mirada. Por el apoyo constante en este verano maldito que tanto nos ha robado y en tantos momentos de mi vida en que cura más una sonrisa que todas las tiritas del mundo. Por su mano en mi mano en los momentos de dolor sin necesidad de decir nada, con el verso de Agustín en el aire y la tierra leve humedecida, ya abrazando.

Espero, Águeda, que te lleguen estas palabras con la misma emoción con que yo ahora las escribo, tan desde dentro, tan de verdad. Era obligatorio traer a esta fábrica de sueños a quien tantos sueños ha compartido conmigo y a quien cose y repara, como si fuera uno de sus lacitos, puntada a puntada, mi alma.

Te quiero.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Al otro lado de la vida


Esta es la mano que acaricia a los zamoranos que están al otro lado de la vida, más allá del amor, más allá de la ausencia, del dolor, del miedo a la muerte. Nuestro Jesús. El que tantas veces hemos abrazado bajo la madera. El que tantos silencios sabe.

Esta es la mano que acaricia el aire de marzo, la luna de abril, cuando lo descendemos hasta el camposanto y prometemos ante sus muros la resurrección y la alegría, la Luz y la Vida, la esperanza de que somos eternos, de que somos más fuertes que los siglos, que somos mucho más que corazón y memoria, carne, sangre, herida.

Cuidadnos desde lo alto. Sabednos. Sentidnos. Apuntaladnos cuando nos sepáis vencidos. Abrazádnos desde el otro lado, no nos soltéis la mano. Seguid siempre tan cerca.

Aquí, en la tierra, os echamos de menos. Os queremos.


(En Zamora, su pueblo y el mío, se nos ha muerto hoy Agustín García Calvo. Tan grande. Tan inmenso. Tan sabio. Vuela alto, Agustín. Libre te quiero, siempre. Ni de Dios ni de nadie)

jueves, 25 de octubre de 2012

Michu, princesa del Siam


Llegó a mi cuando no era más que un gurruñito que ocupaba poco más que la palma de mi mano. Un gurruñito sin apenas bigotes (sabe Dios dónde habría metido el hocico) de pelusa blanca y ojos casi transparentes de azul y pena, recién separada de su madre y de sus hermanos de camada, aterrorizada ante un mundo nuevo, tan indefensa que era imposible no quererla en el mismo instante en que traspasó los umbrales de la casa.

Era tan pequeñita que me robó el alma en cuanto la puse sobre mi pecho para que escuchase por primera vez los latidos de mi corazón, ese corazón sobre el que cada mañana la abrazo para recibir sus primeros ronroneos, el tacto frío y húmedo de su nariz, sus lametazos ásperos, pero tan tiernos, que me salvan el día, que me crujen entera por dentro.

Hoy, veinticinco de octubre, Michu cumple quince meses. Vino al mundo un día de Santiago, con los calores de julio castigando la tierra, y arribó a mis brazos en los primeros días de septiembre, como si el Dios de los gatos me la regalase para hacerme más llevadera una larga convalecencia, aquellas tardes de sofá y dolor en la carne que ahora me parecen una nimiedad comparadas con el dolor del alma, que no se ve, que no pesa, que no tiene límites, ni heridas, ni cicatrices, ni curas. Sólo pena y desconcierto. Sólo tiempo sobre tiempo y la tremenda fortaleza que da saber que mi corazón siempre estuvo vestido de domingo, que mi lengua nunca conjugó engaños.


Adoro a mi gata, que todo lo ha vivido conmigo, como si fuese una prolongación de mis propias emociones. Como si nos hubiesen traicionado a las dos a la vez. La adoro porque va a su bola, pero siempre cerca, husmeando, curioseando, derrochando vida. Porque duerme despreocupada acoplada en mi cadera y se cuela victoriosa bajo las sábanas. Porque se sienta sobre la impresora para ser la primera en leer lo que escribo. Por sus puntazos de depredadora nocturna, sus caricias con garras que no arañan, que no hieren.

Por su necesidad de mimos sin pedirlos, por la sinceridad de su lengüita lamiendo esas heridas que no se ven. Por esa especie de diálogo cuando yo le hablo como si me entendiera y ella responde como si la entendiese. Y nos entendemos. Adoro el tacto de su pelo suavecito, el calor que desprende sobre el edredón para que la cama deje de parecerme tan ancha, tan enorme, tan vacía.

Adoro a Michu porque ella es testigo vivo de que no todo fue engaño ni miserias ajenas entre tanto engaño y tanta miseria moral, o quizá porque guarda en sus ojos azules, insultantes de bonitos, la única verdad entre tanta mentira, ese amor gatuno que es más cierto que todos los 'te quieros' del mundo pronunciados con lengua envenenada, con palabras que todo lo ensucian, que dejan tanto asco, tanta decepción en las entrañas.

Gracias, Michu, por tu presencia gatuna en mi vida. Gracias, princesita del Siam.

(Entre la primera foto y la última media un año de diferencia. Ambas son del 25 de octubre, de hoy y de 2011. La foto del medio es del gozoso día de septiembre en que Michu llegó a mi vida. Su primera foto)

jueves, 18 de octubre de 2012

Llueve


Llueve. Llueve con lluvia que no cesa, como ese rayo que incendió de dolor las palabras del poeta, la elegía, el cántico en la muerte del amigo, la ausencia de todo lo que alguna vez se ha amado.

Llueve lluvia sin sed, lluvia que no limpia, que no lava, que no arrastra. Que no alivia esta otra sequía, las tripas contra las tripas, pegadas; este vacío que no quiere más lágrimas, ni más agua, ni más nada. Que no necesita nada. Que no pide nada. Ni siquiera palabras. Ni más lluvia. Nada.

Llueve. Michu se acerca a la ventana, husmea las gotas que empapan el cristal y se enrosca sobre el cojín, cerca, a mi lado, sin hacer ruido. Duerme. Como si no lloviese. Como si el cielo no gritase tantas cosas, tanta pena sobre mojado, tanto vértigo, tantos latidos muertos, este precicipio en el que vivo. No sabe que cuando llueve es la noche la que golpea en la ventana con sus nudillos de agua. Esta noche tan larga, tan sin luna. Este silencio que no cesa.

Afuera sigue lloviendo.


(La imagen es de internet. Desconozco su autor)

lunes, 15 de octubre de 2012

Te quiero, Tere

Aprendo a reconocerte en las cosas invisibles, en las cosas pequeñas, imperceptibles, que siempre me hablan de ti, que nunca te dejan irte a ningún sitio, que te atan a mi alma para que nunca te marches del todo. En la fuerza de los tuyos, en tus cinco costillas, en esa unión más fuerte que la propia vida, en esa lucha cotidiana por seguir mirando de frente a la vida, que tan cicatera ha sido con todos. En cada paso de Guti padre, en los matinales besos de mi Guti hijo, mi amigo del alma, mi niño, mi compañero en tantas cosas, en tantos momentos, en tanta vida.

Aprendo a buscarte en cada sonrisa, en cada rincón de la casa, tu casa, donde aún huele a tus comidas de postín, a los fogones generosos donde todos éramos bienvenidos; en la promesa de futuro en el vientre de Nuria, en este otoño que susurra tu nombre todos los días, todos, cuando tanta falta me haces, tanta falta nos haces, y te busco cerca para que todo sea más fácil, menos pesado, más llevadero.

Aprendo a llevarte conmigo, a intentar no echarte de menos, a sonreirte desde aquí abajo para que sepas que el vínculo está intacto, que nada hay de mí a ti que no sea verdad, ganas de desgastar la vida bajo tu sombra. A creer, a esperar; a dar fe de esa resurrección que tantas veces hemos celebrado bailando Mayalde en el patio de casa cada domingo de Pascua. A sentirte cuando nadie se da cuenta y yo tengo la certeza de que estás a mi lado para consolarme, para levantarme, para recordarme que soy una tía fuerte aunque a veces me quiebre como el cristal.

A cerrar los ojos y escuchar tu voz, y saber que sigues ahí, tan cerca, tan protectora, tan leal, tan queriéndome en este octubre -Teresa, ternura. Mi Tere querida- que ya no es octubre porque hoy me quedaré con ganas de llamarte y de celebrar un año más, de seguirte queriendo aquí, carne, calor, por mucho que me empeñe y me emplee en esta nueva forma de quererte tan anormal, tan atípica, tan a este lado de la vida; de seguirte abrazando cada día hasta que siento que el aire me acaricia y reconozco en su soplo el aliento de tu palabra sabia y sincera, el susurro de tu nombre, tu presencia tan querida.

Y quiero celebrarte siempre. Hoy, ahora. Este quince de octubre sin santo ni seña. Mañana, pasado, después. Hasta mi último día. Y quiero escribirte desde la alegría aunque me cueste la misma vida reconocerte en las cosas invisibles, en tu no presencia; acostumbrarte a este tenerte al otro lado, sostenida en la fe, en la certeza de que somos eternos. Y quiero guardar en esta fábrica tu puesto de soñadora, el hueco de tus comentarios, tus llamadas, los febreros que tienen que venir, tantas cosas que ahora mismo me duelen como una herida sin fondo pero que mañana serán la pista, la consigna para recordarte con una sonrisa inabarcable, con el agradecimiento a la vida por dejarme estar, ser y crecer a tu lado desde niña.

Te quiero, Tere. Te quiero. Cuánta falta nos haces por aquí abajo. Cuánta, Dios mío. Cuántos huecos tienes para rellenar en mi alma, en nuestros rincones, en nuestro día a día. Cuántas tiritas que ponerme por dentro.

Feliz santo, cariño mío.



(La foto, tan bonita, es de la boda de Ana Teresa. Tu niña. Nuestra niña. Así quiero recordarte siempre: emocionada, inmensamente feliz al lado de José Luis, tan cerca de esos nietos que están en camino. Gracias por tu vida, Tere. Gracias por la inmensa lección de amor que nos dejas)

lunes, 27 de agosto de 2012

Mala bestia

(Con el paso del tiempo nos aprendimos sus caritas, sus nombres. Aprendimos a quererlos y a esperarlos, manteniendo viva la débil llama de la esperanza que sostenía en pie a su madre. Pobre madre. Hoy sólo queda dolor, certeza, impotencia y rabia, mucha rabia. Esta columna está en 'borradores' desde el día después de que desaparecieran Ruth y José. Entonces no la subí al blog aplicando esa presunta inocencia en la que no creía. No publicarla era un pulso que le echaba a Dios. Y lo he perdido)


Mirad bien al hombre que esconde sus ojos tras unas gafas de sol. Es una mala bestia. Una presunta mala bestia. Se supone que es un padre, pero los padres, por ley natural, protegen a sus hijos, se parten la camisa y darían su vida si preciso fuera por ellos.

Miradlo bien. Es una mala bestia. Ni eso, porque las bestias del campo defienden a sus cachorros de todo mal. Porque las bestias cuidan de su prole y sacan las uñas ante quien las amenace. Se supone que es un padre, aunque la palabra le viene muy grande. Quizá sea también un asesino. El asesino de sus hijos, de los pequeños Ruth y José, cuyos rostros conocemos por las fotografías que difunden los diarios.

No puedo contemplar sus rostros sin vergüenza. Por lo que somos, por lo que podemos llegar a ser. Mala bestia. Me da vergüenza esta especie humana. Pobres niños. Pobres inocentes de la demencia de los adultos, del odio. No puedo ver la promesa en sus caritas, el futuro cercenado, la inocencia, el olor a suavecito de su piel. Hay que ser mala bestia para hacerle daño a un niño. Porque los niños son lo más frágil de esta sociedad tan sin médula que tenemos. Lo más puro.

No puedo casi escribir. Me da vergüenza. Y me hierve la sangre. Mientras yo hago que escribo, la Policía -que ayer escarbó con sus manos la tierra-, hoy los busca en el agua. En las aguas del Guadalquivir, el río altivo de los Omeyas. En las aguas de los misterios, de los secretos. En las aguas enamoradas de la vida. Ya sin vida, ya sin promesa, ya sin futuro. Muertos, quizá, a mano de su padre, de esa mala bestia que aparece en la foto. Presunta mala bestia. Hay que joderse con el 'presunto'.

Nunca he entendido a aquellos -hombres y mujeres- que utilizan a sus hijos para hacerle daño a quien un día compartió techo, sábana y vida con ellos. Miradle bien. Es una mala bestia. Y si los hechos y el tiempo demuestran que no, Dios me perdone por prejuzgar a un inocente y sea la alegría en esta fábrica sin sueños. En mis palabras va la culpa sin disculpa. Y celebraré la vida de esos dos niños cuyas fotos no puedo mirar sin vergüenza, sin ternura, sin un dolor hondo, como si fueran también parte mía, sangre de todos.

Pero si no fuera, si se confirmase esa condición de mala bestia, que a esta mala bestia no lo redima ninguna locura. Que a esta mala bestia no lo perdone ni el cielo ni la tierra.

Ni el cielo ni la tierra. Nunca. Porque los niños son la sonrisa que mueve el mundo. Y el mundo se detiene allá donde Ruth y José cerraran sus ojitos, aún despertando a la vida.


(Descansad, pequeños, en la paz que os robaron; en el abrazo del Dios en el que creo)