
Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Quería ir con él, pero hace tiempo que paseo sola por mis deseos. Por el camino, componía malabarismos contra la ausencia como si fuesen incienso que ofrendar al verde inacabable de los montes. A mi lado, la amiga que tiene su corazón bordado en azabache sobre la chaquetilla de un torero de plata. Y más allá, la vida.
Los viejos ritos, la incertidumbre cosida a la puerta de toriles, las gargantas resecas desandando albero y miedo. La hora en punto. Los cascos de los caballos, el runrún del hielo en el vaso de plástico, la ginebra acariciando la lengua, el limón raspando el estómago, los clarines rompiendo nubes, despejando incógnitas.
La gomina y la laca, la caspa más casposa, la elegancia y el petardeo rebosando los escaparates de la vanidad. Los saludos, los reencuentros. La sonrisa que cada día es menos postiza y más escurridiza. El sabor a pan tostado de un vino extremeño que habla desde su etiqueta tipo Chanel perfumando la mesa y el mantel. El chuletón sangrante como una hembra recién parida.
La humedad de las losas del casco viejo, los viejos impasibles, dos góticos trasnochados componiendo olés revestidos de negro en galería, una pareja comiéndose la boca en el interludio de la espada y la resurrección. La muerte rondando por las esquinas como una novia maliciosa. Yo iba desdibujándolo entre el gentío, olvidando reconocer su rostro en todos los rostros.
Sol y sombra. El sol secando las heridas como ropa tendida en las azoteas a merced del viento. La sombra de unas pestañas que encierran secretos que no me atreví a descifrar en un par de noches que clarearon demasiado pronto, guardadas ya en mi cofre de los secretos. La mirada oscura que alimenta a miles de ojos a la que no tuve cojones de asomarme.
El camino de vuelta. El recuento de cada minuto, el débito de la cama, el sueño cumplido. Soñaba con su redondel de arena negra como los posos de un café cortado con chirimiri. Soñaba ir con él. Pero fui sola. Y regresé en pie, sobreviviéndole y sobreviviéndome después de tanta muerte en las sábanas, redactando páginas de niebla y de luz, más allá del dolor de los últimos meses.
En el retrovisor, Bilbao a lo lejos.
(Fotografía: gourmet-image)