Sólo nos separan veintidós meses, pero para mí siempre será mi hermano pequeño, así pasen los años, así pase la vida. Rafael. El pequeño. Por eso hoy, dos de febrero, cuando el calendario me dice que Rafa estrena su versión 4.0, en realidad la que cumple años soy yo. Porque es imposible, porque mi hermano pequeño no puede cumplir cuarenta años, coño.
Escribo casi furtivamente, en una oficina donde las noticias adquieren la velocidad vertiginosa que imprime el instante. Es la dictadura de internet.
Pero aunque no sea una entrada escrita contra la madrugada; aunque no lleve el sello de la soledad que siempre acompaña mis escritos; aunque no sea el primer regalo que encuentra año tras año en la pantalla de su ordenador, aunque termine a toda prisa estas lineas sin puntuacion desde una blackberry que ahora mismo es un mundo, estoy en hora, hermano querido, de sonreirte, de escribirte un dos de febrero mas que eres el mejor regalo que me hizo la vida y que en esta version 4.0 de tu vida los dos descumplimos annos: tu porque siempre seras el pequenno. Y yo, porque siempre me resistire a dejarte crecer por mucho que sobrevueles los cuarenta.
En el dia de las Candelas, en la celebracion de tu inmensa luz, te quiero, hermano mio. Gracias siempre, Rafa, por las cuarenta bendiciones,los cuarenta febreros que sostienen tu sonrisa.
TE QUIERO.
miércoles, 2 de febrero de 2011
martes, 21 de diciembre de 2010
La chica que inventaba mariposas

Cuando Ana pasaba por las calles, era como si un ejército de mariposas se desplegase danzando por el aire, como si se acabase el invierno allá donde ella pusiera el pie, como si no hubiera noche allá donde empezaba su sonrisa, tan clara, tan maravillosa.
Yo era muy niña y la veía casi como una diosa hippie con sus cabellos al aire y la rebeldía del gesto, con la mirada clara rasgada en negros como una reina antigua del Nilo criada a orillas del Duero, entre el serrín de la carpintería de fachada rosa y la música del violín del señor Franco, un alquimista de la madera, un fabricante de sueños de manos prodigiosas.
Yo era una niña y la veía abandonada a sus carboncillos, a su pintura poderosa, pintura hembra y rotunda, conjugando la libertad en los trazos, espantando las soledades, jugando con la vida desde el coraje que sólo conocen los muy valientes. Yo era una niña y aún juro que nunca escuché con más veneración, con más cariño, con más respeto la palabra 'maestro' que en sus labios sonaba casi como una oración cuando hablaba de mi padre, como una Magdalena sin llanto y sin dolor, como la discípula más amada, la más querida. Ana.
Y fui creciendo sin perder de vista el aleteo de sus mariposas, la admiración ante la belleza que se posaba en todo lo que tocaba, la transparencia del verbo, el compás del latido, la calidez del abrazo, el verso de la sonrisa, la ternura que se multiplicó por mil cuando asomaron al mundo desde el milagro de su vientre Kankel,que escribe mariposas en el viento, Sergio y Mónica, su niña-siamesa, si parecía que hubiesen nacido unidas por un espacio común que va mucho más allá de las amorosas cadenas de un cordón umbilical.
Y nos reimos juntas, y nos reímos también de nuestras lágrimas y Ana seguía inventando mariposas, cosiendo primaveras en los cabellos, pintando a mujeres, retratando a los artistas, enseñando a los niños a modelar procesiones y portales de Belenes, bebiendo la vida a dos manos, poniéndose en pie sobre las arenas movedizas de la vida, sobre las heridas en el pecho, que a veces son tan voraces que nos engullen sin que nos de tiempo a apurar la copa de la alegría.
Ana se nos fue de vuelo en la mañana del domingo, libre como los halcones de Óscar, libre como los millones de mariposas que poblaron las calles aunque en diciembre las mariposas no se vean; libre como los millones de mariposas que caen en forma de lluvia en este diciembre húmedo, aunque no las escuchemos danzar en su cintura de aire, en su pelo invisible, en el rastro de su mano sin mentira, en el eco imperecedero de su canto. La dejamos ayer en la tierra, tan leve, empapada de amor y de esperanza, de la promesa de la vida al otro lado de la vida.
Gracias, Ana, por tantas cosas, por tanto arte, por tanta fuerza, por tantas mariposas que siempre serán tu sonrisa, tu presencia etérea a nuestro lado. Ahora, en tu vuelo, dime si de verdad es blanda, si existe la ternura, si ya conoces los secretos de la luz; dime, Ana querida, queridísima, a qué sabe tanto amor en lo eterno.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Ochenta centímetros
Tú me has enseñado que noviembre es el mes que da y quita a partes iguales; que la vida se resarce con creces de todo aquello que te robó a traición; la pena inmensa, el pasado sin tiempo, la inmensa esperanza, la dulzura de tu nombre con tilde, todo o nada, la apuesta por lo que tenga que venir. Tú me has enseñado que hay mañanas en que el sol brilla detrás de la niebla, imponiéndose, rebelándose, aunque mis tacones resuenen húmedos sobre los empedrados húmedos y las fachadas rezumen agua de invierno anticipado que resuena a verano en mi estómago.
Tú me has enseñado que el rastro de los besos antiguos en mi boca se pierde en la oscuridad cereza de un vino díscolo, que existen besos nuevos que redactar sobre la sábana recién estrenada, en la almohada compartida, en el compás de los latidos, en la música callada que destilan tus ojos cuando me miras, en la felicidad que casi duele cuando golpea mis carnes con sus nudillos de vértigo.
Tú me has enseñado que un puñado de días compensan una vida o un puñado de vidas si las desgasto contigo. Que la ternura también tiene nombre de noviembre; que noviembre también acuña en su nostalgia de difuntos y nueces el amor y la primavera, las flores y las promesas; que las patas de gallo son el justo tributo de un tiempo de heridas que nos hace más fuertes, más hermosos, más sabios.
Tú me has enseñado que existe un paraíso de ochenta centímetros de anchura donde cabe la inmensidad de tu abrazo, la resurrección de la sonrisa, la calma que precede a la guerra, la paz que escampa sobre todas las batallas.
Gracias siempre por abrir en esta fábrica de sueños una ventana con vistas a la alegría.
Tú me has enseñado que el rastro de los besos antiguos en mi boca se pierde en la oscuridad cereza de un vino díscolo, que existen besos nuevos que redactar sobre la sábana recién estrenada, en la almohada compartida, en el compás de los latidos, en la música callada que destilan tus ojos cuando me miras, en la felicidad que casi duele cuando golpea mis carnes con sus nudillos de vértigo.
Tú me has enseñado que un puñado de días compensan una vida o un puñado de vidas si las desgasto contigo. Que la ternura también tiene nombre de noviembre; que noviembre también acuña en su nostalgia de difuntos y nueces el amor y la primavera, las flores y las promesas; que las patas de gallo son el justo tributo de un tiempo de heridas que nos hace más fuertes, más hermosos, más sabios.
Tú me has enseñado que existe un paraíso de ochenta centímetros de anchura donde cabe la inmensidad de tu abrazo, la resurrección de la sonrisa, la calma que precede a la guerra, la paz que escampa sobre todas las batallas.
Gracias siempre por abrir en esta fábrica de sueños una ventana con vistas a la alegría.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Mandarinas

Cuando estábamos juntos, noviembre olía a mandarinas. Y los besos sabían a mandarinas. Y las caricias eran de mandarina.
Noviembre este año viene frío y cada vez percibo con menos nitidez el mar, varada en la piedra como una sirena de tierra adentro que no sabe a qué mundo pertenece. Echo de menos el mar y no lo escucho, por mucho que abra mis oídos. Por mucho que cierre los ojos. Por mucho que apriete los puños. Por mucho que desee escucharlo yendo y viniendo, como una cantinela que no cesa.
Noviembre viene con nieblas que silencian los sonidos, desdibujan los nombres, empapan la memoria. Noviembre viene con crisantemos y difuntos, con la humedad en las calles, con el vacío en el estómago y el hambre en el corazón. En noviembre siempre te echo de menos.
Pero hoy he visto mandarinas en casa y te he recordado con una sonrisa. Y por un instante escuché el mar. Y el aire me supo a mandarina sobre los labios. Y el aire me acarició con el tacto de lo perdido, de lo que ya no existe.
(La imagen, preciosa, la robé de aquí)
lunes, 18 de octubre de 2010
Te necesito lejos

Te necesito lejos para quererte tanto, para seguir queriéndote como se quiere todo lo que no se posee. Para desearte como yo te deseo, como yo te evoco, como yo te veo: abierta de brazos, con el Atlántico disfrazado de verano en los noviembres de Tosantos, con tus nardos de octubre, con tus cielos rotos cuando escampa sobre la tierra y diluvia sobre el mar, con los vientos aprisionándote, con los versos de febrero contra la madrugada, con la luz última sobre las azoteas, haciéndote pequeña en el retrovisor, inmensa en mi alma.
Te necesito lejos para amarte como yo te amo, como se aman aquellos que se ven a escondidas y se entregan con la locura de devorarse, de destrozarse de amor por si no hay una próxima vez, con la urgencia de descifrar hasta el último poro, por si no hay más besos, más lenguas, más sábanas, más noches, más lunas.
Y cuando te echo de menos es cuando me siento dichosa de llevarte dentro, como si te hubiese parido mi propio vientre hace tres mil años, como si aquel maremoto que te zarandeó hubiera sido la impotencia de no tenerte, la maldición de no saberte, de vivir encadenada a dos tierras, de no alcanzar con los ojos allá donde siempre llegan mis sueños, de querer borrarte para no soñarte más, para no amarte más, para no tenerte nunca, como si nunca hubieses existido.
Porque yo te amaba cuando me desgastaba por tus empedrados con un amor falso que no dolía, sabiéndote mía bajo mis pies, abarcándote con los ojos frente al mar, la cúpula coronándote, las gaviotas en vuelo, la inmensidad de lo azul, el invierno encabronado en grises. Porque yo te amo ahora, cuando cierro los ojos y te acaricio entera, sin fisuras, con la herida de los kilómetros que se clavan como cristales afilados en mi estómago, uno a uno, hasta desandar el Camino de la Plata que siempre me conduce a tu abrazo. Y siempre me sabes a poco, y siempre quiero más.
Porque yo te beso igual que te lamen las aguas, en silencio, y siempre regreso, como las mismas aguas, para seguir echándote de menos, para seguir amándote como te amo ahora, como te amaré ya siempre, llena de ausencia, llena de ti; para seguir escribiendo en mañanas de octubre anodinas, como esta mañana de hoy en que el otoño se posa tierra adentro y caen amarillas las hojas y siento el desgarro, el gozo de no tenerte y de saberte siempre conmigo, encajada entre mi carne y mi ropa, incrustada en mi estómago, con tu nombre escrito en las venas, en los ovarios, en los pulmones, en los ojos, en los latidos: Cádiz. Mi Cái. Siempre mía, porque no te tengo.
Y desayuno cada día en la taza de los siglos, y bebo los vientos por tus esquinas. Te necesito lejos para seguir empapándome de amor.
(La foto, cómo no, es de Manué. Cádiz en azules, tremendamente hermosa)
jueves, 23 de septiembre de 2010
Guardiana de las tres letras

Hace dos años y pico la vida decidió sonreirme en el poso de su sonrisa. Tan pura, que a veces parece cristal, berrendo en transparencia. Tan frágil que a veces se rompe como todo lo que se lleva el viento. Tan fuerte, que parece también esculpida sobre la piedra dorada de Salamanca. Tan infantil, que cuando ríe es como si un ejército de niños coreasen al mundo su alegría. Tan madura, que cuando despega los labios, es como si los siglos se rescolgasen de su boca para coser las palabras. Tan de verdad, que a veces me da miedo cerrar los ojos por si un día dejo de soñarla.
Hace dos años y pico se posó en mi vida como un abrazo que abriga pero no aprieta, con el invisible hilo que ata pero no aprisiona, con esa sonrisa que a veces ilumina todas las estancias de mi vida. Leve como el albero que pisan los toreros, eterna como un lance mágico revoleando los vientos. De una sola pieza, como los bloques que paren a golpe de cincel las canteras, como las cosas que se dicen y que no se dicen, como los nombres que pronunciamos en voz baja. Clara como una luna de estío; cantarina como el curso del Tormes cuando se detiene bajo los puentes para ser espejo de las cúpulas y los campanarios. Sólida, como los dolores que se mastican en silencio cuando nadie nos contempla. Hermosa como todo lo que no tiene tiempo. Tierna como el pan recién cocido, cálida como el vientre acuoso de las madres, como las madrugadas de confidencias sin horas, como los amaneceres atlánticos al sur del sur.
Ella es Ana. Tres letras, un capicúa, dos sílabas, un mundo que habita en mi mundo, un cante antiguo, la garganta rota, el corazón colmado, un latido en la caldera de esta perezosa fábrica de sueños que apenas tiene tiempo de soñar.
Y así la quiero siempre: generosa, buena, bañada en luz, guardiana de las tres letras donde se redacta, de poder a poder, toda la alegría.
Etiquetas:
amigos,
compañías,
la fábrica,
salamanca
domingo, 12 de septiembre de 2010
Inventando un doce de septiembre
Todos, alguna vez, hemos sentido un once de septiembre en las entrañas, en el pecho, como si bajase fuego por el esófago incenciándonos, desmoronándonos, pulverizándonos, haciéndonos nada, ceniza y desgarro. A todos, alguna vez, se nos han vencido las tripas y el alma como si fuesen dos gigantes pasados a queroxeno y muerte por el impacto de un avión con nombre de deseo y maldición, un tsunami por el aire, con el desamor en el fuselaje y la soledad por combustible.
El mundo sobrevivió al once de septiembre que hizo saltar en pedazos su corazón con la ley del terror por bandera. Y nosotros, todos, sobrevivimos a nuestros onces de septiembre de andar por casa, los de noviembre, los de febrero, los de abril, poniéndonos en pie como colosos de acero y hueso, inventando doces de septiembre sobre los que erigir nuestro mundo de puertas adentro, desafiando a las leyes de la gravedad y de la memoria, mirando hacia lo alto, el puño en alto, el corazón en alto, la sonrisa por el aire, quemando en las calderas de una fábrica de sueños cada once de septiembre de nuestra vida como si sólo fuera eso: un mal sueño que nunca debimos tatuarnos sobre la piel.
(Y esto, en este doce de septiembre que ya despunta, va por tí, que anoche me pediste que soñase).
El mundo sobrevivió al once de septiembre que hizo saltar en pedazos su corazón con la ley del terror por bandera. Y nosotros, todos, sobrevivimos a nuestros onces de septiembre de andar por casa, los de noviembre, los de febrero, los de abril, poniéndonos en pie como colosos de acero y hueso, inventando doces de septiembre sobre los que erigir nuestro mundo de puertas adentro, desafiando a las leyes de la gravedad y de la memoria, mirando hacia lo alto, el puño en alto, el corazón en alto, la sonrisa por el aire, quemando en las calderas de una fábrica de sueños cada once de septiembre de nuestra vida como si sólo fuera eso: un mal sueño que nunca debimos tatuarnos sobre la piel.
(Y esto, en este doce de septiembre que ya despunta, va por tí, que anoche me pediste que soñase).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)