
Un año y un día. Hoy hace un año y un día que su hija salió de casa y no volvió. Iba a ver al Cristo de las Tres Caídas y en el camino, sin saberlo, hizo suya la Cruz, ascendiendo a un Gólgota erigido en el aire, nazarena de enero rumbo a la muerte.
Hace un año y un día la rutina se convirtió en mortaja; la duda en presencia; el dolor en la sábana de todas sus noches. Entonces, las aguas del río Guadalquivir amordazaron sus esperanzas y la basura revuelta de un vertedero encadenó su voluntad a la tierra, para no mirar más el cielo, para no tejer más amaneceres en paz.
Hace un año y un día la familia de Marta del Castillo fue condenada a cadena perpetua por un asesino sin estrenar los veinte años, como antes lo fue la de la niña Mariluz, como antes lo fue la de la pobrecita Sandra Palo, como antes lo fueron todas aquellas que han perdido a sus hijos con el corazón hecho jirones y las tripas revueltas de rabia.
Unas murieron en el filo de los celos que entraña el amor podrido. Otras, por la mano enferma de una mente enferma; otras por el simple hecho de estar en el sitio equivocado. Unas murieron a manos de menores como ellas, de jóvenes que aprendieron el código de la violencia y de la sangre sobre el folio en blanco de una víctima inocente.
Hoy hace un año y un día que su niña no volvió a casa, arrasando como un tsunami la vida. Y mientras este país no sepa qué hacer, cómo resolver el abismo penal que devuelve a la calle a los asesinos de sus hijas, la familia de Marta y de todas las Martas con distintos nombres viven condenados a la cadena perpetua de la impotencia.
(La imagen es de Sevilladiario.com)