martes, 20 de noviembre de 2007

Ya son cinco


Sé que Olga se portó como una campeona y que Fernando lloró de emoción el día que sus tres pequeñajos asomaron las orejas (seis orejas, seis) al mundo en la tierra burgalesa de su madre. Sé que esperaron treinta y siete semanas con emoción y expectación para contemplar sus rostros y poderlos abrazar, ya liberados de la protección cálida del vientre de su madre.


Sé también que algún día les contaré cómo se conocieron sus padres en esta Zamora nuestra y cómo supe un día, por el brillo de los ojos de ella, que se habían enamorado sin decirnos nada. Y que siguen igual desde entonces, floreciendo los frutos.


Sé que desde que vinieron al mundo en casa de los Fombes se duerme mucho menos, aunque la alegría ha venido multiplicada por tres, aunque entre tomas y bibes y pañales anden a todo trapo. Sé también por el blog que su padre les/nos escribe (http://www.trillizosburgos.blogspot.com/) que Carlota, Gabriela y Fernando son unos bebés sanos, aunque Carlota les pegue algún sustillo de vez en cuando, y que se merecen por derecho propio un sitio en esta fábrica de sueños. Porque ellos tres representan el futuro y la esperanza en este mundo que nos empeñamos de cubrir de mierda. Porque son tres soplos de vida, tres guiños de amor en este otoño frío que nos congela los besos y el alma.


Y yo os mando un beso, pequeñajos, porque sin saberlo formáis también parte de mi vida, como yo soy parte de la historia de la vuestra, aunque todavía no nos conozcamos. Porque supongo que también un día os hablarán de mí.


Porque hoy, que las palabras parece me pesan más de costumbre, os contemplo en vuestra primera foto de familia y me hacéis más ligero el camino y más fácil la sonrisa. Porque frente a tanto punto y final vosotros sóis el punto y seguido, las frases por escribir, las sonrisas por descubrir, la vida abriéndose paso. Y sé que os quiero y que tenéis el mundo entre las manos.


Un besazo a los cinco.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Bajo cero

Ahora que la noche nos condensa el aliento. Ahora que un espectro blanco se posa cada madrugada sobre los campos. Ahora que los termómetros recitan como una letanía antigua su manifiesto del invierno.

Ahora que los besos se congelan. Ahora que las caricias mueren de frío.

Estamos a bajo cero.

martes, 13 de noviembre de 2007

Castañas

Noviembre es el mes de las castañas, de la fiesta del Magosto, de los cucuruchos de papel. Era el mes del olor a gloria bendita en la esquina de San Torcuato donde tenía su puestecito Transi la castañera, aquella mujer pura bondad que sonreía siempre tras sus gafas de culo de vaso.

El puesto de Transi era parada obligatoria para las niñas que estudiábamos en La Milagrosa. Recuerdo los días de niebla cerrada y frío pajarero en que brillaba su lucecita amarilla como un lucero para los navegantes. Y el crepitar de las castañas en su asador de lata con el carbón consumiéndose por debajo. Y las manos ásperas llenas de ternura. Y la caricia caliente del papel en las manos, como un abrazo en medio del temporal.

Hace años que Transi nos dejó. Hace años que quedó vacía su esquinita y se apagó aquella bombilla amarilla que era como un lucero de gominolas y castañas asadas en mitad de San Torcuato. Pero noviembre siempre nos devuelve su presencia, la caricia de sus cucuruchos calentitos, la sonrisa repartida entre todos los que dejamos al pie de su hornillo de carbón retazos de nuestra infancia. El nombre que los que vienen detrás ya no conocerán.

Y ahora que intento redescubrir mi ciudad con ojos de adulta, echo de menos el puestecito verde, la bombilla mortecina, la mirada de culo de vaso. Y, sobre todo, a la niña que se paraba de cuando en cuando a comprar un cucuruchito de castañas.

En noviembre, en la esquina de San Torcuato, donde Transi, de siempre.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Latidos

Esta mañana, entre otras cuatro pruebas que no vienen al caso, me hicieron un eco-cardio en el hospital. No tenía ni idea de lo que era, pero ví mi corazón latiendo en blanco y negro a través de una pantalla de vidrio.

Tuve suerte; el médico no me dijo que estaba partido en dos, así que me sentí una jabata porque latía fuerte y a su bola.

Tendremos que celebrarlo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Muertos

En estos días los muertos les llevamos flores a los muertos. Como si fuésemos distintos. Como si estuviésemos vivos.

Imaginamos que la muerte habita los cementerios ignorando la muerte que llevamos encima, lo muertos que estamos. Que las calles están llenas de muertos. Que las casas están llenas de muertos.

Ahora que no quedan sueños, pero tampoco lágrimas. Ahora que la sucesión del tiempo es pura inercia y un día es igual que otro día y que otro y que otro. Y una noche igual a otra noche y a otra y a otra.

Ahora me doy cuenta de que tengo el armario lleno de cadáveres y que no soy si no otro cadáver que se pudre en armarios ajenos donde mañana no seremos nada. Y que este día de Difuntos me sorprenderá llevando flores a mi propia tumba.

domingo, 28 de octubre de 2007

Tosantos


Todos los lunes próximos a los Santos, el mercado gaditano se llena de frutas exóticas y seres inimaginables que surgen en sus puestos por obra y gracia de los gaditanos, que lo llevan en la sangre como llevan en la sangre las coplas de febrero. Es la fiesta de "Tosantos", la más genuína, la más desconocida, que se celebra en el mismo recinto alrededor del cual cantan por tangos los coros el Domingo de Carnaval.


Cádiz, que hace carnavales todo el año, disfraza la tristeza de los primeros días de noviembre y le pinta la sonrisa a los días sombríos que nos recuerdan que somos polvo que volverá al polvo. Cádiz, que derrocha imaginación por los cuatro costados, la vierte en pequeñas dosis puesto por puesto, para hacer del mercado un revuelo de gentes y una oda a la alegría de un pueblo que se mantiene en pie a pesar de los vendavales que circundan por sus orillas.

No sé si este año habrá "Tosantos". El derribo del viejo mercado, para edificar uno nuevo, probablemente dé al traste con esta tradición que es santo y seña del pueblo gaditano. Porque no es lo mismo acudir al pie del edificio rosado de Correos pasando por la plaza de las Flores donde siempre suena el agua cantarina que dejarse caer por el nuevo recinto de San José, donde todo es más moderno, pero más aséptico. Cádiz huele a Cádiz en los alrededores del viejo mercado, junto a la churrería y la freiduría, frente a Pepi Mayo que andará ya haciendo trajes de piconera y redecillas de madroños para que no se le eche encima el tiempo.

A mí me gustaban las marquesinas llenas de especias y plantas medicinales, el bullicio musical de "El Melli", las ropas de saldo y el batiburrillo de todo a cien de enfrente. Me gustaban las niñas bailando tanguillos y alegrías en los tablaos, el humo de los buñueños y el olor de las castañas en la calle, aunque en el sur no se condense el aliento por estas fechas y parezca menos noviembre.
Me encantaba pasear entre el gentío de puesto en puesto, admirándome de la capacidad de convertir la fruta y la verdura, los pollos y los pescados en figurantes de auténticas obras de arte y paciencia. Y las cestas de marisco colocado con tiralíneas, las nécoras rojas y deslumbrantes en su justo punto de cocción, el olor a bocata y manzanilla, la tentación de los torreznos que allí son chicharrones, la carne mechá y las cañaíllas y las ristras de bombillas por los pasillos.

Supongo que si estuviese en Cádiz y viese el viejo mercado como un solar sentiría un desgarro parecido al que me arañó el estómago cuando ví el Gran Hotel reducido a una escombrera y recordé tantas mañanas de tertulia y café torero que ya nunca serán. Así que prefiero soñar que recorro aquellos puestos engalanados que ya son memoria con la sonrisa en la cara, admirando a un pueblo que le hace guiños al dolor con cantes de fiesta y el arte del ingenio.

Es la fiesta de los "Tosantos". Y aquí se celebran, porque me hablan de la Cádiz mágica de la que es imposible no enamorarse, a la que siempre quiero volver.

domingo, 21 de octubre de 2007

El último bohemio

Se nos acaba de morir Patxi, que llevaba un año muriéndose y muchos castigándose. No sé si fue su mala cabeza o su santa voluntad empecinada en apurar la calle igual que apuraba el whiski o la coñaca. O simplemente que siempre renegó de una crianza entre algodones para echarse en los brazos de la bohemia, tan atractiva y tan cara como una puta de lujo. Porque la voluntad, los sueños y el salirse del tiesto siempre exigen peajes caros, tributos tan altos que hace que se conviertan en saltos al vacío de los que es imposible salir ileso. Y Pachi -lo siento, querido amigo, pero a mí siempre me gustó castellanizarte- lo sabía y lo pagó hasta dejar sus bolsillos vacíos de pasta y llenos de vivencias.

Me gustaba escucharle hablar de su vida en París, de sus historias por el País Vasco, de sus exposiciones y de sus proyectos, incluso cuando ya no tenía proyectos. Me gustaba hablando de su pintura extraña y sus aventuras locas porque te dejaba soñar con él. Y me gustaban las noches en que nos pillábamos pelín azufrados y se arrancaba por soleá porque se le ponía el alma flamenca y tocaba todos los palos. Con la voz rota y probablemente con el alma rota o llena de agujeros. Con los ojillos claros destilando esa vida tan intensa que siempre me fascinó, desde niña.


Lo de Patxi fue peculiar hasta el final. Cuando se lo llevó el coche por delante y le dejó el cuerpo con más empalmes que una estación ferroviaria, se corrió como la pólvora la noticia de que había muerto. Quienes lo conocíamos sabíamos que Pachi se había empezado a morir mucho antes, que sólo le mantenía en pie ese extraño idilio con la libertad, que fue la más fiel sombra que le cobijaba. Y yo nunca quise reconocerte en el abandono último, ni en las cadenas del último año, ni en el olvido y el silencio que impuso esta ciudad sobre tí como una losa. Ni en esas canas que retrató Pascual a traición, que yo hoy traigo hasta aquí para que no se me olvide tu rostro.

Salud y libertad, querido Pachi. Corrígeme la "che" por la "tx", que no me importa. Hoy brindaré por tu vida, por tanto como nos dejas, por tu sonrisa pícara y por ese alma flamenca que ya está arrancándose por quejíos en el tablao de Currillo el Palmo, ese que canta Serrat, en el cielo de los bohemios y las buenas almas. Que tiene que existir por cojones.

Ahora sí, Pachi. Ahora sí, la paz es tuya.
Un beso.