miércoles, 24 de marzo de 2010

Grillos


(Para Juanma, que los hace cantar todas las noches)

I.

Hay un ejército de grillos sobre mi mesilla, un coro de grillos sobrevolando mis sueños que canta junto a mi almohada con voz breve, de nieve, sin que les duela la garganta, acariciando mi pelo, ya dormido, con los dedos húmedos del aire.

Hay un coro de grillos de canciones tardías que nunca llegan tarde, grillos que beben del dolor en la fuente eterna, en el nombre del amigo muerto, en la verdad bajo las flores como un río ardiendo, como el ritmo ardiendo de un grillo ido, un grillo que sabe la forma de tus ojos. Quemando, como la primavera pulsando las cortezas, dejando atrás las aguas amarillas del otoño, el beso con sabor a manzana sobre tus labios olvidados.

II.

Hay un coro de grillos azules, verdes y blancos, memoria de los colores, de las heridas que cantan sobre el agua, que nunca es oscura. Acaso es tu voz, que me quiebra y me precede. Acaso son tu voz los grillos, abriéndose en la luz que a otra luz lleve, diciendo también el aire, mirando la nieve sin brechas en los ojos. Acaso es tu voz y el canto se hace en ella. Tu voz en la lluvia cuando todo es invierno; tu voz azul impuro donde duerme la hoja. Tu voz silencio rumoroso, desierto, desconsuelo.

Hay un coro de grillos que bate las alas inmensas sobre la extensión de la herida, el silencio que arde en la raíz del canto, en sus alas transparentes. Los ojos, la noche, la sed que se marcha con los ríos como todo lo que se llevan: el corazón, la lluvia, el peso de las flores. Acaso es tu voz nombrando lo que no es de nadie, sin decir la lluvia, sin que nada advierta tu presencia, el azul manso de la muerte; el beso, el aire sobre tus labios breves.

III.

Hay un coro de grillos dictando tu nombre sin abrasarse las alas, escribiéndolo sobre la tierra, en la luz hermosa, en la humedad del aire. Y su cántico sostiene en la nada lo poco que tenemos, un nombre, tu nombre. Y cosen con hebras de plata tu voz y el frío, lágrimas que siempre regresan azules y duraderas. Y van hollando el camino para que no olvide tu lengua.

Hay un coro de grillos cantando, poniendo nombre a las flores que siempre estuvieron, que siempre están en el ramo que compila esa mano que las toma, y las respira. Acaso es tu voz, la sangre que no has sido, la caída alta y lejana de cada beso. Acaso no es tu canto la forma de su ausencia, el olvido; acaso son tu voz los grillos del camposanto que no escuchan los que perdieron la costumbre de la tierra. No digas por eso la pérdida, este frío sin frío de la nada. No digas el silencio de la llama que dice lo ausente, sin ruido de palabras, sin suelo de amapolas. Acaso eres tú. Acaso es tu voz aprendiendo la música de lo que nunca has sido. Acaso eres tú aprendiendo a cantar cómo mueren las fuentes. Pero dime si la luz es ya otra.

Dime si vuelven tus alas lastimadas a alumbrar la claridad dormida de la sal en la carne. Dime, al menos, si reconocen tus pupilas otra vez el cielo.

IV.

Hay un coro de grillos leves. En la luz, la palabra y el silencio; en la levedad de la inocencia que precede al aliento de las flores. Acaso es tu voz sobre mis párpados, siempre en la sed, desde la lluvia, ligera, y más ligera aún para la muerte. Acaso es tu voz el espejo donde se mira el aire, la levedad, el arco imposible que antes fue frágil; espesor de un silencio que no desciende al nombre del silencio. Acaso tu nombre, acaso los grillos sobre tus labios. Espesor de lo alzado; la levedad, un peso que no sangra. Así tu cántico hondo, la nada soñadora. Así los grillos que azuzan cada noche mi canto.

Hay un ejército de grillos cantando sobre mi mesilla en el papel desgarrado que desvirgaron mis dedos cuando no sabían de su estrofa. Y me gusta escuchar su música porque nunca se me hace tarde, porque nunca llega tarde el canto. Y adivino en tu lengua su métrica, porque ya conoces el aire de otro modo. Acaso es tu voz, que guarda las canciones de mis ojos. Acaso es tu voz salvando el dolor, aunque sea de noche.

Yo, querido Juanma, escucho los grillos e intento cantar con ellos. Cantar contigo.

Y me da miedo escucharlos por si un día echo de menos su cántico.


(p.d. Esta entrada versa sobre el libro 'Grillos' del poeta Juan Manuel Rodríguez Tobal. A él le debemos la belleza de las palabras, el cántico de estos grillos)

(p.d.2 La foto la robé de internet y no recuerdo dónde ni a quien. Es nuestro Duero amaneciendo. Si alguno sabéis la autoría, decídmelo para indicarlo. Seguro que a esa hora cantaban los grillos.)

2 comentarios:

estrella de mar dijo...

Una vez nos contó Juanma que cuando alguien te pide que leas lo que ha escrito y no se te ocurre qué decir, siempre puedes decir que te ha parecido muy denso. Así se quedará con la duda de si te parece aburrido o lleno de pequeños detalles.

En este caso, tampoco sé muy bien qué decir, pero lo diré porque nunca he sabido quedarme callada. Ni puedo ahora ni, en su momento, lo conseguía (incluso cuando era Juanma el que hablaba desde la palestra).

Y diré, aun a riesgo de parecer pelota, que hasta el momento no he encontrado mejor profesor y me temo que Toro se perdió muchos hombres y mujeres de letras con su marcha.

Quizás fue él uno de los que ayudaron a que hoy escriba. O quizás eso viniera de antes, quien sabe. Pero no hay muchos poetas que puedan escribir un poema de un grillo donde yo sólo veo un bicho verde.

Un beso fuerte Berrendita y otro para Juanma de la chica de la lengua verde.

Noelia Jiménez dijo...

"Me da miedo escucharlos por si un día echo de menos su cántico". Brutal. Desgarrador. Cierto.

Grande, Berrendita.