
Poco han cambiado las cosas, Claudio, en estos once años de ausencia, aunque tu palabra está viva en la piedra, en el surco, en la sonrisa de Clara, en el agua duradera de esta ciudad que te dio la luz, la claridad primera que siempre viene del cielo.
Julio continúa posándose como un puño de acero sobre los tejados y las torres, como aquella mañana capicúa en que atravesamos contigo el puente y el Duero detuvo su cántico bajo nuestros pies como si ahí mismo se acabase el mar. El día del brindis último, que siempre es el penúltimo, en Los Pelambres, con la media azumbre de lo eterno en tu copa y la tierra zamorana envolviéndote en su vientre, junto a la fuente y el ciprés.
Aquí, Claudio, en la tierra, los niños aprenden tu nombre en las escuelas y tu verso abraza al mundo cicatrizando lo infinito de tus ojos.
(p.d. Hace once años, el 22 de julio, moría en Madrid el genial poeta Claudio Rodríguez, a quien tuve el privilegio de conocer y querer desde niña. Lo enterramos con dolor y esperanza, pero su verso sigue vivo, eterno, sin tiempo. Ayer le dediqué ésta en mi periódico. Gracias, Claudio, por tu palabra. Gracias por tu vida).