jueves, 8 de noviembre de 2012

Águeda

Os hablaré de ella. De Águeda. Nuestra Águeda, nuestra ágata, una de esas piedras preciosas que de cuando en vez la vida te pone en el camino como si fuese un sortilegio, un amuleto que conservar, que proteger. Y para mi es un privilegio haberla encontrado, sentirla tan cerca, tan protectora.

Os hablaré de ella porque ella siempre está hablando de nosotras, sus Águedas, sus hermanas, y siempre se guarda en un rinconcito su trabajo callado, la tremenda ilusión y energía que pone en todo lo que hace, la emoción a flor de piel cuando recuerda que ella es eslabón, parte indisoluble de una cadena muy antigua de mujeres valientes y libres que un día, hace ya muchos años, decidieron hacerse fuertes en su casa, entre las suyas.

Águeda es un bellezón por dentro y por fuera, quizá porque todo sea transparencia, porque no se guarda nada. Sé que esta foto no le hace justicia a su sonrisa inmensa, a la tremenda dulzura de sus palabras, a esos ojos azules que insultan de puro bonitos. Pero sé también que esta foto le encanta porque está al lado de su santita, nuestra santita de San Lázaro. Y porque probablemente fuera yo la que estuviese tras la cámara ese día de vísperas en que bajamos a ponerle las flores a la iglesia para dejarla preparada para la procesión de febrero, cuando los cohetes anuncian su presencia por las calles del barrio y se nos acelera el pulso y los corazones, y perpetuamos los cánticos y las tradiciones que sostuvieron las herederas de la alegría.

Os hablaría de ella por muchas cosas que me guardo en mi corazón y que ella y yo sabemos. Por el regalo de ver crecer a Lucía tan preciosa, tan llena de luz. Por las miles de puntadas que cosen amor de madre a miles de lazos de niñas. Por esas confidencias que quedan de tú a tú y que casi nos leemos en la mirada. Por el apoyo constante en este verano maldito que tanto nos ha robado y en tantos momentos de mi vida en que cura más una sonrisa que todas las tiritas del mundo. Por su mano en mi mano en los momentos de dolor sin necesidad de decir nada, con el verso de Agustín en el aire y la tierra leve humedecida, ya abrazando.

Espero, Águeda, que te lleguen estas palabras con la misma emoción con que yo ahora las escribo, tan desde dentro, tan de verdad. Era obligatorio traer a esta fábrica de sueños a quien tantos sueños ha compartido conmigo y a quien cose y repara, como si fuera uno de sus lacitos, puntada a puntada, mi alma.

Te quiero.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Una pasada,como siempre

Águeda dijo...

No sabes cómo me has hecho llorar ¿cómo se te ocurre hacerme esto? es demasiado, pero me alegra saber que sientes cosas tan bonitas por mi. Yo tambien te quiero, hermana.