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miércoles, 21 de noviembre de 2007

Lucía


Hace seis años se encendieron tus ojos verdes y miel como dos lamparitas para iluminar el noviembre tardío y todo mi mundo. Entonces brindé a orillas del Atlántico con vino de Toro, la sangre de nuestra tierra, para celebrar la tercera generación en nuestra casa. La dulzura, la vida. Tu inmensa belleza.


Te quise desde que eras un garbancito apenas imperceptible en el útero de tu madre. Después, cuando te tuve entre mis brazos, pensé que me faltarían las fuerzas para sostener toda la ternura del mundo. Te quise cuando eras un gurruñito en tu cuna, arropada de amores con tus ositos y tus pijamas de felpa. Y aprendí a besarte con los ojos, a cantarte en voz baja, a susurrarte los nombres, a contar tus días y tus noches como si en ello me fuese la vida. Porque me calcas los remolinos del pelo, el trazo de la sonrisa, el hoyuelo de la mandíbula. Porque tus manos son como mis manos y tus pies son como mis pies. Porque devoras los días creciendo y aprendiendo, compilando soles y lunas a los pies de tu cama. Porque enciendes de primavera todas las mañanas del mundo.


Han pasado seis años. Y esta mañana el murmullo del Duero me sonó a acción de gracias. Y repetí con la memoria aquel brindis a orillas del mar en la sinfonía de otoño que se posa sobre las madrugadas de piedra y las alamedas desnudas. Y compuse tu nombre, Lucía, como una nana antigua de tierra adentro, con la voz profunda de mi sangre.


Porque sólo tú salvas el frío de este noviembre inhóspito. Porque me sigue colmando el precioso, impagable, regalo de tu existencia.