No pudieron con nosotros ni la pereza de julio ni el desafío de la niebla en el primer tramo del alba.
Faustino (inmenso Faustino, como sus abrazos) preparó la fiesta en casa de
Mateo, ese hotel con nombre de caballero andante cuyas habitaciones guardan secretos de otras batallas que nunca sabremos.
Desde Zamora, el camino está lleno de pastizales resecos, encinas orgullosas y cercados de piedra en los que cientos de chavales habrán soñado ser toreros haciendo la luna. Campo charro de estío y suaves lomas, vacas paciendo con la bravura amasada en el vientre y silencio en las calles cuando azota el sol del mediodía. Así castigaba la solana sobre Vitigudino, la cuna del toreo sobrio y elegante de Su Majestad
Santiago Martín.
Anita la pelu y yo llegamos casi las primeras, sólo por detrás de
Rodrigo -que se coló hace tiempo en mis mails sin querer, vía Faustino y su extensa colección de fichajes internáuticos-,
Javier y
Manuel, aquel "Zocho" que arribó a mi teléfono una noche madrileña de caipiroskas y fresones, a quien le delataron entre tanto lugareño su bañador verde pijo y sus hechuras de machirulito de gimnasio sin gimnasio.
Un trío que a la postre sería lo mejor de una noche en la que hubo mucho bueno de por sí. Un trío que pactó con nosotras en un santiamén amistades de por vida, redactando el primer renglón sin desacuerdos posibles. Y así lo sellamos, como los buenos toreros, sin papeles ni contratos, con un apretón de manos, un par de abrazos, no sé cuántas sonrisas y la certeza de que así será.
Tarde de piscina, césped y nostalgia en mi móvil, que se iba llenando de voces y deseos de los amigos que me esperan el sur. Santa Ana; nuestro santo. El sol de tierra adentro quemando como un látigo las pieles y el tiempo, que se iba muriendo de pura inercia.
Un coche que se llamaba Jacinto y se apellidaba Pescado; un vía crucis al pie de una barra con un introito de ibuprofeno para matar la jaqueca. Primera estación, bombay azul

con tónica y limón exprimido; segunda estación, whisky con cola; tercera, cacique con fanta, que sabe a flash de naranja y a sorbidos, y así tres rondas por cinco, como las quince rosas de la pasión, los quince misterios de la alegría, el primer rosario bebido al alimón en un templo profano bajo unos soportales que escupían el último sol de la tarde.
Toros en la tele. Un quinteto de viejetes en barrera y contrabarrera de eskay haciendo de palmeros para los piropos a la Reina de las Marismas. Recios, auténticos, curtidos en mil batallas que me hubiese encantado escuchar de su boca. No pudo ser, el tiempo apremiaba.
Después, la limonada de Mateo y el regusto a canela y a fruta fresca en la boca, la caricia del hielo en la lengua, la promesa de la comida y la bendita farra servida en las fuentes a partes iguales. Los rostros nuevos, las niñas monas cuyos nombres pensé que no iba a aprenderme nunca (
Eva y sus ojos verdes-verdes,
Lucía,
Mercedes,
Luzma,
Virginia...) que terminaron por hacer exaltación de la amistad en esos momentos mágicos en que el alcohol nos despoja de los últimos resquicios de vergüenza.
La noche ya encima, las estrellas como luces de verbena sobre una placita de tientas y dos vaquillas de retienta que casi llamaban a algunos por sus nombres. Una barra grande y libre, como la España de los Nodos, y un refrito de músicas que bailamos hasta el alba con
Borja instalado en la cabina como un cura en un púlpito. La camiseta blanca de la
Ana charra moviéndose entre la gente como las velas de un barquito. El reencuentro con la preciosa
Arancha a la que le debo miles de ausencias y miles de momentos.
La sonrisa rasgada y peremne de mister
Jason -Tyson, un filipino del sol naciente sin sol naciente que enseña inglés en España. Y otras cosas que no digo. Casi ná. Los nombres que no escribo y que recuento mentalmente con colleja incluída. La evocación de El Paseíllo, al pie de mi Real Plaza de El Puerto, allá donde conocí a
Jorge una tarde de sol y toros. La madrugada de niebla novembrina que se posó blanca, húmeda y despistada sobre nuestro pelo.
Debí retirarme con la última oscuridad pero quise esperar la primera luz y empaparme de domingo con churros pringosos, colacao, Rúasviejas de café y una margarita recién cortada en el bolsillo que dejé sin deshojar. El sol picaba ya en lo alto. La noche había hecho su selección natural. Algunos solitarios que buscaban compañía la encontraron y los demás nos despedimos al pie de cada puerta con una noche cumplida que anotar en nuestras libretas. Me conformé, con esa maldad perruna que heredamos por genética las que nacemos hembras, con que el
Zocho no se fuese a matar mineros de forma colateral y me anoté en la mente aclamar a
Rodrigo, que marchó a triunfar en plazas que ni pueden ni deben ser contadas.
Cuando el día me devolvió a mi cama el sueño me dibujó una sonrisa y supe que mi corazón reniega de más duelo, harto de soportar las heridas que me infrinjo cuando pienso que la soledad y la memoria pesan demasiado. Pero esta noche que para los demás fue tan sólo eso, una noche más, me recordó quién soy, qué soy, cómo me gusta reir, cómo la vida llama siempre rabiosa a las puertas por mucho que queramos desoír sus aldabonazos. Y canté con voz ronca hacia los adentros y me encontré nadando entre compases por alegría, ganándome en la madrugada esta voz de cazallera después de una contienda a cara de perro con una página que me negaba a pasar.
Hoy, esta noche, tenía que daros las gracias a vosotros que, sin sospecharlo, me habéis devuelto las llaves de una fábrica de sueños para ponerla en marcha como si nunca se hubiese detenido. He intentado escribiros esta entrada después de rubricar la paz conmigo misma, descontando ya el tiempo que reste para nuestra próxima cita, devorando soles y lunas hasta que llegue el momento de volver a engarzar una letanía de brindis y apurar la noche como si de la última noche se tratase.
Y así os quiero soñar siempre. Anita, Faustino, Javier, Rodrigo, Manuel: estas letras son vuestras, aunque no lo supiéseis. Este es nuestro primer sueño. Cabemos todos. Gracias y mil besos.