El viernes, cuando volvía a casa, ya de madrugada, cerré los ojos y apreté los puños, como los niños pequeños cuando desean algo fervientemente.
Subía por la cuesta que conduce a mi casa, atrapada entre la luz dorada que se refleja en las piedras taciturnas. Subía desenganchándome del bullicio de cada fin de semana, de la algarabía estudiantil tomando las calles por asalto. De las sonrisas que congela en azul el neón. De los hielos que cortan la garganta como filos de navajas.
El viernes, cuando volvía a casa por la cuesta del silencio, cerré los ojos. Y apreté los puños. Quería escuchar una vez más el mar rompiéndose bajo mi ventana, igual que se rompía aquellas madrugadas en que yo escribía y salía a descifrar la luna grabando en plata su nombre sobre las aguas.
Cerré los ojos. Quería, necesitaba escuchar el mar.
(Te echo de menos, Tacita)