
Si hay una imagen que estos Juegos dejan para la posteridad, esa es la de Matthias Steiner. Su rostro de coloso envuelto en lágrimas le han lavado la cara a estas olimpiadas de la vergüenza que serán recordadas porque el mundo miraba hacia otro lado en un país donde los derechos humanos se escriben en renglones torcidos. Que serán recordadas también porque nuestro país en duelo no pudo mostrar su duelo y allá donde debieron ondear banderas a media asta se izó como un esperpento la de la sinrazón.
Steiner, con su pinta de brutote goliardo, rompió a llorar como un niño cuando se proclamó campeón olímpico. Hércules hecho añicos por el amor de una mujer. Hace un año perdió a Susan en un accidente. Cuando ella agonizaba en la cama de un hospital, él le prometió en voz baja el oro en ese Pekín lejano con que soñaban juntos. Ella ya estaba ahorrando para pagarse el viaje.
La carretera tuvo la culpa. En el asfalto quedaron rotos los sueños de Susan. En el asfalto comenzó a acuñarse la medalla de oro y coraje de Steiner. Allí, en lo más alto, el gigante teutón alzó un ramo de flores y mostró al mundo la sonrisa eterna de su compañera. Quizá escuchó su aliento en el esfuerzo supremo cuando levantó 258 kilos de peso. Quizá percibió la alegría de Susan celebrando su victoria por los rincones. Quizá grabó en sus músculos la caricia de los dedos de su pequeña princesa. Quizá sintió en la sábana el calor del viaje a medias que nunca fue.
Hemos visto a un coloso sostener en sus brazos una pila inhumana de peso, como quien sostiene todos los dolores del mundo. Probablemente aquello no era nada comparado con la ausencia, la rabia y la impotencia que Steiner fue amansando en la soledad de sus entrenamientos. Por eso sus lágrimas enjuagaron las mías.
Ahora sé que es cierto que el dolor nos hace más fuertes; que no es leyenda que la casta de los bravos se fermenta en el castigo; que aunque el peaje sea caro, siempre crecemos. Aunque hayamos visto al hombre más fuerte del mundo escalar la cima de la gloria y despedazarse en lágrimas por el amor de una mujer.