
No conozco su nombre, sólo la mirada de terror, su casa vacía de muñecas y sus muñecas esposadas a la verja de un viejo cuartel mientras el tiempo descontaba en su contra, con la vida a cara o cruz.
La niña iraquí sintió el vértigo de la muerte ceñido a la cintura, abrazándola como un amante celoso de sus carnes de hembra en puntas. Supo que no había ningún paraíso esperando más allá de sus trece años. Y no quiso morir por la causa de ningún demonio. Y no quiso matar en nombre de ningún dios. Sintió el zarpazo de la angustia habilitando las palabras en su garganta. Habló en nombre del miedo, pactó una nueva madrugada.
Hija de la guerra, heredera de nada, con el cabello ondulado por las caricias de las bombas y los odios, oriente y occidente -cruces como espadas, lunas como guadañas-, la tierra yerma, los pies descalzos. Habitante del país donde la prisión tiene la caricia de la seda y el velo, donde cada centímetro cuadrado habla de culpa y de vergüenza.
Hija del absurdo y el rédito político que llevaron a un imbécil a decir que su gesto representa el papel que quieren desempeñar las mujeres en Iraq. Como si sus ojos oscuros tuviesen lectura en los despachos. Como si su vida fuese moneda de cambio que lucir con las medallas de guerra sobre el pecho. Imbécil.
No conozco el nombre de esta niña a la que le robamos la infancia y la sonrisa, los pasos perdidos en el recreo, la muñeca a la que abrazar sobre el colchón, el hijo que traer en paz desde su útero. Pusimos pólvora en tu almohada y pobreza en la cuna, angustia en tus noches, mortaja en las sábanas.
No conozco tu nombre pero te conozco, pequeña. Y te abrazo. Por decidir en una tierra que siempre eligió por tí. Por ser generosa contigo en el pedazo de mapa donde te negamos todo lo demás. Por sobrevivir en la isla de espinas donde estalló en mil pedazos tu alma de niña.

